En los terrenos

Ignacio López Alonso

Arquitecto. Doctor en Arquitectura por la UPC
Profesor del Departamento de Proyectos de la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Barcelona
Socio fundador de Lagula Arquitectes

Con motivo del Taller de Obra de la Hospedería del Teatro de Ciudad Abierta, en agosto del 2024, se realizó una breve charla en su sala de música. Allí se explicaba en primera persona la experiencia de la práctica tradicional en una aldea segoviana, confrontándola con varios documentos clásicos de referencia en torno al tapial, comenzando por El arte de la albañilería, de Pedro Zengotita Vengoa, ilustrado con grabados de Juan de Villanueva.

Este texto busca reorganizar esa información, utilizando los giros y la terminología propios del lugar. Así, sin entrar en la caracterización en laboratorio del material, se pretendía tener un primer contacto desde el conocimiento empírico de su metodología de trabajo, sus lógicas constructivas y las derivadas a nivel de diseño y organización de la construcción de un elemento y de su trabajo por forma.

Palabras clave: tierra – tapial – tradición

Recuerdo la manera en que siendo un niño trataba de amasar la paja y la tierra mezcladas con el mínimo de agua de un balde, formando una pasta que no fuera barro y llenado cubos para subirlos tirando de una polea. Había que retejar la casa de los bisabuelos y todas las manos eran necesarias. Cirilo y Abílio, primos de la familia, por un lado, por otro o por ambos, peleaban por la dosificación del material bajo la atenta mirada de Petra Martín, la matriarca, y la sonrisa ligera de Espiridión, mi abuelo. Junto al muro descansaban unos sacos de cal, un montón de tierra y dos fardos de paja, a la espera de ser movido mediante medios manuales, es decir, a pico, pala, carretilla y espalda, al modo en que lo hicieron diversas generaciones de la familia.

La tierra había sido extraída de una cavén1 buena, cerca de Carresequera, en Pajarejos, la aldea de mis abuelos, próxima a Maderuelo, de cuya ermita de la Vera Cruz se extrajeron los frescos de El pecado original, una de las pocas muestras valiosas de pintura románica existentes en el Museo del Prado. Expoliada, como tantas otras cosas, de la vieja Castilla para lucir –o enlucir– la pretendidamente “ilustrada” corte madrileña.

La tierra se elegía desde la experiencia y no desde la experimentación, basándose en el conocimiento ancestral de nueve siglos de cristianos viejos. Al extraerla, sin añadirle agua, “se ha de poder hacer un churrito con la mano”, decía uno; “si la aprietas, ha de tomar la forma de la mano y no deshacerse ni pegarse a los dedos”, afirmaba otro; “ha de ser tierra y no barro”, señalaba un tercero; “tiene que estar limpia”, terciaba un cuarto, eliminando cualquier muestra de humus o de vegetación en ella. Apenas se le añadía un mínimo de humedad, aunque, eso sí, cualquier tablero en contacto con la tierra se sumergía en agua previamente para que no se bebiera la tierra.

Grabados de Don Juan de Villanueva extraídos del libro Arte de albañilería. Biblioteca del Museo Nacional del Prado.
Colección: BMP — Ubicación: Depósito de libros — Signatura: Cerv/1238 — Nº de registro: 42780 — Código de barras: 1117035 — Notas: Enc. pasta — Ex-libris de José María Cervelló Grande.

Según aprendí años después en el clásico libro Arte de la albañilería,2 de Pedro Zengotita Vengoa, ilustrado con grabados de Juan de Villanueva, la tierra tiene que ser “fuerte, gredosa, unida, con poco cascajo y arena”. Temes y Barrios dirían cerca de dos siglos después, “casi todas las tierras sirven para hacer tapia, pues abunda la ‘tierra viva’ y de ‘mucho grano’, que tiene arcilla y arena –sin demasía–, y gravilla; estas tierras, que al picarlas hacen terrones, desprovistas de materias orgánicas y mezcladas con ‘garrofo’ (escombros de otras construcciones machacados), son los que se emplean para tapiar”.3 Hoy, parecería sensato sumar a los criterios anteriores aquellos propios de la caracterización del material, realizándose una serie de muestras combinando material de las zonas de extracción, mejorándolo o no, mediante la adición de gravas y su posible calicastrado para un análisis de laboratorio.

Así, la tierra es el material fundamental en el tapial tecnificado. La tradición vivida en mi infancia segoviana dictaba añadir paja a la masa para evitar su retracción, y el encalado en interiores y el remozado con tierra y cal en las fachadas. Cal con la que se pintaban y se saneaban los interiores, o se enjalbegaban en la terminología local (aún admitida por la RAE).

“Un burro la trae y ciento se la llevan”, nos decía mi abuela Petra cuando veía a alguien apoyado en una pared. No en vano, Zengotita apuntaba, frente a la lechada o el pintado, la utilización del calicastrado como mecanismo de mejora del material o incremento de su resistencia frente a la intemperie. Esta práctica consistía en la extensión de capas de arena y cal trabajadas en las tongadas horizontales entre los cajones de encofrado, que se remataban con medias cañas en los bordes de los cajones de madera. La densidad de aparición de estas capas, incluso la sustitución de cal por yeso en ciertas zonas de la península ibérica, varía enormemente la capacidad resistente y de envejecimiento del material, como recoge uno de los textos clásicos hispánicos sobre el tema: El tapial: una tècnica constructiva millenària, de F. Font y P. Hidalgo.5

La tierra se subía con cubos y se extendía por capas de un palmo, aproximadamente, y los más jóvenes –o los más pequeños– se metían dentro del cajón –el encofrado de la tapia– a piconarla, comprimiéndola con una barra de madera acabada en un taco, hasta reducir ese palmo a la mitad de su volumen. Es decir, en menos de medio palmo con el entusiasmo de la mañana, y en algo más con el agotamiento de la tarde.

La tierra se trabajaba con cajones de chillas –las mismas tablas delgadas de chopo (conocido aquí como álamo chileno) con las que se confeccionaban los tableros de las cubiertas–, en este caso, estructurados en planchas mediante rollizos desbastados del mismo material, extraídos de la chopera de la vega del pueblo. Los dos tableros destinados al muro formaban el cajón de apenas dos pies de alto –de tres e incluso cuatro en los grabados de Villanueva. 

Los cajones de los grabados y dibujos que acompañan este texto incluyen las agujas –elementos en su origen de madera y después metálicos–, perpendiculares al eje del muro, que permitían trabar a diversos niveles las dos caras del cajón y resistir los empujes laterales del montaje. Al ser este un sistema de menor dimensión se reducía en el pueblo apenas a unos tensores de alambre, no tan diferentes de los dividales utilizados por Carlo Scarpa en la pared de hormigón del acceso al cementerio de Brion, aunque, ordenados con menor criterio. 

Zengotita señalaba en su tratado el posible uso de paredes mixtas, con cuerpo central de tapial y con machones de ladrillo o mampostería como elementos de refuerzo, que se utilizaban en los aristados, las esquinas, las intersecciones y los huecos de los muros, práctica menos habitual en Pajarejos, pero no desconocida. Asimismo apuntaba la posibilidad del uso de la tierra, usada en forma de adobe, en las tabiquerías, rellenando los entramados de madera de chopo, la mayoría de las veces, y de enebro en los postes más resistente.

Las paredes construidas en ese material, de espesor mínimo 45 centímetros–, al extenderse de manera longitudinal, precisan de ser trabadas por muros perpendiculares o curvarse y trabajar por forma para resistir los empujes laterales. En los muros ortogonales, trabados en un sistema de cajas, hechos solo con tierra, la capacidad del material se mejoraba en las esquinas mediante el calicastrado, o reforzando el nudo con la adición de rollizos de madera en las tongadas horizontales, cruzados en ambos sentidos, con lo que se resolvía el problema del cortante. Una problemática que evitan los edificios cuya geometría los hace autoestables, como los palomares de planta circular que abundan en la meseta, que trasponen en pequeñas piezas la forma circular de los Tulou (enormes fortalezas-viviendas, propias de la provincia de Fujian en China). En ellas, la curva incrementa la resistencia de la pared al empuje horizontal y elimina el cortante en las aristas, permitiendo un correcto trabajo por forma del conjunto. A su vez, el encofrado mediante chillas genera geometrías regladas siguiendo la propia lógica del material.

Revista Arquitectura, Madrid, nº 175, 1933, pp. 297 y 301.

Dadas sus cualidades de aislamiento y versatilidad, la tierra se utilizaba en la construcción de espacios interiores. Las paredes divisorias entre huertos o cercos se realizaban mediante mampostería con las piedras del terreno que salían al paso del arado. Esas mismas piedras servían de base a los muros, mezcladas con cal, como cimiento de la pared, extendiéndose de manera vertical en su primer tramo para evitar el contacto de la pared de tierra con el agua de la superficie, resolviendo así la capilaridad y la erosión de la entrega en el suelo.

Como la tierra se erosiona con facilidad al contacto con las lluvias torrenciales, los muros de tapial se protegen en su plano superior. Algo de solución constructiva convencional en fábricas mixtas o en muros cubiertos, pero menos usual en los muros aislados, como los que se trabajarán en la futura Hospedería del Teatro. Para esos casos, Zengotita propone un sistema que encajaría muy bien con las aspiraciones contemporáneas de la reducción de la huella de carbono en la edificación:

Búscase la retama, ramas o paja, tan largo que atraviese todo el grueso de la pared, y se coloca en acecitos sobre ella, de modo que los troncos entren en el macizo de la tapia y que sus puntas salgan y vuelen cuanto baste para apartar las aguas del paramento y pie de la pared. Colocados en este modo hacia un lado, y otros hacia el otro, forman dos aleros que escurren el agua; y para que no se los lleve el viento, ni los venza y derribe el peso del agua, se les echa un colmo de céspedes cortados en pradera o de tierra sobre el macizo de la tapia, y como la tierra por su propio peso forma dos declivios encontrados, estos contribuyen a defender de las lluvias el corazón de la tapia; y creciendo yerbas en ellos, atan y aseguran con sus raíces la albardilla por muchos años.6

La tierra no es solo material, pues su solución tecnológica es indisociable de la estructura formal derivada de su uso y de las manos que la trabajan, del mismo modo en que el grano “se recoge más en los terreros que en los testeros”, según decía el viejo Espiridión Alonso cuando había la necesidad de hacer más y pensar menos, excepto cuando nos veía hacer algo sin pensar. Entonces no dudaba en señalar: “Se recoge más en los testeros que en los terreros”. 

De alguna manera en la combinación de ambas afirmaciones proponía el pensar haciendo o el hacer pensando, ya que también en sus palabras, “más sabía el diablo por viejo que por diablo”.

Notas

  1. Localismo utilizado en las provincias de Segovia y Burgos para referirse a un talud de terreno yermo. No lo recoge la RAE, pero si el Léxico del Leonés actual, en su acepción de franja estrecha de terreno en la montaña.
  2. P. Zengotita Vengoa y J. Villanueva. (1827), “Arte de albañilería, o instrucciones para los jóvenes que se dediquen a él en que se trata de las herramientas necesarias al albañil, formación de andamios y toda clase de fábricas que se puedan ofrecer, con diez estampas para su mayor inteligencia por el célebre don Juan de Villanueva y para perpetuar su memoria lo da a luz por lo útil y sencillo para la clase a que se refiere don Pedro Zengotita Vengoa, arquitecto, académico de la Real de San Fernando”. Madrid: Francisco Martínez Dávila, impresor de cámara de S.M. En https://bibliotecadigital.museodelprado.es/pradobib/en/bib/8856.do
  3. V. Temes y R. Barrios ), “La construcción del tapial en la provincia de Albacete”, revista Arquitectura, Madrid, año XV,  nº 175 (1933): 297-302. 
  4. F. Font y P. Hidalgo, “La tapia en España. Técnicas actuales y ejemplos”. Informes de la Construcción 63, nº 523 (2011): 21-34.
  5. F. Font y P. Hidalgo, El tapial: una tècnica constructiva millenària. Castellón: Colegio de Aparejadores y AA.TT, 1990. 6. P. Zengotita Vengoa y J. Villanueva, (1827): 28-29.

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