Memoria: La mano del otro
Victoria Jolly
Arquitecta y artista visual PUCV
Magíster en Arquitectura PUCV, investigadora del Centro de Innovación del Hormigón PUC
Miembro del colectivo Punto Espora

En memoria de David Jolly Monge (1951 – 2024)

Desde niña recuerdo estar acompañada del dibujo, mirar las extensas
superficies geométricas pintadas sobre las paredes, las líneas de tinta
china realizadas a mano alzada directo en el muro, en cada una de
las casas que habité junto a mi hermano entre Santiago y Ritoque. Esa línea
discontinua se repetía en ambos lugares como si buscara retratar el pulso de la
mano del dibujante. Al final del pasillo rayábamos con tiza sobre una gran pared
negra en “la pieza de jugar”.
El dibujo infantil no solo forma parte de un juego y entretenimiento;
también es un lenguaje visual que permite estructurar el pensamiento y
expresar emociones antes de dominar las palabras. Desde la primera infancia,
se vuelve una herramienta de comunicación para transmitir incluso aquello
que nos cuesta más contar, lo que queda guardado en nuestro inconsciente,
superponiendo la realidad, el deseo y la fantasía en el blanco de una página.
Los primeros dibujos son anacrónicos: una superficie donde se mezcla la
imaginación con la memoria, junto a elementos tangibles del presente y
cotidiano. No conozco niños que no dibujen sino adultos que olvidan esa
mirada inicial.
Al dibujar, en una acción simultánea, el ojo le pide a la mano que trace lo
que ve. Así, cada uno de esos órganos sensibles colabora con el otro. ¿Pero qué
será lo que la mano le pide al ojo?
Por una parte, registrar los movimientos del brazo de manera que las ideas y
las palabras de un breve escrito se asocien luego de una percepción visual, y así
iluminen lo que el dibujo revela. Una acción de ida y vuelta entre observación,
trazo y pensamiento.
Uno de los croquis publicados en el libro La observación: el urbanismo en el
acto de habitar muestra una mesa, que forma parte del dibujo a través de la
sombra de los objetos sobre la superficie: alcuzas, platos y una vela. “Lo que se
ve a la luz de una vela es fuertemente asistido por la memoria y no solo por lo
que los ojos perciben”.1 La memoria del dibujante completa las líneas de los
objetos que forman parte de su espacio en medio de la penumbra; nosotros,
desde afuera, asociamos la mesa al blanco que queda sin tocar. Ella está presente
en el dibujo sin la necesidad que aparezca representada por sus bordes.
Más allá de una representación, el dibujo es un acto de síntesis que trabaja
por insinuación, un tiempo inmersivo que nos permite medir lugares y espacios
con el cuerpo. Dibujar es la posibilidad de encontrarse con la lectura del sentido
de un momento y el lugar en su conjunto.
“En la periferia de Valparaíso, una casa de lo escaso delimita su recinto
con una frágil trama de varillas: el interior mínimo se vuelve hacia un exterior
holgado”.2 En medio de la fragilidad de esas viviendas, el croquis y el escrito
sugieren que el espacio interior reducido se proyecta y multiplica en lo amplio
de su entorno. Al observador le permite pensar que el espacio habitable tiene
su doble afuera.
Es entonces que a través de la acción de dibujar se da cuenta del tiempo en
sus distintas dimensiones: Kairós, el momento preciso; Cronos, el momento en
que se extiende en toda su duración.3 Luego de reconocer el dibujo como un
elemento que fija ese tiempo acción, el observador puede percibirlo y hacerlo
suyo.
“Al dibujar una plaza se hacen presentes las sombras del follaje en el suelo,
a la manera de un parque para caminar entre y bajo los árboles. Pero no la
nombramos como parque ni como jardín”.4 El jardín tiene lugar y sobrevive
gracias al cuidado de sus jardineros. Tarde o temprano tendremos que entregarlo
al cuidador siguiente y hallar a quien lo cuide después de nosotros, esa es
quizá la parte más difícil de nuestra tarea.5 Pero un jardín dibujado permanece
y continúa gracias a la mirada de los entusiastas. Los dibujos probablemente
siguen “siendo”, porque en ellos quedan guardadas las líneas y en esos trazos
fijos la posibilidad de encontrar al otro.


Nuestros antepasados obligados a permanecer en la penumbra descubrieron lo bello en el seno de la sombra.6 Creer que heredamos el lenguaje del
elogio para mantener viva su tradición no implica dejar de ver lo distinto, lo
desigual, lo asimétrico y las historias desde los márgenes, porque es en ellas
donde se guarda y preserva el testimonio de un tránsito y su posible transformación.
Quizá perder al padre sea equivalente a perder una parte del cuerpo; sin
embargo, su presencia persiste. El cuerpo entonces es también un medio
desde donde mirar y percibir el mundo vivido, una experiencia sensible que no
desaparece necesariamente con la ausencia anatómica.
El jardín nos pertenece
somos del jardín
por unos meses
por una vida
pero nunca
para siempre.
el dibujo y el jardín
nos sobreviven
se entregan
tarde o temprano
a los ojos
a las manos
de otro.


- Los dibujos de David Jolly Monge que acompañan este texto, fueron publicados por primera vez en el libro La observación: el urbanismo desde el acto de habitar (EUV/e[ad], 2015).
Notas
- David Jolly. La observación: el urbanismo desde el acto de habitar, 2015, 127.
- Jolly, 2015, 191.
- François Fédier. Tenir, entretenir s’entretenir. F. Paillart, 2019.
- Jolly, 2015, 171.
- Andermann Jens. Jardín, Editorial Bifurcaciones, 2023.