Cuatro miradas al suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque

A continuación se reúnen cuatro perspectivas basadas en diversas experiencias sobre los matices que ofrece el suelo en la Ciudad Abierta de Ritoque. Las variaciones son abordadas desde el acervo científico, a partir de investigaciones en terreno y resultados empíricos, a un campo de relaciones más sutiles y un tanto imaginarias, donde la memoria cobra un valor privilegiado. Así se inscriben –en orden desde mar a cerro– la anteduna, el conchal, las grandes dunas y la elaboración de un jardín en la quebrada.

Palabras clave: anteduna – conchal – duna – jardín

2 Cuerpo costero, memoria viva. Notas de campo sobre un conchal

Javiera Espinoza Jara

Licenciada en Geografía
Magíster en Geografía por la PUCV y Profesora de Administración en Ecoturismo UNAB
Directora de la Fundación Aula de Mar y encargada de la Educación Ambiental en Fundación Capital Azul

Celeste Kroeger Campodónico

Bióloga marina
Magíster en Biodiversidad Marina y Conservación por la Universidad de California, San Diego
Encargada de Comunicaciones y Educación del Núcleo Milenio NUTME

Foto aérea de las dunas de Ritoque, tomada con una cámara reflex desde una avioneta (2008).
Créditos: Renzo Espinace Olguín

Las buenas historias se adentran en un pasado rico para sostener presentes densos y mantener viva la historia para quienes vienen después.

 Donna Haraway

Umbral 

¿El primer recuerdo? No sé bien de cuándo es, pero sin duda de niña, jugando en las dunas. Subir, subir, subir, para luego bajar corriendo, o rodando, y en los pozones más bajos encontrar conchas y cerámicas con la ilusión de ver aparecer una punta de flecha u otro artefacto de historias que habíamos escuchado. Aunque vivíamos lejos, las dunas de algún modo eran una extensión del patio de la casa, un lugar que visitábamos con frecuencia. 

Más tarde nos cambiamos a Mantagua –estábamos más cerca– y me acuerdo de acompañar a mi papá a buscar algunas conchas, que él dibujaría a una escala enorme, y yo las miraría con un ojo nuevo, porque entonces estudiaba biología marina y me era inevitable pensar, por ejemplo, en qué animales las habían habitado. 

Tiempo después –diez años quizá–, me volvería a encontrar con los conchales bajo una tercera mirada, sabiendo que el pueblo chango estaba vivo, e interpretándolo con Javiera como una conexión con otro presente.

Temporalidades

Una niña, hace 600 años, dejó caer una concha que fue tomada por otra niña en otro presente. Esta concha aparentemente no tiene edad, es una presencia. Entre las dos niñas no hay pasado ni futuro, sino un contacto de tiempos activado por la blanca macha que quedó posada sobre la duna. Las une un gesto compartido: caminar, agacharse, tomar, dejar. Las une un conchal: una cesta sin fondo donde caben siglos, palabras y silencios.

Ese cúmulo de conchas, carbones y fragmentos no es un residuo: es un relato que no sigue un orden lógico ni un tiempo cronológico. Las conchas se amontonan al igual que las palabras en un cuento oral: se repiten, se deforman y se mezclan. El conchal se vuelve una fuente viva de recuerdos, una interfaz de tiempos simultáneos, pues en su hábitat convergen diferentes tiempos de lo humano: lo molusco, lo mineral y lo marino. Y donde hay cohabitantes ocurren hábitos, pequeñas acciones repetidas que crean un lugar. El conchal es reflejo de ello: fue hogar, banquete, afecto, emoción, rito. Hoy es vestigio, pero también memoria. Cada fragmento guarda una costumbre. Cada concha, una historia.

Ursula K. Le Guin nos invita a pensar las historias como una cesta que contiene lugares donde se guarda lo esencial, lo cotidiano, lo vivo. Mirado así es posible imaginar que un conchal no es tan solo una ruina, un monumento o algo estático, sino una cesta repleta de historias que porta palabras, moluscos, hojas, rocas, hierbas, alimentos, tesoros, palitos, semillas, o, incluso, una casa, un lugar sagrado, un campo dunar, un océano; en fin, lugares que llevan consigo futuros alternativos. 

¿Qué historias quedaron guardadas entre esas capas a la espera de ser escuchadas? 

Contar estas historias es una forma de ser/estar con los restos y hacer presente aquello que fue vivido sin intención de ser recordado. Entonces, al mirar esa concha dibujada –con sus curvas, sus rectas y pequeños relieves– algo se activa: además de ver su forma, porta una serie de gestos, cuerpos y convivencias que aún laten en la arena.

“Macha fósil”, dibujo a grafito del conchal de Ritoque (2008).
Créditos: Peter Kroeger Claussen.

Correspondencias

Así una escucha se fue abriendo entre correos, fotos y mensajes enviados, como si cada archivo llevara dentro su propio susurro. No sabíamos que al escribirnos –en medio de una mudanza, entre cajas, pandemias y tareas cotidianas– iríamos recogiendo fragmentos del conchal, al modo en que se juntan pistas de una historia enterrada bajo capas de tiempo y arena. Fuimos intercambiando fotos de las conchas que encontrábamos, hablamos de rutas y de especies marinas, de los relatos de los changos, sus fiestas y los fuegos que los reunían, y sin saberlo trazábamos un mapa afectivo, una bitácora compartida.

Los correos se volvieron preguntas, las fotos, rastros, y las bitácoras, prácticas de encuentro. Así se inició el ejercicio constante de una escucha ampliada: escribirle al conchal para que nos devolviera su historia a través de un pilpilén, un carbón o una añañuca. No sabíamos tampoco que esa forma de registrar nos llevaba de vuelta a Mantagua y a Ventanas, a caminar las dunas del 2020 junto a un grupo de estudiantes, a buscar señales entre capas de arena y a descifrar palabras fragmentadas en los conchales.

Estos ejercicios de intercambio nos invitaban a una nueva indagación, tal como sucede al escuchar las voces de la mar en una caracola. Algo en aquellas escrituras compartidas se asemeja al acto de agacharse a tomar una concha, un gesto mínimo que se repite, una práctica de poner atención. Cada nota que nos enviábamos con el asunto “conchales”, era una forma de decir “estoy escuchando”. Asimismo, cada foto de un conchal era una manera de preguntar: “¿Estás ahí? ¿Qué escuchas?”.

El conchal respondió:

Cicatriz / Festejo / Archivo
Hogar de fuegos / No objeto / Presente
Sitio de retorno / Memoria salada
Espacio para escuchar / Mar de conchas
Relato / Pistas / Habitantes / Reunión
Búsqueda / Comunidad / Hallazgos
Resiliencia / Memoria / Abundancia / Registro
Locos / Un tesoro antiguo que hay que cuidar 
Changos / Tribu / Nómadas / Calcio
Vestigio / Huella / Cahuín / Permanencia
Mantita de picnic / Cocina / Basurero
Cotidiano / Tecnologías / Superposición
Colectividad / Intercambios / Transhumancias

En cada palabra, el conchal nos recuerda su fragilidad. A través de historias vulneradas por el paso de las ruedas sobre la duna, el olvido y la indiferencia. Memorias que se quiebran antes de alcanzar a ser oídas. Por eso, cada gesto de atención: una carta, una foto, un dibujo, se vuelve también un intento de cuidado o una forma de permanecer junto a lo que resiste, como una voz que se manifiesta desde lo blanco de ese molusco.

Conchal con huellas de vehículo (2008).
Créditos: Peter Kroeger Claussen.

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Sergio elórtegui

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Tomás trewhela