Polvo, memoria flotante de Valparaíso
Jean Pierre Francois
Licenciado en Biología. Magíster en Ecología y Biología Evolutiva por la Universidad de Chile
Doctor Rerum Naturalium en Geografía por la Universität zu Köln, Alemania
Profesor de la Facultad de Ciencias Naturales y Exactas de la Universidad de Playa Ancha
El polvo es un símbolo bíblico, un elemento natural y un archivo vivo de la historia. Su mención en el Génesis –memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris (“recuerda, hombre, que polvo eres y al polvo volverás”)–, se trenza con su carácter natural y geobiológico. Este transporta polen, sedimentos y otras partículas microscópicas, originadas por la acción humana, que al flotar se entremezclan y forman un relato del paisaje y sus ecosistemas. Saber leer el polvo nos permite sumergirnos en la historia natural de los territorios. Y aquí en Valparaíso, es memoria flotante de un paraíso imperfecto, de una ciudad invisible hecha de fuego, historia y resistencia, donde cada partícula es una sílaba de un relato en construcción.
Palabras clave: polvo – Valparaíso – Alimapu – memoria – paisaje

Nótese la predominancia de formas redondeadas y oscuras que dan cuenta de la presencia de coloides orgánicos que aglutinan a las partículas.
El polvo es un elemento esencial en la naturaleza y está íntimamente ligado a la deriva que nos llama a ser humanos. Su presencia en el relato del Génesis (2:7): “Entonces el Señor Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”, parece ungirlo como elemento primordial y material. O bien, como transmutador entre la carne y el alma al tiempo de la muerte: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres y al polvo volverás” (Génesis 3:19), frase enunciada en el castigo a Adán y Eva durante la expulsión del Paraíso.
En un contexto geobiológico, el polvo participa de procesos tan diversos como la formación de nubes o la creación de suelos, y su composición se correlaciona estrechamente con su origen, siendo por lo general asociado a fuentes locales de tipo mineral, orgánico, urbano o político. Heterogénea también es su estructura: puede ser aerosol, sedimento, residuo o memoria. Estudiarlo permite visualizar la historia ambiental y cultural de los territorios. El polvo transporta polen, esporas y restos microscópicos de diversos organismos, así como arcillas, arenas y otros restos minerales, los que al ser depositados en sedimentos, actúan al igual que cápsulas del tiempo y preservan el legado de antiguos paisajes, ecosistemas y transformaciones urbanas. De este modo el polvo es mucho más que una partícula suspendida. Nos habla de la vida y la muerte, el trabajo y el desastre, la miseria y la dignidad. Es señal, herida y residuo de la historia.


En Valparaíso, ciudad anfibia entre cerros y mar, surge primigeniamente como el aliento suspendido del Alimapu, en el idioma mapuche: “tierra quemada” o roja, por la imagen que daban sus cerros a lo lejos. Viajeros cronistas como María Graham (1822) y John Miers (1826) relatan la llegada de densas nubes de polvo impulsadas por el viento sur, quizá nacidas de laderas donde el fuego arrasó el verdor y dejó la tierra expuesta. Hoy ese viento continúa avivando las llamas que consumen el Alimapu una y otra vez, dejando su huella de hollín flotante que cae lentamente sobre la ciudad y se mezcla con los cuerpos que la habitan, esculpiendo en ellos una forma hecha de ceniza, memoria y resistencia.

El polvo despierta cuando la tierra tiembla en sus entrañas. Durante el terremoto nocturno de 1822, se cuenta que el aire se llenó de un trueno largo y espeso, seguido de casas, iglesias y campanarios que caían entre el caos y una nube tan densa que oscurecía más la noche misma. La gente huía sin saber adónde ir. La ciudad se volvió polvo y grito. Con posterioridad, en 1906 y 1985, el polvo volvió como un ruido subterráneo, interrumpiendo la hora de once y cubriendo la ciudad bajo una capa espesa de presagio y ruina: “te agarró el terremoto,/ corriste/ enloquecido,/ te quebraste las uñas,/ se movieron/ las aguas y las piedras,/ las veredas,/ el mar,/ la noche,/ tú dormías/ en tierra,/ cansado/ de tus navegaciones,/ y la tierra,/ furiosa,/ levantó su oleaje/ más tempestuoso/ que el vendaval marino, /el polvo/ te cubría/ los ojos,/ las llamas/ quemaban tus zapatos”.1
El polvo también aparece como un elemento siniestro durante la guerra civil de 1891, cuando las tropas vencidas de Concón y los sobrevivientes de Placilla avanzaban cubiertos por una capa blanca de tierra. Los soldados heridos, los cuerpos sin fuerzas, las armas abandonadas, todo flotaba en un paisaje donde el polvo no era ya natural, sino humano, hecho de pólvora, tierra removida y miedo. Esta escena evoca la memoria de las barricadas en octubre de 2019, como un eco del descontento que se repite una y otra vez. Durante el siglo XIX, el polvo se volvió compañero inseparable de la vida urbana en Valparaíso. En invierno, se transformaba en lodo espeso, testigo silente de carretas hundidas hasta los ejes en una ciudad que crecía sin cesar. En verano, ascendía sofocante con cada ráfaga de viento, cegando pasos y secando gargantas. En 1834, las cartas al director de El Mercurio de Valparaíso daban cuenta del problema: las polvaredas eran “suficientes para dejar ciegos a quienes transitan por las tardes”.2 La ciudadanía pedía al municipio que humedeciera las calles con carros cisterna, para aplacar esa nube persistente que lo envolvía todo.


Hoy, ese polvo ha migrado con el desarrollo, alejándose del centro de la ciudad para asentarse en su periferia. Como si fuera la herencia de un cuerpo urbano que una y otra vez se quiebra y se reconstruye, en Viña del Mar –la ciudad vecina conocida por su imagen de jardín y recreo–, el polvo de las calles sin pavimentar sustituye al concreto de la postal oficial. En campamentos como el Manuel Bustos –uno de los más populosos de Chile–, habita y es parte de una ciudad invisible, hecha de barro y espera, de historia suspendida y cicatrices al viento.
En Valparaíso, el polvo es también humo y hollín. Las diversas fábricas presentes en el siglo XIX, arrojaban humos pestilentes, y sus residuos negros se pegaban a las fachadas, a los pulmones, a los cielos bajos, volviendo al progreso en amenaza. Era una ciudad que, en palabras de Joaquín Edwards Bello, “fumaba el hollín triste del trabajo”.3 Músculo, hierro, cemento y polvo. En la actualidad, el polvo de las industrias se entremezcla con los granos de polen de las pocas plantas que aún sobreviven a la ciudad, formando una danza química de melazas y susurros sulfurosos.

El polvo no es solo material: es un estado del aire, una metáfora viva de la memoria del paisaje. Su aliento envuelve hoy a Val-paraíso, Vallis Paradisus, como una revelación invertida del Edén. Polvo que como un velo que lo cubre todo, revela un paraíso imperfecto, cincelado por el fuego, el tiempo y la resistencia. Un microcosmos de una ciudad invisible, hecha de hollín, barro y flores, en la que cada partícula en suspensión es una sílaba de un relato profundo: polvo y paraíso.
Notas
- Pablo Neruda, fragmento de “Oda a Valparaíso”, de su libro Odas elementales. Buenos Aires: Editorial Losada, 1954.
- Roberto Hernández, Valparaíso en 1827. Valparaíso: Imprenta Victoria, 1927.
- Joaquín Edwards Bello, Crónicas de Joaquín Edwards Bello: Valparaíso-Madrid. Santiago: Talleres La Nación, 1924.
Referencias
- El Mercurio de Valparaíso, nº 7.112, 4 de junio de 1851. Citado en: Vela-Ruiz, Alonso, “Temor y prevención en Valparaíso: la eficacia policial y el impacto del alumbrado público en la lucha contra el delito, 1840-1920”, Archivum 8, año VII, p. 351.
- María Graham, Diario de mi residencia en Chile en 1822. Buenos Aires: Editorial Francisco Aguirre,1971.
- J. W. Hardy, Vistas del terremoto. Valparaíso: Universo, 1906. Disponible en Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile https://www.memoriachilena.gob.cl/602/w3-article-316599.html
- John Miers, Travels in Chile and La Plata: Including accounts respecting the geography, geology, statistics, government, finances, agriculture, manners, and customs, and the mining operations in Chile (Vol. 1). Londres: Baldwin, Cradock, and Joy, 1826.
- Emilio Rodríguez, Últimos días de la Administración Balmaceda. Santiago: Editorial La Prensa, 1899.Santos Tornero, Reminiscencias de un viejo editor. Valparaíso: Imprenta de la Librería del Mercurio, 1889.