Cuatro miradas al suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque

A continuación se reúnen cuatro perspectivas basadas en diversas experiencias sobre los matices que ofrece el suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque. Las variaciones son abordadas desde el acervo científico, a partir de investigaciones en terreno y resultados empíricos, a un campo de relaciones más sutiles y un tanto imaginarias, donde la memoria cobra un valor privilegiado. Así se inscriben –en orden desde mar a cerro– la anteduna, el conchal, las grandes dunas y la elaboración de un jardín en la quebrada.

Palabras clave: anteduna – conchal – duna – jardín

3 Duna abierta: ver en la arena

Tomás Trewhela P

Ingeniero civil hidráulico
Magíster en Medio Ambiente y Recursos Hídricos por la Universidad de Chile y Doctor en Mecánica por la EPFL
Profesor asistente de la Facultad de Ingeniería y Ciencias UAI

Siempre he amado el desierto. Puede uno sentarse sobre una duna de arena. 

No se ve nada. No se oye nada. Y, sin embargo, algo resplandece en el silencio.

Antoine de Saint-Exupery

Instalación de trampas y elementos que intervienen la duna.

Cuando se está sentado en la cresta de una duna lo que suele verse alrededor no es más que arena. Pero en aquel paisaje homogéneo donde muchos creen ver nada, otros podemos reconocer un sustento valioso para la vida. Y si bien es tentador asimilar en la arena –en desiertos o en un mar de dunas–, su condición de suelo estéril o inerte, invasivo y abrasivo, esta idea colectiva sobre su naturaleza, alimentada por siglos, no logra opacar su brillo. 

En los lugares donde los desiertos arenosos atentan contra la resistencia humana en forma de tormentas de polvo o haboobs, la arena logra viajar cientos o miles de kilómetros y de paso nutre ecosistemas lejanos. Basta ver cómo el cálido siroco, proveniente del sudeste sahariano, moviliza enormes cantidades de arena del Sahara para depositarlas en Los Alpes y otras montañas europeas. Pero este largo viaje no termina ahí. Los deshielos también favorecen el desplazamiento de arena hacia las principales cuencas o valles, llegando incluso a recalar en playas mediterráneas o en sistemas dunares en las costas del norte de Europa. 

Este movimiento, aunque lento y silencioso, es de suma importancia porque pertenece a un balance sedimentológico que nutre ríos y océanos. A una escala diferente, los depósitos de arena arrastrada por vientos y ríos andinos terminan formando dunas en nuestro litoral. Sin embargo, a diferencia de lo que ocurre con el siroco, en estas latitudes los vientos litorales –en su mayoría suroeste– arrastran la arena y la introducen hacia el continente, alcanzando importantes alturas en la cordillera de la Costa con el mismo resultado: valles ricos y fértiles. 

Pese a esto, la costumbre nos juega una mala pasada: ante la arena no reconocemos vida, sino solo al agua le atribuimos cualidades vitales, desconociendo que el agua y la arena son elementos que están íntimamente ligados, y es muy probable que la acuciante escasez hídrica se encargue de revelar nuestra ignorancia al respecto.

La arena, al igual que el agua, está presente en muchos ecosistemas, ya sea en abundancia o de manera más exigua. Y en aquellos lugares donde abunda –cabe considerar que el veinte por ciento de la superficie terrestre es desértica–, pone a prueba la adaptación de los pueblos ante un panorama poco alentador, ya que al año se desertifican cerca de 120 mil kilómetros cuadrados. En Chile, la realidad es similar: alrededor de un cuarto de la superficie tiene algún grado de desertificación. Una disposición que se contrapone a la necesidad de contar con arena en ecosistemas litorales por tratarse de una fuente primaria de nutrientes. Ambas coyunturas son parte del mismo desconocimiento sobre la dinámica de la arena: el cómo se mueve y el modo en que interactúa con su entorno. 

Toma de datos en trampa de sedimentos viento abajo de un arreglo de pilares.

Ejemplos de esto son los recientes socavones y la movilización de sistemas dunares próximos a centros urbanos muy poblados. Para entender el fenómeno, las formulaciones ingenieriles de mediados del siglo pasado resultaron insuficientes: sus datos no calzan con la información levantada en terreno. Entonces las preguntas más elementales –para la ciencia– vuelven a surgir: ¿cómo interactúa la arena con una estructura? ¿Cómo cambia su tasa de transporte durante esa interacción? ¿Generan las interacciones cambios sustanciales en la forma macro de la duna?

Este tipo de interrogantes son las que intentamos responder con los estudiantes Felipe Espinoza y Stephanie McNamara y la profesora Nathalie Vriend (estas últimas de la Universidad de Colorado Boulder), contando además con el apoyo incondicional de Iván Ivelic, Sergio Elórtegui y Marcelo Araya en la Ciudad Abierta. 

Mediante experimentos sencillos que cuentan con líneas de medición alineadas a favor del viento, buscamos determinar la influencia de distintos obstáculos en el transporte de arena. Para ello cada línea de medición está compuesta por una trampa viento arriba (o duna abajo), el obstáculo a experimentar y una segunda trampa viento abajo (o duna arriba). A su vez los obstáculos utilizados hasta ahora han sido tres: una línea de pilotes, una matriz de pilotes y un perfil de aluminio con flotadores de espuma flexible, el que frente al viento logra un comportamiento semejante al de un árbol. Con estos elementos pretendemos esbozar una idea de cómo las estructuras alteran localmente la duna y el transporte eólico de arena. Esta operación requiere de un sistema dunar aislado y sin mayor intervención, y en ese sentido la Ciudad Abierta nos abre una oportunidad única para explorar y tantear respuestas.

La intervención humana en los sistemas dunares a lo largo del litoral chileno es altísima. Por ello las tres dunas que ocupan la Ciudad Abierta son únicas en su tipo, porque obedecen a un comportamiento natural en su formación, al ser esculpidas por los vientos del suroeste, además de corresponder a un caso clásico de dunas lineales, difícil de encontrar en el desierto donde predominan las dunas barjanes con su forma de luna creciente –típicas de Marte. 

Si bien desde el verano de 2025, semana a semana, medimos o tratamos de hacerlo, a veces sin éxito, debido a las dificultades que impone la arena, sería iluso pretender dar respuestas en tan poco tiempo. Pero hasta ahora, no cabe duda, nuestro privilegio radica en subir a la duna y sentarnos sobre su cresta para –al revés del Principito– desde allí verlo todo.

artículo anterior:

Cuerpo costero, memoria viva. Notas de campo sobre un conchal

Javiera espinoza y celeste kroeger

artículo siguiente:

La Vestal del Jardín, un acto de cuidado

Iván ivelic y claudia porzio