Diálogos con la naturaleza
Reflexiones sobre arquitectura y cohabitación
Bruno Marambio
Arquitecto-naturalista
Magíster en Arquitectura y Diseño por la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso
Cofundador de la oficina de arquitectura Rizoma
Sergio Elórtegui
Biólogo-naturalista
Doctor en Ciencias de la Educación por la Pontificia Universidad Católica de Chile
Cofundador de la oficina de arquitectura Rizoma
El conocimiento arquitectónico por sí mismo es insuficiente para configurar en plenitud el lugar del habitar humano. la observación directa y el dibujo alcanzan solo para generar la ilusión de conocimiento, debido a que es fundamental la escucha interdisciplinar para el logro de esta plenitud. así, la observación, el dibujo, la interdisciplinariedad y una nueva mirada epistemológica del habitar humano son las bases de la cohabitación de arte, ciencia y filosofía en diálogos.
Palabras clave: arquitectura, cohabitación, naturaleza, biodiversidad y medioambiente

A pesar del aumento del número de áreas protegidas, de la progresiva concientización sobre los problemas medioambientales y la pérdida de la biodiversidad, la tasa de extinción de especies continúa en aumento.1 Esto porque las otras especies no reconocen los límites del habitar humano, por lo que no es suficiente abordarlo solo como un problema de superficie u ordenamiento territorial (figura 1). En el desborde espacial de la población humana, la frontera entre humanos y no humanos se diluye rápido. En la actualidad hay una mayor conciencia en estos temas, y la arquitectura ha incorporado mejoras en las condiciones de confort y disminuciones en los consumos energéticos, pero hace falta una visión espacial para abordar la pérdida de la biodiversidad ambiental. La atención está puesta en estos espacios fronterizos de borde en transición, donde se alcanza a distinguir una matriz biológica preexistente en funcionamiento, y sobre la cual la huella antrópica avanza activamente. En las fronteras de las ciudades y sus diásporas, en los límites de los territorios forestales o de cultivos extensivos, hay un fuerte intercambio y presión por permanecer entre humanos y no humanos. Esto radica en una dimensión más profunda que el mero hecho de la coexistencia, porque debido a nuestra evolución y desarrollo tecnológico ya no dependemos de esa imposición por sobre la naturaleza. La coexistencia significa saber que hay algo que ocupa el mismo espacio que nosotros, y las dinámicas que se han implementado son una lucha por apropiarse, urbanizar y sacar el mayor provecho posible de los recursos naturales. Es decir, en estos casos existe la coexistencia en cuanto somos capaces de reconocer que hay una presencia de valores naturales, pero esta visión carece de un reconocimiento territorial sistémico y ecológico que integramos, al no ser introducidas estas dimensiones en las propias formas de organizar y habitar el espacio. Coexistir es saber de la existencia de otro en paralelo, mientras que cohabitar es incorporar las matrices complejas de otros organismos en nuestros propios hábitos.
La arquitectura en cohabitación es un esfuerzo por enlentecer el impulso de habitar formalmente y abrir un primer momento de comprensión profunda del territorio, sus fenómenos y entidades. El horizonte ético está en que la huella humana no pierda de vista la hospitalidad con la huella no humana preexistente. Esta última abarca una complejidad mayor que la pura biodiversidad, ya que incorpora tanto a los fenómenos biofísicos como a los organismos biológicos. Por ejemplo, el viento es un fenómeno no humano que ocurre y genera relaciones dinámicas en el territorio, y por eso utilizamos este concepto más amplio para abarcar el complejo mosaico de relaciones habitat-hábitos-cohabitantes.2


Por lo tanto, no se trata de una perspectiva romántica para que “los pajaritos nidifiquen en las casas”, sino es entender que las formas proyectadas y construidas pueden ser pensadas también desde la reciprocidad. En estos bordes, los humanos llegan a vivir a un vecindario nuevo, poblado de vecinos no humanos que ya estaban allí; nuestra llegada, independiente de la forma, tendrá siempre un impacto sobre ellos. El primer acto de hospitalidad humana es desechar la idea de “territorio disponible” y dar lugar a nombrar a los otros, en perspectiva de entendernos con ellos. El impacto planetario de la huella humana da cuenta de lo prescindible que es esta visión de hospitalidad; sin embargo al corto y mediano plazo, el planeta nos recuerda que no es posible seguir en esa dirección sin dañarnos a nosotros mismos. Pensar en las posibilidades de cohabitar, desde una epistemología donde no solo el ser humano habita, significa mirar el espacio desde una perspectiva de conjunto que reconoce el territorio como un sistema natural del cual somos parte. Es decir, una red dinámica de relaciones en la cual existen otros organismos que transforman y organizan el espacio (figura 2). Todos construimos espacio-lugar en cuanto nos relacionamos, por lo que la arquitectura debiese incorporar estas dimensiones y dialogar con otras disciplinas, culturas y organismos que también crean formas y organizan el espacio (figura 3).
Cohabitar es entender y estar atento a la vida y al espacio en relación con otros seres vivos. En este contexto, el despliegue va más allá del hecho de compartir un espacio, es un escenario epistemológico,3 es la visibilización y valorización cordial de que otros seres habiten con nosotros, y que juntos constituyamos un cosmos, una red de relaciones ecológicas (figura 4).4 Entonces podemos preguntarnos y profundizar en cómo los arquitectos somos capaces de crear formas para habitar que respondan a estas relaciones de intercambios de energía y materia entre especies, incluyéndonos. Comprender que somos parte del lugar para que aparezca la forma arquitectónica (figura 5), es estar activamente atentos, desde la necesaria apertura a la interdisciplinariedad (al que sabe lo que yo no sé), a los fenómenos de esta intrincada y extensa red natural a la que pertenecemos.


Para atender a una arquitectura en cohabitación es preciso situarse en esa idea de “volver a no saber”,5 o mejor aún, reconocernos en esa suerte de condición primigenia que nos permite oír, conocer y reconocer la experiencia de los otros como pares en la extensión. Enlentecer la partida en el territorio, abierto y permeable a sus voces naturales y culturales, es la materia primera de la obra. De lo vivido, recogemos la experiencia del colectivo Grupo Talca en el mirador de Pinohuacho en la Región de la Araucanía (figura 6a). Esta surge de un diálogo sostenido con Pedro Vásquez, leñador del sur de Chile (figura 6b), quien les manifiesta su intención de permanecer y habitar el territorio rural donde nació, pero que a causa de la migración campo-ciudad, su trabajo ha comenzado a desaparecer. Este impulso de progreso ha hecho que sus hijos se muden a la ciudad para continuar sus estudios y obtener mejores oportunidades laborales. El colectivo asume el desafío de revalorizar la identidad y tradiciones locales desde la arquitectura, desarrollando un proyecto que sea un atractivo turístico y una fuente de trabajo para Pedro. La obra de arquitectura se piensa considerando los siguientes factores: el saber de Pedro (hábito) con respecto a los árboles (cohabitante), el territorio de volcanes (hábitat) y la presencia de arquitectos (cohabitantes en cuanto permanecen en relación) que pretenden garantizar trabajo para el leñador y sus hijos, que más tarde regresarán con sus estudios hechos para aplicarlos en el lugar. En el caso de Pedro, el mirador (llamado Mirador de los Volcanes) se ajusta a su visión de desarrollo: a través de un número limitado de visitantes y el uso sustentable del bosque, podrá resguardar sus recursos y la manera de habitar en armonía con el territorio junto a su familia.

Figura 6 (b). Pedro, el leñador, como partícipe de la gestación de la obra colabora en la construcción. Fuente: plataformaarquitectura.cl
De esta experiencia compartida en el territorio y de otras junto a comunidades pehuenches, nace el Herbario de Ciudad Abierta, realizado a través del proyecto “Arquitectura en cohabitación” y financiado por el Fondart de Arquitectura en 2019. Del mismo modo que en el caso recién citado, la partida utiliza la observación extendida a través de la inmersión del cuerpo en el territorio para el estudio de la historia natural de las dunas y sus cohabitantes por varios años. A la dimensión proyectual se le suma un tiempo de trabajo de campo y el diálogo con ornitólogos, geólogos, geógrafos y botánicos, entre otros. Se recogieron observaciones naturalistas, desde el comportamiento nidificante de las aves, el lugar, los materiales que ellas usan, sus preferencias y procesos constructivos para tensionarlos y contrastarlos con las decisiones arquitectónicas. Sin ser seducidos por la mimesis, abrimos la posibilidad de que la obra pudiera ser una potencial invitación para los cohabitantes del lugar (figura 7). La reflexión permanente del proyecto es cómo la arquitectura intenta establecer una relación de hospitalidad recíproca con la naturaleza, visibilizando su huella en la memoria proyectual desde un inicio, y eventualmente en la forma construida. Considerando sus distancias y diferencias de hábitos, se intenta un diálogo cordial con las aves menores, mamíferos y abejas que nidifican en escollos rocosos, en el matorral mediterráneo y dunas costeras, incluyendo el fenómeno del viento como una de las fuerzas que construye el territorio. Esto no es necesariamente desde una postura high-tech, sino desde el modo en que la arquitectura se posa sobre el territorio, y en este caso particular se eleva a través de sus pilares para permitir que las relaciones ecosistémicas continúen existiendo.[vi] Esta relación sensible con el lugar permite establecer una voluntad declarada para intentar retribuir a la comunidad de organismos y fenómenos desde la arquitectura, considerándolos (figura 8). Al arquitecto le interesa que esa relación ocurra con elegancia. En esta dimensión –a través de la obra y los hábitos desplegados–, el éxito de una obra que incorpora la cohabitación se mediría por cuán dialogante es el habitar humano para que las relaciones ecosistémicas preexistentes sigan ocurriendo. En este sentido, no es determinante si los animales llegan, por ejemplo, a construir nidos en los espacios ofrecidos; lo importante es que como especie, estemos atentos a que otros habiten y permanezcan con nosotros.

Figura 7 (b). Nido de Phleocryptes melanops construido entre los juncos, utilizando la propia materialidad de la planta. Fuente: Fondart de Arquitectura en cohabitación.
Para concluir, es necesario recalcar que la creación de estos pensamientos y trabajos no pretende resolver la relación con el medioambiente, sino abrir posibilidades. Al final, será el habitante humano quien defina esta relación de cohabitar o coexistir con el entorno a través de su posición ética y una plasticidad epistemológica requerida en este presente crítico. Si ocurren o no estas relaciones no depende del arquitecto, pero sí la forma en que se posibilitan y favorecen sus vínculos con el medioambiente. En ese punto la organización del espacio es fundamental: en la creación de esta “arquitectura en hospitalidad” para que la cohabitación sea posible. Porque en definitiva lo que se busca con este tipo de proyectos es comprobar materialmente que es factible habitar en esa tensión y atención con el entorno (figura 9).

Figura 8 (a). Gabinete naturalista construido a través del principio de cohabitación, con tres buitres de cabeza colorada (Cathartes aura). Fuente: Fondart de Arquitectura en cohabitación.
Figura 8 (b). Incorporación de dimensiones naturales para posibilidades de cohabitación.
Notas
- Ricardo Rozzi, “Áreas protegidas y ética biocultural”. En Naturaleza en sociedad (Santiago: Ocho Libros, 2019), 29.
- Ricardo Rozzi, Ximena Arango, Francisca Massardo, Christopher Anderson, Kurt Heidinger y Kelli Moses, “Filosofía ambiental de campo y conservación biocultural: el programa educativo del parque etnobotánico Omora”, Environmental Ethics, vol. 30 (Otoño 2008), 115-128.
- Ricardo Rozzi, “Biocultural Ethics: Recovering the Vital Links between the Inhabitants, Their Habits, and Habitats”, Environnmental Ethics, vol. 34 (Primavera 2012), 27-50.
- Ricardo Rozzi et al., “Filosofía ambiental de campo y conservación biocultural: el programa educativo del parque etnobotánico Omora”. Environmental Ethics, vol. 30 (Otoño 2008), 115-128.
- Jaime Reyes, “A la luz de Amereida”, creado el 2019 en Casiopea. https://wiki.ead.pucv.cl/A_la_luz_de_Amereida
- Bruno Marambio y Sergio Elórtegui, “Diálogo de los oficios del arquitecto y el naturalista para la construcción de una arquitectura en cohabitación”, revista Planeo, 19 de marzo de 2019, http://revistaplaneo.cl/2019/03/26/dialogo-de-los-oficios-del-arquitecto-y-el-naturalista-para-la-construccion-de-una-arquitectura-en-cohabitacion/.
Fuentes
- Briceño, C., Cerda, C., Silva-Rodríguez, E., eds. Naturaleza en sociedad. Santiago: Ocho Libros, 2019.
- Marambio, B., Elórtegui, S. “Diálogo de los oficios del arquitecto y el naturalista para la construcción de una arquitectura en cohabitación”. Revista Planeo, 19 de marzo de 2019.
- Reyes, J. “A la luz de Amereida”. Creado el 2019 en Casiopea. https://wiki.ead.pucv.cl/A_la_luz_de_Amereida
- Rozzi, R. “Biocultural Ethics: Recovering the Vital Link between the Inhabitants, Their Habits, and Habitats”. Environnmental Ethics, vol. 34 (Primavera 2012): 27-50.
- Rozzi, R., Arango, X., Massardo, F., Anderson Ch., Heidinger, K. y Moses, K. “Filosofía ambiental de campo y conservación biocultural: el programa educativo del parque etnobotánico Omora”. Environmental Ethics, vol. 30 (Otoño 2008): 115-128.
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