Relatos 31-40

70 años, 70 recuerdos

Peripecias

Mi ingreso a la Escuela coincidió con la gran fiesta conmemorativa de los 20 años y una exposición presentada en el Museo Nacional de Bellas Artes.


Al año siguiente estudiamos diseminados por ciudades a las que la red ferroviaria nos permitía acceder entre Valparaíso y Santiago. El ferrocarril fue la vía de evacuación ante los alborotados acontecimientos políticos y sociales que vivía el país. Los sucesos se desenvolvieron de una aterradora e inesperada manera: golpe de Estado en Chile.


Nos fuimos acostumbrando al «reclutamiento» ante los prolongados toques de queda. Los estudios y proyectos se realizaban en la Universidad, en pensiones o en la propia casa. Si bien portábamos un carnet que nos autorizaba a dibujar en la ciudad, poca validez tenía ese documento si la mirada se desviaba de su eje hacia un recinto militar o un retén de carabineros. Circular por las calles como campo de estudio nos hacía sospechosos.


Las largas jornadas de trabajo —incluidas las extensas noches— eran matizadas por estimulantes y cariñosos saludos de ánimo entregados por esa única radio de trasnoche que nos alentaba por medio de saludos con nombres y apellidos. Era una ingeniosa manera de mantenernos unidos a pesar del aislamiento que nos había sido impuesto.


Los que nos iniciamos en Diseño de Objetos desde temprano percibimos el rigor. Las exposiciones finales en período de examen con láminas de gran formato dibujadas y escritas a mano, los modelos y los prototipos, todo se veía como un logro inalcanzable. Aun así, ese futuro apabullante nos causaba admiración y entusiasmo.


El milímetro fue una medida «holgada» y no tardamos mucho en hablar de décimas de milímetros. Las lapiceras rapidograf ordenadas en sus respectivos hidrómetros sobre los tableros eran las primeras indicaciones de estas medidas. El tablero no era un mueble, sino un lugar en donde se sellaba a mano toda definición creativa: no exagero al decir que allí estaba todo. Hoy equivale a portar un notebook. Y los productos Rotting a poseer la marca Apple.


En 1974, el Curso del Tacto fue un hecho significativo. No solo nos permitía salir a recorrer la ciudad, sino a trepar por las quebradas de Valparaíso en busca de datos de algún tornero o una carpintería que tuviese la paciencia para escuchar nuestros petitorios. (Sana envidia a los apoltronados gráficos agrupados en sus tableros, que en el segundo piso accedían al taller fotográfico, al set, a la imprenta offset. La factibilidad de sus obras tenían una distancia más corta). Los materiales tenían aromas, densidad, textura, viscosidad, fibras, se componía con ellos hilvanando conceptos como la transmutabilidad, la plegabilidad, la automatización…


Eran años de una escuela en plenitud, con todos sus referentes fundadores y jóvenes entusiastas discípulos. Y no quisiera dejar de nombrar a los que sostuvieron el diseño en sus inicios: Fabio Cruz, Boris Ivelic, Juan Baixas, Juan Ciorba y Fernando Antequera. ¡Ya vendrán otros horribles trabajadores!

Ricardo Lang Viacava

Amanecer en Cerro Cenicero

Una noche de octubre de 1986, el brillo de la luna llena resplandecía como un relámpago sobre la nieve acumulada en las faldas del cordón del Cerro Cenicero, en los llanos de Curimahuida, a 3.100 metros de altura, el punto geográfico donde la cordillera de los Andes está más próxima al océano Pacífico. Hacía una semana que —después de dos días de dura caminata desde Valle Hermoso— 46 alumnos junto a 5 profesores, habíamos instalado un campamento aledaño a un refugio de arrieros denominado Victorio: una madriguera de piedra y barro, sin ventanas ni orientación que, como decía Fabio Cruz, era fruto de la supervivencia. Durante esa semana, con el campamento desplegado, trabajamos arduamente en la construcción de la obra de travesía en una suave meseta aledaña: un atrio, conformado por un muro segmentado de 70 metros de largo que remataba en dos estancias a cielo abierto, construido —bajo un sol despiadado— con las piedras del lugar a modo de pircas, y su traslado podía significar una tarde entera de trabajo colectivo. Aquella noche me tocó cocinar con Del Pino y Monteverde: preparamos unas pizzas a la piedra. Fue una cena fantástica, una celebración impensada para un momento así. En medio de la efervescencia, en un acto inconsulto y subversivo, con Del Pino decidimos ir a ver el amanecer a una de las cimas altas del cordón, a unos seis kilómetros del campamento. Metimos nuestros sacos en unas viejas mochilas con armazón de aluminio, tomamos un trozo de queso de la bodega y sacamos una botella de aguardiente de nuestra carpa, el bar del campamento como la había tildado Fabio. Durante dos horas caminamos sobre una explanada de nieve: tuvimos que sacarnos los gorros para escuchar nuestro andar y no pisar en falso. Avanzamos por el dorso de una larga ladera y subimos por una pared de roca desmembrada, al borde de un acantilado abrupto con forma de cráter que se curvaba en el fondo hasta llegar a una laguna. Después de cuatro horas de escalada, azotados por el viento, llegamos a una diminuta terraza donde apenas había espacio para colocar nuestros sacos y cobijarnos de las ráfagas de aire frío. Nos encajamos en un pequeño hueco metidos en los sacos de dormir, y con estos dentro de las mochilas para proteger un poco los pies a modo de vivac. Finalmente, nos apuntalamos con algunas piedras y disfrutamos del aguardiente y del queso. No recuerdo si dormí o imaginé que dormía. Al salir el sol, nuestra recompensa fue contemplar la sublime sombra que señalaba a lo lejos el campamento y la obra en un vacío inconmensurable. Hicimos unos dibujos y bajamos usando nuestras mochilas como trineos para deslizarnos por un planchón de nieve. El vértigo de la bajada impidió visualizar la irrazonable y peligrosa decisión que habíamos tomado, desviándonos dos o tres kilómetros del camino de regreso. Después de casi 14 horas, logramos regresar al campamento. Algunos compañeros habían cubierto nuestra ausencia —pues nos tocaba hacer el desayuno— y otros, preocupados con toda razón, salieron en nuestra búsqueda, pero nos cruzamos sin encontrarnos.


Esta reflexión diacrónica, que se edifica en el presente, es quizá una donación espiritual de aquellas primeras travesías, en las cuales para enfrentar lo «absolutamente moderno», era necesario poner «el cuerpo en juego».

Claudio Leiva Araos

Escuela San Enrique

Después de superar el famoso plan común de primer año, instalados en nuestra primera casa en Valparaíso, en la calle San Enrique, con Guido y Rodrigo decidimos inaugurar esta nueva etapa con una fiesta para toda la escuela. La preparación del evento resultó casi sin planificarlo, y ese día fueron llegando equipos de amplificación y lo necesario para hacer un festejo inolvidable.


La concurrencia resultó tan masiva que recuerdo haber visto no solo la casa repleta, sino que toda la cuadra de esquina a esquina, y haber compartido con compañeros desde primer año a titulación. Había varios DJ, cada uno con un estilo diferente de música buscando encender el ambiente. Sin embargo, al final la fiesta terminó súbitamente por «ruidos molestos» como era de esperarse, pero esa noche quedó para siempre en nuestra memoria.


Ahí fue donde conocimos a Nico «Bigotes», compañero de aulas y vecino, que trabajaba en su proyecto de título a un par de casas de la nuestra, y aunque apenas cursábamos segundo año de Arquitectura, nos invitó a colaborar. Así, en 1997, pasamos largas veladas después de clases ayudando en la maqueta que era una propuesta para todo el eje de avenida Francia, una intervención a escala urbanística que a mí me volaba la cabeza. Tan interesante como la propuesta era la técnica aplicada al proyecto que no solo contaba con materiales sorprendentes como placas de aluminio, cemento dental y un aerógrafo, sino que también era asistido por un computador con un pionero Autocad14.


El grupo humano que desinteresadamente se juntaba en las noches a trabajar en esa tarea completaba la fórmula, extendiendo el taller a estos espacios domésticos donde se combinaba vida, trabajo y estudio.


Estos recuerdos vividos en San Enrique configuran lo que para mí fue la experiencia de Escuela, que se extendió más allá de las aulas, del estudio, de aquella fiesta y del período universitario. Ese año conocí a muchos de mis mejores amigos y descubrí mi pasión por el arte y el oficio.

Pedro Lomboy Castillo

Cazando mariposas

Entre innumerables conversaciones sostenidas en la deshabitada casa de calle Latorre, llegábamos a la conclusión de que nuestra práctica como coordinadores de investigación se acercaba más a la etnografía: de a poco ensayábamos un método que nos permitiera entender la observación y tantas palabras nuevas —o que era necesario volver a definir—, los actos y todo el sentido simbólico de la Escuela que al comienzo se nos presentaba en estado brumoso. Tardamos varios años en concebir una visión más amplia de cómo se daban la creación y la investigación en ese contexto.


Así nos transformamos en intérpretes de una cultura singular para traducirla a un lenguaje de investigación y comunicación académica, estableciendo diversos códigos al modo de un experimentado etnometodólogo, que reserva con cautela sus anotaciones de campo. «Vamos a cazar mariposas», era la señal que acordamos para impulsarnos a salir de la oficina hacia la casa de calle Matta, en busca de pistas que nos permitieran llevar adelante nuestra tarea. Nos hicimos conocidos como la dupla Adriana & Félix, una fórmula que medio en broma, hacía de nuestros nombres una especie de marca.


Entre pasillos y escaleras, intentábamos pillar a las resbaladizas «mariposas» (profesores de Arquitectura y Diseño), mientras se entretejían silenciosas redes. No era fácil transportar dimensiones de un mundo a otro, considerando que el trabajo en la Escuela se conduce por sus propias leyes, impregnadas de rigor, pero con mucha soltura creativa, y persuadirlos de encauzar ese desarrollo artístico a resultados pragmáticos, a veces áridos, podía sonar poco atractivo. Algunos, demasiado etéreos, resultaron imposibles de convencer. Con otros, logramos coordinar artículos, proyectos, alguna que otra postulación, y sobre todo mantener conversaciones que dieron forma a más de un escrito en el tiempo. Esas eran nuestras «redes» para atrapar la creatividad que se escurría en conceptos como «el vacío», «la expansión», «el elogio» y en formas inhabituales de la poesía; aunque más que una cacería, eran momentos de diálogo y cocreación.


El 18 de enero de 2019, habiendo cerrado la difusión del proyecto Fondart de Ricardo Lang, se hizo una reunión final para hablar de cosas generales y de pronto, sin aviso previo, David Luza dedicó unas palabras de despedida para Adriana que partía a Brasil a hacer sus estudios de doctorado. El reconocimiento, muy emotivo, por tratarse del último momento vivido colectivamente, se coronó con un almuerzo en el Patio de la Palmera. Una mesa diseñada en la que compartimos y brindamos el cierre de una etapa donde aprendimos a transitar entre dos planetas que de lejos parecían enfrentados: investigación y creación.

Adriana Marín y Félix González

Interdisciplina con Alberto Cruz

En aquel tiempo, la Escuela destinaba las mañanas de un semestre al estudio de Matemáticas. Los profesores arquitectos asistían a los ramos de esta asignatura según sus talleres. Los jueves a mediodía había una clase general para toda la Escuela en el Globo, el aula más grande de entonces. Todos los profesores nos sentábamos en la primera fila de esa sala y tras la clase, los matemáticos nos juntábamos con Alberto Cruz, Miguel Eyquem, Isabel Margarita Reyes y algún otro de la Escuela para planear la próxima lección. La reunión era variada, siempre interesante y muy exigente; nos íbamos contentos, agradecidos… y exhaustos.

En las clases globales, mientras el resto se acomodaba, Alberto dividía con tiza la pizarra en dos mitades (de unos cinco metros cada una) y escribía «Matemáticas» a la izquierda y «Arquitectura» a la derecha, y se paseaba entre ambas mitades hasta que de pronto se detenía diciendo «¡ya!», y de inmediato la audiencia se aquietaba y guardaba silencio. A continuación, los matemáticos —y en ocasiones algunos alumnos— reseñábamos el avance semanal en nuestro lado, resumiéndolo bajo una perspectiva homogénea, a lo que luego Alberto hacía un comentario arquitectónico ad hoc. Con el tiempo, me encargaba yo de la pizarra matemática y Alberto la comentaba.


Ese día, tras el «¡ya!», me levanté a hacer la exposición, pero Alberto me detuvo y dijo: «Voy a hablar yo primero, tú después comentas». Me senté entonces a escuchar su disertación arquitectónica, procurando identificar los puntos acerca de los cuales habíamos hablado la semana anterior, pero como era natural, él los había tomado y llevado en distintas direcciones, a otras alturas. Yo intentaba adivinar hacia dónde se dirigía, pero no parecía evidente, y de pronto concluyó. Bajó del escaño, me pasó la tiza, y mientras me levantaba tratando de mantener una idea clara de lo que había dicho, Godo, que estaba a mi lado, me entregó un papel de media página escrito por ambas caras con comentarios y fórmulas matemáticas, y me señala: «Habla de esto también».


Este relato no se trata de mi supervivencia (de hecho, seguimos un largo trecho trabajando de esa manera). Lo verdaderamente interesante es que muestra cómo era trabajar con Alberto (con Godo nos veíamos menos) para un externo a la Escuela. Él decía con toda honradez que no sabía Matemáticas, pero nunca pude estar de acuerdo con su apreciación.


En una época anterior, nos reuníamos semanalmente Alberto, Isabel Margarita y yo, para hablar de nuestra materia. Cuando era mi turno, Alberto hacía unos trazos misteriosos —nunca una palabra o un número— en su cuaderno, usando cuatro o cinco lápices de pasta de diferentes colores; él no hacía muchos comentarios y yo no estaba muy seguro de que me escuchara. Sin embargo, un día en que preparábamos la clase del Globo, en 1995, mientras yo hablaba me interrumpió: «Pero tú la otra vez me dijiste otra cosa». Tenía razón, yo me acordaba (había una pequeña y sutil diferencia): aquella otra vez había ocurrido dos años antes.


Una vez fue al Instituto de Matemáticas a decir que los estudiantes de Arquitectura y Diseño debían saber para qué servía derivar, y para qué servía integrar, sin saber derivar ni integrar. Entonces pareció escandaloso; hoy muchos entendidos le darían la razón. Fue un adelantado.

Arturo Mena Lorca

Tabla de mareas

El 10 de noviembre del 2014 llegamos a Paildad, un caserío engañoso de Chiloé. La imponente torre de la iglesia que se anunciaba desde el camino era una de las pocas construcciones del lugar junto a una escuela primaria y un cementerio coloreado por flores plásticas y cintos decorativos, pero no había ninguna casa.


La travesía era en lo que llaman el Chiloé profundo, o sea, en el territorio interior de la isla que en teoría está lejos del progreso y del turismo. Solo en teoría, porque a unos cien metros de Paildad se yerguía un moderno lodge, que tenía salida directa al estero. Además, el camino de ripio, que superaba los 40 kilómetros y nos permitía ir desde Chonchi a Paildad, era el eje motor de una masiva proliferación de parcelas de agrado y salmoneras. Por último, ocurrió un hecho demasiado curioso para un lugar tan minúsculo y remoto como este: nos encontramos con un viejo conocido, Jaime Márquez, exprofesor de Física que decidió vivir aquí escapando de la ciudad. Pero, ¿estábamos realmente en Chiloé profundo?


A pesar de estas conexiones, en Paildad estuvimos casi solos, no vimos turistas ni recintos industriales, ni el famoso camino. Nadie vive allí. Las pocas personas que llegaban a diario al caserío desde distintos puntos del fiordo lo hacían en botes, que a primera hora de la mañana atracaban provistos de un puñado de niños que iban a la escuela y al mediodía, y en un segundo turno, transportaban señoras que se reunían en la sede social o iban a misa. Los chilotes nos decían que los niños que asistían a la escuelita eran quince, pero no pudimos contar más de diez. Es probable que esos cuerpos pequeños se perdieran en la masa que éramos nosotros, los extranjeros: sobre cien personas entre estudiantes y profesores de Arquitectura y Diseño. Seguro ellos sí nos vieron.


En la orilla del fiordo todo tenía que ver con el barro: los botes, las vacas, hasta nosotros estábamos empantanados. ¿Por qué? ¡La marea! Para un visitante la marea de la que hablan es algo complicado de calcular y más aún de entender.


El último día, en esa orilla y junto a la comunidad, nos contaban que la noche anterior esa marea se había llevado a uno de ellos. Así la celebración en torno al fuego, el curanto y la obra que habíamos realizado como grupo de travesía, fue también una despedida al difunto.

Álvaro Mercado Jara

Experiencias y arquitecturas

Después de más de cinco cursos visitando la Escuela, no podía imaginar que el 2018 me depararía la vivencia de tantas experiencias inolvidables y el encuentro con arquitecturas que jamás saldrían del corazón. Ese año era el último para mí como investigador posdoctoral, gracias a un proyecto Fondecyt que habían tutelado dos buenos amigos: la profesora Ximena Urbina y el profesor Mauricio Puentes. Ambos se emplearon a fondo para conseguir esa beca, que me dio la oportunidad de adentrarme en las arquitecturas imposibles de los acantilados de Valparaíso. En los años anteriores ya había descubierto una escuela sin límites y a una gran familia detrás de ella, pero este curso sería sin lugar a dudas diferente.


A mi llegada en junio, la Escuela estaba inserta en la actividad cotidiana del curso académico, con diversidad de proyectos, como el comienzo de la estructura del nuevo edificio o la construcción de una «caja negra» que ejecutaba Miguel Eyquem. Mi actividad investigadora avanzaba tranquila, con el Pacífico como telón de fondo y siendo fiel a la cita de los miércoles en el Taller de Amereida. Pero esta calma acabaría con brusquedad por el hecho que personalmente más me marcó aquel año: la pérdida del profesor Mauricio Puentes Riffo. Nos habíamos visto el verano anterior en Sevilla y en Sevilla quedaría escrito nuestro último encuentro.


A partir de este acontecimiento todo encajó de otra manera. Deambular por la Ciudad Abierta tendría a partir de ahí una nueva dimensión, como un lugar de encuentro y despedida. Hay un pasaje de la vida de San Francisco que me vino con insistencia a la cabeza desde ese día en relación a aquel lugar. El Poverello de Asís iba de camino a Roma con algunos de sus compañeros cuando recibió la noticia de la pérdida de cinco hermanos que estaban en Marruecos. Entonces afirmó: «Ahora puedo decir con seguridad que tengo cinco frailes menores». Para él, en ese instante cobró sentido el proyecto franciscano, con sus sueños y sus esfuerzos por alcanzarlos.


Recuerdo, y literalmente vuelvo a pasar por el corazón, la imagen de una escuela activa, llena de ideas dibujadas, escritas o contadas. Recuerdo el 2018 como un año de cantina, de sobremesas extensas y extensivas en temas y personas, de trabajo en el archivo como un lugar de encuentro con las arquitecturas que custodia, y de proyectos surgidos a partir de un tiempo compartido. Por ello, recordar este año y los vividos en la Escuela son un ejercicio agradecido.

Pablo Millán Millán

Aparecer desde lo invisible

Diseño y diagramación: Claudio Girola I., Teresa Montero
Composición IBM: J. Berta Muñoz M.
Impresión: Héctor Olivares G., Adolfo Espinoza B.
Taller de Investigaciones Gráficas de la Escuela de Arquitectura UCV, Agosto 1981.

Los datos anteriores son una transcripción literal del colofón que cierra el Tratado de la Santa Hermandad Orquídea, una de las ediciones que conservo de mi paso por el Taller de Investigaciones Gráficas. Este libro de poemas, hasta entonces inéditos, fue muy significativo para Godo. El texto está dedicado a sus amigos poetas y compañeros de travesía: Efraín Bo, Gerardo Mello Mourao, Juan Raúl Young, Napoleón Lopes Filho, Abdias do Nascimento y Francisco Coelho.


En 1981, en el segundo piso de la casa de calle Matta, trabajábamos varios en el Taller de Investigaciones Gráficas. Bertita tipeaba los textos en la flamante IBM, Adolfo y Héctor imprimían, y Claudio Girola junto a Godo hacían que surgieran las publicaciones. Yo estaba titulada y trabajaba con ellos en el Taller de Diseño Gráfico y en las ediciones.


El Tratado… se pensó como las notas que emergen desde un texto ilegible, la parte visible de un texto mayor. Se discutía en la mesa de la sala, con pequeñas maquetas de papel, con ligereza y buen humor. El hecho de que haya una H tachada en la portada es parte de esas pruebas y mi error de ortografía dejado por Godo como parte del juego. El título, la portadilla y los textos interiores se mandaron a imprimir en serigrafía, después de caligrafiar en transparencia y pegar los textos tipeados por Bertita. El texto en cuño seco se imprimió en un rodón de pruebas que estaba en la imprenta, que yo compuse con un número muy limitado de caracteres en metal que hubo que combinar y deshacer para componer cada página sucesivamente. No recuerdo cuántos ejemplares se hicieron, y supongo que no más de veinte.


Años más tarde, en mayo de 2001, cuando se hizo el homenaje a Godo en la Ciudad Abierta, a partir de esta experiencia de creación propuse obsequiar a los asistentes un grabado que retomara el concepto «lo discreto dentro de lo continuo» (algo que Godo dijo sobre su poesía para referirse al uso de los blancos). El grabado en cuño deja aparecer un fragmento de dibujo en tinta, y al frente el texto caligrafiado de Godo: «(El poema es apenas una nota de un texto indescifrable). Con afecto, Godo».

No recuerdo dónde encontramos este pequeño manuscrito que hace referencia al modo cómo aparece el poema en esta edición. Los grabados se imprimieron en mil ejemplares, entre mi taller y el taller de grabado de la Escuela a cargo de Alejandro Garretón.


Reflexionando acerca de todo esto, me doy cuenta de que ese aparecer desde lo invisible ha sustentado mi trabajo a lo largo de cuarenta años. Ese tiempo de trabajo común con Claudio y Godo, en esa pequeña oficina, es lo más fecundo que me ha sucedido.

Carlos Navarrete Anguita

Que nada cambie para que se produzca el cambio

Unos veinte estudiantes de arquitectura que cursábamos el Taller de Título dirigido por Alberto Cruz, solíamos reunirnos en una sala ubicada en el estrecho pasillo exterior que conducía hasta la antigua sala de primer año. Nuestro trabajo se desenvolvía a partir de una reflexión ofrecida por Alberto sobre distintos asuntos que traía al taller. En ocasiones llegaba a la sala y se ponía a escribir en silencio en unas pizarras que cubrían uno de los muros para luego, con el mismo sigilo, retirarse. Otras veces, al modo de una clase, nos hablaba sobre un tema que podía estar relacionado con el avance de nuestros trabajos. Lo que cada uno desarrollaba era personal y tenía un carácter esencialmente reflexivo, vinculado a estas exposiciones. A partir de observaciones basadas en sus conceptos, debíamos escribir a diario al menos una lámina en papel diamante, con tinta y a mano alzada, calcando textos tipeados a máquina e insertando los croquis correspondientes. Era una diagramación libre dentro de un formato establecido: un cuarto de pliego de papel hilado.


Después de varios meses entregados a esta rutina, durante 1978 el grupo empezó a inquietarse y a sostener conversaciones sobre la incertidumbre que este método nos despertaba. No sabíamos hacia dónde íbamos y echábamos de menos la posibilidad de abordar un proyecto de título tal como lo habíamos visto hacer en años anteriores. Aunque cada uno contaba con una gran cantidad de escritos en láminas que eran hermosas, hechas con gran oficio, no lográbamos comprender su propósito. Teníamos ganas de rebelarnos, de que las cosas cambiaran. Entonces nos armamos de valor y uno de nosotros hizo de vocero para plantearle a Alberto la inquietud general. Mientras escuchaba no dejaba de pasearse, hasta que al fin se detuvo frente a alguien y le dijo: «Y tú, ¿qué quieres hacer?». No recuerdo con precisión la respuesta, pero pudo ser «una casa» o «un parque», algo que calzara con nuestra idea de lo que debía ser un proyecto de este tipo. «Muy bien, haz una lámina sobre eso». Esta respuesta inesperada —que me pareció superangustiante por insistir en lo que veníamos haciendo— contenía la lección.


Aunque mantuvimos la misma rutina, cargada de preguntas e hipótesis, empezamos a sentir que de a poco nos íbamos apropiando de algo que se volvía cada vez más personal y profundo, porque desencadenar esas propuestas conceptuales exigía aún más rigor. De algún modo nos parecía estar haciendo un aporte teórico a la arquitectura. Eso nos reconfortaba y valía el esfuerzo.


El resultado fue un conjunto de carpetas individuales que daban cuenta de distintas teorías sobre el espacio del habitar, sobre la ciudad y el territorio, presentadas a la manera en que nos habíamos formado: mediante escritos y dibujos que podían entenderse en perfecta unidad. Recuerdo que nos leíamos unos a otros con el mayor interés. Fue un gran final.

Patricio Morgado Uribe

Cortejo barroco

Durante muchos años, como coordinador del curso de Cultura del Cuerpo, me tocó trabajar con el arquitecto Manuel Casanueva en la invención y producción de los famosos torneos. Recuerdo uno en particular, que me interesa de manera especial por el impacto que tuvo en la época en que se hizo: el «Cortejo barroco» —que después fue renombrado por Manuel como «Giro y realce de triple cortejo sobre volutas»—, realizado por la Escuela en 1975, en una cancha de tierra que pertenecía a la refinería de azúcar de Viña del Mar (Crav), ubicada en la calle 7 Norte, en una zona central de la ciudad.


El juego se basaba en el equilibrio y la sincronía de caminar sobre zancos, un desafío bastante complicado, porque aquellos medían dos metros cuarenta de altura y elevaban el cuerpo unos sesenta centímetros arriba del suelo. Los aparatos tenían una especie de marco hecho de tela con los colores primarios: azul, rojo y amarillo, y en la superficie de la cancha se trazaron unos dibujos con tiza en forma de espiral por donde los jugadores debían transitar siguiendo las curvas, sin salirse de la línea ni caerse. Todo era acompañado de una banda con bombo que marcaba el ritmo.


Era un evento raro que a simple vista, dado el contexto político que se vivía en Chile, podía tomarse fácilmente por una provocación o al menos considerarse una actividad sospechosa.


El torneo estaba fijado para un miércoles a las diez de la mañana, pero a eso de las nueve empezaron a llegar los participantes con sus zancos y telas de colores. Era complicado trasladar esos implementos por el tamaño que tenían. La mayoría de los estudiantes circularon por las calles llevándolos al hombro, porque no cabían en las micros y eran pocos los que contaban con un medio de transporte propio. 

Ese día estábamos con Manuel desde temprano en la cancha organizando los detalles del juego cuando de pronto escuchamos unas sirenas de coches policiales y al instante aparecieron dos furgones de carabineros. Me adelanté a la situación como interlocutor para evitar un posible conflicto. Como hijo de un oficial de carabineros, conocía los grados y el modo de tratar con ellos. La entrada del teniente fue bastante ruda, no entendía lo que pasaba y menos por qué los jóvenes portaban banderolas rojas. Le conté que se trataba de una actividad académica y lo invité a que a las diez de la mañana volviera a presenciar el acto. Me miró desconfiado, pero aceptó mi oferta. A las diez en punto estaba de vuelta escoltado por los mismos radiopatrullas y se instaló en la gradería en calidad de espectador, y para nuestra sorpresa terminó encantado con el espectáculo.


Siempre que paso por esa zona donde ahora hay un supermercado, me acuerdo de ese día y, por supuesto, de Manuel, y de todas las aventuras que compartimos en torno a los torneos. Éramos bien antagónicos: él era muy osado y yo velaba por la seguridad de los alumnos, y esas diferencias fueron siempre mediadas por Fabio Cruz.

Álvaro Mercado Jara

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