Cuatro miradas al suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque
A continuación se reúnen cuatro perspectivas basadas en diversas experiencias sobre los matices que ofrece el suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque. Las variaciones son abordadas desde el acervo científico, a partir de investigaciones en terreno y resultados empíricos, a un campo de relaciones más sutiles y un tanto imaginarias, donde la memoria cobra un valor privilegiado. Así se inscriben –en orden desde mar a cerro– la anteduna, el conchal, las grandes dunas y la elaboración de un jardín en la quebrada.
Palabras clave: anteduna – conchal – duna – jardín
4 La Vestal del Jardín, un acto de cuidado
Iván Ivelic Y
Arquitecto
Doctor en Comunicación Cultural e Identidad en Europa e Iberoamérica por la Universidad Rey Juan Carlos
Profesor de la Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV
Claudia Porzio F
Paisajista y fitoterapeuta
Miembro del cuerpo docente de la ABDChile
Fundadora del proyecto Alquimia Pura

La Vestal del Jardín (1998) es una obra singular dentro de la Ciudad Abierta de Amereida, tanto por su materialidad como por la vocación que le fue dada: estar al cuidado de una obra mayor: el jardín, y del paisaje donde se emplaza a unos setenta metros sobre el nivel del mar, en el nacimiento de una quebrada transversal a la ruta que conecta Concón y Quintero, una zona caracterizada por vegetación nativa y condiciones topográficas activas.
La elección del sitio no respondió a criterios de eficiencia ni a una necesidad funcional, sino a un acto poético colectivo. El 19 de abril de 1997, una deriva por el terreno llevó a sus participantes hasta un socavón de más de quince metros de profundidad: el origen erosivo de la quebrada. Frente a esa herida geográfica se decidió emplazar la obra, asumiendo de inmediato la tarea concreta de frenar la erosión para que no fuera arrastrada por la fuerza del agua. Así, la Vestal nació al mismo tiempo como construcción física y como gesto de resistencia frente al deterioro territorial.
El diseño de la obra se sustentó en una lectura atenta del suelo, entendiendo su comportamiento hídrico y geomorfológico, porque la quebrada recoge el escurrimiento de lluvias desde una cuenca apenas visible, un flujo cargado de partículas que activa los procesos erosivos que ponen en riesgo la estabilidad del terreno. Para enfrentar el fenómeno se optó por una estrategia simple y efectiva: reducir la velocidad del agua superficial y con ello su capacidad de arrastre.
Las diversas acciones implementadas fueron articuladas en un sistema integrado por medio de zanjas de infiltración y desvío para detener el agua y facilitar su absorción; aterrazamientos siguiendo las curvas de nivel para distribuir el flujo en planos horizontales y controlar su energía; canales de baja pendiente para conducir las aguas grises generadas por la vida en la obra, promoviendo su infiltración en el terreno; contención del suelo con sacos de bajo impacto (una solución inmediata) para estabilizar sectores críticos; y muros transversales en el fondo de la quebrada para reducir el flujo y fomentar la sedimentación natural.
Las medidas permitieron detener la erosión y crear condiciones favorables para la recuperación ecológica. El suelo, estabilizado y enriquecido, hizo posible la introducción de especies nativas, cuyo crecimiento consolidó la quebrada como un sistema vivo; en este sentido, la arquitectura no se impuso, más bien se dejó entretejer con el entorno, consintiéndole al paisaje la restauración de su potencia.
Sin embargo, el proceso no se detuvo en las obras de contención. La Vestal se convirtió en un espacio de cuidado activo del territorio, extendiendo su influencia más allá de los límites inmediatos. A través del manejo y compostaje de rastrojos vegetales –verdes y secos– se elaboraron nuevos suelos, incorporando abonos ricos en humus y microorganismos para estimular sus dinámicas biológicas.
Con este propósito se plantaron arbustos y árboles nativos –muchos de ellos fijadores de nitrógeno, como la tara o el quebracho–, propios del bosque esclerófilo costero. Esta vegetación, adaptada al clima y al suelo local, ayuda a restaurar el paisaje y su biodiversidad. De igual modo, y a la par, se introdujeron especies comestibles que fortalecen la relación entre el habitar humano y el medio: frutales, hierbas, huertos.
Otro elemento fundamental en la dinámica fue la incorporación de abejas y gallinas. Las gallinas, además de aportar abono y controlar larvas, ayudan a oxigenar el suelo. Las abejas, ubicadas en colmenas cercanas a las quebradas del sector norte, vuelan hasta tres kilómetros, beben agua del estero y polinizan la flora del entorno, activando procesos de renovación vegetal. Ambas especies son parte de un entramado ecológico que energiza el suelo y fortalece el ecosistema. Asimismo la labor continua de producción de humus a través de lombrices, alimentadas con los residuos orgánicos diarios, completa el ciclo de restauración.
A la vez se sembraron flores silvestres, arbustos de flor y especies perennes destinadas a atraer insectos polinizadores, aves y microorganismos benéficos, fomentando la autorregeneración del paisaje.
En buenas cuentas, la Vestal del Jardín no es solo una obra que se posa sobre un terreno, ya que además lo habita, lo cuida y lo interpreta; es decir, articulando técnica y poética transforma el deterioro en oportunidad de restauración.
Este gesto que se instala en un cruce entre geografía, arte y ecología, es el punto a partir del cual la obra se ofrece como ejemplo de arquitectura sensible, comprometida y restauradora: vuelve el quehacer arquitectónico en un acto de cuidado, donde cada intervención es también una forma de escuchar.