El pulso creativo del cuerpo en movimiento
Análisis del texto “Entrar a la arquitectura”, de Alberto Cruz
Carole Gurdon
Arquitecta urbanista
Candidata a doctora en Arquitectura y Estudios Urbanos por la Pontificia Universidad Católica de Chile
Laboratorio LVMT Universidad París-Est
Pablo Fante
Poeta
Doctor en Literatura por la Universidad de Toulouse.
En las siguientes líneas, proponemos un análisis de “entrar a la arquitectura”, incluido en el libro el acto arquitectónico, de Alberto Cruz, arquitecto, teórico y fundador de la escuela de arquitectura y diseño pucv. El texto asimila el movimiento de entrar a una casa al de ingresar en el oficio de la arquitectura. Más que entregar una interpretación unívoca, nos centramos en la temática del cuerpo en movimiento, una de las múltiples interpretaciones potenciales que el texto de cruz ofrece.
Palabras clave: poesía, cuerpo, movimiento
Organizado como un cuaderno, El acto arquitectónico reúne observaciones y reflexiones en forma de notas y croquis. El libro se sitúa en la tradición teórica del oficio de la arquitectura, pero también dialoga con conceptos y formulaciones de lenguaje de la literatura a través de “un pensamiento que se nutre en el acto arquitectónico que recibe a la palabra poética”.1
En el caso preciso de “Entrar a la arquitectura”, el movimiento de ingresar a una casa y el de entrar en el oficio de la arquitectura se ven asimilados a través de un proceso descriptivo y a su vez poético. Este paralelismo abre el texto hacia una serie de analogías entre el movimiento corporal de ingreso y la experiencia del oficio.
En la versión impresa, se presenta en un solo cuerpo, sin recortes. No obstante para facilitar su análisis, nuestro comentario de “Entrar a la arquitectura” propone una división en partes para identificar con mayor claridad su desarrollo.
El acto original: la situación física y simbólica
Entremos a una casa. Abrir la puerta, traspasar el umbral, cerrar la puerta. Es un hecho simple. Pero que ahora comenzamos a considerarlo un acto. Este bien sabe lo que hace. Sabe lo que acomete y consuma. Sabe, así, de su cumplimiento, de su conclusividad. Entonces el acto es concluso. Cuanto digamos adelante va en el entendido de lo concluso (Parte 1).
Cruz nos introduce simultáneamente al texto y la arquitectura (a su reflexión sobre la arquitectura) a través de una situación física: el cuerpo que entra en una casa abriendo y cerrando una puerta. El cuerpo es el elemento material y mental que reúne la dimensión física del espacio tangible y su esfera interpretativa –que comprende la potencialidad del oficio.
En “Entrar a la arquitectura”, la obra arquitectónica cobra la forma de una casa erigida en cuanto figura arquetípica del oficio. Este valor simbólico preponderante como espacio ideal del arquitecto, corresponde al “hábitat”. En este sentido se puede entender el verbo “habitar” como una manera de situarse en el espacio.
Cruz escoge disertar precisamente en torno a la puerta de una casa. No se trata de la puerta de una habitación cualquiera ni de la separación física entre dos espacios interiores. Es la puerta que separa y delimita el espacio exterior con respecto al interior de una obra arquitectónica.
Desde las primeras líneas, el texto fija un espacio con sus componentes físicos y simbólicos: la puerta y el umbral; el límite físico y el espacio vacío que podrá ser atravesado.
El ingreso corporal a la arquitectura a través de este tipo preciso de entrada tiene otra consecuencia: una puerta se abre y se cierra, “el acto [de ingreso] es concluso”. Este movimiento doble (abrir y cerrar) constituye el texto, haciéndolo orbitar en torno a ciertas dicotomías: abrir/cerrar, acometer/consumar, nacer/concluir, origen/conclusión, término/comienzo. El segundo párrafo también presenta una de las maneras centrales de esta dualidad: el hecho de presentar y representar.
El acto: presentar y representar
Volviendo a la casa, se puede entrar distraídamente o bien con cuidado para procurar una sorpresa, por ejemplo. En este caso el entrar puede traer, puede evocar otras entradas: aún muchas clases de entrar, incluso, todo entrar. Se tiene así una representación. Ella nos hace caer en la cuenta que cuando no evocamos, presentamos. El acto primeramente presenta. En su presentar es concluso, no así en su representar. Por tanto ese entendido antedicho de ir en lo concluso, lo es con el acompañamiento de la representación inconclusa (Parte 2).
El “hecho simple” de ingresar a una casa es descrito como un “acto” con dos dimensiones: lo que se presenta (que es concluso) y lo que representa (que es inconcluso y que evoca).
Lo concluso, que presenta, es el acto de abrir la puerta, atravesarla y cerrarla. Es un acto con principio y fin. En este sentido, el movimiento físico del cuerpo presenta un evento en el mundo perceptible.
El hecho de que sea el cuerpo de una persona pensante transforma este acto simple en un evento subjetivo, lo que nos abre a múltiples evocaciones potenciales. El cuerpo no es un objeto inerte en movimiento: pertenece a un ente sensible e interpretativo. Cada cuerpo tiene su propia manera de entrar y cada espacio evocado es singular según quien lo percibe.
El texto nos invita a ir más allá del acto en apariencia simple y consumado que “primeramente presenta”, considerando lo inconcluso, que representa y evoca. Si existen múltiples modos de ingresar a una casa, “el entrar puede traer, puede evocar otras entradas, muchas clases de entrar, incluso todo entrar”, a través de una “incontabilidad de puertas” que menciona Cruz más adelante en el quinto párrafo. Es la potencialidad infinita de la percepción subjetiva.
Lo potencial y lo real (o dicho de otra manera lo perceptible y lo posible), conviven de forma paralela.
El reposo del acto
Volviendo otra vez a la casa, cerrada la puerta después de entrar se da un mínimo reposo. Que viene a celebrar que lo acometido se ha consumado. Es el reposo del acto, que corona su conclusividad. Pero el reposo no solo se da al término del acto, sino que también en su comienzo, pues es la base en que se apoya, en que reposa el acometer y consumar. Entonces el acto viene de un reposo y va a un reposo. Este es su pulso (Parte 3).
El acto de ingreso a la casa presenta y representa; concluye físicamente su acción tras cerrar la puerta, aunque también evoca. En esta evocación puede volver a nacer, volver a comenzar, pero necesita una pausa, un momento intermedio que separe el abrir del cerrar. Esto es lo que se indica en el tercer párrafo: “Cerrada la puerta después de entrar se da un mínimo reposo”. Esta pausa es fundamental porque le permite a Cruz recordar que en la dimensión evocativa, el acto corporal de pasar la puerta no se acaba, no se consuma. La pausa es el intersticio que le permite al acto volver a renacer: “el reposo no solo se da al término del acto sino que también en su comienzo, es la base en que se apoya, en que reposa el acometer y consumar”.
Este ritmo constante y triunfal (como muestra el léxico: “celebrar”, “que corona”) nos arrastra en un movimiento cíclico de actos siempre por recomenzar. De hecho, la presencia inicial y final del reposo nos introduce la idea circular de un pulso: “El acto viene de un reposo y va a un reposo. Este es su pulso”.
El pulso creativo: la generación de un espacio
Y ahora pasemos a hablar del pulso creativo. No ya del entrar por una puerta. Sino de concebirla y realizarla. Ciertamente que ello requiere de disposiciones naturales educadas, que alcancen la destreza de un oficio. Este sabe de la necesidad de la puerta y de su correspondiente ejecución. Ello ha hablado en el acto, dice de la necesidad de la puerta y de su correspondiente ejecución cual una generación (Parte 4).
El concepto de “pulso” es descrito con más detalle en la segunda mitad de “Entrar a la arquitectura”. Al abordar el acto de ingreso a una casa (y a la arquitectura) en relación a un pulso, el texto nos introduce en una metáfora muy relacionada con el cuerpo. Fisiológicamente el pulso alude a la circulación de la sangre y al ritmo vital del cuerpo. Cuerpo que además circula de manera permanente por el mundo, transitando por espacios que vivimos abriendo y cerrando, puertas que cruzamos a través de nuestro propio movimiento.
El cuarto párrafo de “Entrar a la arquitectura” se centra en el “pulso creativo”. Se trata tanto del movimiento de un cuerpo que crea el espacio como del pulso creativo del oficio arquitectónico. Es la idea de que los espacios no son solo físicos o percepciones de lo físico, sino también son creaciones: “Pasemos a hablar del pulso creativo. No ya del entrar por una puerta. Sino de concebirla y realizarla”. El hecho de “concebir” y “realizar” implica entonces para un arquitecto comprender esta situación prerreflexiva del cuerpo en el espacio y del potencial evocador que conlleva su movimiento.
Abrir y fundar
En arquitectura se necesita una puerta bella, útil, fácil de mantener. Y esto puede ser logrado revisando puertas, para adecuar el modelo más conveniente. Pero también se puede entrar a dilucidar lo bello, lo útil, lo bueno. Y dicha dilucidación puede venir a traer aspectos nuevos que no habían sido descubiertos hasta el momento. Entonces, hablando, en el acto se tiene que ese traer lo aún cubierto es abrir. Y que tratar que lo abierto se genere, es fundar. Le dan así dos faenas o labores dentro del pulso creativo. Así el acto abre y funda lo que entendemos por la forma. Esta es presencia y representación. En que esta ubica a lo presente en la incontabilidad de puertas –en nuestro ejemplo. Vale decir, el acto se ubica en la inconclusividad de la representación. De donde esas disposiciones naturales educadas inherentes al oficio van acompañadas con la educación de las disposiciones naturales del ubicarse. La que discierne origen y generación, abertura y fundación. O sea, con forma. Repárese que se dijo antes que el acto abre y funda la forma; por tanto se trata de un mutuo originarse y generarse de la forma con el abrir y fundar (Parte 5).
Pensemos de nuevo en la imagen de la puerta. Cruz parte de un ejemplo preciso (el hecho de escoger una puerta según criterios estéticos y funcionales) para hablar de lo que se esconde detrás de este objeto material: la necesidad de sobrepasar lo concreto para descubrir o destapar lo que revela el acto de abrir y pasar la puerta. Se trata de dilucidar aspectos desconocidos: crear y revelar una situación prerreflexiva.
Este acto de abrir y descubrir funda un nuevo espacio. La noción de “pulso creativo” se ve desarrollada en una nueva dicotomía que tiene un carácter cíclico: “abrir y fundar”. El hecho de abrir una puerta (física y simbólicamente) ya no es solo un acto encuadrado por pausas: es también una fundación. El acto de abrir y fundar da cuerpo al espacio arquitectónico, lo representa (“el acto abre y funda la forma” en “un mutuo originarse y generarse de la forma con el abrir y fundar”).
El término “fundar” además dialoga con el hecho de fijar las fundaciones, tanto de la casa como del oficio. Estas fundaciones no son solo físicas, sino además surgen de los actos corporales que se realizan en ella y revelan o descubren nuevos espacios. Cruz describe el “abrir y fundar” como las faenas o labores del oficio arquitectónico, en un juego de correspondencias léxicas con la reflexión sobre la tarea del arquitecto.
En este mismo párrafo se introduce otro concepto clave relacionado con lo fundacional: las “disposiciones naturales del ubicarse”. Se puede entender la palabra “ubicarse” en el sentido de “situarse”, es decir, la experiencia del cuerpo que proporciona un modo de acceder al mundo, de entenderlo. En el texto, el hecho de “ubicarse” se aborda como una situación prerreflexiva; sin embargo, la educación de las “disposiciones naturales” sobrepasa el hecho de ubicarse para dar forma o “fundar la forma”. (Esto bien puede asociarse al concepto de “estar ante” en oposición a “estar dentro” que Cruz describe en Don Arquitectura).
Llegado a este punto de la reflexión, en el último párrafo el texto se centra más en específico en una metáfora relacionada con el ingreso al oficio del arquitecto.
La mano pensante
Y ahora tenemos que volver a caer en la cuenta que todo lo que hemos venido diciendo se da en lo plástico, que es el aparecer en plena presencia, en un propio presente de lo aún sin apariencia. Ello en la extensión física. Inmediatamente, de primera mano. La que debe cuidarse a sí misma en cuanto a permanecer en la faena aquella de la ubicación, cuando se representa. Recogiendo lo expuesto, se entra a la arquitectura, a tal arte que es oficio que se ejerce en una profesión social, acometiendo y consumando el acto concluso cual presencia y al par, pero desde ella, discernir la representación. Por tanto, ese recientemente “al par” viene a pedir una primera mano, que sin dejar de serlo, se haga una mano pensante, deliberante (Parte 6).
“Entrar a la arquitectura” concluye con una reflexión explícita sobre el oficio de arquitecto a través de una nueva referencia al cuerpo que une lo físico y lo mental: “la mano pensante”. Ingresar al oficio se materializa corpóreamente a través del ente directriz que es la mano como extensión física de la conciencia: es tanto la que abre y cierra la puerta como la que dibuja y funda la casa. Y realiza todas estas acciones fundamentales “de primera mano”, con el valor que otorga lo que sucede de manera tangible y presente (“inmediatamente”).
Cruz asimila la arquitectura a un “arte”, un “oficio” o una “profesión social”, que se ejerce reflexionando sobre “lo bello, lo útil, lo bueno”. Es decir, una arquitectura que trasciende al arquitecto como individuo, que implica al conjunto de la sociedad y que además implica situarse: “la mano debe hacer el esfuerzo para permanecer en este acto”. El arquitecto puede así cumplir a cabalidad su vocación de “mano pensante, deliberante”.
A lo largo del texto, Cruz describe un movimiento que conlleva varias dimensiones: pasar una puerta, entrar a la casa, entrar a la arquitectura y al oficio, en cuyos intersticios aparecen las acciones de describir, habitar y proyectar, todas inherentes al movimiento del cuerpo, generadas por su pulso creativo.

En la línea del poema “Amereida” y de la génesis de la Ciudad Abierta, el texto es un diálogo entre arquitectura y poesía como movimiento intelectual y corporal.
¿Qué visión del oficio proyecta Cruz en la imagen de un cuerpo que ingresa a una casa?
El texto es una llamada a los arquitectos a entender que lo que se juega en el acto creativo no es concluso. Los espacios creados se abren y se fundan. El arquitecto puede revelar el habitar como concepto universal más allá de la experiencia personal. Cruz relaciona así el oficio de la arquitectura a la ética como forma de pensar y revelar el mundo.
Por último, y extendiendo la analogía entre el ingreso a una obra y el ingreso a la arquitectura, la casa, espacio que suele tener un uso íntimo, funciona como una ampliación metafórica del propio cuerpo. Para un arquitecto, nos podría decir Cruz, el ingreso a la casa es también una entrada en sí mismo, al movimiento personal, interior y creativo donde se fundan los espacios.
Notas
- Prólogo de Sylvia Arriagada C. y Manuel Sanfuentes V.
Fuentes
- Cruz, Alberto. Don Arquitectura. Libro I. Santiago: Editorial ARQ, 2001.
- El acto arquitectónico. Valparaíso: Ediciones Universitarias de Valparaíso, 2005.
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