Léxico del caminar
A partir de ocho conceptos gravitantes en la propuesta de Francesco Careri sobre el caminar como práctica estética, proponemos este “diccionario”, desarrollado libremente por participantes de la deriva realizada el 11 de abril de 2023, en Valparaíso.
ADENTRARSE
En cada subida, la ciudad se volvió un laberinto lleno de colores. Nos adentramos en sus calles, nos dejamos llevar por sus sonidos, por sus recintos apartados, nos sumergimos en sus lugares. Perderse. En cada paso interactuamos como una malla de historias entrelazadas. Nos aventuramos adelante, sin mirar atrás. Exploramos sin restricciones, dejándonos sorprender en cada esquina, en cada escalera, como un laboratorio de recorridos improvisados para encontrarse. Descendimos quebradas, quisimos saltar muros siguiendo el curso de la naturaleza que se abría paso en medio del concreto. La fatiga mezclada con la exaltación del estar ahí. Adentrarse en Valparaíso es una experiencia única, un acto de rebeldía y curiosidad. Meterse en la ciudad, interaccionar con sus habitantes, dejarse llevar por sus encantos, abandonar las convenciones y avanzar hacia adelante. Nos internamos en sus callejones estrechos y en sus descansos. Nos dejamos guiar por el flujo de la vida urbana y nos perdimos para encontrarnos en cada esquina. Fue un recordatorio de la importancia de explorar sin restricciones, de adentrarnos en lo desconocido y de dejar que la ciudad nos revelara su ser más profundo. La deriva urbana fue el medio a través del cual nos conectamos con Valparaíso y nos reconectamos entre nosotros mismos.
Vesna Obilinovic
ANDAR
El andar activa diferentes modos de vincularnos con nuestro entorno desde lo experiencial, ya sea lo sensitivo, lo afectivo o lo lúdico. Esta práctica produce situaciones y vivencias en torno a personas, objetos, lugares, entidades y comunidades desde donde se establecen espacios para el diálogo, la participación y la acción. Andar por Valparaíso estimula las relaciones. El Plan dispone una velocidad particular para el pie, asociada, por ejemplo, a los sonidos de avenida Brasil, al ritmo que sugieren los olores y colores del mercado Cardonal, o a la activación de la memoria a partir de la observación de sus edificaciones. Pero otra cosa es andar cuesta arriba por los cerros. La pendiente transforma el caminar en una negociación lenta y constante de intercambios con el espacio. El “nuevo” Valparaíso que surge con posterioridad al gran incendio del 2014 en los cerros Monjas, Mariposa, La Cruz y Las Cañas, se manifiesta a partir de los 200 metros sobre el nivel del mar, a través de un catálogo de arquitecturas emergentes en constante evolución, que guardan poca relación con la memoria de la otra ciudad. Sobre la cota 300 –casi fuera del límite urbano–, nos adentramos por un área natural, lejos de todo vestigio de urbanización y orientación, donde el andar se torna una práctica de senderismo. Desde ahí descendimos cuesta abajo atravesando quebradas, terrenos en toma, vertederos informales y fábricas abandonadas, hasta volver de nuevo a Valparaíso.
José Abásolo
ERRABUNDEAR
Pienso en la palabra errar en su sentido de equivocación. En la experiencia del caminar, el errabundeo aparece como la posibilidad de equivocarse no solo con la intención de perder el rumbo, sino también de asombrarse, sorprenderse, develar lo nuevo. Un espacio y tiempo destinados a la incertidumbre, que a través de la presencia y entrega corporal, permiten que sea a la vez un ejercicio de perderse (porque no se tiene un destino preestablecido) y encontrarse (ya que a medida que se camina se incorpora lo nuevo al imaginario individual sobre el territorio). Se hace necesario un estado de entrega, dejar que el territorio nos permee, confiar. Por otro lado, pienso en cómo es distinto errabundear para cada cuerpo y los significados sociales que portan. La soledad de la deriva puede ser una experiencia hostil –la ciudad a ratos lo es– sobre todo para aquellas personas con cuerpos que históricamente han sido replegados a lo doméstico o han sido objeto de violencia. Salir a la calle sigue siendo una acción de resiliencia para muchas de nosotras. Dicho eso, el errabundeo parece ser –además de una acción primitiva– un quehacer que se sostiene a través de la colectividad. Se vuelve un acto político de reapropiación del espacio público en compañía del grupo que brinda el resguardo necesario para una entrega plena. Perderse sola no es lo mismo que perdernos todos juntos.
Nara Massena
IR HACIA ADELANTE
Sin negar lo constituyente del pasado o los hechos recientes que nos traen hasta aquí, es imperioso elaborar una mirada sobre el porvenir, que sin negar la historia, elucubre y advierta un itinerario que abra un camino lícito y proponga un horizonte, pese a lo movedizo, iluminador del presente. La idea de las derivas, planteada por Francesco Careri, en cierto modo tiende al poema-símbolo, que vuelve la mirada sobre la realidad un poco atemporal, puesto que toca cuestiones trascendentes, más allá de las contingencias. Toda idea separa, saca del mundo, se dirige hacia un más allá (no está aquí); son “situacionistas” porque se preparan para perecer en sus propios alcances.
En su camino por las derivas en Italia, Careri y su comparsa tratan algunas veces con refugiados e inmigrantes llegados a las costas mediterráneas de Europa tras un pasado, si no innombrable, difícil de hacerse presente sin volver a victimizar a los afectados. Entonces deciden no preguntar por sus historias, sus caminos para llegar hasta allí, o el drama que han dejado atrás. La pregunta sucesiva es: “¿Hacia dónde van?”, abriendo al interlocutor el horizonte de la idea, del porvenir y lo que viene más adelante, evidentemente desconocido. Lo que está adelante, guarda el misterio de lo “nuevo” como un secreto que reside en cada uno, preludiando un destino hasta ese momento impropio. Este modo de inquirir en la perspectiva de un futuro, o de acoger sin preguntas ni demandas, abre el sentido de la hospitalidad que requiere toda errancia para constituirse como una verdadera deriva. Más radical, la verdadera hospitalidad no pregunta de dónde se viene ni hacia dónde se va: solo presta oídos, da casa. Careri es a su vez huésped y hospedero, nos lleva hacia adelante por caminos desconocidos, acoge lo por venir, avanza. Mirando de reojo el camino recorrido, la deriva oculta su itinerario y triunfa ante cualquier imprevisto porque su pasado no se hace presente. Y hay algo “cada vez” que recrea su horizonte para no caer en el precipicio ciego del acantilado donde la mirada cesa. Aquí no hay cesura. Hay un pie en marcha que reinicia su propia práctica de no claudicar ante el espesor histórico que momifica al presente con una forma demasiado justa.
Manuel Sanfuentes
ORIENTARSE
En arte las respuestas no las da solo la conciencia. Nada está terminado ahí donde el inconsciente, lo irracional, lo no calculado han entrado en juego. Esa fue la invitación de Francesco Careri a un grupo de estudiantes y profesores que formábamos un círculo en medio del mercado Cardonal de Valparaíso, y que decidimos suspender el tiempo del trabajo para lanzarnos a la deriva con la sola voluntad de abandonar las limitaciones cotidianas. Somos una agrupación de huérfanos arrojados a su suerte. Al inicio cuesta andar juntos sin guías, la costumbre embrutece, algunos se confunden, preguntan dónde está Careri. En fin, trazamos algunos puntos de encuentro que luego abandonaremos. Avanzamos en grupos que se dispersan por plazas, escaleras, miradores y quebradas, buscando forzar pasajes cerrados, deleitarnos en ascensores abandonados, capturar palabras inscritas en los muros. Una tradición proveniente de la Travesía arquitectónica nos empuja a la acción, a levantar un hito. Comenzamos por la voz: Floro, parado en medio de la calle, lee crónicas de una experiencia poética. Enseguida, nos invita a desplegar un rollo de papel y lanzar chorros de tinta negra. Pienso en Pollock, porque el papel desplegado en el suelo obliga a encorvarse y a mover los brazos tirando tinta de un lado a otro en una especie de danza. En eso se convierte nuestra deriva unas cuadras más arriba: en un baile que efectuamos en las alturas de un cerro mientras nos empujamos unos a otros tomados de nuestros codos. Después de estos eventos, somos un solo grupo que avanza hacia las últimas calles de la ciudad, somos menos también. Arribados al sector más alto de Valparaíso, nos adentramos por senderos semiurbanos que nos llevan entre edificios, matorrales, eucaliptos y alambre de púa. Luego, todo es cuesta abajo. Llegamos al Pajonal, ahí, en el parque Merced hacemos una última pausa. En una especie de anfiteatro, leo un poema y los aplausos sirven para empezar a retornar. De aquí en adelante, la cuadrilla aventurera que somos camina dispersándose ligeramente, sabiendo que en un límite imperceptible de la deriva ha hecho un trueque: el de lo conocido por lo desconocido, donde cada uno se renueva y se pierde.
Enrique Morales
PERDERSE
“Perder tiempo es ganar espacio”. Esta frase quedó resonando cuando escuchaba a Francesco Careri en la última charla que dio en la Escuela. Puede ser que la hubiera leído antes, porque el libro Walkscapes me acompañó durante todo el proceso de titulación; pero ahora, 15 años después, cobra otro significado. Y es que perderse implica desorientarse, no tener el norte claro. Pero perderse voluntariamente –en el acto de la deriva urbana propuesta por Careri– implica también romper u olvidar que existen los límites de tiempo y espacio. Ya no hay propiedad privada ni el paso de las horas. Solo en esa pérdida voluntaria del límite es que podemos entrar en esos espacios “otros” descritos por él. Derribar esas líneas divisorias con las que hemos domesticado el mundo, abre no solo el hallazgo de otro espacio, extenso y heterogéneo, sino la sorpresa de un tiempo distinto, que corre a otro ritmo. Dar con ese tiempo-espacio “otro” no puede ser sino la promesa de un hallazgo de quien –como señala Careri– no se ha fijado un objetivo al cual llegar. Tal como Constant –en New Babylon– rompía las fronteras y pensaba en una humanidad fluctuante, donde cualquier lugar fuese accesible a todos y cada uno de los individuos. Me quedo pensando en una ciudad continua. Una utopía. Un espacio urbano común. La ciudad accesible a todos. La tierra como morada terrestre que proponía Constant. Porque la deriva urbana, más allá de habitar en un espacio-tiempo “otro”, nos invita a perdernos para derribar las fronteras. Esas líneas que nos dividen, clasifican y distancian. Es la experiencia directa del cuerpo que recorre el espacio urbano sin límites. Una propuesta de rebeldía para saltar no solo muros o rejas, sino por sobre todo clasificaciones y nacionalidades que nos han impedido entender que la ciudad y la tierra nos pertenecen a todos.
Luisa Frigolett
SUMERGIRSE
Adentrarse en el territorio que nos abre un tiempo otro. Por momentos sentirse grupo, alboroto de ser muchos, luego alivio de volver a caminar sin multitud. Principiar por la escalera más pequeña y deshabitada. Encontrar una tremenda higuera frondosa, generosa. Comer muchos higos dulces contemplando la ciudad desde una primera altura. Reconocer una casa que había ido a ver porque se arrendaba, justo al lado de los rieles del Monjas, o los fragmentos que quedan del fantasma de la reparación. Llegamos a Zilleruelo, tremendo racconto: mi antigua casa justo ahí con su ventana redonda. La calle está cerrada, la arreglan. Tristemente el ascensor Monjas sigue cerrado, fue desmantelado –cuando vivía ahí estaba abierto y era maravilloso. Me sumerjo en esa subida, el sonido del mecanismo con nosotras adentro. Observar la bahía desde ese eje exacto, sobre esos rieles andamiados, la altura que otorga ese aparecer diagonalmente sublime de la ciudad. Llegamos a una cancha, entregarse a un baile de a dos, jugar caminando, dialogando, conocerse y avanzar o retroceder. La felicidad existe y es una botillería del cerro Monjas. Seguimos subiendo hasta llegar justo donde el incendio se llevó todo, menos la ruina del profesor Álvarez, donde invita a estudiar Refuerzos no entorpeciendo lo ruinoso. Monumento a los bomberos. Sentir la premura del fuego, la evidencia en fierro que duele. Sumergirse en el tiempo de la urgencia de la llama, ese movimiento preciso ante la inminencia de la destrucción total. Bajar para volver a subir siempre. Reverdecido, un cruce de calles, aparece el colectivo y ahí fue la más repentina constatación del sumergimiento cuando de golpe y piquero tuve que bajar, y en un respirar distinto volví.
Javiera Ovalle
VAGAR
En la vagancia confluyen los dos significados de sus homógrafos precedentes (vago). Por una parte vacuus, que contiene la raíz indoeuropea eu que significa ‘vacío’, y por extensión ‘desocupado’, ‘carente de oficio’. Por otra, la expresión de la idea de errancia, de andar de un lugar a otro, que viene de vagari. En teoría, se podrían entender ambos significados por separado, pero su confluencia parece haberse impuesto tanto en el uso corriente como sobre todo en el poético. Por consiguiente, el vagar se establece como la zona general sobre la cual se elaboran otras formas nomadísticas contemporáneas, tales como la deriva o el deambular surrealista, y, en su amplitud, todas aquellas que Careri ha convocado en su Walk-Scapes. El vagar, así visto, es la manera todavía indeterminada de la experiencia nómada, que supone tanto el estar libre de las obligaciones de la división del trabajo y del utilitarismo, como el Abel que describe Careri, y la disposición a errar, es decir, reconocerse en un espacio abierto, no afectado por los límites ideológicos de la propiedad ni del trabajo, pero a su vez, el vagar carece de propósito, comparable a la imagen del viento que “puede soplar en cualquier dirección por muy diversos motivos relacionados con la forma del territorio”. A Richard Long le gustaba pensar que “el ventor del viento era un reflejo muy sutil de la forma del territorio”. Asimismo me gusta la idea de que el vagar es también un reflejo sutil del territorio, como ese viento que rebota de aquí a allá, sin todavía convertirse en un instrumento de experimentación consciente, como puede entenderse la deriva letrista. Para que el vagar se convierta en una actividad experimental y artística debe intervenir un factor que no está dado por el territorio sino por la relación crítica entre el sujeto y la ciudad, entre el sujeto y la vida empobrecida por las determinaciones alienantes: el sentido de la subversión. Como dice Debord en In girum imus nocte et consumimur igni: “La fórmula para derrumbar el mundo no la fuimos a buscar en los libros, sino vagando”. Digamos que cuando el vagar se vuelve subversivo, aparece el paisaje transformador de los nuevos errantes.
Sergio Madrid