Jorge Young es artista visual, quien entre los años 1988 y 1990 cursó la carrera de Arquitectura en la e[ad]. Su trabajo desde la pintura tiene una expansión hacia otras manifestaciones, como lo es la instalación, la iluminación y montaje escénico en conciertos, la ilustración y diseño gráfico en carátulas de discos o portadas de libros, además de hacer clases de artes visuales y cursos de color en su taller, ubicado en el sector de Los Pinos, en Reñaca. 

Por estos días se encuentra diseñando la portada de dos discos: uno coral de música contemporánea y uno de rock. Al mismo tiempo, un libro que está produciendo un centro de innovación que investiga la problemática del agua, para ayudar a los agricultores a cuidar este vital elemento. 

¿En qué se encuentra tu desarrollo laboral actualmente? 

En lo que respecta a mi labor artística, primariamente yo trabajo en series, es decir, mi modo de trabajo no se enfoca en obras individuales, más bien trabajo repensando y profundizando una idea que agrupo en series, desarrollando los motivos con los que las construyo. Como ejemplo, llevo varios años trabajando variaciones en una serie de pinturas al óleo circulares, que se llaman «Rotomototondo«. Simultáneamente estoy desarrollando otra serie con acuarelas, que se llama “Soma”, una reflexión a partir de los cuerpos efímeros que se forman cuando miras el humo o los reflejos en el agua. 

¿Qué tipo de materialidades utilizas en tu trabajo? 

Ocupo materialidades muy diversas. Trabajo con iluminación coloreada en instalaciones y objetos, además hago animaciones que las proyecto sobre las pinturas. Ahora en cuanto a la materialidad de las pinturas mismas, normalmente trabajo con óleo, acuarela y algunas técnicas antiguas, como el temple al huevo. Habitualmente fabrico mis propias pinturas, trabajo moliendo pigmentos con diferentes aglutinantes. 

¿Cómo crees que tu quehacer impacta en la sociedad, o cómo esta ha influido en tu labor? 

Primariamente uno toma una postura frente a todas las cosas que uno enfrenta, desde la vida hasta las obras que uno crea. Esta postura es, necesariamente, una postura poética. Y el modo en que yo la enfrento es un modo constructivo, que engancha con toda la evolución del arte abstracto.

La observación, a partir de la cual yo genero todo esto, es una apertura a cómo van cambiando las cosas, lo dijo Heráclito, a que nosotros nunca somos los mismos, a que la realidad nunca es la misma y siempre está fluyendo. Es por esto que mi obra incorpora al espectador como un dispositivo que la activa.

¿Cómo sientes tú que se puede insertar la labor del artista visual en estos tiempos? 

Todas las artes, lo que hacen en la sociedad, es instalar una paradoja, porque nos ocupamos de trabajar en las cosas inútiles y con cosas inútiles le damos sentido a la existencia. Y eso se vincula directamente con lo que nos decían en la Escuela, en las clases de Godo, Claudio, Alberto; que el arte transforma el mero vivir en algo espléndido.

¿Cuál crees tú que es la esencia de la Escuela? 

Yo entré el año ’88 y estuve tres años; soy de la generación de casi la mitad de los profesores que están haciendo clases hoy. A mí me tocó conocer a los fundadores de la Escuela: a Godo, Alberto, Claudio, Miguel. La Escuela, en esa época, tenía algo muy fuerte y que era notable cuando entrabas: era el sentido de comunidad; estaban todos unidos en un proyecto común. No era una carrera en la que entraras y tuvieras profesores que te dieran ramos y fueras como cumpliendo etapas. Si bien tenías distintos temperamentos de profesores, ibas pasando por distintas miradas de lo mismo, entonces formativamente era muy potente. 

Aparte había una intención de pensar poéticamente la arquitectura, la vida, los diseños, y esto impregnaba todo. La escuela era un ámbito de comunidad vital muy especial, único.

¿Qué elementos distintivos de la e[ad] crees que se impregnaron en tu forma de hacer las cosas? 

Entrabas en primer año y la primera exigencia que tenías era llegar a entender lo que era la observación, que es ser capaz de formular algo radical que te permita, en el caso de la arquitectura, construir algo habitable. Al formular esta idea de la observación en tu trabajo, te obligaba a pensar, en un nivel esencial, lo que tú ibas a hacer. Y a partir de ahí tenías que fundamentarla, pero te llevaba a lo más básico y primario. Eso ha impregnado el modo en que pienso y trabajo, en el que dibujo, en el que armo mis exposiciones, absolutamente todo. 

Es que esa observación es un modo en el que tú te ubicas en la realidad de una manera poética. Cuando yo te hablo de algo poético, Taller de América trataba de eso, sobre el sentido que tenía ser poético, la poiesis, quiero decir abrirte a un modo de ver la realidad creativamente y darle sentido.

¿Qué es lo que más recuerdas de tu paso por la Escuela, más allá de las clases? 

Lo más potente que recuerdo era la relación que había con los profesores. Pasabas todo el día en la Escuela, porque se trabajaba mucho haciendo las cosas ahí. Teníamos los talleres o estabas en la biblioteca y los profesores que circulaban se detenían y conversaban, era muy cercano. 

Así, la clase que había hecho Godo, por ejemplo, terminaba y nosotros nos acercábamos y seguíamos con las dudas, hasta que alguien llegaba y se lo llevaba a su casa. Era un asunto muy vivo, de uno a uno. Pasaba otro profesor y veía lo que estabas haciendo y te preguntaba. No era que tuvieras ramos y te fueras, si no que era toda una experiencia de vida universitaria. 

¿Qué consejo le darías a las generaciones que están egresando este año? 

Yo diría que la vida tiene que ver con la motivación, con hacer cosas con una motivación que derive en una disciplina de trabajo que termina siendo un cuerpo de obra. E Intentar sostener esa visión, esa apertura poético-creativa que hablábamos hace un rato, que quizás en una oficina sea difícil, más difícil de lo que uno puede creer, pero de eso se trata la vida. 

Si tuvieras que asociar una palabra o una idea a la Escuela, ¿cuál sería? 

La Escuela es un intento por la construcción de una libertad poética.