Editorial N°19

acto&forma 19

Catalina Porzio de Angelis

Diseñadora Gráfica y Editora
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

Alguna vez leí que los esclavos, llevados por la desesperación de abandonar su suerte, devoraban porciones de tierra buscando la única salida posible: morir. Un dato tan raro como sombrío. Cierto o no, la práctica de comer suelo se llama geofagia, y existe. Se da, por ejemplo, de manera menos perturbadora, entre los niños que prueban flores, plantas y tierra a destajo sin hacerse daño. Incluso perfeccionan esta práctica elaborando tortitas de barro mientras juegan a cocinar, creyendo seriamente en los manjares que se ofrecen entre ellos. Dicen que detrás de esta costumbre existe una carencia de nutrientes que buscan suplir de manera inconsciente. Tiene sentido. Así he llegado a explicarme los caprichos o antojos de una mujer embarazada (si bien estas no comen tierra, se empecinan con algún sustituto).

Hace poco en Argentina una novela desató un escándalo masivo al ser censurada por las políticas culturales del gobierno de turno. Se trata de una niña que al probar la tierra es capaz de adivinar, en la consistencia de esa materia, las circunstancias de ciertos crímenes cometidos en el pasado, en lugares que desconoce. Y es que a la tierra, como un vientre prefigurado que aguarda en el futuro, se le entregan (o devuelven) los cuerpos; mejor dicho, los cadáveres.

A la protagonista de ese libro la tierra le habla a través del gusto en una suerte de sinestesia; es decir, un sentido provoca experiencias en otro. Una facultad bastante extraña si además consideramos que el suelo, testigo privilegiado de los cambios que se producen constantemente sobre su propia superficie, se tiende a dar por descontado, pasa desapercibido. Esa puede ser la humildad que está en la raíz de la palabra humus (tierra), un dato fascinante que acabo de descubrir.

Tal vez la tierra, en ese punto se diferencie del agua, otro elemento primordial que podría asociarse con una actitud más bien arrogante. Al menos nos seduce y nos anima a contemplarla en cada una de sus formas; despierta ensoñaciones, no así el barro: el polvo seca la garganta, el lodo empantana los pasos. Son innumerables los cuadros que se han pintado aludiendo al mar y a los ríos, perpetuando esas vistas al interior de casas y museos. La tierra, en cambio, se viste de cierto anonimato. Es un material silencioso, modesto.

Sin embargo con barro se modelaron innumerables objetos a lo largo de la historia, vasijas ceremoniales, el ajuar de civilizaciones (y en la Biblia nada menos que al primer hombre). Asimismo se erigieron estructuras que anclaron la existencia al amparo de un cobijo que logró perdurar en el tiempo, un tiempo distinto al de la errancia. 

Es curioso suponer que un día alguien miró el suelo (o hacia el cielo) y decidió quedarse en ese lugar, modificando el horizonte de su cansancio. 

Quizá, como observa en sus apuntes Valentina Rodríguez al comienzo de esta revista, basta agrandar el hueco de una vasija para obtener el espacio de una habitación. De un modo gracioso, esta idea me recuerda la ilusión del genio que aguarda al interior de una lámpara mágica. Y de una manera solemne, me lleva a pensar en las urnas de arcilla que abrazaron en la prehistoria tantos ritos funerarios.

La construcción en adobe, un sistema arcaico, tiene la gracia de “respirar”, así lo dicen los que saben, porque al igual que los poros de la piel, el barro permite un intercambio de aire y humedad con el exterior. El grosor de las paredes guarda una sabiduría: de día impide que el calor entre y durante la noche lo suelta, entibiando el espacio. 

Una casa de adobe es una cosa viva, pertenece a la naturaleza. Y con la prestancia de un cuerpo que se yergue, envejece inclinándose, retornando al punto de partida.

Después de un largo viaje en bicicleta al sur de Chile, un amigo me contó que tras mucho pedalear encontró por fin un lugar propicio para el descanso y empezó a acomodar su equipaje con la intención de levantar un pequeño campamento. Entonces se presentó un hombre que parecía ser el dueño del lugar. Mi amigo se acercó a saludarlo y le pidió permiso para pasar la noche ahí y, en respuesta, el hombre le indicó que no había problema porque efectivamente aquel campo “le pertenecía”. Pero más allá de la inmediata hospitalidad, lo que sorprendió a mi amigo es que eso mismo se lo dijo al revés: a esta tierra yo pertenezco. Por eso podía quedarse. El hombre era pehuenche. 

Estamos tan habituados a debatirnos por el territorio y sus límites, llegando a decretar que un río o una montaña nos pertenece si está a un lado o a otro del mapa, que invertir la ecuación de propiedad, considerando que somos nosotros quienes pertenecemos al paisaje que sin duda nos trasciende, es una lección de humildad que solo la tierra nos puede dar.

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Diciembre 2024

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Esas vasijas

Valentina rodríguez