Exagon
Experimentaciones del turismo masivo en Viña del Mar: 1955-1965
Erick Caro
Arquitecto Magíster Pontificia Universidad Católica
Profesor Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV
Más que un edificio, Exagon es un sistema de conquista de los acantilados marinos, un proyecto diseñado “en ronda” por los arquitectos del instituto de arquitectura UCV en 1955. Proyectar entre varios permite abarcar reflexiones y profundidades en ciertos aspectos de la propuesta poco vistos hasta entonces, sobre todo en el mundo del edificio en altura, preso del negocio inmobiliario. Este texto intenta, por un lado, traer a la luz un caso de arquitectura inédito, y por otro, mostrar la época que permite que este caso exista. Así como agnes varda promovió la costa azul francesa mediante el cine, el Exagon queda profundamente engastado en la cultura del sol, la arena y el ocio viñamarino de fines de los cincuenta.
Palabras clave: edificio balneario – turismo de masas – ocio marítimo – ciudades especializadas
El arquitecto Paolo Sica, en su Historia del urbanismo,1 atribuye la aparición de “ciudades especializadas” al período de la revolución industrial; primero en la figura de las company towns, que concentraban a los obreros de fábricas profusamente expandidas en el hemisferio norte, y luego en la forma de ciudades balneario, que a diferencia de las primeras velaban por la existencia del tiempo libre, el “tiempo del ocio”. A partir de 1936, consagrado el derecho a vacaciones remuneradas, la opción de pasar una temporada fuera del espacio cotidiano se hizo costumbre en la época estival. Cada vez más personas reclamaron su sitio en zonas de clima privilegiado, especialmente cerca del mar. Así surgieron innumerables planes de equipamiento y vivienda en diversos litorales, anticipando la masiva solicitud de espacios que hicieran factible la experiencia del ocio. Como consecuencia de estas migraciones circunstanciales, los departamentos en altura también se apostaron en el horizonte marino. Un modo nuevo de ocupación que trajo consigo invenciones y vicios, relevando además la posición de los arquitectos que en muchos casos participaban tanto del diseño como del desarrollo de la operación inmobiliaria.
Algunas pistas para ubicar el inicio de este fenómeno transformador, ocurrido a fines del siglo XIX, se hallan inscritas en antiguas ciudades termales y en los resorts de moda entre las clases aristocráticas de Inglaterra y Alemania. Bath, situada al oeste de Londres, es un reflejo de este hecho. El éxito de los novedosos baños de mar con propiedades curativas, en palabras de Sica, se debe a una marcada nostalgia por lo natural, junto con las implicancias nocivas que tuvo la era industrial sobre el paisaje urbano, contaminándolo en términos higiénicos y estéticos. Por ello, dice, es necesario suprimir algunos de los factores asociados a esta era: “los signos del utilitarismo, la violencia de la máquina, la suciedad, el humo, los desechos y el ruido”. Las ciudades de vacaciones constituyen verdaderas “hipótesis urbanas” y desde allí se aproximan a la búsqueda utópica de una disciplina organizativa. Los primeros modelos nacieron como alternativa a la ciudad urbano industrial, tras “la búsqueda del clima ideal, del paisaje privilegiado y de áreas apartadas y delimitadas, más allá de las fronteras de la producción”. En el marco de estas condiciones referidas por Sica, descolla la impronta de cierta homogeneidad social que evite el conflicto de clases.
En un principio estas iniciativas derivaron de una élite intelectual nutrida por las afirmaciones de Rousseau, de Locke y Goethe en cuanto a la función pedagógica del viaje o tour, lo que más tarde se convirtió en una verdadera industria de las vacaciones, que a lo largo de toda Europa dio lugar a numerosas sociedades tanto privadas como estatales que se dedicaron a promover y administrar este nuevo agente de consumo.
George Candilis, arquitecto del Team X, en Planning and Design for leisure,2 vaticinó que las costas francesas –y europeas en general– experimentarían un proceso de metamorfosis desatado por el turismo de masas en respuesta a los “treinta años gloriosos” de Francia. Estas décadas, seguidas por el período de posguerra, centraban sus asuntos principales en el Estado de bienestar. Asimismo la consumación de las vacaciones remuneradas provocó un profundo cambio de escala, desactivando el monopolio del goce por parte de la élite para extenderlo en calidad de derecho a las clases trabajadoras. Tanto en Chile como en el resto del mundo, este régimen abrió una demanda por el uso del espacio natural para disfrutar del ocio. En el Código del Trabajo de 1931, dictado bajo la presidencia de Carlos Ibáñez del Campo, el descanso anual fue considerado como un bien inalienable por primera vez, contemplando “el derecho que tiene todo trabajador, con más de un año de servicio, a un feriado anual de 15 días hábiles, con el goce de remuneración íntegra, el cual se le otorgará, preferentemente, en primavera o verano”.
Al igual que en Europa, estas circunstancias impulsaron el paso de suntuosos hoteles y casas de veraneo a una proliferante edificación en altura que diera cabida al ocio masivo, donde turistas de fin de semana y todo tipo de veraneantes pudieran pasar sus días de descanso a lo largo de la costa central, concentrados mayormente en Viña del Mar, por su cercanía con la capital del país.
La promoción del turismo masivo significó un nuevo soporte de ingresos para el país y “el sol, el mar y la industria de la arena –como dice Candilis– jugaron un rol de primera importancia en la economía nacional”, como sucedía en tierras lejanas, al oeste de España, Marruecos, Argelia o en el sur de Túnez. En el caso de Viña del Mar, además de contar con condiciones favorables, semejantes a las de otros destinos repartidos por el mundo, condensando la promesa futura de un gran balneario, se impulsaron leyes auspiciosas para la construcción urbana que se convirtieron en un catalizador de la edificación en altura. La promulgación del Decreto con Fuerza de Ley 2 (DFL 2), en 1959, durante el gobierno de Jorge Alessandri, por ejemplo, incentivaba la reactivación económica, la que beneficiaría a los estratos más altos, puesto que la superficie límite de 140 metros cuadrados por departamento se consideraba un mínimo de la pequeña burguesía chilena, que a pesar de contar con una vivienda propia seguía soñando con la casa de veraneo.

Configuración del Cerro Castillo en 1954 con sus posibilidades de acceso: su condición de pivote en sentido oriente-poniente con el centro y el mar en sus extremos, y en sentido norte-sur con el estero como límite y la línea férrea hacia el interior de la ciudad. Dibujo de Alberto Cruz Covarrubias.
La apuesta por Viña del Mar tuvo muchas repercusiones en el campo de la arquitectura. Entre las oficinas destacadas por proyectar las obras más interesantes construidas en la ciudad, estaban SEA, fundada por el profesor y activista Abraham Schapira y Raquel Eskenazi, con el edificio Montecarlo (1959), en avenida San Martín, y el edificio Ultramar (1965), ubicado en un vértice de avenida Perú; la oficina de Osvaldo y Jaime Larraín, que hizo un aporte significativo con el edificio Acapulco (1961), en avenida San Martín, y el edificio Copacabana (1963), en avenida Marina; la oficina Bolton-Larraín-Prieto, con gran presencia también en Santiago, autores del edificio Costa Azul (1962), emplazado en primera línea frente al mar, con un bloque equivalente en tamaño a la playa adyacente de Caleta Abarca. Estos últimos fueron un agente importantísimo en la gestión y proyección del primer rascacielos de Santiago: las Torres de Tajamar. Y bajo la misma figura promovieron el proyecto del edificio Exagon (1955), que si bien no llegó a construirse, fue capaz de levantar un campo teórico hasta el momento inédito en relación a la vivienda del ocio, desarrollado por los arquitectos del Instituto de Arquitectura UCV, entre los que se encontraban Alberto Cruz, José Vial y Arturo Baeza.

Todos estos casos comparten un escenario original dado por las nuevas relaciones espaciales y simbólicas con el exterior, ausentes en la vida doméstica que en la ciudad llevaban estos nuevos ocupantes de la costa: la vista se centraba en la extensión oceánica, símbolo de la contemplación pasiva; el balcón como hecho singular de la forma construida, signo y representación del edificio, además de ser un medio para conectarse al aire libre; el tamaño restringido de la habitación, en cuanto se privilegiaba el desarrollo de la jornada frente al fondo latente del exterior. Ajustes que apuntaban a invertir el tiempo y el espacio de la vida citadina ordinaria a favor de un lapso breve pero extraordinario, que desde entonces identifica el tiempo del ocio en la costa.
Exagon
El proyecto Exagon, solicitado por la oficina Bolton-Larraín-Prieto al Instituto de Arquitectura UCV, corresponde a un edificio en altura de uso múltiple y cuyo propósito consistía en alojar la realidad balnearia de la ciudad: “el olor a mar, el ruido de las olas, la brisa de las flores” –anota Alberto Cruz–, e iba a ubicarse en la ladera norte del cerro Castillo, junto al estero Marga Marga.
Esta fue la primera vez que el grupo del Instituto abordaba una propuesta vinculada al mundo inmobiliario con todos los criterios que ello conllevaba: aspectos económicos, marcos normativos y términos regulatorios; códigos que suelen desencadenar propuestas poco inventivas, aún más si se trata de edificios en altura, donde la repetición de la planta es un agente inequívoco de la seguridad del negocio. En este sentido, vale la pena rescatar estas palabras de Alberto Cruz puestas en sus láminas de fundamento: “Los lugares se conquistan con dinero, las formas espaciales se levantan con dinero, el uso del dinero hace quedarse con él como fin y no como medio, la gente tiende entonces a olvidar sus batallas […] es por esto creo yo, que lo que voy a proponer como la vivienda del ocio parece tan ingenua a primera vista”.
Por otra parte, la influencia de Le Corbusier –arquitecto reconocido como maestro y estudiado sistemáticamente por el Instituto en su primera etapa– se puede identificar con bastante claridad en algunos rasgos del Exagon; entre ellos, las referencias directas a la Unidad Habitacional de Marsella, de cuyo caso se estudia la densidad y la capacidad de absorber habitantes en un bloque de mayor alzado, proporcionando un uso de suelo más eficiente.

Otras relaciones menos cercanas aunque igual de interesantes se dan en algunos elementos arquitectónicos manifiestos en la obra de Le Corbusier como la calle elevada que, a mi juicio, cobran una mayor riqueza espacial, al presentarse como un espacio que no solo atiende a la función de conectar las unidades, sino también al acto de permanecer en un lugar donde reina el tiempo del ocio. En cuanto al caso particular de los corredores en altura, es notable el modo en que en ellos se manifiesta una intención de proyecto que tiende a resolver el problema espacial de agrupamiento en tres dimensiones: desde el corredor es posible acceder hacia arriba y hacia abajo en los departamentos enfrentados, ordenándose en una unidad espacial irreductible de cuatro departamentos, una invención de agrupamiento en vertical no vista hasta entonces. Probablemente esta complejidad espacial fue uno de los factores relevantes a la hora de decidir que el proyecto no se llevara a cabo, pues imponía un alto riesgo al desarrollo constructivo de la obra.

Otro cruce interesante, aún más excéntrico, radica en cierta proximidad de la propuesta a la desarrollada por Le Corbusier para el Lotissement Durand en Algiers: la crujía corta de doble orientación proponía un edificio sin revés. Esta situación es tremendamente válida en el caso del Exagon, pues sus autores plantean un elemento volcado tanto al mar como a la ciudad. Una especie de pórtico entre ambas situaciones que logra potenciar lo que ellos llamaban “reciudadanización”, acentuando que la construcción de una obra de dicho tamaño y presencia reconstruye también la ciudad.
De esta manera el proyecto intentaba encauzar una serie de objetivos simultáneos: plantear un sistema de habilitación de suelos en pendiente, singulares y profusos en esta zona de la costa chilena; proponer un procedimiento edificatorio que permitiera mediante una operación compleja, alojar un número finito y repetido de unidades de uso en vertical, sustituyendo la habitual superposición de plantas; y por último, dar ubicación a un régimen de vivienda intermitente, que aun siendo económicamente próspero para la región, generó grandes desastres naturales y urbanos irreversibles.
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