Memoria: Homenaje de la Escuela de Arquitectura UCV al historiador
Estas páginas intentan recoger el decurso de la obra colectiva que levantó la escuela de arquitectura y diseño UCV en el atrio de la iglesia la matriz de Valparaíso, como homenaje a Mario Góngora. para ello reunimos testimonios orales, dibujos y fotografías.
Palabras clave: memoria, homenaje y escultura
Finalmente algunos, muy pocos, se declaran implícitamente sin oficio, como un joven de 21 años que declara que anteriormente su ocupación es “andar andando”; que trabaja en ocasiones, mientras que en otras estaba ocioso (Dionisio Faúndez, 1773).
Mario Góngora, Vagabundaje y sociedad fronteriza en Chile: siglos XVII a XIX.
Relatos antiguos nos muestran lo corriente que era ir de un pueblo a otro vecino, caminando. Un ir de a pie. Siempre de día hasta la declinación del sol, antes del anochecer.
Tal vez, Dionisio Faúndez, cuya ocupación era el “andar andando”, perteneció a esos hombres que caminaban a cielo abierto, con ese modo del que recorre largas distancias y lo hace con la mirada que viaja entre el horizonte de los ojos y el suelo. Así, camina y cavila, acompañado de sus pensamientos.
Cuando el caminante se detiene, ya sea porque ha alcanzado su destino, o bien para darle expresión al descanso, lo hace con un gesto que levanta la vista por encima del horizonte. Así, descansar y contemplar se reúnen.
La escultura que se emplazaba en el atrio-pórtico de La Matriz, al aire libre en Valparaíso, celebraba esa realidad, haciendo eco de ese mirar que contempla.
Hoy, desde la memoria, traemos a presencia un hecho, y es que en este punto de la ciudad existió un lugar para detenerse ante el asombro.
Patricio Cáraves
Arquitecto y profesor e[ad]
Travesía que recorre el continente en incesantes entradas y partidas, venidas e idas, de modo que los hombres se disponen al requerimiento sin opción de este suelo, al propio transitar que lo revela inmenso, y así tienen ya por deleite andar vagamundos, tanto, que se va constituyendo en un oficio: el de meramente, andar andando. Y este modo peculiar de habitar en tránsito o trance es el que nos advierte acerca del don, don que los ojos ven a su pesar, pues no se ofrece en la perspectiva del hallazgo (que siempre es equívoco), sino en el propio transitar: ese don es la distancia.
Godofredo Iommi, América: el camino no es el camino.

Hoy, desde la memoria, traemos a presencia un hecho, y es que en este punto de la ciudad existió un lugar para detenerse ante el asombro.
El historiador Mario Góngora, gran amigo de la escuela, participante de la reforma universitaria del 67, nos hizo llegar un documento encontrado entre los archivos oficiales del estado, en el que se le pregunta al ciudadano Dionisio Faúndez por su oficio, a lo que responde “andar andando”.
Me imagino que fue Godo quien propuso levantarle un monumento a Faúndez. Esto debe haber sido entre 1967 y 1970, coincidiendo con un encuentro de escuelas de arquitectura de Chile, por lo tanto la gestión debía realizarse en un tiempo muy breve, y así nos dispusimos a la tarea. Un grupo de alumnos ayudó a Claudio a realizar una escultura para el monumento; otro a conseguir una base para la escultura; otro, a buscar el lugar y obtener los permisos; otro, a elaborar una placa conmemorativa, y por último a conseguir una grúa para instalarlo.
Para la base, si mal no recuerdo, se le solicitó a Chilectra que donara un poste de alumbrado público, y se eligió uno con huecos porque era más leve.
La escultura de Claudio fue la primera de una serie en utilizar perfiles de aluminio. Él descubrió que realizando cortes a los perfiles en distintos ángulos, aparecían figuras inesperadas que los transformaban.
Boris Ivelic
Arquitecto y profesor e[ad]
“Guardar en la memoria la luz de este momento”, proclamó Alberto Cruz junto a la escultura de Claudio Girola, ubicada a un costado de la plaza de La Matriz, en nuestra recepción de primer año (1978), que luego de una caminata por Valparaíso culminaba con todos nosotros reunidos en ese punto de la ciudad, donde nos esperaba un grupo de profesores, entre ellos Alberto. Esta frase es quizá el acto más abstracto al cual uno puede ser convocado, y en esa ocasión se dio en el encuentro con la vertical escultórica que construía la metálica luz de su coronación, allá arriba, como un tajo aéreo de perfiles heridos (abiertos) por esos recortes. El solo gesto de levantar la mirada, confirmaba la abstracción de la luz llevada a forma.
Para escribir estos párrafos fue necesario recurrir a una memoria que reserva la presencia del espacio escultórico dado por Claudio en esa plaza, como también en Ciudad Abierta o en las aulas y patios de la escuela, saliendo a nuestro paso entre clases y reuniones, o en tantas otras obras que fueron alzadas, colgadas, enterradas o erigidas para ser emplazadas en desiertos, pampas, selvas, plazas y edificaciones como signos regalados por Claudio en cada travesía.
La invitación de la frase inicial evoca lo promisorio de esa luz que se asienta en apenas un vestigio, el de la coronación de la escultura en homenaje a Dionisio Faúndez, hoy ausente en la plaza de La Matriz.
Sylvia Arriagada
Diseñadora gráfica y profesora e[ad]

Era 1998 o 1999, no recuerdo con precisión, cuando Alejandra Rojas –en ese tiempo profesora de diseño–, llega una mañana a la escuela y nos cuenta que al pasar por la plaza de La Matriz se había encontrado con la escultura en el suelo, golpeada la noche anterior por un temporal. Frente a la noticia, un grupo de profesores, entonces de primer año, partimos a verla y constatamos que en efecto estaba doblada sobre su base aún anclada al suelo. Era necesario sacarla de ahí para repararla.
En esa época yo vivía en Ciudad Abierta y me encargaba de mantención, así que para llevar a cabo el desmontaje con herramientas y desprender la base sin que se rompiera, fui hasta La Matriz acompañado de dos maestros. En medio de esa faena apareció el padre Pepo Gutiérrez, párroco de la iglesia, que para mi sorpresa se mostró feliz de que “la naturaleza se hubiese encargado de arrancar la escultura”. Le dije que íbamos a sacarla provisoriamente para restaurarla e instalarla de nuevo en el mismo lugar, pero él insistió en que por favor no la devolviéramos; es más, que se ocuparía personalmente de que no se volviera a colocar, pues producía un gran rechazo en la comunidad.
Pienso que en esa determinación del padre había un trasfondo ligado a la significación de la obra, un problema entre lo figurativo y lo no figurativo.
Rodrigo Saavedra
Arquitecto y profesor e[ad]
Cuando la escultura se cayó, no era más que una estaca clavada en un costado del atrio. Nadie sabía si era un poste de luz en mal estado o una cruz que había perdido el madero horizontal. Se volvió un elemento incomprensible para la gente y para la iglesia, aunque en su base estuviera la explicación: era un homenaje al pueblo chileno. En una de las cuatro placas que la rodeaban –que me parece que aún están– decía: “La elegancia de nuestro pueblo es su libertad”. Y en otra se inscribía una cita de Mario Góngora tomada de Vagabundaje y sociedad fronteriza en Chile, que registra la respuesta de un peón-gañán del campo chileno llamado Dionisio Faúndez, cuando le preguntaron por su profesión y dijo: “Mi oficio es andar andando”. Esta frase, a ojos de nuestra escuela, se transformó en un mensaje poético. Pero yo que nací en el centro del valle central y crecí escuchando las historias de los vagabundos que llegaban caminando con sus pocas pertenencias metidas en una bolsa harinera al hombro y un tarrito de lata con un asa hecha de alambre para cocinar su alimento sobre el fuego, cada diciembre a trabajar a las trillas y se iban con las primeras lluvias de marzo, conocí a estos hombres que la gente llamaba «los torrantes». Nadie sabía para dónde se iban. Tenían fama de tahúres, de cuchilleros, siempre con la piel enrojecida por sol, los labios partidos y pasados a vino. Nosotros, los niños, les temíamos, pero al mismo tiempo nos sentíamos atraídos por sus historias. Nos gustaba esa libertad que representaban, el no tener nada y partir cuando quisieras a recorrer el mundo. En cambio nuestros padres, que vivían en la rutina de los días y el sedentarismo de la agricultura, y los contrataban como mano de obra para las faenas de la cosecha, les tenían solo miedo.
Creo que ese miedo fue el que expresó el padre Pepo a nombre de sus feligreses. Miedo a un signo que rememorara esa liberación. Por eso la escultura nunca volvió a su sitio y quedó relegada detrás de un pizarrón, llenándose de polvo y telas de araña. Y por eso nadie sabe con certeza dónde está hoy.
Marcelo Araya
Diseñador industrial y profesor e[ad]
