Relatos 21-30
70 años, 70 recuerdos
De la palabra a la acción
La primera semana de marzo de 1982, al llegar a inicios de clases a la Escuela, nos encontramos con el anuncio de una reunión general extraordinaria con todos los profesores instalados en la sala de primer año. Los estudiantes comparecieron paulatinamente, intrigados por el motivo de la convocatoria, hasta quedar en silencio general cuando Godo se puso de pie y tomó la palabra. No recuerdo los detalles del argumento, aunque el sentido de lo dicho cobró una relevancia que ahora podemos reconocer: comunicar que había llegado el momento de realizar un viaje que involucrara a toda la Escuela para adentrarse en el Pacífico, haciendo phalènes en el mar.
A casi veinte años de la primera travesía, este planteamiento nos dejó tan desconcertados como extasiados, pensando en lo que significaba formar parte de una reedición de lo que hasta entonces conocíamos como el poema «Amereida» —basado en un viaje— y las correspondencias entre el mar interior de América y el océano Pacífico expuestas en los fundamentos de la Escuela. Sin saberlo a ciencia cierta asistíamos a un cambio radical: un planteamiento poético que no contenía ninguna indicación sobre la forma de hacerlo realidad.
Ese momento de abertura y aventura dentro del régimen habitual de los talleres, coincidió con el inicio de mi etapa de titulación, a cargo de Claudio Girola y Godofredo Iommi. De modo que lo planteado pasó con toda naturalidad a ser el tema a desarrollar en mi proyecto de título. Desde ahí, y en paralelo a los diferentes talleres en curso ese año, tanteamos las condiciones de factibilidad para realizar un viaje en barco para este grupo inmenso de estudiantes y profesores.
Transcurridos unos dos meses de incesante búsqueda, se consideró la posibilidad de hacer un viaje de otra envergadura, mucho más discreto, a partir de la oportunidad de embarcarnos en la Goleta Darwin, que regularmente hacía el viaje entre Valparaíso y el archipiélago de Juan Fernández; sin embargo, las facilidades ofrecidas por el armador se limitaban al cupo de tres o cuatro personas. En consecuencia, a fines de mayo nos embarcamos los tres titulantes del taller: Ivo Consolini, Hernán Valdés y yo, más José Prieto, arquitecto recién titulado que se incorporó de forma voluntaria.
El registro de ese viaje constó de bitácoras, dibujos y filmaciones en 8 mm (contábamos con tres rollos de tres minutos cada uno, que nos permitieron grabar nueve minutos de película que se revelaron en Buenos Aires). Filmamos el mar, las olas, los movimientos del barco reflejados en la cabina del piloto. A partir de ese material, Godo y Claudio se entusiasmaron con la posibilidad de hacer un segundo viaje, esta vez a la región de Copiapó. Claudio consiguió una cámara de video con Antonio Vicente y la indicación de Godo fue que en vez de filmar el paisaje, hiciéramos tres tipos de tomas: hacia el horizonte, en noventa grados contra el suelo y en noventa grados hacia el cielo. Al grupo inicial se incorporaron Francisca Mujica, Mario Miranda y Teresa Montero, con quien hicimos actos en las montañas y en la costa y muchos dibujos, condiciones sumamente abiertas para un taller de titulación en esa época.
El gran anuncio que hizo Godo para toda la Escuela, decantó para nosotros en esos dos viajes, cuya realización y posterior edición nos tomó dos años de experimentación y exploración, y fue contemporáneo al tiempo en que la Escuela entera se dio a hallar la forma de responder al ímpetu poético a través de las múltiples travesías iniciadas en 1984.
Alejandro Garretón Correa
Memorias
En el segundo año, en 2007, todo partía con un cortado en la cafetería atendida por la Sandra, el Papo y la Vivi, siempre apurados, aunque con tiempo para cada uno de nosotros. «¡Lo de siempre, a mi cuenta!», decíamos. (Obvio que había una cuenta, si vivíamos en la Escuela). Cigarro y café en mano nos topábamos con Garretón, que por cierto también tenía su café y su cigarro, probablemente el segundo o el tercero de la mañana, porque llegaba temprano a su taller.
Subíamos al segundo piso cargando unas carpetas gigantescas, destruidos después de haber pasado de largo y con las manos llenas de tinta escribiendo quién sabe qué con plumilla en una mesa de luz. Por las noches, cuando nos juntábamos en la casa de la Javi a trabajar, a veces alguien decía algo y nos reíamos, no siempre de lo dicho, sino más bien una risa nerviosa que se nos escapaba involuntaria ante una labor que a las tres de la mañana todavía parecía infinita.
Las horas de correcciones se extendían en ese taller, al principio sin entender del todo cuál era el punto. Tanta precisión, tanto detalle, tanto oficio… Pero al pasar los meses comenzabas a verlo. A veces miraba las láminas y parecía imposible que lo que estaba frente a mí lo hubiera hecho yo.
Sandra Gatica Morales
Aprendiendo a fundamentar
Recuerdo un taller —el tercero que tuve en la Escuela— de Alberto Cruz, cuya particularidad fue salir a dibujar los cerros en grupo, algo que era muy poco frecuente. Es probable que esta fuera una medida de autocuidado ante el nivel de hacinamiento que existía en las viviendas que recorríamos en un sector del cerro Cárcel, muy estremecedor. Encontrabas muchos hombres desempleados, a veces alcoholizados, y niños que no asistían al colegio. Una familia de hasta cinco personas podía vivir en una sola pieza, con el baño en una caseta exterior. Todas las instalaciones eran precarias; lavaban la loza y la ropa afuera, donde también se veían pilas de objetos y mucho desorden. Eran lugares aislados de la ciudad, con poca movilización pública, y algunos pobladores nos reprochaban que fuéramos a dibujar su pobreza. Si bien aprendíamos, no era una tarea fácil de realizar.
En 1961, el taller lo conformábamos alrededor de sesenta alumnos, entre los cuales las mujeres no alcanzábamos a sumar la sexta parte del total; de hecho, solo dos nos recibimos de arquitectas.
Mi proyecto fue un conjunto de viviendas agrupadas en semicírculo, con una plazoleta central comunitaria. Cada unidad tenía cinco casas pequeñas de un piso, más una mínima mansarda. Un reducido antejardín las conectaba con el espacio común. Los semicírculos se repetían subiendo el cerro entre determinadas cotas. En ese taller nos hacían poner las medidas en los croquis, y cuando dibujé el sector desde donde se veía el Aconcagua, la medida que obtuve contenía el número de casas con patio que propuse. Más arriba o más abajo de esas cotas, la referencia visual se modificaba. Lo mismo pasaba con el ángulo que formaba la curva del terreno hacia los lados. El día de la entrega y corrección de los proyectos, Alberto me preguntó por qué eran treinta casas y no cuarenta, o cualquier otro número. En ese momento no lo tenía tan claro, pero recordé una de mis observaciones que decía: «El mirar común entre ciertas cotas donde se tenía presencia del cerro Aconcagua en lo lejano». Con esa respuesta se constituyó el aprendizaje de fundamentar una obra.
En esa ocasión, también nos había pedido un curso del espacio (este trabajo de los cubos lo he tenido siempre presente al momento de concebir una forma en el espacio) que diera cuenta del proyecto. El mío era un volumen conformado por varios cubos unidos de 10 x 10 centímetros, dejando espacios vacíos. No se sustentaba del todo. Alberto lo recorrió por todos lados y me preguntó si yo lo consideraba aceptable o lo haría de nuevo. Respondí que estaba bien y que no lo haría de nuevo. Dicho eso, agregó algo que en ese momento no comprendí, aunque más tarde me hizo sentido: mi respuesta debió ser «sí, lo haría de nuevo».
Oriana Gómez Meier
Hijo del rigor
Cuando cursaba algún taller de Diseño Industrial el 2016, recuerdo una especie de gran molino que Ricardo Lang construía en la Escuela: primero en su sala, junto a la cocina; luego, cuando empezó a tomar su tamaño definitivo con todos sus elementos, se trasladó al Patio de la Escultura. Era una torre pensada para la VI Bienal de Diseño, que replicada por veinte unidades, buscaba servir dos mil copas a la vez para inaugurar la muestra.
Ricardo se encontraba levantando este molino junto a sus titulantes de aquel tiempo —una especie de tribu de Sanchos—, interviniendo y alborotando el Patio de la Escultura, que se veía atestado de madera, botellas de vino vacías y copas plásticas. Al pasar por ahí era inevitable sentir curiosidad por ese artefacto, y Ricardo siempre estaba dispuesto a explicar en detalle de qué se trataba el asunto: hablaba de hallazgos y nuevas soluciones, de la sutileza con la que debía inclinarse la botella y la búsqueda de la precisión con la que llegaba el vino a la copa desde esa canaleta. Todo este sistema para lograr un gran brindis al unísono, sin que la complejidad de la obra se revelara en el gesto. Es decir, en ellos parecía operar un toque de magia.
Con mis compañeros de taller, asombrados por la hazaña a la que se aventuraba, empezamos a llamarlo «Hijo del rigor». ¿Quién más podría tener la sensibilidad para entender la importancia de hacer un brindis con dos mil copas al mismo tiempo?
Para aquella ocasión, la Bienal tenía como tema central la emergencia. Ahí uno se encontraba con un diseño orientado a resolver situaciones catastróficas, jamás para atender experiencias celebrativas. Lang tomó la emergencia como algo que debe ser simultáneo, inmediato y multitudinario, dotándola con el aspecto positivo de la comunión en la celebración. Ver su propuesta nos hizo comprender la profundidad con que se pueden tomar los encargos: la capacidad de ver más allá de lo que se tiene, más allá de lo que se pide. Tal como el Quijote, para quien el deseo iba siempre un paso más adelante de lo posible, nunca pierde el impulso ni la dirección hacia el ideal que persigue.
Doyma Henríquez Atlagic
Esos raros formatos nuevos
Apenas entré a trabajar a la escuela en el 2019, me enamoré de muchos aspectos de su historia, de lugares y personas. Muy rápido se transformó en un ambiente apasionante donde podía colaborar en comunicar y extender lo que ahí se realizaba, que estaba impregnado de lo que nos acostumbramos a llamar «presencialidad». En ese contexto, a todos los percibía muy seguros, con desplante, dueños de una trayectoria sólida, a prueba de tropiezos. Hasta que el estallido social empezó a correr esos velos, descubriendo nuestros aspectos más profundos. Por primera vez vi una horizontalidad real, que nos situaba de igual a igual ante la incertidumbre, la conmoción y la reflexión.
En esa serie de remezones, el 2020 llegó a fracturar todo lo que era esencial en la vida de escuela: la pizarra y la tiza, las celebraciones, las travesías, las conversaciones espontáneas y enriquecedoras después de alguna charla. Lo que concebíamos de manera colectiva y de cuerpo presente, ya no estaba más. Pasamos de una intensa convivencia a esos incómodos y privativos rectángulos individuales, que a duras penas lográbamos administrar desde nuestros hogares, en una mezcla de resignación, tristeza y hastío, con atisbos de optimismo ante la oportunidad de pensar diferente. Buscábamos respuestas y ensayamos alternativas más o menos afortunadas.
Entre los incontables eventos que organizamos en línea, de pronto y sin querer me transformé en «la mujer tras bambalinas», asistiendo en primer plano los momentos previos a «salir al aire», donde aparecían los aspectos más frágiles de la academia consagrada. Quién hubiera pensado que allí existían también la vergüenza, la inseguridad y las torpezas, además de la aparición inesperada de «grandes conductores», con una importante cuota de humildad. Esto que nos pasaba se parecía mucho a un show de televisión, en el que improvisábamos juntos un nuevo y raro formato, tratando por todos los medios de no acartonarnos y continuar siendo nosotros. Solo que ya no éramos los mismos.
En las ganas por salir un poco de las pantallas que nos desgastaron tanto y seguir permaneciendo cerca, junto al equipo de Extensión, liderado por Marcelo Araya, donde estaban Isidora Correa, Eloísa Pizzagalli y Catalina Rosas, nos propusimos conectar desde la voz para acompañarnos en esos tiempos domésticos residuales. Fue así como nació el podcast de entrevistas Polifonías.
En pleno encierro, la humanidad afloró desde nuevas grietas, y con ello las ganas de construir una escuela que mirara menos al pasado y más al presente.
María José Iglesias Sepúlveda
Un paseo por el jardín
Una mañana de 1957 —yo tenía, por aquel entonces, 11 años—, caminábamos por el Jardin des Tuileries y el día despejado otorgaba al paseo la gracia del desvío. De improviso mi padre me dijo: «Sigue caminando» y se detuvo. De un bolsillo sacó lápiz y papel. Poco a poco me fui alejando. Durante ese par de minutos había escrito algunos versos. Así el espacio cobijaba una breve soledad. Y tal vez su poesía lleve consigo el rigor distraído de aquella mañana. Ese trazo invisible sin espejo ni figura. El esplendor del pensamiento inventa un intervalo. La ocasión de un juego. Cercanía y lejanía. Recogimiento sin orilla. Inicio del poema y corazón de cada página. Componer, combinar una distancia consigo misma. Sin omitir aquello que dispersa lo posible y lo convierte en sintaxis.
Y tantas veces conversamos. Ignorando esa terraza sin pertenencia donde las palabras, de paso por las sílabas, se ajustan al acorde del propio canto. Contemplando a ciegas la alegría del hallazgo. Pliegue y despliegue. Todo recogido en tiniebla. Todo esparcido en lo visible. Ni lo uno ni lo otro. En la evidencia del secreto. Y a viva voz, prescindiendo del remanso de una tradición. Pienso en la imagen intacta, sin asidero. Mi padre discutía conmigo al respecto. Ambos, a media tarde, actores de una obra ya lejana. En juego los vocablos. Infinito matiz de su linde. Y a mayor abundamiento, de su deslinde. Ambos contemplando un abismo. De pronto, silencio. El recuerdo repentino de un verso de Góngora traba su voz. Acusa sus rasgos. Al borde, lágrimas hiladas al canto, apenas audibles: «interposición, cuando».
Volvamos a la «Soledad primera»:
Rayos —les dice— ya que no de Leda
trémulos hijos, sed de mi fortuna
términos luminosos y —recelando
de invidïosa bárbara arboleda
interposición, cuando
de vientos no conjuración alguna—
El oído de mi padre desvela un esplendor en esas dos palabras. Percibe un destello. Poco a poco, a lo largo de los años, «interposición, cuando» se convierte en horizonte de un ritmo sin rima que no sea ruptura de un cristal en medio del lenguaje.
Abro uno de sus libros y leo en voz alta:
si la que canta
en el rescoldo
cuida
vuestra precisión audaz
hasta el llanto
que no recuerda al borde
del boscaje azul
difundido en los placeres
de ambas rodillas
y mis…
Los puntos suspensivos no sesgan el sentido. Cuidan la delicada intimidad de los vocablos cuyo acorde tiembla, se recoge y abre a su propio desenlace. Y permanece un «boscaje azul». Aquella lejanía estremece la memoria.
Godofredo Iommi Amunátegui
El año de la Reforma
El 15 de junio de 1967, aproximadamente a las diez de la mañana, el entonces director de la Escuela, José Vial, leyó con total solemnidad el «Manifiesto del 15 de Junio», frente a una asamblea de profesores y alumnos citada en forma urgente y extraordinaria. En ella se proclamó: «Frente al colmo de la antiuniversidad que hoy nos ofrece y coacciona, los profesores, maestros y alumnos de esta Facultad de Arquitectura, decidimos jugarnos por entero, con la conciencia serena y cierta, de que nada es más justo, equitativo y hermoso que asumir el riesgo que la vocación nos impone […] levantamos nuestra denuncia y damos el paso irrevocable para exigir la reorganización entera de la Universidad en todos sus aspectos».
Profesores y alumnos adhirieron al llamado y desde ese momento se tomaron la Escuela, permaneciendo en ella las 24 horas, durante 83 días: viviendo, estudiando y trabajando en el logro del objetivo planteado.
Ese año marcó un período de inflexión, ya que el movimiento trajo cambios radicales. El llamado de la Escuela se extendió a todas las facultades y escuelas de la universidad, y posteriormente a todas las universidades del país. En mayo de 1968, en París, la juventud convocó también a un cambio radical, que afectaba a toda la sociedad.
Godofredo Iommi redactó el manifiesto la noche anterior, un manifiesto poético, un movimiento concitado de manera poética. Godo, iluminado por su oficio, era asimismo un estratega que supo guiar a la Escuela en los difíciles episodios de esa lucha. Su primera acción fue llamar al Vaticano e informarles de la realidad que experimentaba la Universidad y de los pasos que daba la Escuela. Enseguida concurrió a la primera asamblea de alumnos convocada por la Federación de Estudiantes y pidió hablar. El presidente de la Federación le negó la palabra, aduciendo que por reglamento los estudiantes tenían el derecho a sesionar con autonomía de los profesores y autoridades de la universidad. Godo exclamó: «Negarle la palabra a un poeta, es ajusticiarlo en vida», y de inmediato la asamblea reaccionó coreando «¡que hable!, ¡que hable!». Tomó la palabra y explicó los alcances del movimiento, llamando a los estudiantes a permanecer unidos con los profesores reformistas: «Son ustedes los alumnos quienes perciben el sístole y diástole de lo que les entrega la universidad, y son libres de compromisos e intereses con terceros. A ustedes se les cree, juntos profesores y alumnos podremos ganar este movimiento, pues ya lo tenemos ganado espiritualmente».
Como consecuencia de la Reforma nació la Ciudad Abierta; primero a través del «Voto al Senado», donde se presentaron sus principios (el Senado no pudo pronunciarse, ya que implicaba un cambio de vida). Godo pensó algo más radical que una reforma: percibió que los días de permanencia en la Escuela habían generado un cambio interno entre profesores y alumnos, y en 1968 propuso la bottega, a la manera del Renacimiento en la relación de maestro y discípulo, construyendo una obra para aprender el oficio y ganarse la vida, trabajando y estudiando.
En 1970, invitó a fundar la Ciudad Abierta como reclamo de Amereida para dar cabida a la posibilidad del habitar poéticamente: Godofredo Iommi Marini, poeta de utopías, supo hacerlas realidad, integrando la Escuela, la Ciudad Abierta, las Travesías y Amereida.
Boris Ivelic Kusanovic
Lienzo de overoles
Entre los recuerdos del 2011, aún conservo el overol azul. Después de once años sigue en mi clóset, conmigo, al otro lado del mundo, donde decidí vivir.
Una tarde, en medio del caos y la incertidumbre desencadenada por la enorme movilización que se vivía en Chile, los estudiantes de entonces, en medio del paro, nos reunimos en la sala de primer año de Arquitectura para hacernos cargo de nuestro tiempo. Y en un acto de común acuerdo pusimos nuestros overoles juntos en el piso, a modo de lienzo, y mediante esténciles pintamos sobre la tela con spray blanco la palabra «Conmuévete», rodeada de estorninos. Ese fue nuestro lema.
Los estorninos —nuestras «pájaras salvajes»— son aves que vuelan juntas, sincronizadas en un solo organismo, que se comunican en pleno vuelo para hacerse versátiles e inmunes. Asimismo, el 2011 fue un tiempo para moverse y conmoverse, para unirse e involucrarse en el movimiento social.
En medio de tanta agitación escuchábamos con insistencia a las autoridades de gobierno y de nuestros profesores, decir que el año se perdía fuera de las salas de clases, del currículum, de los límites de la educación formal. Para mí, por el contrario, estuvo cargado de aprendizajes. Vestidos de overol, con las antiparras puestas, entre lacrimógenas, sincronizados y versátiles, aprendimos tanto de nosotros mismos, nuestros valores y puntos de vista, como de nuestra disciplina. Comprendimos el rol del diseño en la sociedad y la importancia de colaborar, discutir y mantener activa una mirada informada.
Conmovidos e inmersos en el presente, atentos, marchábamos como una bandada por las calles de Valparaíso sin saber qué era lo que construíamos. Ignorábamos aún quién escuchaba o qué capítulos se escribirían en los años sucesivos a partir de esa experiencia.
Ese año, que parece tan lejano, vuelve a la luz de este 2022, junto a tantas otras fechas que han sido atravesadas por la misma costura: el 2006, los pingüinos, el 2019. Hoy busco mi overol entre la ropa revuelta, esperando ansiosa nuevos hitos que sigan escribiendo la historia de la que fui parte el 2011.
Caterina Forno Ríos
Dos obras y dos experiencias
La primera vez que estuve en la Ciudad Abierta fue en el 2012, en una actividad grupal que todos los años se hacía en el curso de Wren Strabucchi, profesor del doctorado en Arquitectura y Estudios Urbanos de la Universidad Católica de Santiago. Esa vez nos recibió Miguel Eyquem e hicimos un recorrido que duró todo el día: partimos en la parte baja de los terrenos y después arriba, donde aún en compañía de Miguel nos instalamos a un costado del cementerio, al aire libre, a comer unos sándwiches.
Después de ese almuerzo tuvimos la suerte de conocer por dentro la Hospedería de la Puntilla, y fuimos recibidos por José Ballcels y Quena Aguirre, los dueños de casa. Cuando entré me sentí como en otro mundo. José estaba a mi lado, me acuerdo que era alto. Lo miré y con total desparpajo le dije: «Aquí yo podría vivir». Se rio y guardó silencio. De inmediato sentí que había dicho una barbaridad. Sin embargo, el posible desatino no empañó una experiencia única: el carácter experimental de estas obras que estaba conociendo, sintonizaba con una búsqueda personal que hasta entonces no había tenido la oportunidad de presenciar en directo.
Ese mismo año visité por primera vez la Escuela para ver los planos originales de la Casa en Jean Mermoz, tema que investigaba en el doctorado. En el archivo, donde estos documentos se conservan, me recibió Adolfo Espinoza. Trabajamos durante toda la mañana y a las dos de la tarde, como era su costumbre, bajamos a almorzar en la cafetería.
Volví cuatro o cinco veces más a lo largo del 2012 y del 2013. Siempre iba sabiendo que almorzaría en la cafetería atendido por Mario, quien me haría un café cortado perfecto ante esa vista quebrada que se abre al océano Pacífico, con esas vigas que no dejan ver cómo se tocan, como si fueran a caerse, que le dan un aspecto de cueva al lugar. Almorzar en el casino hacía que esos días fueran incomparables. Estar ahí me hacía feliz. Y sin saberlo, ya presentía que iba a vivirlos más adelante.
Igor Fracalossi
Primera Phalène
A comienzos de 1970, como alumnos de primer año, estábamos sorprendidos al ver la belleza y la ventana de posibilidades que abrían los caligramas de Apollinaire. La dimensión poética apareció de inmediato en nuestra formación como arquitectos a través del Taller de América, impartido una vez a la semana para toda la Escuela por Alberto, Godo, Claudio y algunas veces se sumaba Pancho Méndez.
A la segunda o tercera semana de clases, Godo nos contó el hallazgo poético que logró con la invención de la Phalène, donde la poesía llega a la vida y al acontecer: palabra poética y lugar. Luego suspende la lección y nos invita a realizar uno de estos actos a la orilla del mar: 120 jóvenes, sorprendidos por el cambio del curso de la clase, bajamos en completa confianza a la playa de Recreo. Había entre nosotros gran expectación antes de que comenzara el acto porque no sabíamos a qué íbamos, y en medio del asombro general Godo se sacó los pantalones y quedó con collants rojas, ceñidas al cuerpo, convirtiendo la playa en una escena, y en un despliegue de gran teatralidad, recita en francés los versos de «El desdichado», de Nerval: «Je suis le Ténébreux,- le Veuf, – l’Inconsolé…».
La preocupación que teníamos se disipó a medida que el acto ocurría, y terminó en un tono de celebración por haber participado en un hecho inaugural, donde asistir era construir. Después de esta primera Phalène, realizamos varias otras en la ciudad con la intervención de los transeúntes. Con este acto iniciamos la aventura de oír la palabra poética desde el oficio de la arquitectura.
David Jolly Monge