Carta de José Agustín Vásquez por la Partida de su hijo a la Casa del Padre
Carta del papá de Francisco Javier Vásquez Valdovinos a la comunidad de la Escuela:
Me dirijo a todos ustedes, como comunidad, como verdadera familia, pues así lo pude sentir en el día de ayer, en esa hermosa ceremonia que se realizó en la Ciudad Abierta en memoria de mi amado hijo, Francisco Javier Vásquez Valdovinos (QEPD), alumno titulante de esa Escuela.
Quiero hacer llegar a todos mi inmensa gratitud por el afecto que todos expresaron por mi hijo: compañeros, amigos y profesores. A todos ya los conocía de alguna forma por Francisco, quien amaba a su escuela y a la comunidad que ella forma, y por su intermedio pude yo apreciar el ámbito de humanidad que en ella reina. A través de Francisco puedo decir, como arquitecto y profesor, que pude valorar, en su formación en nuestro oficio, el profundo respeto por los actos de los hombres, base de toda formulación arquitectónica, que en su trabajo diario como estudiante se evidenciaba en sus láminas. Igualmente, la ausencia de toda imposición formal, de todo dogma, que, desde mi vocación y práctica docente, en el Taller y en el curso de Teoría de la Arquitectura, hubiera rechazado como lo he hecho en mi escuela.
Desde que Francisco ingresó a la Escuela, se evidenciaron en él una serie de rasgos de carácter que yo sentía que no eran más que la maduración que todos experimentamos como personas, así como vamos creciendo en años, aún cuando eran rasgos en los que pocas personas perseveran y que, por el contrario, con los años tienden a desaparecer: transparencia, pureza, generosidad, humildad, inocencia, desprendimiento.
Hoy no puedo sino pensar que su paso por la Escuela de Arquitectura de la PUCV le dejó una huella imperecedera, y que la vocación
de bondad, humildad y espíritu de evangélica pobreza que Francisco desarrolló, quedó marcada por el espíritu del santo patrono de la Escuela, su homónimo Francisco de Asís. No sé decir si Francisco hubiera sido un buen o un mal arquitecto. Sólo puedo decir que la Escuela incrementó sus virtudes humanas en grado superlativo. Y si de algo se puede preciar un establecimiento de enseñanza superior como es vuestra Escuela, es de formar, antes que eficientes profesionales, seres humanos, personas. Y debo decir, entonces, a riesgo de sonar un tanto soberbio, que vuestra Escuela debe sentirse orgullosa de haber tenido un rol esencial en la formación de una persona tan bella y singular como fue mi amado hijo Francisco, quien, por su parte, amó a su Escuela, a sus compañeros, sus profesores, sus talleres, sus travesías, sus tradiciones.
No me resta más que reiterar a esta Escuela la gratitud por haber sido el ámbito privilegiado en el que Francisco se desarrolló como ser humano adulto, y que le permitió llegar a cultivar sus virtudes humanas en tan alto grado. Gratitud también que debo manifestar por el inmenso afecto demostrado por sus compañeros y profesores al momento de su dolorosa partida hacia otros horizontes, en el impenetrable misterio de su conciencia de muchacho bueno.
JOSÉ AGUSTÍN VÁSQUEZ M.
29 de marzo de 2012