Memoria: Cuadernos de José Balcells
Jaime Reyes
Diseñador industrial y poeta
Doctor en Diseño por la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro
Académico de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la PUCV
Algún tiempo después de la muerte del escultor, diseñador y profesor de nuestra escuela José Balcells, el archivo histórico José Vial Armstrong recibió para custodia y conservación sus cuadernos completos: más de cuarenta años registrados que van desde 1974 al 2015.
En una primera etapa los cuadernos fueron catalogados y dispuestos en contenedores especiales en nuestro depósito para iniciar su digitalización. las imágenes resultantes se han subdividido en un inicio en tres tipos: dibujos, croquis y esquemas. dentro de cada tipo existe una multiplicidad de contenidos: esculturas, pintura, ilustración, proyectos, diseño gráfico, etcétera. ahora proyectamos la exposición y publicación de este material.
Palabras clave: cuadernos, archivo y dibujos


En nuestra Escuela de Arquitectura y Diseño existe una larga tradición, que comparten estudiantes y profesores: mantener la actividad artística y del oficio de manera cotidiana en cuadernos, bitácoras o libretas.
Desde los inicios de la Escuela se acostumbró a llevar en esta clase de soporte los registros, ideas, proyectos o bocetos, reflexiones y comentarios acompañados siempre del dibujo en sus más amplias variedades. Se trata de la vida, el trabajo y el estudio reunidos en las múltiples formas de cuadernos. Los cuadernos de José Balcells son una manifestación y un testimonio de este modo singular.
No se trata por tanto de una “obra gráfica” –que José Balcells sostuvo extendidamente aparte–, sino de la creación de un elemento material (papeles encuadernados) que recoge los variados cursos y decursos de la vida, componiendo un conjunto entre entidades cotidianas (como la lista del supermercado o un teléfono anotado al pasar), artísticas (como los primeros diseños de una futura escultura), filosóficas (como el pensamiento acerca del pensamiento), prácticas (como el sistema de ensamblaje de dos piezas de madera), pedagógicas (como el discurso para una clase de taller o el prólogo de una memoria de título) y un largo etcétera. No son documentos oficiales como cartas o textos publicados ni los originales para exposiciones de pintura o de diseño, ni nada que pueda considerarse definitivo, sino un extenso campo sobre el que se está en acción constante. Podríamos decir que es un mundo casi paralelo en el que se recoge lo sucedido y se plantea lo posible de suceder.


Este acontecer en cuadernos pareciera que hoy es escaso en las nuevas generaciones, debido en parte a una cierta inmediatez exigida por las comunicaciones, a la falta de intermediarios en los mensajes colectivos y al abandono de los quehaceres manuales. Sin embargo, y a su vez, nunca antes se dispuso de una casi infinita cantidad y diversidad de materiales (lápices, colores, papeles) para realizar esta práctica. Si bien los cuadernos no son mejores para dibujar o escribir que una tableta digital, a mi juicio proponen al menos tres cosas diferentes.
En primer lugar, exigen o proponen un tiempo dilatado, tal vez difuso, para el cuerpo. Y por lo tanto para el espíritu. Dibujar y escribir, si bien se pueden realizar rápido o al pasar, son ejercicios manuales pacientes, delicados. Una página anotada y dibujada puede construirse dilatadamente, mientras se está concentrado en otra cosa (por ejemplo, en una reunión). Un cuaderno es también un instrumento para poner atención.
La segunda cuestión es que los cuadernos, al acumular contenidos en forma análoga, producen un cuerpo material que se revisa, se reexamina o se explora casi íntegramente cada vez que se vuelve a ellos. Es decir, se puede seguir una idea; asistir a un proceso, más que a algo finalizado. Los cuadernos son la expresión o acaso un vestigio del devenir del pensamiento junto a ciertas emociones. En ellos comparece algo que acontece en una suerte de presente total.

En última instancia, el soporte permite recibir todo tipo de expresiones en un mismo espacio. Aunque un computador es capaz de contener casi infinita información, y aunque los computadores personales se nombren también como cuadernos (notebook), indefectiblemente compartimentan esa información en extensiones distintas y requiere de softwares diferentes para visualizar o trabajar sobre cada una de esas extensiones. En el notebook, la libreta de contactos contiene solo contactos, los archivos de texto casi solo textos, los prototipos en 3D no se mezclan con la música. De hecho, uno de los esfuerzos de los creadores de softwares y de sistemas operativos es mezclar objetos informáticos la mayor fluidez posible. La hoja de papel de un cuaderno soporta una variedad extraña de información, notas, escritos y por supuesto dibujos al unísono, en una suerte de cadencia propia y única. Esa medida dice del ritmo del habitar, del estar y, por qué no, del ser.