Relatos 01-10

70 años, 70 recuerdos

El Arzobispado de Santiago, a través del profesor Alberto Cruz, encomendó el estudio de la situación de los territorios parroquiales en esa ciudad. Un encargo de urbanismo que de manera inusual fue desarrollado por cuatro estudiantes de Arquitectura en etapa de titulación: Ricardo Soffia, Alberto Maturana, José Antonio Prado y yo. Cada uno se responsabilizó de una zona, y a mí me tocó el sector poniente, que abarcaba desde avenida Matucana hasta Maipú. Como viñamarino, me las arreglé viajando en motoneta y alojando en la casa de unos tíos, en un semestre muy intenso, en el que recorrimos Santiago entero para llevar a cabo este proyecto. Recuerdo que Maturana, a cargo de la zona norte, coincidió con la famosa «creación» de la población La Bandera, la primera toma de terrenos tal como se entienden hasta hoy en Chile.

Visitamos las parroquias existentes para apreciar la extensión respecto a la distancia con su límite territorial. En mi caso, la observación que abrió camino fue la idea de lo que llamé «la continuidad de la discontinuidad», algo que interesó a Alberto. Esta se refería a una espacialidad de barrio consistente en fachadas continuas a borde de las veredas, con altura uniforme, sin espacios separadores, con ladrillos a la vista y un orden prevaleciente: puerta al centro y ventanas a ambos lados. El grado de desarrollo estilístico iba desde diseños profesionales hasta elementos sencillos como una puerta central de madera a nivel de fachada, pero siempre bajo un orden reconocible. Muy diferente a los conjuntos actuales, con sus casas separadas y de diseño repetitivo, que equivaldría a decir «la continuidad de la continuidad».

Además del método de observación en terreno, sumamos la lectura de las últimas publicaciones urbanísticas que nos ayudaron a construir un lenguaje afín: «puertas», «centros», «subcentros»… Luego se trató de precisar la «distancia máxima» entre la parroquia y los fieles más alejados para considerar un sentido de pertenencia, y así determinar nuevas ubicaciones de territorios parroquiales y la extensión de sus límites.

Esto concluyó en cuatro proposiciones diferentes presentadas en un mismo formato: planos hechos a mano con tinta china y línea peluda sobre papel diamante, que lejos del dibujo técnico, parecían obras de 30 x 50 centímetros aproximados. Enrollados en pequeños tubos, los planos los entregamos de rodillas, directo a las manos del cardenal Silva Henríquez, en una ceremonia de mucha emoción que para nosotros resultó inolvidable.

La decisión poco habitual de entregar originales sin dejar una copia, hizo que los documentos producidos en ese período de 1960 nunca llegaran de vuelta a la biblioteca de la Escuela para ser catalogados junto a tantos otros proyectos que sí han sido conservados en sus 70 años de existencia. Por eso esta breve memoria es un modo de darle lugar, una oportunidad para dejar constancia de aquella experiencia.

Sergio Acevedo Bonzi

La librería errante

Un día de 1987, Bruno Barla, quien solía frecuentar la librería en la que trabajaba con mi cuñado en la calle Quillota, nos fue a pedir una fotocopiadora para la Escuela. Ante la necesidad que nos planteaba, decidimos que yo me haría cargo y me trasladaría con la máquina —además de unos papeles y unos lápices— a probar suerte en ese lugar.


Al comienzo nos instalamos en el subterráneo de la biblioteca y atendíamos a través de una pequeña ventana que daba al Patio de la Escultura; parecía la boletería de un estadio, aunque en ese tiempo había pocos alumnos, no más de cien. Una vez que la biblioteca requirió del espacio, nos mandaron a uno de los talleres que estaban medio abandonados bajo la antigua sala de primer año. Esta etapa no prosperó y mi cuñado decidió cerrar el negocio.


A mediados de los noventa, Jaime Reyes y otros profesores ayudantes impulsaron la Sociedad de los Nombres, una iniciativa amparada por la Dirección para hacer de la fotocopiadora una librería de verdad. Cuando la sociedad se disolvió, Jaime me buscó para ofrecerme la venta de este negocio que habían equipado. La oferta era tan noble a mi favor que la acepté y decidí volver a intentar con lo que quedaba en el local.

Por segunda vez, un cambio en la infraestructura —la construcción del nuevo edificio para primer año— nos llevó a reinstalarnos al fondo del estrecho pasillo que conecta las dos casas de la Escuela. Al poco andar, la estrechez de esa pieza nos obligó a gestionar otra mudanza, la última: al otro lado del pasillo en la antigua sala del palto. Ahí nos quedamos y empezamos a diversificar los servicios y los productos. Incorporamos, por ejemplo, el ploteo de láminas, una herramienta fundamental para los estudiantes. Esto significó que nuestros horarios se adaptaran a sus necesidades, en que en períodos de entrega abrimos incluso sábados y domingos. Colaborar en su proceso de trabajo nos ha vuelto cercanos y ellos reconocen ese apoyo. Para una ceremonia de entrega de título en la Casa Central, una alumna me agradeció directamente en su discurso de despedida. Eso es emocionante.

Hay un objeto que de alguna manera hila esta trayectoria de la librería: los cuadernos. De nuevo Jaime Reyes me pide que fabrique unos cuadernos que hacían para los alumnos (tapas negras, papel ahuesado), y sin saber mucho del oficio, empecé doblando hojas que después se las pasaba a Adolfo para que las pegara. Esta práctica de a poco la fui dominando hasta encargarme del proceso completo, llegando a implementar la encuadernación al hilo que yo misma hacía con la máquina de coser que tenía en la casa para arreglar la ropa de los niños. Así surgió una variante artesanal de los famosos Moleskine, que fueron tomando formatos y colores muy diversos. Hasta que un día, Chicano me sugiere que les pusiera nombre y los llame ElsaBook. Así quedaron bautizados, y la alumna Nicole Ruiz hizo el logo.
Cuando la pandemia nos obligó a suspenderlo todo y a cerrar la librería, el 2021, desde mi casa hallé la forma de hacerme un lugar en las redes sociales y poner los cuadernos en circulación para los alumnos de la Escuela, que aunque vivían en internet, no abandonaron el uso de los cuadernos. De esa manera el vínculo con ellos se mantuvo vigente.

Elsa Ampuero León

El orden de los libros

En 1975, ingresé a trabajar a la Casa Central y tres años más tarde me asignaron la biblioteca de la Escuela. Y entre las cosas que más me llamaron la atención, estaban las carpetas de título de años anteriores a esa fecha, por su enorme tamaño: podían llegar a medir un metro por un metro con diez centímetros de espesor. Algunas tenían tapas de madera y otras de metal o plástico. Las más antiguas se guardaban enrolladas en mangas plásticas depositadas en el subterráneo de la biblioteca, y las más pequeñas, en cambio, ordenadas en cajones. El problema se producía cuando alguien pedía una de las carpetas grandes, porque era muy difícil mover esas moles y sacarlas del subterráneo, al que se accedía por el patio de la escultura, pues no existía la escalera directa.


Los espacios de estudio eran muy pequeños. Una zona importante estaba ocupada por la estantería, que no era de libre acceso para los alumnos como pasa hoy. Para ubicar la existencia de un libro se debía consultar el kárdex, donde estaban organizados por título, autor y materia, pero no podía haber más de dos estudiantes que buscaran a la vez. Así que era muy frecuente que yo los orientara y les facilitara la tarea. Este sistema hacía que la atención fuera más personalizada, dando tiempo de interactuar y sostener conversaciones muy amenas con profesores y alumnos. Pasaban muchas cosas en ese espacio y aprendíamos mutuamente.

En 1980, recuerdo a unos alumnos que dibujaban a partir de unos libros cuando llegó el profesor Claudio Girola y se acercó para decirles que el croquis debía hacerse del natural, nunca copiado de los libros. También recuerdo a Miguel Eyquem, un gran maestro, quien siempre recurría a mí para que le ubicara libros o artículos de alguna revista a partir de ciertos rasgos, sin acordarse de los títulos, y yo casi siempre encontraba lo que buscaba. Así me pasó con muchos más. Pienso que al modernizar las bibliotecas se perdió el encanto de compartir. A mí, como bibliotecario, los alumnos siempre me contaban sus alegrías y sus penas.


En este breve recorrido me parece muy importante mencionar a la señora Alejandra Pérez, una erudita, pieza fundamental en los inicios de la biblioteca. Estoy seguro de que muchos la deben recordar.

Guillermo Arancibia Coloma

Estallido

Entré a la Escuela en 1992, y como a muchos otros de mi generación, me llamó profundamente la atención y me marcó la relación propuesta entre arquitectura, diseño y poesía. Sobre todo esta última, para mí era un misterio. Venía de un lugar donde todo era concreto, las cosas son o no son; donde el equívoco y la duda no tienen cabida porque vacilar se toma por debilidad.


Llegué a Valparaíso a comienzos de ese año poco antes de que empezara el invierno. La clase fundamental de la carrera (en primer año era solo Arquitectura) se llamaba Taller de Amereida y se daba en una sala inflable ubicada en la parte posterior de la casa. El Aula Neumática, como se llamaba, o Globo, como le decían, en realidad no existía. Cada vez que se necesitaba, se encendían los motores para llenarla de aire a presión y entonces su lomo aparecía por sobre los tejados de la casa.


La sala tenía dos entradas: una daba al escenario y la otra hacia la parte de atrás. Éramos muy cuidadosos al momento de elegir la puerta para no vernos expuestos a la posibilidad de caer en medio del escenario junto a Godo o Alberto. De uno en uno cruzábamos por unas puertas giratorias negras hechas de cholguán. Aún recuerdo con mucha claridad el sonido que producía el roce cuando se atravesaba el umbral. Ahora que lo pienso, era como un parto al revés: pasar de la luz para sumergirse en esa atmósfera intrauterina, siempre densa. Adentro esperaban los profesores sentados en primera fila, rodeando a Godo y a Alberto, los que dictaban la clase. Toda la Escuela se reunía en esa ocasión y a veces incluso se sumaban auxiliares y secretarias.


Ese año las lluvias comenzaron a caer muy temprano. Para mí todo era novedad: el mar, la tormenta, los barcos flotando frente a mi ventana. Vivía en una casa en el cerro Esperanza, sobre la Caleta Portales. Al día siguiente de la tormenta, corro las cortinas de mi pieza y me encuentro con una imagen inconmensurable que parecía venirse encima: dos barcos de 150 metros de largo varados en la playa. Uno de ellos, recuerdo, se llamaba Río Rapel, y durante meses fue una atracción turística, muy fotografiada.


Cuando llegamos a la Escuela esa mañana, vimos que el Globo estaba roto y pegado contra las paredes de la casa, como si hubiera sido implosionado. El viento lo había destruido. Solo quedaron de pie las puertas giratorias, paradas absurdamente en su lugar. Ahí descubrimos que el espacio donde se levantaba la sala era un patio con piso de tierra.


Tiempo después la sala se reinventó con la incorporación de unas vigas, dejando de ser un espacio inflado, y con ese cambio se perdió la sensación singular de cruzar ese umbral para entrar en el mundo raro que se producía dentro. Eso no se pudo recrear. Desapareció el único lugar de la Escuela donde sentíamos esa comunidad absoluta que nos involucraba a todos por igual.

Marcelo Araya Aravena

Una clase de anatomía

Huinay, 29 de octubre de 1994. Aproximadamente a las cinco de la tarde se suspendieron las faenas de la embarcación. Estábamos avisados para el espectáculo de esa semana: el sacrificio de una vaca que según decían no podía mantener a su cría.


Se escuchaba a lo lejos un motor, la res era traída en un bote que cruzaba las tranquilas aguas del fiordo Comau y era ubicada cerca de la playa, atándola a un poste, su patíbulo. Los espectadores, colonos y estudiantes de diseño, se esparcieron en círculos concéntricos alrededor del animal.El animal fue acuchillado, pero los verdugos no apuntaron bien, pues emanaba sangre pulverizada, señal clara de que la estocada no había llegado al corazón, sino a algún punto de la tráquea. Los verdugos se retiraron un paso y la agonía duraba unos minutos en silencio interrumpidos solo por el jadeo del animal. Las reses de un corral se acercaron, en masa alertadas. Por lo desprolijo del trabajo el animal aún se movía y tras una tercera estocada emanó un chorro de sangre a presión por la herida, la nariz y hocico. Su último gesto fue extender la lengua. Una vez muerta comenzaron las faenas del descuartizamiento. Transcurrió el primer acto.


El segundo acto comenzó después de una pausa, un descanso para los verdugos que ahora eran los descuartizadores: despellejan una mitad de la res, cortes del cuero a nivel de las patas y con destreza la desollan en alrededor de diez minutos. En los mirones existió un cambio en sus líneas concéntricas: horrorizados se acercaron a ver una clase de anatomía. El volumen de la res aún se conservaba, pero sus colores de a poco constituyeron un acto visual.


Segunda pausa y Pato, el verdugo, trajo unas maltas y nos convidó. Lo que siguió era la partición del animal. El cuerpo estaba unido por el esternón, pero al abrirse se vio el colorido volumen interior: las tripas. La carne y la piel eran la cáscara del cuerpo y los órganos internos quizá el ochenta por ciento del volumen del animal. Pato pesó la paleta para determinar el peso en carne total: el animal dio 150 kilos. A continuación, vacían el interior y surgieron colores increíblemente regulares y brillantes: azules, rosados, celestes, verdes, amarillos, naranjas. Con esta abertura llegaron tres mujeres que se habían mantenido al margen con unas palanganas de plástico, para faenar las tripas mientras los hombres continuaban con las zonas de la carne. Ellas sabían hacer muy bien su trabajo, seleccionaron las panas y nombran todas las partes. Comentaron que la vaca tenía una cría de cinco meses, y buscaron hasta que descubrieron la bolsa embrionaria. Pato le hizo un tajo burdo, salió un líquido y luego las mujeres descubrieron la cría, que la sacaron y extendieron. De la madre ya casi no había rastro. En cambio la cría estaba ahí, brillante, perfecta y nonata.


Con ello el espectáculo declina, la gente comenzó a irse en silencio, y algunos fueron a ver nacer un novillo. Matanza y nacimiento en una misma tarde. En el lugar quedó solo el animal fragmentado, irreconocible. Finalmente se pesaron algunas partes, las mujeres lavaron las guatitas en el mar, algunos perros bebieron de los charcos de sangre que quedaban en los pastos y una vez terminada la faena se retiraron con sus amos.

Gaspar Arenas Acuña

Un aula para todos

A fines de 1983, Godo y Alberto Cruz (probablemente también participa el matemático Alberto Vial) se reunieron y discutieron sobre la necesidad de un nuevo y radical plan de estudios para la Escuela. En los primeros días de marzo de 1984, y en la primera reunión de profesores, Godo y Alberto nos explicaron el sorprendente plan, completamente inédito, distinto a cualquier cosa hecha con anterioridad: el Taller incluiría todos los ramos teóricos, cada curso llevaría a cabo una Travesía anual al Mar Interior de América y habría un curso de Música de las Matemáticas que sería común para alumnos y profesores.


El entusiasmo fue colectivo —un efecto natural cuando hablaba Godo—, todos nos embarcamos. Sin embargo, apareció un escollo: ¿dónde se haría el curso de Matemáticas al que debía asistir la escuela entera (400 personas)? Se barajaron algunas opciones: ¿el gimnasio de la universidad?: no estaba disponible. ¿Arrendar una gran sala?: no había fondos.


Con total inseguridad levanto la mano y explico una alternativa un tanto teórica: un aula neumática, un gran globo de polietileno corriente unido con grapas de oficina (corchetes). Hubo muchas miradas escépticas. Yo había experimentado en volúmenes pequeños de treinta metros cúbicos y necesitábamos uno de dos mil metros cúbicos. También yo estaba escéptico. Alberto me dice: —Quedas a cargo, estúdialo.


Partí de inmediato entre angustiado y entusiasmado. En dos días hice unos planos de la «sastrería» del globo que me recordaron a los moldes del Burda Moden de mi madre. Además, calculé las tensiones de la membrana y la resistencia de las costuras colgando una tira del polietileno de la barra del baño y estirándola por medio de un balde que era llenado gradualmente con agua hasta que se rompía. Así arrojó una resistencia suficiente.


Profesores y estudiantes trabajamos sin parar recolectando fondos; juntando el polietileno de 020, las engrapadoras, corchetes, tijeras, etcétera; los dos compresores (extractores de aire de cocina); consiguiendo la explanada frente a las graderías del Sporting para trazar, coser y cortar las piezas. Al séptimo día toda la escuela estaba en el Sporting trazando, cortando, cosiendo (10.000 corchetes).

El día 15 el globo estuvo listo. Se instaló en el patio anclado por medio de bolsas de arena del mismo polietileno. Al día siguiente se infló. Las puertas eran un problema, ya que no debían dejar que el aire escapara; por ellas pasarían 400 personas. Se resolvió in situ recurriendo a la teoría: con simples tajos porque las tracciones sobre la membrana eran en un solo sentido. Se cerraban solos.


El aire interior se calentaba demasiado, entonces David Jolly y Patricio Cáraves propusieron y ejecutaron superficies de pintura reflejante sobre el polietileno. El clima mejoró.


Las primeras clases de Música de las Matemáticas las impartió Alberto Vial. Días después, Alberto Cruz dio un discurso inaugural en el globo con la presencia del rector. Las matemáticas tenían un lugar.

Juan Ignacio Baixas Figueras

De Venecia a Valparaíso

Llevaba menos de un mes viviendo en Chile, cuando unos profesores de la IUAV de Venecia, mi universidad de origen, fueron invitados a conocer la Ciudad Abierta y me contactaron para que les ayudara con la traducción al español durante su visita.
Llegamos a la Ciudad Abierta por la parte baja de los terrenos y conocimos el Taller de Obra. Después, continuando con el paseo en la parte alta, recorrimos el cementerio y la obra escultórica de Claudio Girola, desperdigada en distintos puntos del terreno. De inmediato me enamoré del lugar. Recuerdo sobre todo la atmósfera de ese día: estaba nublado, llovía con frío, pero incluso esa pátina grisácea en el aire, me permitió admirar el océano con una perspectiva nueva, sosegada. Esa fue mi primera aproximación a la Escuela.


En 2017, empecé mis estudios de doctorado en la PUC y durante cinco años me dediqué a investigar la noción de espacio en el Instituto de Arquitectura de Valparaíso, concentrándome sobre todo en los años de fundación y en los cambios propuestos en la malla curricular de aquella época. Una investigación ardua que me llevó incontables veces a instalarme días enteros en el archivo de originales de la Escuela, en Recreo, entonces al cuidado de Adolfo Espinoza, de gran generosidad, y con quien compartí muchos almuerzos los miércoles en el casino llevado por Mario, donde probé mi primera cazuela.


Durante este tiempo tuve la suerte de entrevistar a profesores fundamentales de la Escuela. A través de largas conversaciones con Miguel Eyquem y Pancho Méndez pude conocer mejor los primeros años de actividad del Instituto de Arquitectura, las maneras en la que se organizaba, y discutir sobre los proyectos de la Urbanización de Achupallas de 1954, y de la Escuela Naval de 1956. Con Isabel Margarita, he sostenido fantásticas conversaciones sobre el Curso del Espacio y su aporte ha sido crucial para entender esa noción en la Escuela.


A partir de marzo de 2022, las vueltas de la vida me abrieron de nuevo las puertas de la Escuela, esta vez como profesora. Tengo la suerte de enseñar a un numeroso taller de primer año junto a Rodrigo, Mia, Belén y Francisca, y cada miércoles —como antes tuve mi ritual con Adolfo— comparto momentos con mis compañeros docentes en la Sala de Música de la Ciudad Abierta, la misma que me acogió por primera vez un frío y lejano día de agosto en el 2015.

Anna Braghini

Capitán

Mi padre, Mario Cabrera, fue el primer supervisor que tuvo la Escuela en una época en que todavía no había guardias contratados. Por esta razón, en 1967, nos trasladamos como familia a una casa colindante cedida por la universidad, para realizar esta función de cuidado, priorizando la supervisión del recinto durante las noches y los fines de semana, cuando las actividades académicas se interrumpían.
Así, mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en los patios de Matta 12, compartiendo con los viejos profesores y generaciones de alumnos que me vieron crecer.


En esos años nos hicimos de un perro hermoso, con rasgos de pastor alemán, que mucha gente conoció: se llamaba Capitán. El perrito solo aprendió las artes de la vigilancia orientado por las horas de clases; es decir, de ocho de la mañana a ocho de la noche. Capitán era un perro común y corriente, pero fuera de ese horario se convertía en un perro guardián. Incluso después de un robo importante que hubo en la Escuela, que llevó a contratar vigilancia nocturna, el perro se sumó a las rondas guiando a los guardias en sus recorridos. La confianza en el conocimiento e intuición del perro en ese aspecto era total, pero también hubo algunos chascarros protagonizados por alguna que otra víctima de este animalito.


Recuerdo el caso de Mario Ferrer, profesor del Instituto de Arte, que en 1979 impartía un taller de cine para el cual se debía trasladar desde el Instituto —que entonces se encontraba en la esquina de Amunátegui con Latorre— a las dependencias de la Escuela, y al parecer en algún momento el perro le hizo una «desconocida», generándole temor y desconfianza. Cada vez que venía a hacer su curso, desde nuestra casa notábamos que se quedaba parado a unos metros de distancia esperando que alguno de nosotros lo socorriera y le ayudara a pasar. Un día, mi papá le sugirió que para revertir la situación sobornara al perro con una golosina, a lo que Ferrer accedió con «la técnica del Súper 8». Gracias a este sistema —imitado por muchos otros— logró «aguacharlo», y desde entonces, cada vez que el perro lo veía, salía disparado a recibir su premio moviendo la cola. El problema es que la relación entre el profesor y el perro se volvió un poco viciosa: si este, que se paseaba libremente por todo el recinto, lo veía sentado en la cafetería a la hora de once, después de su clase, iba y se le instalaba al lado, y no se despegaba de sus piernas hasta recibir algo de comida.


Otro accidente con Capitán lo tuvo Manuel Casanueva cuando era estudiante: un día quiso entregar su trabajo fuera de tiempo y como nadie le abría la puerta, no encontró nada mejor que treparse, sin contemplar que a esa hora el perro ya andaba en su rol de guardián. Cuando estaba a punto de llegar al hall de entrada de la casa, se percata de que Capitán iba directo hacia él hecho una bala, y sin pensarlo dos veces salió despavorido de vuelta a la calle. Nunca se pudo explicar cómo hizo para saltar de una zancada el portón completo.
Capitán nació y murió en la escuela, y fue enterrado en la quebrada a los pies del taller de Ricardo Lang.

Mario Cabrera López

Ocio versus ocio creativo

Como de costumbre, ese viernes en la tarde de 1973 teníamos clase de Presentación de la Arquitectura con Alberto, quien además era nuestro profesor de taller. Corriendo alcancé a llegar a la hora. Desde el zaguán se oía un cierto aire de risas, que provenían de nuestra sala, y me uní al aire festivo reinante. De pronto alguien advirtió que llevábamos casi una hora en plan de espera. Otro propuso hacer una lista, firmarla y dejarla en secretaría con la Bertita e irnos. Nada costó ponernos de acuerdo.


Saliendo, ante la puerta de fierro de Matta 12, nos encontramos cara a cara con Alberto. «¿Para dónde van?». Con solo un gesto nos vimos sentados en la sala 25 y en total silencio. Entró, cerró la puerta, y con la tiza ante el pizarrón dibujó y escribió. Lo pobló de observaciones de plazas miradores.


¿En qué estaba usted? ¿Y usted? Y así a cada uno le fue preguntando. Éramos menos de diez alumnos. ¿Qué hicieron en mi ausencia? Ustedes saben que estaba trabajando aquí en la casa de Matta 50. Ante tal silencio, recorría de un extremo a otro la sala, haciendo gestos y hablando para sí. Se detuvo: «Durante la crisis de 1929, en Chile, las oficinas de arquitectos no tenían trabajo. Los arquitectos jugaban al ajedrez o a las cartas. Nadie estudiaba ni dibujaba proyectos, ni pensaban planes para la ciudad. Ustedes están en lo mismo. Nada hemos cambiado, siendo que hemos fundado esta Escuela de Arquitectura oyendo a la poesía, para formar profesionales junto con señalar el camino del oficio de arquitecto, que se abre a la vocación de servicio, que leyendo el destino genera obras que regala a la ciudad. Sabe del bien común. Permanece en la obra porque ama lo que hace. Se ocupa del ocio creativo porque cultiva la observación, vive el presente».


Cada vez que doy el paso sobre el peldaño de piedra de la puerta de Matta 12, recuerdo el distingo entre el ocio y el ocio creativo.

Patricio Cáraves Silva

Desde el océano

Aunque cursé algunos talleres de Arquitectura, en forma paralela desarrollé los talleres de Diseño Industrial. La Escuela desde un inicio fue toda una fascinación: participar en la construcción de la maqueta del proyecto Avenida del Mar, escuchar a mis maestros arquitectos, poetas, escultores, diseñadores, donde la poesía se fundía con el hacer, produjo en mí «el encantamiento».


En 1970, se realizó la fundación de la Ciudad Abierta en las dunas de Ritoque, limitando con el océano Pacífico. Sabiendo mis profesores que yo contaba con una embarcación, me pidieron que hiciera el sondaje del estero y del brazo norte de la Ciudad Abierta; fue así que pasé dos semanas acampando y haciendo sondajes a bordo de mi bote, siendo el primer estudiante en habitar los terrenos en la más absoluta soledad, pasando las noches en compañía de las constelaciones. Me alimentaba con lo que pescaba en el estero y en la playa, además de machas, almejas que había en abundancia.


El día en que se me encargó el proyecto de título, estaba cerca del iglú de Boris Ivelic, en el primer taller de herramientas de la Ciudad Abierta, cuando llegó Godofredo Iommi, me tomó del brazo y me pidió que lo acompañara. Nos fuimos por las dunas y llegamos hasta Punta de Piedra, donde están las rompientes. Llevaba consigo un ejemplar de la Divina comedia, que abrió en el Canto XXXIII del Paraíso: «Un punto solo me causa más letargo que veinticinco siglos idos de la empresa que movió a Neptuno a admirar la sombra de Argos».


Tal como expresan esos versos, Neptuno se admira al ver la proyección de la sombra del primer barco que construyó el ser humano. Iommi no necesitó decir nada más; visualicé el encargo. A partir de ese momento, estuve diez meses jugando con las olas para ver qué es lo que ellas me dirían. Así, fui quien por primera vez incursionó en el concepto de «maritorio», lo habité, me metí al mar y en medio de estas tremendas rompientes —que al principio dan miedo—, logré comprender lo que me decían las olas de cómo tenía que ser mi embarcación, alcanzando el islote rodeado de rocas siniestras.


Después de haber construido tres prototipos a escala real, el resultado fue una embarcación monocasco a remo para cruzar las rompientes, y ya fuera de ellas se separaba en dos para transformarse en catamarán. En el medio surgía una vela que se asemejaba a la aleta dorsal de un pez vela. Con ella, en 1971, realicé una travesía desde la Ciudad Abierta hasta el Club de Yates frente a la casa de la Escuela en Recreo. Durante la travesía tuve un fuerte viento sur que me obligó a ceñir y tomar altura, internándome en el océano, lejos de la costa.


En la Escuela ocupé tres salas para exponer mi bitácora extendida en torno a las paredes, los dos prototipos antes realizados, maquetas, ensayo de materiales, y una máquina y las herramientas que diseñé para conformar a partir de un bloque de poliestireno expandido la última embarcación, fondeada en una de las boyas del club deportivo.


Hoy, a mis largos años, me he dedicado al diseño orientado a habitar las «extensiones oceánicas».

Juan Ciorba Vinz

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