marzo 27, 2011

Rostro y voz en el espacio de la mesa, distanciamiento que es el pudor

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Una mesa de trabajo en la vida universitaria.

Un lector que da cuenta de un  texto compartido que se expone en voz alta. Aquí están presentes unos supuestos elementales del estudio: la invención de la página que aunque hoy sea electrónica o digital tiene el mismo nombre y ocupa el mismo formato mental.

Todo esto ocurre en el ámbito de una mesa, que es un espacio a la mano, a la vista y a la voz, que se mantiene disponible como un camino, listo para ser usado, para dejar transitar documentos, escritura, miradas y voz, ademas de un eventual bocado.

Todo esto ocurre ante los rostros, nuestro acontecer, los diarios actos de construcción del estudio se dan ante los rostros que como éste sustentan la identificación de cada cual; el máximo distingo de la condición humana lo hemos construido en el rostro, en lo visible de él y en lo visible que está viendo: la mirada.

Pero todo este espacio de la mesa que es abierto e incluyente del mas grande bien que es el lenguaje descansa sobre otro supuesto, este es el pudor.

El pudor es ese distanciamiento que calla y a la vez habla en nuestros gestos y decir para mantener aquello intacto, no tocado, que constituye nuestra singularidad, como aquella de cada rostro.

Acaso el teatro sea la suspensión del pudor en el decir, para provocar la catarsis.

 

English version by Mary Ann Steane.

Face and voice in the space of the table, distance that is decorum

 

A working table in university life.

A reader who gives account of a shared text that is explained aloud.  Here some basic assumptions of study are present: the invention of the page that even if it is electrical or digital retains the same name and occupies the same mental space.

All this occurs in the field of a table, that is a space at hand, in view and in hearing, that remains available like a road, ready to use, across which travel documents, writing, looks and voice, besides finally a bite to eat.

All of our events occur in front of faces, the daily acts of construction of study take place before faces that sustain the identity of each person; the greatest distinctiveness of the human condition is constituted in the face, in that it is visible and in what this visibility discloses: the look.

But all this space of the table that is open and inclusive of our  greatest asset, language, rests on another assumption, decorum.

Decorum is this distance that is silent and yet at the same time, in order to maintain itself, declares through our gestures and speech ‘keep away’, constituting our uniqueness, as our faces do.

Perhaps theatre is the suspension of decorum in speaking in order to provoke catharsis.