Cazú Zegers, de nombre María del Carmen, fue formada como arquitecta por nuestra Escuela entre 1978 a 1984. Durante este periodo, además, se dio el tiempo de recorrer nuestro país en motocicleta, donde desarrolló un especial vínculo con el territorio y la forma de hacer arquitectura en él.

Dentro de su destacada y bastante diversa trayectoria, Cazú es parte de la prestigiosa Architecture A-List de ELLE Decor,  siendo nombrada, también, entre las arquitectas latinoamericanas que derriban barreras por Forbes Magazine en 2020. El 2021 obtiene la distinción Dora Riedel otorgado al arquitecto, arquitecta o equipo que se haya destacado por su labor innovadora, abriendo nuevos caminos en la profesión.

¿En qué se encuentra tu desarrollo laboral actualmente?

Estoy con varios proyectos en distintas áreas. Por un lado, el estudio Cazú Zegers Arquitectura, que por casualidad se ha vuelto una oficina principalmente de mujeres. Después está el área de investigación sobre el territorio, donde inventé el concepto de “la ruralización versus la urbanización”. En el fondo, como uno desarrolla sin desmitificar el territorio.

Otra área de investigación es MaderaLab: cada siglo tiene su material, y el siglo XXI será el de la madera por sus credenciales medioambientales, por lo que estamos investigando y proponiendo respuestas a la meta que Chile será Carbono Neutral al 2050. Y tenemos la Fundación +1000, que es un centro de estudio geopoético.

¿Qué es la Geopoética?

Mi manera de hacer arquitectura siempre nace de la palabra poética, y para mí las palabras vienen de algún atributo del territorio. El concepto Geopoético lo acuñó Kenneth White, un escritor irlandés. Él dice que las grandes narrativas siempre han estado en función del territorio, y esta relación lo que hace es abrir nuevas narrativas sobre cómo construir un mundo. Y a mí, desde Amereida, siempre me interesó abrir un lenguaje y no repetir lenguajes. La geopoética es una manera de estar siempre en un origen, entendiendo el mayor patrimonio de Chile que es su territorio y su paisaje, y las comunidades indígenas y vernáculas que habitan en él. Es cómo uno desarrolla y genera obras en función de eso que es el tesoro, que sería el don, en palabras de Alberto Cruz.

©Cazú Zegers Arquitectura – todos los derechos reservados.

¿Cómo impacta tu labor en la sociedad/comunidad?

Yo creo que abrí un camino de lenguaje arquitectónico en madera contemporáneo, que no existía cuando partí. Mi primera obra fue la Casa Cala, con la que gané el Gran Premio Latinoamericano de Arquitectura en 1994. Y a la Cala la llamo mi casa-tesis, donde pongo en acción esta relación entre territorio, paisaje y palabra poética.

También el ser mujer arquitecta creo que es un tema importante; siento que he abierto espacios para muchas profesionales. Cuando entré a la Escuela los mayores pensaban que las mujeres no podíamos ser arquitectas, porque no teníamos la capacidad de abstracción necesaria. En realidad yo entré a estudiar diseño, y en primer año, que era en común, me encontré con Godo que me habló de Amereida y me sedujo esta visión, me abrió un mundo y decidí ser arquitecta. En el primer año éramos tres o cuatro; en el segundo dos, creo; y en tercero, cuarto y quinto no había más mujeres.

Con todos los cambios sociales que han ocurrido ¿Cuál es tu mirada respecto de cómo se inserta la arquitectura/el diseño en Chile?

Todo es parte del cambio de paradigma cultural en el que estamos, y realmente creo que Amereida es la respuesta. Pensaba que el nuevo paradigma venía de Latinoamérica, pero me he dado cuenta que también es de los habitantes del Pacífico.

Ahí me sumo un poco a Godofredo, que tenía este sueño de atravesar el Pacífico, que ahí estaba lo nuevo, que quería entrar a Venecia en barco. Y siempre planteaba que nosotros, habitantes de Chile, vivimos en una isla constreñida entre la Cordillera de Los Andes y el Océano Pacífico, pero que estaba Isla de Pascua como una piedra en el camino que abre la otra orilla. Creo que Amereida abrió esta posibilidad, y veo que los habitantes del Pacifico aún tenemos muchas cosas en común, como nuestras comunidades indígenas con sus culturas, cosmovisiones y lenguas vivas; siento que entender eso nos ayuda a pasar de una cultura egocéntrica a una cultura ecocéntrica.

Según tu experiencia, ¿Cuál es la esencia de nuestra Escuela?

La de enseñarnos a pensar, por un lado. Por otro, Amereida, que es una esencia profunda de la Escuela; Amereida es la Escuela. Toda la apertura, la Ciudad Abierta, la manera de entender y de pensar el territorio, el paisaje y el habitar de manera poética. Todas estas visiones de Godo cuando hablaba de Rimbaud, que dice que la palabra ya no rima más la acción, si no que va por delante, en el sentido de anticipar estas visiones. Y el vínculo entre Alberto y Godo que, de alguna manera, es esta relación entre la poesía y la arquitectura: que la poesía es el ha lugar, abre la obra, y la arquitectura hace el haya lugar, construye ese lugar. Creo que la gran inspiración de la Escuela es esto que nos remonta a un origen, y nos invita a ser originales siempre.

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¿Qué elementos distintivos de la e[ad] crees que se impregnaron en tu forma de hacer las cosas?

Primero esto que trae Alberto: la observación. La capacidad para, desde la observación, llegar al proceso arquitectónico, entender lo que es un acto en el espacio. Y después esta capacidad de siempre reflexionar sobre lo que uno hace, trabajar desde un concepto. Es todo, es muy amplio la verdad, uno va mamando de esta leche espiritual artística que es, para nosotros que estudiamos con todos los mayores vivos, la mística que funda la Escuela. El hecho de haber creado la Ciudad Abierta como el prototipo de este nuevo pensamiento, que es abrir las ciudades americanas donde se trabaja de manera comunitaria; siento que todas las utopías las realizaron, y fueron francamente revolucionarios.

¿Qué es lo que más recuerdas de tu paso por la escuela, más allá de las clases?

Viña y Valparaíso, en ese momento, eran una gran ciudad universitaria. Cuando nosotros entramos a la Escuela estábamos todavía con toque de queda, era plena época de Dictadura y no se podía salir de noche, entonces estaban las fiestas de toque a toque. Y trabajábamos muchísimo y siempre de noche, uno generaba camaradería con sus compañeros y con sus amigos. También muy creativos, muy poéticos, siempre todas las cosas eran fascinantes, campos de exploración, era un tiempo de mucha creatividad, locura, estaba la Dictadura y una contra resistencia desde lo poético y no desde lo político. Es como haber sido parte de una tribu, y de hecho cuando uno se va de la Escuela y pierdes muchos vínculos, quedas como errante, un poco solitario.

¿Qué consejo le darías a las generaciones que están egresando este año?

Ser fiel a uno mismo, a lo que uno trae adentro. Porque en general he oído a muchos arquitectos y diseñadores que un poco se justifican de que no pueden hacer lo que hacen, porque el cliente no se los permite, o porque no encontraron los espacios donde hacerlo. Yo creo que uno tiene que ser un buscador, y no tener miedo de caer en el vacío, y encontrar su voz y desplegarla. Cada uno tiene su voz, tiene algo que entregar, un propósito en la vida, y creo que, al haber sido formada en esta Escuela, ese propósito se manifiesta de manera muy radical. Y siempre que uno abre cosas nuevas no hay referentes, no hay validaciones, así que uno no tiene que tener miedo a seguir adelante, porque en algún momento las cosas se van a manifestar. Cuando uno junta pasión con vocación, genera destinación.

Si tuvieras que asociar una palabra o frase a la Escuela, ¿Cuál sería?

La Escuela es un ecosistema creativo disciplinado.

Fotografía de ©Addison Jones 2020