“En una ciudad, la calle debe ser suprema. Es la primera institución de la ciudad. La calle es una sala por acuerdo, una sala comunitaria, cuyas paredes pertenecen a los donantes, dedicadas a la ciudad para uso común. Su techo es el cielo.”
Louis Khan.

La ciudad con sus calles, es quizás una de las creaciones más colectivas que tenemos hasta hoy. Su valor y significado, no solo se da ante los ojos. Se trata de un espacio público por excelencia, en donde solo debiera estar presente lo mejor de cada uno y de todos, sin exclusión.

A partir de octubre la convivencia y la integridad de las personas ha estado en riesgo. Ver, concebir, calcular la calle solo como un camino que interrumpe mi llegada a casa es abandonarla. Sentir que la calle está bloqueada, es un fracaso colectivo.

La ciudad no debe, no puede ser escenario para el dolor y la violencia. Si nos rendimos ante ella tendremos ciudades violentas. La ciudad es un reflejo de lo que somos y queremos ser. La ciudad se transformó a mediados del siglo XX  en un lugar en pos de la transparencia. Aparecieron las grandes vitrinas y ventanales para exponer, para ver cómo se hacen las cosas; mirar el reflejo de las nubes en las fachadas vidriadas; ver y verse paseando es un signo palpable de la convivencia. Hoy vemos fachadas cubiertas de metal, destruidas.

Son estos frentes grises y opacos, los testigos de actos graves y violentos que atentan contra la integridad de las personas. Nadie debiera sentir menos dolor porque el afectado o afectada está en la vereda del frente a la nuestra.

Pido tolerancia y apertura, porque escribo desde una disciplina que está en la línea de la creación, que tiene como aliada permanente la contemplación, quizás una de las acciones más plenas del ser humano, porque contemplar, no solo representa el ejercicio de un sentido que nos mantiene alerta ante el entorno, sino que también es una vía de comprensión.

Mirar, ver, observar, contemplar. Cada uno ha vivido estos distingos del registro con sus ojos. Podría resumirlo como el sentido que reúne al corazón y la razón  bajo un ámbito, donde acontece la alegría de saberse acompañado y sentirse parte de la vastedad de la creación.

Es quizás desde esta experiencia sensible de nuestro oficio, que se agudiza nuestro dolor y tristeza por nuestros conciudadanos que tienen comprometida su vista, ya sea parcial o total. Me resisto a pensar que ha sido en vano. Pongamos nuestros pensamientos con ellos y en quienes los acompañan.

Como Facultad, condenamos los actos de violencia frente a los cuales, estudiantes de nuestra universidad han sido víctimas. Como grupo humano, estamos y estaremos para acompañar a nuestros estudiantes y sus familias en todo lo necesario.

Insto a que no olvidemos la fragilidad de la convivencia. Aquellos que conservan el registro de la violencia, desde ahora son los intermediarios con aquella realidad que nos avergüenza y duele. Tenerlos de regreso nos tiene que alegrar y hacer recapacitar, pues todos tenemos tarea. Debemos no solo reparar la ciudad, sus calles, sus plazas, también el corazón. Reparemos y preparémonos  para recibir a nuestros conciudadanos para que vuelvan a estar entre nosotros, junto a nosotros, siendo los reales y dignos habitantes de nuestras calles.

David Luza Cornejo
Arquitecto
Decano Facultad de Arquitectura y Urbanismo
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso

Imágenes, gentileza de Diego Miranda.