El agua y la sal en el antropoceno

Álvaro Mercado

Arquitecto
Doctor Universidad Libre de Bruselas
Profesor Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

Daniela Salgado

Diseñadora Industrial
Doctora Universidad Libre de Bruselas
Profesora Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

Mia-Sue Carrère

Arquitecta
Magíster Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

La raíz común de economía y ecología, el oikos griego que significa “casa”, subraya nuestra conexión con el entorno. sin embargo, la evolución de estos conceptos revela una divergencia fundamental: mientras que la economía se centra en la gestión de recursos –a menudo con un enfoque en la acumulación y gestión de capital–, la ecología se preocupa por comprender y preservar los equilibrios naturales en la tierra.

Al cuestionar la percepción del agua como recurso en la nueva era del antropoceno, esta contribución presenta un punto de partida para rastrear, problematizar y futurizar en torno a las transformaciones ecopolíticas que se entrelazan en el nuevo ciclo del extractivismo en el norte chico de chile, que conecta espacios marinos y terrestres a través del flujo de agua de mar desalada y concentrados de la minería.

Palabras clave: agua – antropoceno – desalinización – extractivismo

La raíz común de economía y ecología, el oikos griego que significa “casa”, subraya nuestra conexión con el entorno. sin embargo, la evolución de estos conceptos revela una divergencia fundamental: mientras que la economía se centra en la gestión de recursos –a menudo con un enfoque en la acumulación y gestión de capital–, la ecología se preocupa por comprender y preservar los equilibrios naturales en la tierra.

Al cuestionar la percepción del agua como recurso en la nueva era del antropoceno, esta contribución presenta un punto de partida para rastrear, problematizar y futurizar en torno a las transformaciones ecopolíticas que se entrelazan en el nuevo ciclo del extractivismo en el norte chico de chile, que conecta espacios marinos y terrestres a través del flujo de agua de mar desalada y concentrados de la minería.

Durante la infancia aprendemos que el agua es el elemento vital por excelencia; sin ella ni humanos ni plantas, ni pájaros o insectos más resistentes sobreviven. Además, está formada por oxígeno, el aire que respiramos. Asimismo nos enseñan que la superficie del planeta está cubierta por más de un ochenta por ciento de agua, un dato apabullante que nos lleva a preguntarnos por qué el planeta se llama Tierra y no Agua. Sin embargo, en casi su totalidad, esta enorme masa con la que contamos no la podemos beber la especie humana ni la mayor parte de los animales, ni sirve para regar la vegetación terrestre, ya que proviene de los mares y océanos.

Muchas veces, leyendo novelas sobre náufragos que pasan días en una balsa en altamar sin nada que divisar en el horizonte, o sobre aquellos más afortunados que logran llegar a una isla desierta, imaginamos la angustia de estar rodeados de agua imposible de tomar por su gran contenido salino, pareciera que permanecer en el mar bajo esas circunstancias adversas sería casi lo mismo que estar en el desierto.

Quizá este tipo de angustia es la que abrazó al artista holandés Bas Jan Ader, quien como parte de una performance con una perspectiva crítica a la figura romántica de los artistas, titulada En busca de lo milagroso, se embarcó solo en la Costa Este de Estados Unidos para atravesar el Atlántico y llegar a Europa. El barco de Ader fue encontrado nueve meses más tarde sin su tripulante, y es probable que el artista, próximo a su muerte, sintiera la inmensidad de la masa oceánica salada a su alrededor. Sin embargo, el agua de los océanos es la misma que a través de un sistema circular compuesto por ciclos biogeoquímicos naturales, se evapora y transforma en nubes y precipita para formar ríos y lagos de preciada agua dulce.

The Estate of Bas Jan Ader / Mary Sue Ader Andersen, 2019 / The Artist Rights Society (ARS), New York.

Algo más que aprendemos es que el agua es un elemento vital no solo para los seres vivos, sino también para las máquinas, porque para que estas funcionen, entreguen o liberen energía requieren de grandes cantidades de agua. Así, pareciera que las máquinas –tal vez hechas a nuestra imagen y semejanza– son tan incapaces como nuestro organismo para operar con agua salada debido a la corrosión que les podría producir. A medida que crecemos, observamos que incluso el agua, principalmente la dulce, es energía que produce otras energías como la electricidad.

¿Cómo el agua sostiene la vida de las máquinas? En la gran industria, este elemento les permite controlar la temperatura, para que fluya por sus conductos y evite su sobrecalentamiento, como ocurre con aquellas máquinas que permiten la explotación minera en las profundidades de la cordillera de los Andes. A diferencia de los seres vivos, las máquinas idealmente no deberían descansar.

Desde hace algunos años sabemos que la escasez hídrica es un tema crítico en casi un tercio del territorio continental del país, y que el desierto chileno se ha desplazado de manera paulatina desde el norte al sur. La zona árida del Norte Chico, que comprende principalmente la Región de Coquimbo, se ha extendido hasta la Región de Valparaíso y Región Metropolitana, en un proceso que se ha acelerado en esta nueva era geológica que algunos refieren como Antropoceno.1 El concepto, introducido en el 2000 por el premio Nobel de química Paul J. Crutzen y el ecologista Eugene F. Stoermer, da un punto de partida teórico y empírico para describir una nueva era geológica que es impulsada por la humanidad, cuyas consecuencias incluyen la transformación de la biósfera que se manifiesta en el colapso extremo de los ecosistemas planetarios.

Fundición Caletones a 1580 m.s.n.m. Mina El Teniente, Chile

¿Por qué traemos estas memorias en torno al agua en el contexto de transformación de nuestra era? Porque hoy, tanto Chile y el mundo cuentan con la tecnología necesaria para desalar el agua de mar, transformar el fluido de los vastos océanos y sus profundidades insondables, y usarla para los propósitos que sean necesarios a un bajo costo respecto a la carencia del agua dulce continental. De esta manera el ser humano parece tener la posibilidad de superar la crisis hídrica global de agua dulce, por la reserva casi ilimitada de agua marina y oceánica disponible para ser explotada. En el caso de Chile, el agua oceánica con jurisdicción internacional corresponde a 252.492 kilómetros cuadrados de superficie, 33,35 por ciento de la superficie continental nacional.

Primera planta de destilación solar del mundo. Salitrera Las Salinas, desierto de Atacama, 1872.

Estas nuevas vías de desarrollo que ofrece el mar y los océanos han sido abordadas por la ONU y el Banco Mundial, instalando los conceptos de “economía y crecimiento azules”, en que aquel dejó de ser considerado tan solo como recurso para la pesca y la navegación a diversas escalas, transformándose en un espacio complejo que experimenta un acelerado proceso de urbanización.2 De manera invisible en la actualidad existen complejos trazados para todo tipo de embarcaciones (desde chalupas pesqueras a buques Post-Panamax). Las carreteras oceánicas, que solo se dejan ver a través de satélites que orbitan la termósfera y exósfera, al igual que los campos eólicos marinos, forman tramas regulares en el mar que se extienden similares a los cultivos industriales agrícolas. Por el contrario, en el fondo marino, sondas, satélites y prospecciones inmersivas son las que desenvuelven una red de infraestructuras para la explotación de petróleo y minerales tal como ocurre en la minería tradicional cordillerana.

Esta urbanización del mar y la nueva economía azul generan gran interés en los países de extensas costas, como es el caso de Chile, y sobre todo en las grandes compañías transaccionales. Esta dinámica de la economía centrada en el mar y los océanos es al mismo tiempo una alerta debido a la falta de jurisdicción de estos espacios, y de su gobernanza a escala local y planetaria. Así, la idea de los océanos como un bien común universal3 se difumina frente a la planificación y zonificación de su superficie y profundidades, tal como ha ocurrido en tierra firme.

Frente a la complejidad de algunos proyectos impulsados por la nueva economía azul como la minería submarina, la industria desalinizadora ubicada en los territorios costeros parece sencilla, de bajo costo e incluso sustentable, ya que implica disponer de agua dulce para el consumo humano, especialmente en las regiones más afectadas en el Antropoceno. Se estima que para el 2033, en Chile, el agua desalinizada constituirá el 71 por ciento del suministro hídrico empleado por la industria minera del cobre.

En un futuro, podríamos imaginar que ríos, lagos, campos productivos y humedales se surtirán de agua desalada de mar, activando por ingenio del ser humano, el ciclo natural del agua que aprendimos en la niñez. De este modo, los múltiples y complejos ecosistemas del paisaje terrestre podrán sostenerse por el anthropos, iniciando un nuevo ciclo de la ecología en el planeta. Sin embargo, se considera que en la actualidad por cada litro de agua desalada en el mundo, se produce en promedio un litro y medio de salmuera.

Sal, agua y minera los pelambres

En Los Vilos, la construcción de infraestructura de desalinización que conecta el océano Pacífico con los yacimientos mineros de Los Pelambres, en la cordillera de los Andes, deja en evidencia controversias ecopolíticas casi desconocidas y cruciales para especular sobre el futuro de los espacios marinos, terrestres y sus comunidades, como las de Los Vilos, Pupío y Caimanes.

Al percibir el agua marina como una fuente inagotable para la explotación, se realiza infraestructura para desalinización en la bahía de Los Vilos desde donde se extrae y desaliniza el agua. El agua desalada asciende 130 kilómetros hacia la cordillera y viaja por una tubería con una capacidad de 400 a 1000 litros por segundo. Paradójicamente, las fuentes de agua dulce de montaña que abastecían al valle de Pupío, sector por donde atraviesa esta tubería, fueron destruidas y cimentadas por la instalación del tranque el Mauro, la mayor presa de relave de América del Sur.

Ruta del agua desalada de mar a cordillera

La modificación que realiza a los cursos de agua de cordillera a mar, y hoy de mar a cordillera, causa un fuerte impacto en la habitación del valle y sus actividades agrícolas. La escasez de agua detonada por la infraestructura desarrollada por la minera ha gatillado la lucha de la comunidad contra ella, y le exigen que devuelva el libre flujo de las aguas de la quebrada Pupío. Esta disputa lleva más de una década, y hay comunidades ubicadas en el valle que han sido demandadas por la minera por oponerse al aumento de tuberías para ampliar la capacidad de flujo de aguas desalinizadas.

Este proyecto representa la consideración de los procesos de desalinización como la panacea para su desarrollo industrial. Aunque en algunos países existen normativas claras sobre la desalinización y los depósitos de residuos que deja su proceso, en el caso de Los Vilos la salmuera se vuelve a verter al mar, e impacta los ecosistemas marinos y sociales. Una situación que bien puede apreciarse en una reducción de la pesca en Los Vilos, y que se refleja en los intentos de mitigación realizados por la minera para sostener el tejido social en torno a este oficio, a pesar de las alteraciones ecosistémicas provocadas por la salmuera y su reenvío al mar.

Frente a esta realidad es significativo pensar desde el diseño, la arquitectura y el urbanismo nuevos modos de rastrear las transformaciones actuales y proyectar futuros posibles sobre nuestra relación con el agua como recurso y sus cuidados.

Manifestaciones por justicia en el Valle de Pupío.

*Esta contribución forma parte del proyecto de investigación/creación en curso titulado “Artefactos especulativos: Zoom In/Zoom out al extractivismo en el maritorio del Norte Chico”, financiado por la Vicerrectoría de Investigación, Creación e Innovación VINCI-PUCV, en la Línea Creación Interdisciplinaria 2023. El equipo de investigación está formado por los académicos de la Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV Álvaro Mercado, Mía-Sue Carrère, Leonardo Aravena y Daniela Salgado, y por el académico de la Escuela de Geografía Pablo Mancilla. En él han participado los estudiantes de Diseño Paulina Zúñiga y Andrés Aliaga, y los de Geografía Francisca Vega y Juan Pablo Riveros. Además, el proyecto cuenta con la colaboración de los diseñadores Ur Barlow, Marcelo Delgado y Sebastián Perucci.

1. Christophe Bonneuil y Jean-Baptiste Fressoz, The Shock of the Anthropocene: The Earth, History and Us (Londres/Nueva York: Verso, 2017).

2. Nancy Couling y Carola Hein, The Urbanisation of the Sea: From Concepts and Analysis to Design (Ámsterdam: Nai010 Publishers, 2021). 3. Guy Standing, The Blue Commons: Rescuing the Economy of the Sea (Londres: Penguin

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