Arte y tierra:
Richard Long
Bruno Cuneo
Escritor
Doctor en filosofía, mención Estética y Teoría de Arte por la Universidad de Chile
Profesor del Instituo de Arte PUCV
A partir de la obra del landartista inglés Richard Long, el texto plantea la necesidad de relacionarse con la tierra o la naturaleza de una manera vivencial y creativa en una época que se caracteriza por la virtualización y la pérdida de relación con los espacios naturales.
Palabras clave: Richard Long – land art – artwalk – paisaje – tierra – cuerpo – vivencia
Mi trabajo puede ser inscrito obviamente en la historia del arte, pero jamás en el pasado hubo una época en la cual mis preocupaciones tuvieran tanto significado como ahora […]. Los espacios abiertos desaparecen cada vez más.
Richard Long

Del “arte de la tierra” –land art, como lo llamaba Walter de Maria, o earthwork, como prefería llamarlo Robert Smithson– se ha dicho que surgió a fines de la década de 1960 para sacar al arte de las galerías y de los museos, para hacerlo respirar en las grandes extensiones naturales, muy lejos de las ciudades. Se ha dicho también que sería de dos tipos: por un lado, uno que interviene el paisaje natural creando, con ayuda de maquinaria y hasta explosivos, una forma monumental y relativamente duradera; y, por el otro, uno que lo interviene atravesándolo y creando en ese transitar formas discretas y efímeras. Se ha dicho, por último, que la mayoría de los landartistas aman las zonas deshabitadas o silvestres (pampas, desiertos, etc.), las que intervienen con materiales tomados directamente de ellas, y que les gusta crear figuras geométricas primarias o muy simples: el muelle de rocas en forma de espiral construido por Robert Smithson en el Lago Salado de Utah, la rajadura en forma de línea excavada por Michel Heizer en el desierto de Nevada, los círculos provisionales trazados por Richard Long en el desierto del Sahara.
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Al artista inglés Richard Long no le gusta que lo llamen landartista, aunque lo que él hace es claramente land art, y bajo esa etiqueta figura por lo demás en catálogos y monografías. Lo que sucede es que es muy crítico de los landartistas norteamericanos, como Michel Heizer y Robert Smithson, a quienes acusa de ser “artistas capitalistas”, ya que sus obras requieren de grandes recursos, maquinaria (“mi pincel es mi Caterpillar”, decía Heizer), arriendo o compra de terrenos y, en este sentido, trabajarían en “contra de la tierra”, mientras que a él le interesa “trabajar para la tierra”. Y esto significa, en primer lugar, no violentarla o modificarla de modo permanente, sino recorrerla e intervenirla mínimamente, empleando para ello únicamente su cuerpo.
Todo comenzó en 1967, cuando Long tenía apenas 22 años. Mientras se dirigía a su escuela de arte reparó en un predio que se extendía a un costado del camino y se le ocurrió trazar allí una línea hollando una y otra vez la hierba. La fotografió y le dio un título: A Line Made by Walking. Había surgido una idea, una nueva manera de concebir la escultura, realizada directamente en la naturaleza, y dijo que se situaría a medio camino entre la huella, que se borra, y el monumento, que perdura.
Tiempo después llevaría su intuición a otra zonas, las “áreas remotas”: desiertos y lugares deshabitados de todas partes del mundo, los que recorre siempre a pie e interviene con formaciones geométricas hechas de piedras que encuentra en el punto en que ha decidido detenerse. Son simples líneas o círculos, y si ha escogido estas y no otras formas, dice Long, es porque son fáciles de realizar y porque son signos universales compartidos por las culturas de todas las épocas.
“Arte abstracto esparcido por los espacios reales del mundo”, así califica Long al suyo, pero precisa que su arte “es la esencia de mi experiencia, no su representación”. Es decir, antes que objetos, como apuntan Malpas y Careri, sus obras son vivencias, resultados de una acción: el acto mismo de caminar o de recorrer un territorio, y las experiencias físicas y estéticas que ese recorrido genera. Lo suyo, en otras palabras, es el artwalk o la caminata por un espacio natural elevada a la categoría de práctica artística, realizada en este caso para “celebrar” un lugar y establecer con él una relación unitiva: “A través de los ritmos del caminar, dormir, caminar, comprendo mejor los ritmos de la vida y de la naturaleza”.
Las caminatas de Long son solitarias y sus obras además son efímeras, por lo que la única prueba que tenemos de ellas son las fotos que él mismo les toma, unos textos que redacta a la manera de poemas conceptuales y unos mapas que registran los tiempos y las distancias de sus caminatas, los sitios de sus intervenciones y sus propios estados anímicos. Fotos, textos y mapas no son lo más importante, pero son de todos modos decisivos: si no existieran, dice Long, su obra sería incomunicable, un delirio privado sin pruebas ni testigos.
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Cuando los pintores impresionistas salieron de su taller y fueron a pintar al aire libre (plein air), dieron un paso importante, pero no dejaron de concebir la naturaleza como un paisaje (landscape), y esta noción presupone, como señala el artista Vito Acconci, un distanciamiento físico respecto de la “tierra libre y salvaje”, y una experiencia de la misma solo como un objeto óptico y dominado por la mente, como una idea. En el paisaje, añade Acconci, jugando con las palabras, la tierra o la naturaleza como tal “se vuelve observable” (land-scape / land-scope), o es solo un objeto para la vista, una imagen, por lo que ya no se necesita ir hacia ella, internarse en ella, sino solo apartarse un poco para que comparezca como un cuadro.
La relación artística de Long con la naturaleza es de otro tipo: no es, como dice él mismo, y lo subraya Malpas, una relación visual o representativa, sino una relación corporal o vivencial (“mi arte es la esencia de mi experiencia, no su representación”), pues lo que busca no es tanto producir una forma, como experimentar físicamente el espacio natural y dejar una tenue marca de esa experiencia. Lo que busca, para decirlo una vez más con palabras de Acconci, es reemplazar la “visión del paisaje” por una “visión hacia el paisaje y a través del paisaje”, donde este, “en vez de ser un objeto para los ojos, se convierte en un objeto para el cuerpo”.
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Vivimos en tiempos de cambio y no uno cualquiera. “La tierra”, dice el filósofo Byung-Chul Han, “es reducida [hoy] al tamaño de una pantalla de computador”, y así nos vamos despegando corporalmente cada vez más de ella, sin saber hacia dónde vamos ni tampoco cómo volver a aterrizar (Latour). Nuestra relación con la tierra o la naturaleza, en efecto, se ha reducido al mínimo, inmersos como estamos, confinados incluso, en una nueva “naturaleza”, sin tierra, la de los algoritmos y los datos. Una obra como la de Long podría ser un camino, de retorno, o una manera de ralentizar un futuro que nos aterra porque no cesa de desterrarnos. Un ejemplo, al menos, para los que se quieren quedar, un poco más, en los espacios abiertos.
Referencias
- William Malpas, Land art in USA y The art of Richard Long. Kent: Inglaterra: Crescent Moon Publishing, 2005.
- Richard Long and Denis Hooker, Richard Long, walking the line. Londres/Nueva York: Thames & Hudson, 2005.
- Richard Long, “Palabras tras lo hecho”, El Paseante, n° 3, 1986.
- Francesco Careri, Walkscapes. El andar como práctica estética. Barcelona: Ed. Gustavo Gili, 2004.
- Vito Acconci, “Cuerpos de tierra”, en Gloria Moure, Vitto Acconci, escritos, obras, proyectos. Barcelona: Ediciones Polígrafa, 2001.Byung-Chul Han, Loa a la tierra. Un viaje al jardín. Barcelona: Ed. Herder, 2019.
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