Observación de la penumbra en un interior

David Jolly

Arquitecto
Doctor en Arquitectura por la Universidad Politécnica de Cataluña
Profesor de la Escuela de Arquitectura y Diseño PUCV

mediante esta serie de croquis se trata de percibir y registrar lo que la penumbra puede ser en un interior habitado, y las dimensiones que intervienen en la experiencia.

Palabras clave: penumbra, luz, memoria y lo que se deja ver

Lo primero que intento percibir es lo que no puede faltar y lo gratuito en un interior. Si me apresuro, puedo decir que lo necesario está en el suelo, porque sin él no existimos. La gran acumulación de cosas, herramientas, útiles y materiales están a la mano sobre la mesa. Me siento a gusto con la altura de este interior que es más que el mínimo: es vasto. La luz es imprescindible, y en esta pieza hay más aberturas de las que se requieren. La transparencia de las ventanas trae un contacto con el exterior, ya que estas dejan entrar una luz tamizada, templada. La mesa se requiere para trabajar, no así su formato cuadrado (140 × 140 cm), que es también vasto. Vasto es un buen término para nombrar un tamaño medido por una correcta holgura en el espacio habitable.
Para interrogar el fenómeno de la luz en un espacio arquitectónico, parto preguntándome por la iluminación de este interior y en qué consiste la penumbra en dicha circunstancia. Cierro las cortinas para provocarla durante el día y me dispongo a dibujarla. Al hacerlo, caigo en la cuenta de que lo trazado sobre la página es la figura de los objetos que voy reconociendo; es decir, la figura que tengo en la memoria se la asigno a los bultos que reconozco. Lo que he dibujado no coincide con lo que estoy viendo. En este punto me detengo, pues he trazado lo que recuerdo de cada objeto y no su presente, entonces me preparo para tratar de registrar la penumbra como tal.
Modifico la técnica del dibujo donde por lo habitual cada línea representa una arista, y empleo como herramienta un lápiz de grafito blando que me permite construir superficies. Ahora tiende a aparecer algo más cercano a lo que veo. La cantidad de blanco que aporta la hoja tergiversa la penumbra del interior, porque no estoy en el espacio de la claridad donde el blanco del papel coincide con la iluminación del lugar.
En un nuevo intento abarco el total de la hoja, que tiende a registrar la atmósfera del lugar.
El siguiente ensayo –siempre en una penumbra provocada durante el día– lo hago cubriendo las ventanas con telas opacas; esta vez con un artificio para ayudarme a registrar la falta de luz: me ubico en un recinto contiguo a la pieza en penumbra que está completamente iluminado. De esta manera puedo ver con nitidez lo que voy trazando sobre la hoja –lo que no es posible dentro de un espacio en penumbra, donde se ve con dificultad y no se domina lo que se dibuja. Logro distintos tonos de grises en las superficies.
Continuando con la experiencia luminosa, esta vez la penumbra es dada por la noche y el recinto iluminado por una vela ubicada en el centro de la mesa. Ver y recoger la penumbra es una construcción exigente, porque al parecer nuestros ojos no están habituados a distinguir sombras dentro de una sombra, negros dentro del negro. La construcción del croquis tiene que abarcar el total de la página, porque el blanco no forma parte del total, sino solo de la zona más iluminada.
El último croquis –también de noche a la luz de la vela– es un esfuerzo por trazar con exactitud lo que veo y no lo que reconozco; un esfuerzo por anular la memoria y registrar solo lo que está presente en lo visible.
En esta inmersión en la penumbra del espacio habitable, podemos notar que en la vida diaria ella es un estado de tránsito; por ejemplo, un buen preámbulo cuando vamos a dormir. También es un tránsito cuando llegamos a un interior ensombrecido y lo iluminamos. Una sutil excepción es la penumbra de un acto a la luz de las velas para traer a presencia la memoria. (En ese momento me acordé de los grabados de Rembrandt, maestro de la penumbra, y me dispuse a remirar La colocación en el sepulcro, donde la penumbra es un arma del espacio pictórico para llevar al centro de la obra las figuras humanas, que surgen de la oscuridad iluminadas por una fuente que no vemos).
 
La penumbra permite pocos distingos, que es nuestro modo de razonar. Así ella es un límite visible del espacio que habitamos, un no más allá. De ahí quizás el prestigio de este término como opuesto a la lucidez de la razón. Un mundo sin definición que le da cabida a la memoria: permite estar, pero no permite avanzar, como pasa en el umbral del sueño. En la celebración hace posible la memoria presente, la sola existencia, y en la pintura es el artificio contrario a lo visible, desde donde surgen las figuras, lo que se puede ver. (Turner parece proponer un artificio opuesto desde el encandilamiento de la luz total).

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