Travesía Silla del Gobernador
La obra de travesía constituye la apertura al proyecto a desarrollar en taller en las dos semanas que quedan al término del año. En el mismo lugar y para el bosque de 1000 ha de olivillos un Complejo Científico de Estudios Biológico y Preservación Forestal, al cual hemos llamamos “Reserva Parque Forestal El Olivillo”, pretende abordar múltiples escalas, desde su sentido para el pueblo de Pichidangui, hasta una relevancia a escala mundial por las características únicas que este presenta. Un programa complejo para un edificio sostenible, de 800 metros cuadrados sólo en recintos interiores, que debe dar cabida a los diversos quehaceres y actividades, de biólogos y visitas, cuidando el carácter público y privado de la sede, el ser abierto a recibir al ciudadano sin interrumpir la intimidad en labor del científico. Así, se construye un programa común que reúne servicios, espacios públicos y vivienda; laboratorios, naves de invernadero, aulas, salas de exposición y auditorio, habitaciones para científicos, servicios de cafetería y espacios públicos ofrecidos a la ciudad. A ello se suman programas que recoge cada proyecto y la propuesta en torno a las circulaciones, punto crucial en la construcción de la relación público-privado y más aún de un parque.
Con la experiencia de la travesía encarnada como punto de partida y un programa determinado con metraje como requisito, a diferencia de la libertad que sostuvo el primer trimestre, los alumnos se enfrentan a una complejidad ineludible, dar forma al extenso programa en acto, evitando caer en la disposición de recintos a modo de patchwork, cuidando la economía y la justeza.
He dicho desde la experiencia de la travesía con tanto énfasis pues es de ella que se desprenden las lecciones arquitectónicas primeras, aquellas que deben revelarse en las proposiciones individuales y que dan cuenta, o no, de la comprensión de la materia en lo realizado. A continuación, unas palabras sobre lo que nos deja la travesía dicen de aquello que deben recoger los proyectos del taller.
La ciudad tiene y cuida la naturaleza con parques y jardines, bulevares y alamedas, esta urbanizada, no está en lo natural. Espacio natural es aquel que no ha sido intervenido, espacio sin traza que el hombre no domina. En la cima del cerro Santa Inés en Pichidangui, un bosque nativo se da en lo natural, junto a unas torres telefónicas emplazadas arbitrariamente entre unas rejas mal dispuestas, que entre tanta disputa no logran abordar el territorio desde lo habitable. Nos encontramos con un escenario que expone la latente lucha entre la extensión natural de la cima y el signo tecnológico que pretende abarcar y rematar todas las alturas del país para volverse símbolo de un término, aquellos hitos que por su porte más que su tamaño, le traen el allí jurídico hasta donde se “reconoce” llega la ciudad y no lo urbano. Digo allí jurídico para hacer un distinción respecto del allí arquitectónico, y es que hacer y fundar ciudad, nada tiene que ver con la instalación y las proezas ingenieriles. Las torres como signo tecnológico y no como signo habitable, no son término de Pichidangui, menos de Valparaíso. La obra entonces debía gestar el aquí y allá de la ciudad, para abrir el cerro como parte de la extensión habitable, para construirle el término al territorio, a la región. Construiríamos el signo fundante del territorio ya intervenido para volverlo lugar, pues como certeramente sostiene Germán del Sol “un lugar, se distingue de la pura extensión geográfica, porque ha recibido una destinación que origina su interioridad”
Luego, en este territorio edificado, pero aún no gobernado, la sede y las estancias proponen un trazado, aquel que incorpora la extensión al gobierno de la ciudad y sus límites, con su naturaleza. Un territorio que se gobierna desde la sede para dominar la extensión. Así este nuevo lugar en Pichidangui, donde casi sin darnos cuenta paso de decirse “no se ve el campamento desde Pichidangui” a “la sede” aparece desde abajo. Le construimos la altura a la obra y lo que le aparece a la ciudad es una dimensión mayor, su altitud ganada, revelada. La obra se sitúa para revelar la extensión y la ciudad con sus límites, con altitud.
Y la ubicación de la sede como pórtico, allí, a la salida del bosque, donde uno reconoce que ha llegado; no en la cima misma, pues no se busca la última altura, sino la máxima altitud. No se trata de competir con las torres, es más, estando arriba la sede desaparece, se emplaza discretamente sin violentar el paso para hacer aparecer lo otro, se ubica para mirar y revelar la extensión. En este sentido, dos partidos de emplazamiento revelados en el taller, el que trae la obra y el que toman otros proyectos, allí junto a las torres, volver lo adverso favorable, a ellas que son pura verticalidad, construirles su tamaño arquitectónico y así fundar lugar. Esta una lección sobre la aletheia, que hace aparecer el lugar.
Una segunda lección la trae el lenguaje que aparece en las estancias con sus tramas luminosas sostiene un primer modo de ubicarse en el espacio, forza a los alumnos a tomar partido sobre el suelo y la verticalidad, saber ubicarse y hacerlo respecto de los otros. Estas, las estancias, son la mínima expresión que construye la lugaridad, mínima expresión que en su relación con las demás es capaz de hacer aparecer el tamaño al espacio natural, en aquel vacío luminoso. Y que en sí misma, es capaz de soportar una relación próxima al cuerpo, aquella que permite quedar en y no sólo ante y dentro. De tal suerte, las estancias traen consigo la lección de la construcción de la lugaridad en el en y vinculado con los otros; en los proyectos quedar en el espacio arquitectónico y medido por su cuerpo. En tal comprensión es que aparecen proyectos complejos, capaces de recibir en un edificio de gran envergadura algo tan próximo como un canopy, o la proposición de a través de una ventana ir entramando la extensión para ir de la copa de los árboles al liquen, todo en un solo andar.
En el sentido de lo anterior, y en la lección que nos dejan los sitiales y la obra de travesía, queda dentro del taller aquel proyecto que lee la extensión y el territorio – citando a Claudio Villavicencio, profesor de esta escuela – para construir la sede como lugar con paisaje. El proyecto que se sabe ubicar, para hacer aparecer una relación con el tamaño – el vacío y el acto -, aquella proposición que es capaz de revelar su ser término, del bosque, de Pichidangui, de la región y de decir de los propios, del aquí y allá de la obra, al mismo tiempo que construye y cuida su carácter público y privado.
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