Editorial N°16

acto&forma 16

Catalina Porzio de Angelis

Diseñadora Gráfica y Editora
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

El trazo de la historia, en un sentido grueso y más bien conservador, suele graficarse mediante una línea continua –como se dibuja el horizonte sin su curvatura–, interrumpida por pequeñas muescas, que a pesar de su insignificancia están ahí para señalar aquellos acontecimientos que suponen una suerte de torsión, un antes y un después; hiatos con nombres específicos que simplifican la comprensión de una trama llena de capas y relaciones tangenciales, difuminadas en esta flecha que cuenta con un punto de inicio y se dispara hacia un futuro incierto.

Aún si aplicáramos el sistema utilizado para leer los mapas que googleamos en internet, la tierra y el mar, mirados a distancia “cenital”, son representados por planos de colores que mediante una serie de clicks nos revelan sus pormenores: en la mancha celeste atribuida a la superficie oceánica, por ejemplo, aparecen marcas diminutas, como pecas, que luego son islas y un instante después, al pulsar de nuevo el mouse, una geografía microscópica, cada vez más remota, en la que nos adentramos hasta perder de vista su contexto, embelesados por la especificidad del detalle.

Asimismo, cada vida, poseedora de su propia línea de tiempo, cuenta secretamente con sus puntos de inflexión; muchos de ellos –aunque se ensalce la experiencia como un hecho individual– son dados por el anudamiento de un tejido colectivo. A casi cuatro años de haberse declarado la pandemia por covid en el mundo entero, se ha vuelto costumbre referirla para distinguir un quiebre o una reconversión de las costumbres o, por decirlo de algún modo, un giro inesperado en el guion universal.

Vuelvo a la pandemia porque allí quiero situar un recuerdo asociado a las alteraciones del sueño, a las horas de insomnio que muchos padecimos. Comencé a despertar en mitad de la noche y, aunque vivo en un barrio más bien tranquilo, siempre hay ruidos externos que organizan un campo espacial conectado con el afuera: un intercambio estrepitoso de ladridos, alarmas que se activan de improviso, algún drama de callejón. Pero durante ese período de reclusión involuntaria el silencio parecía gobernarlo todo. Tanto es así, que el oleaje del mar –aunque en mi caso es una vista lejana– se colaba en mis desvelos con la inminencia de un murmullo. Ante esa falta de sonidos cotidianos, en la oscuridad de mi habitación –como si esta fuera una cámara sorda de las que hablaba John Cage para teorizar sobre la inexistencia del silencio–, se revelaron sonidos interiores que hasta entonces ignoraba: el edificio, al igual que el cuerpo de un animal gigante, parecía contar con un sistema circulatorio sostenido por el uso de sus cañerías. La idea alucinada de estar metida en un vientre de hormigón, con el agua reverberando a lo lejos y el agua atravesando una especie de torrente sanguíneo a mi alrededor, más que inquietarme me acercaba a esa vida líquida, anterior a todo, un pasado común cuyo destino, el de las aguas, según Bachelard, es donde la humanidad busca su imagen.

Oír el agua que fluye puede tener efectos sedantes, pero la insistencia de una gota que cae con monotonía no solo socava nuestra paciencia, sino que con el tiempo provoca enormes destrucciones materiales. El agua es siempre una contradicción. Con su falta, vuelve la tierra yerma, seca las cosechas, desata el hambre y la sed; por eso se le atribuyeron poderes divinos y le fueron dedicados rituales y rogativas para convocarla. Resulta inaceptable que se nos prive de su consumo o que un Estado le arrebate a otro ese derecho. A la vez, su abundancia desmedida es un ser impiadoso que arrasa con todo aquello que nos desvela por ocupar este mundo bajo la forma de innumerables y variadas construcciones, apropiándonos con cierta cuota de arrogancia de todos sus rincones. Y con las vidas, por supuesto; el mar, los ríos guardan en el légamo oscuro de su fondo infinitos cuerpos desaparecidos que no han sido ni serán restituidos.

Sus oscilaciones atribuidas a fenómenos climáticos han hecho que como nunca antes se piense y escriba en simultáneo sobre este elemento que nos llena de placeres y nos atormenta, nos duele. Por esa complejidad que no termina de ser explorada, dedicamos este número a sumergirnos en algunas de las prácticas que el agua acompaña o detona.

Revista anterior:

Revista N° 15 – Año 8 – Volúmen 7

julio 2023

Artículo siguiente:

Inmersiones

autores varios