Celebración Acto de San Francisco en Ciudad Abierta

Este sábado 7 de octubre se realizó una nueva celebración del Día de San Francisco de Asís – patrono de la Escuela de Arquitectura y Diseño de la PUCV– en donde más de 500 profesores, alumnos, ex alumnos, amigos y habitantes de la Ciudad Abierta se reunieron para conmemorar esta tradicional fiesta.

La celebración comenzó en el Cenotafio con el antiguo juego de los vasos comunicantes, donde los participantes debían decir una palabra que era escrita en un lienzo blanco, las cuales después constituirían el poema creado por todos.

Una vez finalizado el juego, nos trasladamos al anfiteatro donde los guías recitaron el Cantar de los Cantares, celebrando el aspecto lúdico, el amor al juego y lo sutil de San Francisco. En el lugar, el poeta Carlos Covarrubias recitó el poema Desprendimientos.

Nos adentramos en el sector del bosque donde el poeta de la Escuela, Jaime Reyes, leyó el texto Visita en el Monte Alvernia para luego continuar hacia las obras del Megaterio y dirigirnos al Teatro de la Consagración, el cual este año tuvo sus faenas de preparación a cargo de los alumnos y profesores del Taller del Programa y Forma de la Edificación.

La presentación artística en el Teatro fue realizada por la Compañía de Danza Experimental I.D.E.a y Compañía MOMO, las que presentaron la obra “Tul, textura hipócrita”, de la coreógrafa Beatriz Alcalde, en la que también participaron alumnos de 4º y 5º año de las carreras de Diseño y Arquitectura.

Finalmente se dio cierre al Acto de San Francisco en el Ágora de los Huéspedes con la lectura del poema creado por todos con las palabras del juego y la reunión de los asistentes en torno al ágape organizado por el taller de los profesores Ricardo Lang y Manuel Toledo, acompañado de un bocado y brindis.

Video realizado por Damián Gil, alumno de intercambio de Arquitectura.

Texto leído en la quebrada de la Hospedería del Megaterio: Visita en el Monte Alvernia

Francisco es conducido por los hermanos León, Angelo, Illuminato, Rufino y Masseo hasta la cima del monte Alvernia. Ha pedido a los hermanos que le dejen allí 40 días y 40 noches en soledad y ayuno. Está ciego y enfermo, pero no sabe que está al final de su corta vida.

Sentado sobre una roca al caer una tarde, oye ruidos a su alrededor y piensa que es alguno de los frailes que le vigila y cuida en secreto, preocupado por su salud.

–¿Quién está ahí? Os he pedido que me dejen solo, que no me acompañen, estaré bien.

–Francisco soy tu hermana. Te he traído un obsequio.

–¿Quién eres?

Francisco siente y huele un aroma desconocido cerca de su rostro. Es el aroma de las flores árticas-inexistentes.

–No es posible– dice Francisco y la visita replica:

–Pero sí hay flores árticas-inexistentes.

–Me refería a ti, sin nombre, no es posible. Aún en los comienzos más terribles, como en el caos inicial del mundo, aún en lo siempre inminente donde reside la chispa inicial de toda mutación; de donde seguramente provienen estas flores; aún allí has de haber tenido un nombre…

–Francisco, yo sé que has emprendido una aventura de transformaciones y que has alcanzado la desnudez que se requiere para reconocer los cultos y los ritos más recónditos y hondos. Sé que aún te perturba la antigua querella con tu vicio más serio. Te has desistido incluso del espíritu de pobreza que va siempre aún más lejos. Sabes que no basta con ir en el sentido contrario que el de los bienes que se acumulan.

Francisco la interrumpió:

–Es cierto, he quemado en mis ojos los deseos más fuertes para intentar mis cantos en la total impropiedad, ya sin ilusiones, ya sin revelaciones. Acaso entonces he nacido de nuevo en los desprendimientos. Pero aún allí todavía mis labios reciben la música de los desconocido, para cantar loas a todas las criaturas de esta creación y las he nombrado en las alabanzas. Pero tú, hermana inminente, has conseguido llegar hasta la cima del Alvernia esquivando la vigilancia de los frailes…

Ahora Francisco fue interrumpido:

–Francisco, ningún hombre puede vigilar mis pasos ni escapar de mis visitas. Los poetas de la historia, como tú, saben del desierto que hay entre la cosa y el nombre y que todos los esfuerzos por reconocerme serán vanos y que quedará intacto y sin inserción el primer nombre, ese nombre de nombres, el más fascinante de todos. Porque es infranqueable la protección que me rodea, redoblada por la expulsión que me preserva de todo reconocimiento y de todo juicio de identidad.

Entonces comprendió Francisco que todo poema es una repetición simbólica, de variación ritual, de danza-transposición de esta visita de la hermana sin nombre, en todo desvío, en todo momento inminente. Que todo poema es un esfuerzo por anticipar a esta hermana, figurándola, por izarse a su altura, por ser capaz de acoger su más intensa suspensión. Que todo poema, cantar o cántico, es para incitar e imitar al último, buscando la palabra final, la incógnita en todo lo conocido.

Entonces cuando los hermanos frailes vinieron a buscarlo después de 40 días y 40 noches de soledad y ayuno en la cima del monte Alvernia, Francisco dijo al hermano León:

–Hermano, nuestro Cántico de las Criaturas no estaba completo. Escribirás y agregarás este último verso:

Laudato si mi signore per sora nostra morte corporale
da la qua nulla homo uiuente po skappare.

 

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