Memoria de Semana Santa en Sevilla
Dos videos iniciales para comenzar esta memoria:
Viajar, recorrer, conocer, encontrase con una ciudad desconocida suele provocar en el visitante un primer vértigo ante aquella nueva experiencia de recorrer un trama conformada de nuevas imágenes y calles ausentes de la propia memoria de quién visita. Un mapa, un plano, y tal vez una bitácora en la eventualidad de alguien que se anima en esa interacción con el lugar, suele también ser la primera posibilidad de una incipiente familiaridad que despierta el apetito por conocer y recorrer accediendo a esa primera memoria visual y registrable. Esa primera abstracción concentrada en el plano de aquello que es una extensión inabarcable como totalidad desde los sentidos. Es construirse una primera memoria que permita acceder también a una primera cotidianidad, hacerse a esa nueva extensión a partir de configurar una primera experiencia registrada. En este caso, una “guía práctica” o “mapa de calles” de Sevilla, gastado, magullado e intervenido con líneas al pulso de las caminatas, con indicaciones y referencias resaltadas que fueron completando esa memoria inicial registrada, dan cuenta de una primera experiencia como visitante.

Lo que queda siempre es aquello que se destaca, aquellas experiencias que hacen del viaje un recuerdo “memorable” (digno de memoria), dejando en capas de recuerdos menos nítidas aquellas que se alejaron de ser las configuradoras de una real experiencia. Encontrar este mapa entre las sencillas evidencias que dan cuenta de este viaje, como servilletas, tickets, postales, entre otras, despierta instantáneamente aquellas experiencias memorables relacionándolas con aquellas imágenes que conforman ese mapa de Sevilla, en una suerte de reconstrucción de recorridos que permiten recordar.
Lo anterior, si bien puede ser una primera forma, entre otras, de acceder a la comprensión de una ciudad, se cobra alcances excepcionales cuando se trata de una ciudad en fiesta, en celebración. Sevilla, en este caso, se reveló en su máxima densidad a través de un momento
particular, la Semana Santa, o más bien, “Su” Semana Santa. Se trata de una densidad que no solo expone un modo de ocupación del espacio público a partir de procesiones, pasos, cofradías que deambulan por toda la ciudad seguidas y contempladas por los sevillanos, dando cuenta de su historia en el fervor, devoción y catolicidad, sino que además deja a la vista aquella memoria propia que se abre hacia una dimensión de ciudad que junto con modificarla en su ocupación y sentido más tangible, es posible acceder a ella a través de un sinnúmero de imágenes, historias, relatos, que se van internalizando en cada conversación a la que se accede, en cada comentario que se oye al pasar, en cada gesto de devoción y fervor que se aprecia en quienes saben leer aquellas manifestaciones desde la tradición, y además, en las guías y programas que por todas partes se reparten para que cada cual sepa el lugar y la hora en que cada “hermandad” o “cofradía” prosesionará durante la semana y además la historia y tradición que cada una de ellas posee. Una ciudad en fiesta, una ciudad que muta hacia un nuevo ordenamiento del espacio público nacido de una manifestación temporal que por una semana cada año es la respuesta de sus habitantes a aquella identidad colectiva en aquellos espacios públicos que durante el resto del año son sus calles, avenidas, pasajes y plazas. En Semana Santa, esos mismos espacios son el gran salón de la ciudad, en una suerte de inversión de lo público que en esta ocasión recibe la intimidad de lo que hasta ese momento se encontraba tutelado con esmero en parroquias, conventos, iglesias y museos.
La Semana Santa en Sevilla debe ser el acontecimiento más importante que se produce cada año en esta ciudad, desde el punto de vista religioso, cultural y social. Es una ciudad que muta para abrirse a una infinidad de encuentros en torno a las manifestaciones de la devoción, unas más sacras, otras más profanas pero todas con una génesis religiosa. La Semana Santa se celebra en la semana de la primera luna llena de la primavera y es una de las más importantes de España, comenzando con el Domingo de Ramos y culminando el siguiente domingo en el Domingo de Resurrección, con procesiones cada día en las que se sacan a la calle imágenes representando la Pasión de Cristo, sumando en la totalidad de la semana más de 60 hermandades que recorren la ciudad coordinadamente, aunque a la vista de un recién llegado e inexperto paseante en Sevilla pareciera no existir tal orden.
Las hermandades se identifican con un episodio específico de la pasión de Cristo y tutelan tanto su imagen como la de la virgen a la que veneran. Así, cada Hermandad posee un Cristo y una Virgen, y cada una de estas imágenes se mueven separadas por varios metros o cuadras una de la otra, dependiendo de la magnitud de la hermandad, dentro de la procesión. Durante todo el año estas imágenes son cuidadas en sus respectivas parroquias, iglesias, e incluso museos, donde se encuentran permanentemente y se preparan para esta ocasión. Cada hermandad tiene su propio nombre, directamente relacionado al episodio de la pasión de Cristo que veneran y la cronología de día y hora en el que van saliendo a las calles depende también de la cronología de la pasión. En prácticamente todas las cofradías, la Virgen es vestida con lujosas ropas, incluso joyas que los propios fieles han regalado a las hermandades para ser expuestas durante la semana y principalmente en las procesiones. La gran mayoría de las cofradías se acompañan de dos bandas, una para el Cristo y otra para la Virgen y una particularidad es que la música que acompaña el paso del Cristo es más cadenciosa, “arrastrada”, tal vez triste. La que acompaña la Virgen que viene más atrás es notoriamente más rápida, acompasada y alegre.
Los sevillanos que conforman las procesiones, por miles, acompañan a las imágenes vistiendo el hábito de nazareno que se caracteriza por ser un traje con máscara cónica, como una túnica hasta los tobillos, y de colores específicos que identifican a las hermandades, portando cirios, cruces o antecediendo a los pasos como acólitos ceriferarios que portan los cirios o turiferarios que portan los incensarios. Otros realizan este recorrido de penitencia portando sobre sus hombros las andas procesionales (pasos y palios) como costaleros, los que deben soportar por horas un gran peso y en posiciones muy exigentes. Los costaleros procesionan bajo el anda del Cristo o la Virgen, ocultos, sin ver, guiados a viva voz y por golpes sobre el anda por parte del Capataz, quien viste de traje y corbata y siempre va delante dirigiendo la procesión indicando los movimientos que permitan a los pasos pasar incluso por esquinas y pasajes estrechos que exigen cierta destreza de los movimientos. Como nazarenos es normal ver niños, quienes son apoyados por sus familias durante el recorrido. Al parecer la pertenencia a una cofradía o hermandad tiene algo de tradición, y el puesto se hereda de generación en generación dentro de la familia.
Cada hermandad posee una historia, culto, veneración y estética muy específicos. Así por ejemplo, en el “Llamador”, que es la guía y programa de la Semana Santa Sevillana del 2009, es posible adentrase un poco más en esta celebración y las carácterísticas de cada hermandad. La Hermandad del Gran Poder, por ejemplo, una de las casi 60 hermandades que procesionan en Sevilla durante la Semana Santa, se considera fundada el año 1.431 en el convento de San Benito de Calatraba y luego de ser trasladada por los conventos de Santiago de Los Caballeros y del Valle, se radica definitivamente en San Lorenzo el año 1.703. El Jesús del Gran Poder, la imagen que se lleva en andas actualmente, data del 1.620 y su autor es Juan de Mesa quién también es autor de la imagen de San Juan que acompaña la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso con data del siglo XVII y autor desconocido, la imagen que venera la misma hermandad y que también procesiona. Esta hermandad en el 2009 estuvo conformada por 10.000 hermanos, 2.300 nazarenos y 35 costaleros por paso además de los capataces y hermano mayor que dirigen la procesión. Como “novedades” el programa dice: “El Señor viste de nuevo con túnica lisa tras hacerlo en 2008 con la bordada de Los Cardos. La Virgen lucirá Manto azul de Fernández y Enríquez con diseño de Garduño. La Junta de Gobierno tiene la intención de plantear la incorporación de nazarenas para el próximo año (2010)”. Estos detalles dan cuenta del grado de identificación y fervor que los sevillanos en general adquieren con las manifestaciones de devoción a través de las hermandades y de cómo esa tradición es acompañada de una diversidad de aspectos que conforman esa suerte de memoria colectiva en torno a un rito.
Una situación urbana importante de esta celebración es que cada una de las hermandades o cofradías que procesionan, varias simultáneamente por diferentes lugares de la ciudad, y que comienzan su recorrido en algún punto de la ciudad deben cumplir con un tramo tradicional. Este comienza en un punto llamado la Campana, y continúa por alrededor de mil metros hasta la Catedral de Sevilla, una de las catedrales góticas más relevantes de este orden arquitectónico en Europa. La procesión completa ingresa a la catedral por la puerta principal y sale por la posterior, hacia la plaza de la Virgen de los Reyes, por donde continúa su regreso nuevamente al punto de origen. La procesión completa podría demorar todo el día o gran parte de él. En este tramo común miles de personas pagan por ubicaciones privilegiadas para presenciar el paso de las cofradías durante toda la semana en tribunas familiares.
Todas estas particularidades son parte de aquella experiencia “memorable”, aquello que entre comentarios, lecturas de guías, procesiones interceptadas en la ciudad, seguidas, extravíos entre las multitudes y situaciones dibujadas y contempladas permiten abrir una relación entre la ciudad, su historia y su acontecer en fiesta. La ciudad se revela desde una particularidad que posibilita acceder a una intimidad de la misma, en la que cada ciudadano comparte un sentido de pertenencia e identidad alojada en esa memoria común, tangiblemente presente a través de la celebración. Entendido así es posible comprender que la memoria es con el lugar, la memoria tiene un lugar y además un tiempo. Tiene un espacio exterior que da ocasión a la invención de un saber, porque ese saber, ese mismo que se adquiere en este caso como un visitante o llamémosle “ciudadano temporal”, no es una realidad que existe independientemente de la persona sino que se construye en un “hacer social” que nace entre la exterioridad de aquello que se visita, recorre y contempla y la propia interioridad de cada persona (Xavier Laborda menciona este sentido de memoria en “La Herméutica de los lugares”). Esta relación, Borges la explica sencillamente de la siguiente manera: el sabor de la manzana está en el contacto de la fruta con el paladar, no en la fruta misma. De la misma manera la construcción de la memoria o la fijación de una experiencia se forjan en la relación entre aquello que se descubre en el lugar, la exterioridad, y aquello que se porta como visitante, una interioridad. Por eso, independientemente de esa tradición compartida, acordada, consentida por todos y trasmisible, la posibilidad de autoconstrucción de la propia memoria consiste en poner en juego aquello que la propia experiencia abre, en una capacidad de reinterpretación siempre abierta. Y en esa relación que cada uno abre se es dueño, tutor, autor de una experiencia, ese estado de contemplación permite relacionarse con esa memoria colectiva desde la autoconstrucción de un fragmento particularmente original, propio, mi propia totalidad de la experiencia de compartir una memoria global, en otras palabras, es Presente.
Por último, mencionar que la intención de este escrito, lejos de querer ser un relato cerrado que da cuenta de una certeza que puede estar incompleta como “información” en cuanto a la realidad acotada de la Semana Santa en Sevilla, que seguramente despierta o despertaría múltiples versiones surgidas de las múltiples experiencias posibles con esa celebración, quiere ser un modo de compartir una experiencia recordada, a las puertas de una nueva celebración de la misma, que cumple esta próxima primera semana de abril del 2010 un año de existencia y por lo mismo, renovando esa propia “sensación de ciudadano temporal”. Y para compartirla este texto quiso ir acompañado de alguna reflexión a propósito de ese recordar. Para eso, fundamental es la posibilidad de demorarse en el lugar, en este caso, además de vivirlo, observándolo. Esa tal vez sea la gran diferencia entre el Ciudadano Temporal y el Viajero, aquella voluntad de demorarse que valora la posibilidad de permanecer por sobre la necesidad de recorrer, siendo ambas disposiciones igual de válidas y por lo demás características de quien recorre.
Y en esa demora….
…la ciudad se transforma, se mueve, cambia, se invierte para hacer de las fachadas un respaldo. Lo que acontece es la fachada, una fachada móvil.
La ciudad pasa de ser espacio público a ser espacio de exposición. Un espacio definido por recorridos de exposición, de celebración con y en lo que se contempla. Devoción católica, pasión por un credo, fervor por aquello en común (lo que se cuida y se comparte en una cofradía), casi al modo de la devoción y fervor deportivo (ahí lo profano), el valor y belleza de aquellos objetos que conforman la hermandad, el palio, el paso, la música, las joyas de las vírgenes, lo tangible. Hay una tangibilidad asociada a un valor intangible.
Y las plazas de la ciudad pasan de ser espacios de recreación a puntos notables dentro de un recorrido coordinado, ordenado a partir de moverse por la ciudad. Cada cofradía, procesión, es un hito móvil que transforma la ciudad en un interior de contemplaciones. La ciudad adquiere su sentido en la conformación de las fachadas como respaldos que sostienen el paso del objeto contemplado.
Y en cada hito el vértigo de lo móvil que ya no ubica sino que acompaña es un riesgo de extravío, más aún en la penumbra de la noche que deja como protagonistas los miles de destellos de los cirios y brillos de las indumentarias. La ciudad desaparece por momentos.








