Memoria: Godo Wurlitzer

Traducción de Manuel Sanfuentes

Dominique Fourcade

Poeta francés

Yo quisiera decir de su intención particular; saliendo el otro día de la exposición de esculturas de Rodin en el Luxemburgo, e inspirado por una de ellas, me fue evidente: la palabra es una pequeña sombra que lleva un desnudo sobre su espalda y como tal retiene su aliento. Nada que ya no sepa.

Su caso: nula precipitación a la escritura, él hizo la experiencia de la poesía de otra manera. Algunas veces daba la impresión de nadarla en una gran extensión marina en la cual él era el mamífero. Sobre todo él vivió la poesía diciéndola, con o sin ceremonia, la respiraba por la palabra, todo su cuerpo. De ahí un efecto wurlitzer locamente bailando. Pasando a Dante o Novalis, Nerval, Pound, Píndaro, sin detenerse en lo global de la poesía occidental, él la producía, y en este gran acto abierto se realizaba él mismo como poeta. Pneuma. Él estaba muy determinado; estaba rebosante (del occidente de la poesía). Ahí donde los otros tienen vértigo, o donde no meten los pies o se conducen inconscientes, él tenía un aplomo ligero, inspirador; él daba el ejemplo. Yo no tenía idea de que tal comportamiento fuese plausible y debo decir que solo él podía homologarlo. Era irresistible.

De ahí otro efecto, de lavadora, y tanto mejor para mí si tengo la cabeza incluso ahí dentro.

Es inverosímil pero creo haberlo visto en pantis, en pantis para ser poeta, ser poeta en pantis. Cuándo, por qué, confundo todo, prefiero no verificarlo ante nadie, de todas maneras incluso si invento tengo razón, lo veo aún, bellísimo, exhibicionista necesario, y yo iba sin cesar de sus labios a sus ojos.

Rodin exposición blanca. Costuras cigarras entramado. G omnipresente.

Nosotros los escritores no tenemos más que una mano. Él tenía dos manos y gestos –y mi todo fue su poema. Nada me impedirá jamás de hacerle una seña con mi única mano válida, esa que escribe y le hace señas de todo lo que ella escribe. Nada le impedirá a él hacerme gestos –todos los gestos de ambidiestro, los más conmovedores del mundo, para que yo me encuentre.

No habiendo conocido cosa igual, al comienzo leí mal su juego; y luego he comprendido que era una cosa entre rayuela y béisbol; esa cosa me hace mucha falta. Aquellos que han marcado todavía nos marcan, admiración y ternura, los vivos están en el mismo rango que los muertos, es imposible no pensar en ellos sin cesar, todos en el mismo segundo sin premura, largo segundo permanente donde cada uno reside distinto; sus labios a palabras, sus ojos a palabras, su voz sin palabra, esta corpulencia, ladro de felicidad y de angustia.

Esta tarde le pregunto: ¿qué hacías?

Por una vez no le dejamos el tiempo de responder, yo le digo, tú sacas la poesía que no espera más que eso, o no se le esperaba.

Y mientras que tú la elevabas ella te llevaba, tú la elevabas, le decías eres bella, o era eso lo que ella murmuraba, yo soy bella; en todo caso es solo esa palabra que me acuerdo.

En nylon azul sobre el ocre del cuerpo, o en nylon ocre sobre el cuerpo azul. Me sorprendo al verificar si llevo yo unas pantis, es solo una impudicia más, y se confirma que el recuerdo y el llamado de los muertos inducen a una lectura de nosotros mismos.

Nota

Aparecido originalmente en «Godofredo Iommi (1917-2001)» Varios autores, Revue Po&sie Nº 97, p. 25; Éditions Belin, París 2001. También en Manque, Dominique Fourcade, POL éditeur; «Godo juke-box» p. 19-21, París 2012.

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Jorge Muñoz

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