Diario de una nadadora en Caleta Abarca

Carolina Hornauer

Arquitecta
Joyera artística Escola Massana, Barcelona
Directora de Fundación Planea

A través de diversas entradas hechas de apuntes y fotografías, a modo de diario íntimo, una viñamarina que nunca se bañó antes en caleta abarca descubre en esa playa el nado en aguas abiertas. Actividad que la impulsa a divagar sobre los finos matices de estar en el mar, y a partir de esa distancia con la orilla, de paso, adentrarse en el origen de su ciudad.

Palabras clave: natación – aguas abiertas – mar

Nadar es un rito de iniciación, un cruce de fronteras: la línea de la orilla, la orilla del río, el borde de la piscina, la superficie en sí misma. Cuando entras al agua, ocurre algo así como una metamorfosis. Dejando atrás la tierra, atraviesas la superficie del espejo y entras en un mundo nuevo, en el que la supervivencia, no la ambición o el deseo, es el objetivo dominante.

Roger Deakin

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A medio camino del trayecto que una vez por semana hago a pie entre Recreo y Caleta Abarca, cruzo la pasarela, avanzo por avenida España y me detengo. Siempre me paro en el mismo punto y me asomo a la ex piscina de Recreo que hoy se ve particularmente vacía y rota, muy rota. La marea está baja y hay poco oleaje. El deslucido hormigón de su estructura, abandonada desde hace décadas, insinúa el recuerdo de uno de los lugares de nado más interesantes que hemos tenido, y que ya no existe. Mientras transito a un costado de los fierros oxidados y las ruinas, que acusan un deterioro irreversible, pienso en aquellas fotografías que he revisado del borde costero, donde cientos de cuerpos se asolean y zambullen con orgullo desde plataformas construidas para el goce y el disfrute, cuando en el siglo XIX, por influencia europea, al agua fría se le atribuyeron efectos curativos que desencadenaron rituales específicos. Entonces los baños de mar, tan recomendados por los médicos, no superaban unos cuantos minutos de inmersión. Las élites no se sumergían en aguas profundas, pues no eran nadadores experimentados. Las mujeres, por su parte, eran asistidas por carretas que las “introducían” en el mar y los bañistas se ayudaban de cuerdas que se dejaban tendidas en la playa. Durante sus paseos, estos nuevos ocupantes de la orilla rehuían del sol, llevando sus cuerpos completamente cubiertos.

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Vuelvo a Caleta Abarca siguiendo la huella de los pasos que di ayer (la repetición es mi propia ceremonia). Esta vez hay dos gaviotas dominicanas en la piscina, y en lugar de un pescador sobre las rocas se posa un pilpilén negro de pico rojo. Las olas se ven diferentes. Siempre lo son. Hoy rompen sobre los muros y pilotes de la vía elevada. Me pregunto si en la playa tendremos el mar más movido que de costumbre, pues mi cuerpo me alerta: parece predispuesto a una entrada con más acción (aunque suele ser más difícil salir que entrar cuando el mar está agitado o con marejada).

Me piden que escriba sobre mis fotografías del mar, y al caminar, erguida sobre suelo firme, voy pensando en que mientras nado o hago esas fotos no suelo pensar en el nado mismo, ya que nadar es todo lo contrario: consiste en sustraer los pensamientos para enfocarse en la respiración y el silencio. Y en abrir bien los ojos para recordar después.

Llego a Caleta Abarca.

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Es curioso que siendo viñamarina, habiendo vivido y estudiado en Recreo, Caleta Abarca, al igual que el Reloj de Flores, fue irrelevante en mi percepción de la ciudad. Medio venida a menos, era un tipo de emblema que nunca despertó mi interés o curiosidad, una playa más. Para ser exactos, la casa de mi infancia estaba a un kilómetro de distancia del balneario y aun así no recuerdo haberlo visitado. Al parecer lo que tenemos cerca es siempre algo lejano.

Esto cambió en el 2020, un poco antes de la pandemia, cuando el 7 de febrero me metí por primera vez al Pacífico, gracias a un deseo no cumplido hasta ese momento de ser una boya naranja flotando en medio del océano. Luego, en plena crisis sanitaria, siguiendo la extraña franja horaria determinada para hacer deporte al aire libre, entre siete y ocho y media de la mañana, cambiamos nuestro anterior deporte, el kayak de mar, por la natación en aguas abiertas. Nuestras embarcaciones eran muy llamativas ante los controles militares y sanitarios; en cambio, el nado parecía ser mucho más sutil a los ojos de los fiscalizadores.

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Hoy nos juntamos en el locker, un conjunto de casilleros blancos adosados a la pared de las instalaciones que se construyeron más o menos en la década de 1950. En ellos guardamos nuestras pertenencias mientras estamos en el agua.

Esta mañana vino H. y preguntó si podíamos ir juntos hasta el “bidón”, aludiendo al punto de referencia que usamos casi todos los nadadores de esta playa. En realidad, la referencia habitual es la “baliza”: un armatoste amarillo, propiedad de la Armada, ubicado a unos 400 metros de la orilla, que por estos días ha desaparecido y en su lugar han puesto un bidón de plástico. Nos sentimos bastante huérfanos y hasta desorientados al no contar con su presencia en el horizonte.

Recuerdo cuando estudiaba arquitectura y nos mandaban a croquear a la playa, un lugar igualitario: sin pudor y en mil posturas sobre la arena hacíamos nuestros dibujos conectados con la naturaleza. En algún momento de la historia el hombre le perdió el miedo al mar y volvió a ser niño, y la playa se transforma en un lugar de esparcimiento. Nace el balneario. Nos conectamos con el placer. ¿Y quién no busca el placer?

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Nos adentramos braceando hacia el bidón entre bromas de si llegaremos o no, pues no contar con un punto de referencia equivale a perder el norte.

Como habitantes modernos de las ciudades estamos acostumbrados a medir nuestro espacio a partir de atributos relacionados con las distancias dadas por lo construido. Calculamos el entorno con pasos o metros hasta identificar qué tan lejos o cerca están las cosas. Podemos definir los edificios gracias a sus formas y sus partes: ángulos rectos, esquinas, balcones. Nos han educado para entender y conocer lo que nos rodea y nos viste. Nuestros sentidos se han condicionado a lo hecho por el hombre.

Sabemos distinguir lo claro de lo oscuro, sabemos de lúmenes y decibeles, y conocemos el material de nuestra ropa, pero una vez que nos adentramos en el mar y escondemos la cabeza bajo el agua, parece que en realidad no sabemos nada. Pienso que este tipo de experiencia, semejante a la de adentrarse en un bosque o caer en el desierto, nos pilla desprevenidos. Ignorando sus atributos y sus nombres vamos a tientas, echando mano a otras medidas para avanzar, resistir y a fin de cuentas habitar.

El mar tiene infinitos matices, un lenguaje propio y extraño que de a poco se nos hace familiar. Puede estar quieto, como una taza de leche, o escarpado y rugoso en la superficie. Si el tren de olas alcanza un metro de altura, inferimos que tal vez la cosa esté agitada. Asimismo aprendemos a reconocer la sutileza de sus intervalos térmicos: a diez grados puede resultar bastante frío, pero con cinco grados más nos parece una tibieza. Luego vienen las inagotables variaciones de transparencia y color: si lo vemos turbio, puede ser que esté revuelto o hayan aflorado algas que lo enverdecen, o bien se abrió el estero y abunda el agua barrosa que lo vuelve turbulento y algo aborrecible. Otras veces se torna azulado, azul oscuro o turquesa. No sabíamos que era posible describir esa gama de verdes y azules sin asociarla al cielo o a las plantas. El aprendizaje sobre márgenes y referencias es un campo inagotable.

Nos juntamos en la boya, en la baliza o en la roca, ¿en qué roca? Depende de la marea. Si está baja o alta, la roca aparece y desaparece. En el mar nada es permanente ni estático. Con el tiempo y la práctica llegamos a descubrir innumerables formas en los seres que habitan estas aguas: estrellas de mar, algunos peces, pulgas, jaibas. Lentamente nos habituamos a sus comportamientos y llegamos a entenderlos. Entre las medusas podemos diferenciar cuáles “pican” y cuáles no; y cuando aparecen, sabemos reconocer las vivas de las muertas. No hay ángulos rectos ni construcciones. Quizá algún naufragio, o en este caso, los pilotes de un antiguo muelle escondidos bajo la arena. No hay calles ni semáforos, pero aprendemos a ubicarnos, a interpretar y seguir señales. Estamos en el mar, a metros de una playa de arena llamada Caleta Abarca, rodeados de edificios y de pistas conocidas que apenas hundimos la cabeza se esfuman.

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Llegamos sin problemas al bidón. Sabemos ubicarnos siguiendo las sombras de las rocas. Es probable que en nosotros se activara algún mecanismo inconsciente de orientación y supervivencia. El bidón está amarrado a un cabo que se pierde en las profundidades. Jugamos a bajar por la cuerda. A. y yo descendemos unos tres o cuatro metros, y sentimos cómo la presión del agua nos aprieta los lentes. H. nos sorprende al salir del agua con arena en las manos. Pienso que ese gesto es el mismo que hacen los apneístas con la tarjeta blanca que traen del fondo cuando logran sus objetivos, pero no digo nada. Seguimos nadando rumbo al Club de Yates, y a H. lo perdemos de vista por segunda vez en lo que va del día.

Tengo una hora libre, por lo que me acerco a la playa a ver si me inspiro para el escrito que debe acompañar mis fotos. Llevo puesto el traje de surf en lugar del de nado. Me queda un poco holgado y en esa pequeña cámara de aire circunstancial se cuela un chiflón de agua fría que circula entre mi cuerpo y el neopreno del traje que hace de segunda piel. Nado lento hacia la roca y ahí permanezco durante un rato, buceando y flotando al ritmo de las ramas de un cochayuyo que ha sobrevivido a los buzos “tácticos” que visitan el balneario y extraen lo poco que va quedando, algunas jaibas, caracoles, algas.

A los 15 minutos salgo. Vuelvo al locker, me cambio de ropa y me quedo escribiendo junto a un termo de té. Aunque hace calor, los dedos se me ponen amarillos y morados. Es mi querido síndrome de Raynaud. Es sabido que en algunas personas los vasos sanguíneos de las manos y de los pies reaccionan en exceso a las temperaturas frías, produciendo entre otras cosas una linda carta de colores a la que ya me he acostumbrado. La temperatura baja es la causa más probable de este síndrome. Lamentablemente es el agua fría una de las cosas que más nos atrae de nadar en el mar.

No medimos en pasos, ni siquiera en brazadas; usamos la piel como termómetro. Nuestra circulación sanguínea se entiende con la temperatura del mar. Son nuestros sentidos un nuevo modulor en este ecosistema. Sentimos, no medimos.

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Otro día de camino a la playa. Voy pensando en el cuerpo dentro del agua, en el mar, ¿cómo podría pararme? ¿Desde dónde podría tirarme un piquero cuando no toco fondo? No hay asidero ni pie firme, es como una caída libre. Por suerte flotamos. El cuerpo queda a merced de las olas, de la interacción del viento sobre el agua, de las temperaturas y las corrientes; es una mecedora continua. 

Busco con la mirada el punto donde debería estar la baliza (o el bidón blanco) y no la veo. El mar se ha vuelto un paño enorme, gigante. Un montón de nadadores van en dirección de la baliza a pesar de que esta no está en su lugar. ¿Por qué necesitamos tanto un punto de referencia? ¿Será que el todo nos queda grande? ¿Es el mar demasiado amplio?

Volvió el armatoste amarillo, nuestro punto de referencia, y se mece de un lado para otro. Ahora pienso que de todos modos me gustaba su ausencia.

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