Editorial N°15

acto&forma 15

Catalina Porzio de Angelis

Diseñadora Gráfica y Editora
Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

En algún momento, cuando las medidas de encierro que fueron gatilladas por la pandemia cedieron un poco, adquirí la costumbre de hacer los trayectos cotidianos a pie; en parte porque me costó abandonar la idea de que respirar en espacios cerrados implica un riesgo sanitario, y porque alguien muy cercano, un caminante rotundo, me contagió este hábito o quizá porque camina en promedio ocho kilómetros diarios, me obligué a seguirle los pasos para no perder su compañía. El asunto es que de repente, ante los ojos de quienes me ven circular a diario por las mismas calles, pasé a ser “una persona que camina”. Convengamos en que mi manera de andar por la ciudad es un poco fóbica: me traslado de un punto a otro con mucha seguridad por dónde me muevo, lo que difiere por completo de las derivas urbanas ejercitadas por Francesco Careri –inscritas en una tradición de deambulaciones y que alimentan varias páginas de esta publicación–, cuyas reglas son básicamente, desobedecer la sintaxis y experimentar con aquello que no ha sido pisado antes: perderse para encontrar una ciudad que subyace a los caminos preconcebidos, que reconfigura en el andar su forma aparente, haciendo pasar lo desconocido por conocido.

Así, en abril de este año, Francesco Careri –invitado por la Facultad de Arquitectura y Urbanismo– nos convocó a derivar por Valparaíso, definiendo un punto de partida donde se dieron apenas un puñado de reglas elementales para luego adentrarse en una aventura sin propósito aparente, sin meta o destino. Y sin límites, pues inmersos en este estado de conciencia, una casa deja de ser un impedimento, un muro, para convertirse en un interior que puede ser atravesado por medio de la conversación. Esta práctica es amparada en la figura del huésped –palabra que vale tanto para el que llega de improviso como para el que le da lugar–, cuyo valor se funda en una relación de confianza e intercambio. Cuando el mundo estaba compuesto de aldeas separadas por grandes extensiones de tierra y de agua que abismaban los límites, el arribo de un extranjero equivalía a una invaluable entrega de noticias sobre una porción enorme de vidas que hasta entonces eran inexistentes. En esas condiciones, abrirle la puerta al otro implicaba hacer lugar antes de conocer; lo opuesto a conocer antes de aceptar, como se estila hoy. La rara frecuencia de estas visitas que acercaban el exterior, nunca antes se multiplicó con tanta fuerza –la migración masiva de cuerpos que cruzan mares y desiertos en condiciones paupérrimas amparados por una tenue esperanza–, y a la vez, nunca antes la hospitalidad se vio más empobrecida. Sin ir demasiado lejos, cabe señalar el nuevo procedimiento implementado por el gobierno de Chile: “empadronamiento biométrico”, que consiste en documentar “voluntariamente” el rostro de los migrantes que ingresan al país; es decir, inscribir, llevar a terreno conocido lo desconocido.

Francesco Careri cuenta historias recientes de Roma, donde los extranjeros que llegan, por ejemplo, ocupan las ruinas contemporáneas y refundan la ciudad. Esto despierta un nuevo tipo de urbanismo, el “urbanismo nómada”, que es un “proceso de autoconstrucción multicultural” y que instala la pregunta de cómo darle cabida a lo hospitalario en medio de las condiciones hostiles que supura la actualidad. Una respuesta a este drama brutal, fue la experiencia abordada por el grupo Stalker –al que Careri pertenece–, llamada Savorengo Ker, o “la casa de todos”, en lengua romaní: una construcción colectiva que reemplaza la marginación de los campos de refugiados gitanos, que no son otra cosa que extensiones de mezquinos contenedores cercados por alambre de púa como en un campo de presidio. La casa en oposición a los campamentos provisorios, en los que la falta de lugar se puede perpetuar al infinito. La casa de madera levantada en conjunto suscitó la articulación de vínculos en la toma diaria de decisiones, de las que todos participaron sin remuneración. En un documental, se les ve trabajando –incluidos los niños que bailan y juegan con las manos enlodadas–, poniendo en juego los conocimientos que traen consigo. Una lección de cómo construir una ciudad.

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