Presentación
Aunténtica vitalidad americana
Manuel Sanfuentes
Poeta
Diseñador Gráfico
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV
Esta tierra vido primero un marinero que se dezía
Rodrigo de Triana. Amainaron todas las velas, y
pusiéronse a la corda, temporizando hasta el día
viernes que llegaron a una isleta de los lucayos, que
se llamava en lengua de indios Guanahani.
Cristóbal Colón
El hecho de “ver primero”, como apunta Cristóbal Colón en el Diario de a bordo de 1942, no fue garantía de un reconocimiento cabal de la realidad enfrentada por la expedición a su mando. Es más, el equívoco de las “indias” occidentales ha abierto una infinita ambigüedad sobre la percepción de un territorio “encontrado” que no supo ser comprendido como cosa nueva. Solo la advertencia de Américo Vespucio, en una carta dirigida a Lorenzo de Medicis en 1503, puso de manifiesto la existencia del continente hasta entonces soslayado. Es a partir de esa carta y de nuevos antecedentes recogidos por el cartógrafo alemán Martin Waldseemüller que, en su famosa Universalis Cosmographia de 1507, se consigna por primera vez el nombre de América a las tierras descubiertas al otro lado del Atlántico. Recién en el siglo XX el historiador mexicano Edmundo O’Gorman se refiere a América como una invención, dando cuenta de la compleja y paradójica idea de lo que entendemos por América. Durante este siglo, Latinoamérica surge como un elemento revelador para una incipiente cultura global que sitúa la “cuestión” americana al centro de un proceso identitario y original. En este debate supra nacional –que obedece más a un valor continental que a nacionalismos particulares– nace Amereida como una mirada que pone el acento en la poética de una revelación surgida sin ser buscada; un “hallazgo”, dice el poema, por cuanto el surgimiento de América se da en la permanente búsqueda de algo que no era ella misma.
Amereida se debe comprender, por un lado, como agente singular en las discusiones identitarias sobre América del siglo pasado, pero a su vez como la expresión de un ideario colectivo que a inicios de 1950 se dio en el Instituto de Arquitectura de la Universidad Católica de Valparaíso, donde la reunión de poetas, arquitectos y artistas se sustentaba en la pregunta por el ser americano y en la conformación de un lenguaje propio, que tocase a América en sus peculiaridades.
Es así que a partir de 1960 el poeta Godofredo Iommi, miembro fundador del Instituto, se instala en París donde desarrolla una modalidad poética a través de territorios y ciudades, realizando actos que juntaban la palabra y las artes plásticas en busca de nuevas perspectivas para comprender el fenómeno del arte y la poesía: la phalène, mariposa nocturna que gira embelesada en torno a la llama hasta consumirse en la luz de su propia existencia.
La experiencia transcrita por Iommi en la “Carta del errante” (Ailleurs, París 1963), puso de manifiesto un modo de ser del poeta que privilegia el valor del “acto” por sobre la escritura, retomando la tradición del trovador y de la palabra in situ en un fenómeno poético inédito, que consolidaba una relación profunda entre el grupo de Valparaíso y un grupo de artistas, poetas y filósofos latinoamericanos y europeos en torno a la phalène.
La realidad cultural de Europa contrastada con Latinoamérica provoca en ellos la necesidad de hacer un viaje que atraviese el continente americano de sur a norte para encontrarse con el modo en que esta tierra se despliega. Y en 1965, en torno a Godofredo Iommi, se congregan los arquitectos Alberto y Fabio Cruz, el escultor Claudio Girola y el grupo europeo conformado por los poetas Michel Deguy y Jonathan Boulting, el filósofo François Fédier y los artistas Jorge Pérez-Román y Henri Tronquoy, quienes se dirigen a Punta Arenas, la ciudad más austral del continente, para emprender desde allí un viaje durante dos meses, realizando actos poéticos, signos y obras efímeras, hasta llegar al sur de Bolivia en la ciudad de Tarija. Impedidos de seguir adelante por la presencia de la guerrilla del Che Guevara al norte de Villamontes, deciden concluir la Travesía de Amereida, no sin antes proclamar a Santa Cruz de la Sierra como capital poética de América.
De vuelta en Valparaíso, el grupo recoge las anotaciones y experiencias del viaje iniciando el proceso editorial del poema Amereida, cuya publicación definitiva se hará en 1967, constituyendo, en adelante, el fundamento de la Escuela de Valparaíso: poesía, oficio y continente serán indisociables a la luz del “hallazgo” y del modo peculiar que tiene América de desplegarse.
Este espíritu nutrió al movimiento universitario configurando lo que sería la Reforma Universitaria en Valparaíso en 1967, cuyos postulados pavimentaron la posibilidad de conformar una agrupación donde vida, trabajo y estudio se dieran en unidad. En 1970, al norte de Viña del Mar, en una zona cercana a la playa de Ritoque en Quintero, se funda la Ciudad Abierta de Amereida con la celebración de cuatro actos poéticos que le dan apertura a los terrenos bajo el sino de la hospitalidad.
Pese a encontrar un lugar que le diera cabida a esta relación entre poesía, arquitectura y diseño, los viajes y movimientos de la Escuela no se vieron interrumpidos, dando pie a diversas experiencias constitutivas de la Travesía en el ámbito de esta Escuela (Viaje a Vancouver, 1969; Viaje donde el poeta Juan Larrea, Córdoba 1977; Viaje al desierto, Atacama, 1979), y asimismo a una concepción americana de la abstracción que permitió mirar el continente en todas sus peculiaridades, tanto naturales como humanas.
Con estos antecedentes a cuestas, en 1984 se inicia en la Escuela de Arquitectura y Diseño un período que introduce la Travesía al estudio en los talleres: alumnos y profesores preparan cada año una travesía a algún lugar de América del Sur, donde realizan actos y obras leves planteadas como un regalo al lugar y sus habitantes. En estos cuarenta años se han realizado cerca de trescientas travesías que dan cuenta de un hacer a la luz de Amereida, que va palpando el continente como una aventura de conocimiento e inspiración en pos de desvelar los secretos de América que aún desconocemos y que yacen subterráneamente. Testigo del hallazgo, la Escuela ha encontrado en América su auténtica vitalidad y un derrotero hacia su reconocimiento.
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