Despedida a Alberto Cruz Covarrubias en la Ciudad Abierta
Cientos de personas estuvieron presentes este jueves 26 de septiembre en la Ciudad Abierta, en Ritoque, para despedir a Alberto Cruz Covarrubias y acompañar a su familia en estos momentos de recogimiento.
Sus funerales se realizaron en la capilla y el cementerio de la Ciudad Abierta. La misa fue oficiada por el Obispo de Valparaíso, Monseñor Gonzalo Duarte. La ceremonia estuvo marcada por palabras de admiración y reconocimiento; el rector don Claudio Elórtegui, el poeta Godofredo Iommi Amunátegui, la profesora Silvia Arriagada, quien leyó un carta del poeta Carlos Covarrubias y finalmente el poeta Manuel Sanfuentes, quien leyó un poema y convocó a toda la concurrencia a tomarse de las manos mientras Victoria Jolly declamaba un último poema a Alberto Cruz.
Palabras de Godofredo Iommi hijo
Voy a hablar del juego y del vacío.
A mediados del siglo pasado, un día después de la lluvia un niño, en un patio del Cerro Castillo, esculpió una suerte de esfera de barro y de arcilla. Luego la arrojó contra el muro esperando que se devolviese. La esfera, por cierto, quedó, en parte, adherida a la pared, semi destruida. Alberto contemplaba al niño y dijo que estaba jugando y que el juego como tal seguía intacto pese a la ruina. El juego era, es, digamos, mental.
Por esa misma época, en los anales de la universidad – la universidad, en aquel entonces, tenía anales-, Alberto publicó un trabajo acerca de la concepción arquitectónica de una capilla del fundo Los Pajaritos. Creo así se llamaba. Pensaba en la obra como un cubo blanco. Y a la vez mencionaba a la Iglesia de la Salute, en Venecia. Daba un salto en el vacío, entre el cubo blanco y la iglesia veneciana. Inventaba un vínculo sobre el vacío. Partiendo del cubo blanco hacia el vacío. Suerte de metáfora. Mi padre, en alguno de sus versos, confería, casi al unísono, ausencia a la metáfora, desprendiéndose, poco a poco, de la palabra “como”. El invento de mi padre y de Alberto es ese vacío que se sustenta sobre otro vacío. Ese vacío es el vínculo irreductible entre ambos. Y ese vacío es el fundamento del Instituto de Arquitectura y de esta ciudad inventada.
Permítaseme una pausa.
Hoy, por aquí, están junto a nosotros Mr. Arkadine, la Isla de If, Alvar Aalto, Hildegarde Neff, el Dr. Gaucher, Renoir padre e hijo, Borromini, Mimi, Van der Rohe, Veronika Lake, Brunelleschi, y en una esquina, Carmen Basilio. Y tantos otros cuyo nombre no recuerdo.
Detrás de la obra no hay nada. Es pura apariencia. La obra es su propio fundamento; el arte inventa – esta vez en otro sentido-, o más bien, echa mano de ideas, pensamientos. Conviene creerle a medias. Ningún pensamiento da forma a la obra.
Es como si el propio arte temiese su vacío. La obra misma se disfraza, propone su oficio. Pero el oficio se aprende. Y la obra salta a pie juntillas sobre el oficio. Soneto, sonata, escultura, edificio, cualquier invento inventa sus propias reglas. Y, ¿después? Se hereda aquello que no se hereda: ese vacío convertido en posibilidad de invento, el propio vacío. Los príncipes herederos no heredan nada, heredan nada.
Cuando se entra en Saint Paul’s – en Londres- luego de atravesar la nave central, se llega a cripta donde yace Christopher Wren, el arquitecto de la catedral. Sobre una lápida, un epitafio, en latín: LECTOR, SI MONUMENTO REQUERIS, CIRCUMSPICE – “Visitante, si buscas un monumento, mira alrededor”. Podemos, en este momento, mirar alrededor.
Las últimas dos conversaciones que tuve con Alberto, en parte, aludieron al respeto. La primera hace algunos meses, por teléfono. La segunda, luego de pasar por la Alameda casi desierta del 19 de septiembre, junto a su cama. En ambos casos, sonriendo, me dijo que el respeto le pesaba, que se había transformado en alguien respetable, casi venerado. Su ironía extremada y al extremo de su vida, era, es, uno de los rostros de la libertad.
El invento y el juego juegan a las escondidas, se siguen, se persiguen, se descubren. Quienes inventan son proclives al juego. Y los niños. In fine, quisiera enunciar una pregunta de niño, de modo tal que sea saludo para ambos, para Alberto y para mi padre: ¿Dónde está el viento cuando no sopla? Dove sta il vento quando non soffia?
No sé.
Carta de Carlos Covarrubias a Alberto Cruz
Querido Alberto
Le escribo con la certeza absoluta de que está oyendo; puesto que oír es una de sus virtudes.
Le cuento en breve de nuestro viaje a Laussane a exponer la ciudad abierta y las travesías porque le va a gustar: se nos dio, todo el camino, la forma del taller, entre oficios distintos, arquitectura y diseños, la escultura, el estar con otros, junto a la poesía. Un deseo cumplido a nombre de todos y por supuesto a nombre de Usted. Un aire de Amereida, desde la vida, el trabajo, y el estudio, en fin, tanto de aquello por lo cual damos nuestros días con gusto y ganas.
Ahí quedaron expuestas en Europa sus últimas láminas, digo las suyas Alberto: titubeantes, mínimas, desnudas, señalando las cuatro palabras poéticas de la cruz del sur: origen, ancla, luz, aventura. Eran las que abrían la exposición…para mí ya es memoria… más son las que en este momento siguen abriéndola…
Me alegra haber compartido con usted, con sus espléndidos noventa y seis años, el Taller de Amereida, esas tantas mañanas en las arenas, en ese nosotros, para conformar ese ser poesía y oficio capaz de mirar con ojos despejados el misterioso rostro que protege a que toda obra sea lo que ha de ser…
Bueno
Cabe despedirse
Con mucho cariño
Carlos
Ah,
Me olvidaba,
Tal vez en esos otros parajes del desconocido
pueda ocupar su nombre nuevo:
» Alberto de la Cruz del Sur »
¿le parece?
