Memoria: Aysén

Carta del Mar Nuevo*

Fragmento

Ignacio Balcells

Arquitecto
Profesor Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

Muy lejos en las honduras sin sol del océano, donde la sombra de los barcos no alcanza a llegar, los peces sin párpados –¿para qué iban a tener párpados si nadan en su lágrima?– viven y mueren con los ojos abiertos. La noche que los rodea es tal que una noche nuestra los encandilaría. Y sin embargo ahí están sus grandes ojos redondos para dar fe de una luz que, cayendo a través de centenares de metros de agua, también a ellos los hace ser hijos del sol. ¿Cómo será esa hez de luz escurrida desde la gloria del día atmosférico hasta los fondos donde la merluza austral, el congrio, la cojinova o el mero encuentran, gracias a ella, su vida en tinieblas? ¿Será como un olor de luz? ¿Será como un alba lejanísima? Nadie lo puede saber, pero los pescadores aseguran que también para esos peces de profundidad hay diferencia entre el día y la noche: “Pican más –me decían– con las primeras y las últimas luces del sol. En eso son iguales a los salmones que viven bajo una cuarta de agua en los ríos. Sí, amigo, estos peces nuestros también tienen horas”.¡¿Te imaginas?! ¡Que haya horas en el negro abismo! ¡Horas! ¡Las mismas que los griegos llamaban las doradas! ¡Qué difícil resulta creerlo!

Ha de ser por esta dificultad de imaginar a esas profundidades iluminadas que las dos artes de pesca que se calan en alta mar de Aysén están hechas para capturar peces ciegos. Ni el espinel con sus anzuelos y carnadas, ni la red con sus nudos y ojos, requieren la visión del pez para funcionar y atraparlo. El primero lo atrae con el color de sus cebos frescos; la segunda lo traga con su inmensa boca transparente. Con el espinel el pez cae por su olfato; con la red cae por su bulto. Nada importa que la punta feroz y bruñida del anzuelo asome del trozo de jurel que hace de carnada; nada importa que la boca de la red ostente un collar de esferas rojas que la mantienen abierta mientras va por el fondo. El pez no verá a una ni a las otras: morderá la carnada como si se tratara de un pez menor o se dejará tragar por la red como si esta fuera invisible. Así, bien se puede decir que hombres a ciegas se las arreglan para pescar cuando tienen por ciegos a los peces que buscan.

Pero –me devanaba los sesos pensando esto mientras iba en los barcos–, ¿qué virtud tienen estas dos artes de pesca –la red y el espinel– que las hace tan efectivas en el mundo de abajo? Si son trampas, ¿qué imitan de la vida submarina para calzar en el sentido de esta y no hundirse en el agua como artefactos extraños en los que no caería ni un cachalote viejo? Por otra parte, ¿qué sellos tan distintos imprimen que las faenas y el aire mismo de un barco de espinel son casi pastoriles comparados con los del barco de red de arrastre innegablemente bélicos?

Una noche, tendido en mi litera mientras el barco iba y venía por el mar sin alejarse del espinel calado en la tarde, el tiempo muerto de esa larga espera se me hizo insoportable. ¿Qué estamos esperando? –me decía–, ¿hasta cuándo vamos y volvemos? Y entonces, para calmar mi impaciencia, traté de figurarme el drama oscuro y mudo de miles de merluzas australes, que allá abajo, habiendo ya picado en nuestros anzuelos, se debatirían tirándolos con sus bocas perforadas mientras a algunas de ellas los tollos habrían comenzado a arrancarles el cuerpo a pedazos, de pronto, como un relámpago, se me apareció la imagen de un cardumen. ¡Un cardumen! ¡Eso es! –me dije, levantándome para ir a pensarlo de pie en el puente. ¡Un espinel es un cardumen! Un cardumen rectilíneo compuesto de 15 mil o 20 mil trozos de peces con una espina dorsal de acero. Un barco espinelero cala en el mar un cardumen de pececitos ya pescados para coger con él otro cardumen de grandes peces que anda suelto; y el tiempo espaciado de su faena es el tiempo del que deja comer. La red de arrastre, por el contrario, es un solo y gigantesco pez. El barco arrastrero sumerge este Leviatán, este pez único, con sus fauces abiertas y lo desliza por el fondo para que trague hasta quedar repleto. Y el ritmo de su faena es el ritmo rápido del que quiere engullir.

Con estas dos imágenes marinas de cardumen, por un lado, y de Leviatán por otro, tuve así el modo de contemplar ambas pescas desde un punto de vista que las relacionaba a ellas entre sí y a las dos con la vida del océano.

Desde el punto de vista del cardumen, ¡qué llena de sentido me parecía ahora la proliferación de cosas pequeñas y semejantes que abarrota las cubiertas de un barco espinelero! ¡Decenas de miles de anzuelos, de reynales, de nudos, de peces para carnada, de metros de manila y de nylon! ¡Centenas de piedras envueltas en redes! ¡Decenas de flotadores! ¡Decenas de dedos anudando! ¡Números de números en esta fábrica de cardúmenes a control remoto! Y su faena, ¡qué suma inmensa de acciones minúsculas e iguales! Uno a uno, tirados por el lento andar del barco, van cayendo los trozos de jurel ensartados en anzuelos, que están anudados a reynales, que a su vez están anudados a la línea madre y sus potalas, la que a su vez va sujeta a la retenida y sus boyas, la que al cabo de 15 kilómetros, cuando se han calado 15 mil anzuelos, remata en el orinque con boya luminosa, banderilla y flotadores rojos arriba y un ancla en el fondo, a 400 metros de profundidad. Luego, ocho horas después, reubicadas y cazadas las boyas y banderín, comienza la virada, la lenta recogida de este complejo e infinito cardumen hecho de cuerdas, nylon, piedras, plásticos, acero y carne de pescado. Pero, ¡qué metamorfosis espléndida ha sufrido durante su estadía en el abismo! Uno de cada dos o de cada tres anzuelos aflora del agua negra con su hermoso congrio dorado o con una gran merluza austral allí donde antes no había sino la cabeza, la cola o un tercio de cuerpo de un pequeño jurel. Y uno por uno van saliendo con la línea a mil, dos mil, tres mil peces en una tarde: vagas manchas primero, en que uno ve la hondura del mar hacia abajo; luego, a media agua, siluetas; y luego, ya colgando del nylon en el aire, fuselajes viciosos de aletas translúcidas. O a veces, cuando diez o más congrios han picado en anzuelos adyacentes, y a algunos al subir se les ha hinchado la vejiga natatoria, a tal punto que por las bocas se les sale un globo pálido, entonces un tramo de espinel aflora antes de ser recogido y, como una larga cicatriz enrojecida, flota acercándose a la amura, furiosamente picoteado por las aves. La pesca en un barco espinelero es una procesión.

Pero –me devanaba los sesos pensando esto mientras iba en los barcos–, ¿qué virtud tienen estas dos artes de pesca –la red y el espinel– que las hace tan efectivas en el mundo de abajo? Si son trampas, ¿qué imitan de la vida submarina para calzar en el sentido de esta y no hundirse en el agua como artefactos extraños en los que no caería ni un cachalote viejo? Por otra parte, ¿qué sellos tan distintos imprimen que las faenas y el aire mismo de un barco de espinel son casi pastoriles comparados con los del barco de red de arrastre innegablemente bélicos?

Una noche, tendido en mi litera mientras el barco iba y venía por el mar sin alejarse del espinel calado en la tarde, el tiempo muerto de esa larga espera se me hizo insoportable. ¿Qué estamos esperando? –me decía–, ¿hasta cuándo vamos y volvemos? Y entonces, para calmar mi impaciencia, traté de figurarme el drama oscuro y mudo de miles de merluzas australes, que allá abajo, habiendo ya picado en nuestros anzuelos, se debatirían tirándolos con sus bocas perforadas mientras a algunas de ellas los tollos habrían comenzado a arrancarles el cuerpo a pedazos, de pronto, como un relámpago, se me apareció la imagen de un cardumen. ¡Un cardumen! ¡Eso es! –me dije, levantándome para ir a pensarlo de pie en el puente. ¡Un espinel es un cardumen! Un cardumen rectilíneo compuesto de 15 mil o 20 mil trozos de peces con una espina dorsal de acero. Un barco espinelero cala en el mar un cardumen de pececitos ya pescados para coger con él otro cardumen de grandes peces que anda suelto; y el tiempo espaciado de su faena es el tiempo del que deja comer. La red de arrastre, por el contrario, es un solo y gigantesco pez. El barco arrastrero sumerge este Leviatán, este pez único, con sus fauces abiertas y lo desliza por el fondo para que trague hasta quedar repleto. Y el ritmo de su faena es el ritmo rápido del que quiere engullir.

Con estas dos imágenes marinas de cardumen, por un lado, y de Leviatán por otro, tuve así el modo de contemplar ambas pescas desde un punto de vista que las relacionaba a ellas entre sí y a las dos con la vida del océano.

Desde el punto de vista del cardumen, ¡qué llena de sentido me parecía ahora la proliferación de cosas pequeñas y semejantes que abarrota las cubiertas de un barco espinelero! ¡Decenas de miles de anzuelos, de reynales, de nudos, de peces para carnada, de metros de manila y de nylon! ¡Centenas de piedras envueltas en redes! ¡Decenas de flotadores! ¡Decenas de dedos anudando! ¡Números de números en esta fábrica de cardúmenes a control remoto! Y su faena, ¡qué suma inmensa de acciones minúsculas e iguales! Uno a uno, tirados por el lento andar del barco, van cayendo los trozos de jurel ensartados en anzuelos, que están anudados a reynales, que a su vez están anudados a la línea madre y sus potalas, la que a su vez va sujeta a la retenida y sus boyas, la que al cabo de 15 kilómetros, cuando se han calado 15 mil anzuelos, remata en el orinque con boya luminosa, banderilla y flotadores rojos arriba y un ancla en el fondo, a 400 metros de profundidad. Luego, ocho horas después, reubicadas y cazadas las boyas y banderín, comienza la virada, la lenta recogida de este complejo e infinito cardumen hecho de cuerdas, nylon, piedras, plásticos, acero y carne de pescado. Pero, ¡qué metamorfosis espléndida ha sufrido durante su estadía en el abismo! Uno de cada dos o de cada tres anzuelos aflora del agua negra con su hermoso congrio dorado o con una gran merluza austral allí donde antes no había sino la cabeza, la cola o un tercio de cuerpo de un pequeño jurel. Y uno por uno van saliendo con la línea a mil, dos mil, tres mil peces en una tarde: vagas manchas primero, en que uno ve la hondura del mar hacia abajo; luego, a media agua, siluetas; y luego, ya colgando del nylon en el aire, fuselajes viciosos de aletas translúcidas. O a veces, cuando diez o más congrios han picado en anzuelos adyacentes, y a algunos al subir se les ha hinchado la vejiga natatoria, a tal punto que por las bocas se les sale un globo pálido, entonces un tramo de espinel aflora antes de ser recogido y, como una larga cicatriz enrojecida, flota acercándose a la amura, furiosamente picoteado por las aves. La pesca en un barco espinelero es una procesión.

*Aysén, Carta del Mar Nuevo, Ignacio Balcells (Pesquera Friosur SA: Puerto Chacabuco, 1988, pp. 31-35).

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