Antología inédita de las aguas
Poemas de Milagros Abalo y pinturas de Pablo Contreras
Milagros Abalo
Profesora, editora y escritora
Colabora como columnista en revista Santiago
Pablo Contreras
Diseñador industrial
Pintor

Remo en estas aguas sin abrir los ojos
la violencia vuelve con sus imágenes
es tarde para huir. Bajo de la mano con el miedo
los muertos me acompañan en este secreto.
Quedaré ciega para verlos y escuchar las palabras de la noche.
Ciega para esta revelación sin dios.


La corriente de los tiempos
Por las calles de la infancia el agua corre cristalina y azul en su torrente nada se detiene.
Quise cruzar de una vereda a otra, de una esquina a otra, tanta agua había.
Alguien, un hombre, una mujer mira con violencia, su cara no la recuerdo, solo la delgadez de su cuerpo estremecido.
Hundo los pies hasta las rodillas. La corriente podía llevarme. Estaba sola
–siempre estuve sola en esas aguas– y tuve que cruzar y la corriente no me llevó.
Al otro lado todo era presente. La fiesta confusa de un presente en el que se mezclaban cuerpos, voces, calles, casas.
Canal San Carlos
Me dijeron que esas aguas traían desperdicios
basura, ratones, que en ellas desembocaban
las alcantarillas de todo el barrio. Tantas cosas
decían sin embargo algunas tardes de verano
vi jóvenes llegar a bañarse en un ritual
de qué bautizo
se metían entremedio de una reja y pasaban
el día entero ahí, se dejaban llevar
el agua resbalaba en sus pechos
ay del ay de los cuerpos en el agua
luego trepaban semidesnudos a la orilla
tan cerca del cemento su piquero
solo ahí cerraba los ojos y entonces
mi sangre se mezclaba con la de ellos
el hechizo en las corrientes del tiempo
hasta que el sol comenzaba a esconderse
ya nada iluminaba los cuerpos
se bajaba un telón
y por el mismo camino por el que habían entrado
ahora salían con su piel brillante y morena
–sus risas eran gotas de agua salpicada–
Y los miraba perderse hacia el paradero
como se pierde el sueño en la luz.
Nadar
Quién te enseñó a nadar. O también fuiste lanzada
a las aguas que venían encima igual a una muralla
en la anticipación de su ruido. Te revolcó a ojos cerrados
el cuerpo hasta su orilla en esa fría playa del norte
que de serena no tenía nada. Esta fue la primera imagen.
Nadie puso atención a tu nado, a tu pelo allí revuelto.
Saliste del fondo a recobrar el aire que habías perdido
como desde entonces has sabido recobrarlo
de la nada
en el silencio de toda profundidad
y con las paredes de tu garganta llenas de sal.

El peso
A veces nadamos en círculos, una y otra vez
damos vueltas en las mismas aguas
es la gente la que cambia
nuestro movimiento sigue siendo el mismo
braceo interminable de un cuerpo que se repite
salvo en el placer
salvo en el dolor
cada gota que cae es la réplica de una nueva sacudida
en nuestra delicada telaraña de órganos y tejidos.
Seguimos y luego de hacernos un espacio en lo cercado
salimos del agua un día y vemos que nuestro cuerpo
se ha adelgazado igual a un río que pierde su cauce
se alarga en la imagen de una sombra frente al espejo
quién soy ahora, preguntas, es mío ese reflejo
de quién este sexo empalidecido.
Tomamos entonces nuestras maletas
metemos en ellas y en bolsos arrumbados en el pasillo
las ropas que nos ha prestado la vida, y desnudos
como llegamos partimos a ese viaje de escaleras
que suben, de curvas que a lo desconocido bajan.


Nada ha sido en vano
Aprendimos a cruzar las aguas / muchas veces nos dieron en la cara mientras el mundo, salvo ciertas mujeres, de espaldas se abanicaba / cruzamos a toda velocidad / sin detenernos / aun cuando el miedo paralizó nuestros pasos, aceleró el corazón en el insomnio de la noche sola y ciega / avanzamos sin estrellas, con los pequeños tripulantes a cuestas / llamados hijos, llamadas hijas, llamadas madres / en los asientos traseros de nuestra barca no sabían cómo agarrarse, a qué / se entregaron al ímpetu del quien, y esa era yo / había que perseguir lo propuesto hasta llegar a pisar firme.
La trucha
No hablaré de peces muertos sino de un pez
que en mis manos ha resucitado, por los aires
fue devuelto a las aguas, estero marga marga
aguas tan frías como su muerte. Qué recordatorio
es este, qué su salida, su entrada al agua
en la orilla rebotó, golpe seco de grande animal
de cuerpo, como si a los pies naciera de nuevo.
Has sido devuelta al río, tus aletas carecen de espinas
tus escamas doradas se iluminan en el nado de nuestro destino
es nuestro destino el que corre ahí, en esas manos, esas aguas
dicen que los peces son mujeres, marga marga también,
que debes oír su caudal de palabras
un día de estos, cualquiera, se desborda.

Nosotros pequeños peces
I
Nos hemos lanzado a las aguas de este nuevo mar, transparente no menos hondo
nadamos junto a la prehistoria en el cuerpo de una ballena
lo que parece peligroso en su corriente no lo será si vamos juntos
el mar es amigo, y ese pasado que miramos hacia adelante será
el que vuelva a unirnos bajo el canto
II
Hermano, mira el agua, se parece
a la constelación de tu descendencia
en el cielo
la estrella
la cuerda que abre la nada
recuerda que de ahí también brota
igual a un niño desnudo, la vida,
y hemos creído en eso – pese a todo
no sueñes con peces que salen
a masticar nuestros pies
por más que lo intentes a veces algo impide
abrir los ojos, como el pez que no tiene párpados
y nunca los cierra ni para dormir
la ceguera de los míos ha tapiado la tarde de este verano
es la música en la casa del vecino
esa pequeña orquesta de niños
lo que devuelve al cuerpo la paz.
Los peces pequeños son el comienzo no sé de qué
de algo, sigue nadando, quizá algún día seas ese pez
que rápido se desplaza, y de una tristeza de fondo marino
por fin puedas hablar.


Sin máscaras
Un mundo donde nuestras bocas vuelvan
a parecer desnudas y olamos el jazmín
que cae de la reja / flor de la pluma / glicina
un mundo conectado por la imagen de las aguas
donde volvemos a acariciar a los que han quedado
tan pronto por su falta de costumbre
una más
una vez más
y se repara el corazón que arrastra tanta herida
ese mundo por el que tú también pasarás desprevenido
absorto en un laberinto de escaleras
lo conozco he andado por ahí
tomé fotos de esas aguas transparentes
conectadas por túneles subterráneos
no hay fronteras
no son cenagosas
ni sus puertos sombríos.
Dalia se llamaba la niña que aparece lejos de su madre.
Soy la oidora de las aguas, y nuevas
son las mañanas para zarpar.