Editorial N°20

acto&forma 20

Catalina Porzio de Angelis

Diseñadora Gráfica y Editora
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

Un niño juega acuclillado a las afueras de su casa sobre el suelo de tierra y traza con las manos una circunferencia que ejecuta girando desde el centro con la precisión instrumental de un compás para sumarle, de inmediato, un par de agujeros (los ojos), una línea recta (la nariz) y, más abajo, la curva que esboza la síntesis de una sonrisa. Con suma simpleza resuelve el misterio de un rostro. Así, jugar y dibujar quedan amarrados al mismo principio de placer, un goce que se antepone a la enseñanza formal de la escuela e incluso de la historia, porque es un acto primitivo.

Esta escena filmada en Japón a mediados del siglo XX para explicar el origen de la caligrafía –que con una belleza indescifrable para quienes desconocemos el significado de esos signos, llena paredes y objetos de papel que cuelgan por todas partes–, es transportable sin intervenciones a otras culturas, pues no está fijada a un espacio ni a un tiempo determinados, lo atraviesa todo condensando un gesto.

Si el dibujo es una síntesis o una marca parlante, por lo visto no es preciso contar con herramientas para llevarlo a cabo, basta con el cuerpo. En la medida en que el dibujo admite ser pensado como un sistema elemental que transmite información, se me ocurre que un rasguño en la espalda, en esa zona que la propia mano no alcanza a tocar, puede ser la seña de un encuentro apasionado entre dos amantes.

Es un ejemplo un poco extremo por el carácter involuntario que conlleva, pero hubo un grupo de artistas que alrededor de los años setenta del siglo pasado intervinieron sus cuerpos con cortes o mordiscos para desplegar un discurso a partir de esas marcas. Los dientes o las uñas sustituían lapiceras; la sangre en lugar de la tinta. Sea como fuere, corresponde a contar con un mínimo que nos permita inscribir.

En la infancia, de un modo menos truculento, los niños se las arreglan con sus manos puestas en la tierra para transformar la superficie plana con trazos que demarcan zonas de juego: una rayuela, un arco de fútbol. También se tallan árboles con el filo de una piedra o esa misma piedra se frota con otras hasta que aparezca el halo blanco que deja el pulido para transferir un mensaje abandonado en el bosque o en el roquerío costero.

La potencia de un dibujo tiene esta partida rudimentaria. Después vendrán aprendizajes que conduzcan las intuiciones a resultados sorprendentes de los que somos devotos admiradores, ejecutados a través de la técnica, la disciplina y el talento. Pero al comienzo es así: los primeros esbozos de nuestros hijos siempre serán objeto de asombro (y orgullo). Y es que antes de que aparezca el juicio “objetivo” de si es malo o bueno, un dibujo es una herramienta expresiva que nos acompaña para siempre, aunque la inhibamos por pudor a devenir en dibujantes fracasados. Puede ocurrir; sin embargo, hay una fuerza instintiva que nos lleva a dibujar sin proponernos la tarea: hacer garabatos en los márgenes de las páginas donde anotamos lo central mientras hablamos por teléfono, conversamos o pensamos. Esos palotes o caricaturas inconscientes no son más que la persistencia de un don natural que se manifiesta cuando nos distraemos de nosotros mismos.

En el estudio de ciertas disciplinas, especialmente en esta Escuela, el dibujo, junto a la observación, es un instrumento esencial, pues permite registrar el mundo para desmenuzarlo en sus pormenores y con ello elaborar el fundamento a la hora de crear. Y por mejores o peores que estos sean al comienzo de la carrera, a golpe de repetición la mano alcanza una destreza desconocida hasta entonces en cada quien.

Cuando entré a estudiar diseño (por defecto arquitectura, ya que el primer año en ese tiempo era plan común), los encargos semanales, y a veces de apenas un par de días, consistían en salir a la calle y dibujar, no uno o dos croquis, sino decenas y hasta centenas de dibujos de la ciudad que se entregaban en enormes carpetas verticales, difíciles de hojear por el peso de su contundencia. Después de esa dedicación era muy difícil que alguien pasara a segundo año sin alcanzar un cierto dominio. Asimismo el uso de cuadernos como un hábito, donde las palabras y otros trazos registraban el pensamiento sobre las cosas, era un lenguaje común para profesores y estudiantes que, al revés de la fotografía, asentaba la experiencia en la memoria. Una costumbre difícil de conservar con la cámara metida en los celulares que portamos a todas partes. Pero no me interesa pontificar sobre otras épocas, cada momento histórico impone sus condiciones y hace falta escuchar sus demandas para saber adaptarnos sin melancolía.

A riesgo de cometer una pequeña infidencia quisiera compartir una anécdota que me parece ilustrativa. Una noche de travesía, José Balcells, escultor y profesor de diseño que murió en 2016, se vio enfrascado en una discusión interminable –y bastante agobiante para él– con el dueño de casa –y del pueblo– donde nos quedábamos, que andaba de paso por ahí y nos invitó a comer. El hombre, insistente en un asunto que no dejaba pasar, terminó por fastidiar el momento. Entonces José, cansado de dar argumentos, después de explicarle esta diferencia entre el dibujo y la fotografía de pronto se para, desenfunda su celular y le apunta al rostro –al más puro estilo de un wéstern–, diciendo: “Por ejemplo, te saco una foto y te olvido”, guardando el celular en un bolsillo del pantalón. Con esta ocurrencia logró que el ambiente volviera a distenderse haciendo desaparecer al contrincante, que de haber sido amable, seguro hubiese quedado plasmado en algún cuaderno.

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