Editorial N°17 / 18
acto&forma 17 / 18
Catalina Porzio de Angelis
Diseñadora Gráfica y Editora
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV
Si los cuentos infantiles adoptaron la expresión “había una vez” para fijar en ellos un inicio que se hizo tradición, aquí, en la historia de las travesías emprendida hace cuarenta años por esta Escuela de Arquitectura y Diseño, también hizo falta un comienzo. Un comienzo dado, tal vez, por una suerte de mandato enunciado como un mantra perdido entre los versos que componen su poema fundacional: Mañana partimos a recorrer América. La frase es breve; sin embargo en su precisión contiene una potencia transformadora para el curso que tomaron los oficios en el momento en que fue proclamada con propósitos curriculares: modificar el campo de estudio al incorporar sobre la preponderancia del aula y las calles de la ciudad que le daba cabida a quienes ejercerían más adelante la arquitectura y los diseños –caminada incansablemente en busca de observaciones sobre el territorio y su habitabilidad–, un espacio que se abría sin límites para ser revelado, con parsimonia y a punta de hallazgos, en una serie de viajes al interior del continente, perturbando las condiciones físicas que disparan el pensamiento y la ejecución de las formas hacia planos inesperados, robustecidos en lo precario y lo incómodo para pensar haciendo con lo que se tiene a mano, que puede ser muy poco o casi nada.
Parte de ello se puede ver archivado en las primeras fotografías tomadas en travesía, donde
cuadrillas de estudiantes se adentran en la aspereza de entornos remotos para dejar una pieza
modelada en alambre o un trazo de piedras construido en el suelo como signos perecederos de su improbable estadía. Y la palabra, otra constante que ha sabido adaptar su contorno a las más leves e insospechadas superficies.
Ahora que escribo la editorial para este número de la revista, dedicado a homenajear esta extensa trayectoria, pienso en aquella sentencia –escuchada innumerables veces y repetida sin cesar por camadas de estudiantes–, despojada del rigor habitual que le confiere su estatuto histórico, sino más bien como un conjunto de posibles cavilaciones –algo propio de la poesía, que si bien por un lado es certera en imágenes, deja siempre un halo de extrañeza que permite dar un giro sobre el sentido de unas mismas palabras. Me explico: si me detengo, por ejemplo, en “mañana”, de inmediato salta el apremio del día siguiente, la urgencia, pero el mañana también puede ser asumido con serenidad, pues alude a un tiempo sin prisa que está por venir, al igual que se esboza una esperanza. Y es que en cierta medida, a partir de ese verso, el mañana se viene cumpliendo sin tregua año a año, cada vez que un grupo de profesores y estudiantes decide partir desde un mismo punto, Valparaíso, a recorrer la extensión americana, aportando con ello un nuevo trazo a la suma de líneas que constituyen este complejo derrotero dibujado por el paso de generaciones al abrigo de una obediencia.
Si bien cada travesía se puede considerar un hecho singular, sin duda impregnado de infinitas particularidades, lo cierto es que todas ellas, desde la primera hasta la última, conforman una especie de linaje, donde andar y desandar un camino hereda las pistas necesarias para moldear un procedimiento que avanza sin perder de vista un horizonte colectivo. Algo que el mapa, dibujado cuidadosamente por Manuel Sanfuentes para esta edición en un afiche desplegable, nos muestra en el enjambre de líneas que palpitan sobre la página con la tibieza de unas venas.
Es así como la vista en simultáneo de todos los caminos (por tierra, agua e incluso a través del aire) persiste, después de cuarenta años, en una figura inédita, comparable al sistema circulatorio de un cuerpo ignoto. Porque aun tras cientos de travesías acometidas por la misma Escuela hacia diversos destinos, América sigue siendo –como suele recordarse– un desconocido.
Ante la difícil tarea de exponer esta gesta sostenida en cuatro décadas de desplazamientos hacia lugares conocidos o por conocer, y la imposibilidad de cobijar en unas cuantas páginas los casi trescientos viajes hechos siempre de manera renovada, sin interrupciones, hemos decidido saltarnos las líneas políticas con sus fronteras establecidas para reorganizar la superficie en masas geográficas que comparten un clima, una vegetación, un paisaje. En resumidas cuentas los atributos de cinco aspectos americanos que atisban a su manera una atmósfera peculiar: patagonia, amazonía, pampa, cordillera y litoral Pacífico. Zonas que han sido alcanzadas por la cadencia de estas empresas a gran escala –inigualables a los movimientos turísticos tan empobrecidos por el exceso de cálculo–, realizadas por personas que, provistas con la multiplicación de los utensilios justos, se disipan a lo largo y ancho del continente para rozar sutilmente un territorio e intervenirlo al amparo de una obra frágil, donada, acorde a las condiciones del contexto, sin estridencias ni disonancias: una estela material dispuesta a desaparecer, en un sentido opuesto a las banderas que se clavan en señal de una conquista.