noviembre 25, 2010

De la extensión y territorio, a la sede como lugar con paisaje

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Fotografía por Soledad Prado

La travesía dentro de los estudios del taller de tercer año, como es natural de acuerdo a las temáticas de progresión de los talleres de la escuela, nuevamente se inscribe dentro del estudio de la sede como espacio arquitectónico. He dicho esta frase ya varias veces y aunque resulte obvio lo creo necesario por dos motivos: uno, porque en un sentido general se trata de lo mismo y dos, por que en un sentido particular, como avance se trata de un taller y trimestre siempre distinto a los anteriores.

Desde un comienzo estuvo en el estudio de este taller el tema de la visita como una condición propia de la sede. Una dimensión pública  que cobra un sentido urbano y arquitectónico de centralidad y arraigo en la identificación de un lugar con cierto grado de expresividad y representatividad. Todo esto antes dicho, escrito y publicado.

Sin embargo, lo de la expresividad y representatividad quedó algo difuso y pendiente; y es por eso que esta vez lo abordamos como estudio y también con la obra de travesía.

Antes de centrarme en la travesía algo de la materia en cuestión. El primer trimestre las proposiciones fueron sobre el parque centro cultural ex – cárcel en Valparaíso y hubo logros y también debilidades. Una de ellas –las debilidades- fue la falta de determinación y decisión en torno a la expresión de las magnitudes mayores del edificiocomo por ejemplo: la altura, el ancho, etc. En definitiva, la definición del tamaño como propósito arquitectónico de una sede con la implicancia del programa pertinente al caso. Entonces la pregunta inicial de esta etapa  fue por la altura y la altitud; por el tamaño.

Entonces para los alumnos; ¿Cómo y desde donde medir y saber del tamaño en una proposición?

Y comienza el asunto de esta etapa.

 Involucrados con el espacio arquitectónico de la sede, estudiamos una diversidad significativa de edificios y  programas diferenciados. Organizados en grupos, los alumnos salieron a observar lugares con diferentes destinaciones. Estuvieron en sedes relacionadas a la salud, con sus urgencias y pabellones, en otras relacionadas a la logística, con sus servicios y administraciones, también en algunas relacionadas a los campamentos, con sus asistencias y recepciones, etc. Fue ocasión de reparar en aspectos generales y particulares de la forma singular de habitar un lugar comprometido con un territorio considerando un determinado programa.  Luego de visitarlas, recorrerlas y exponer lo visto, dimos inicio al cálculo de la travesía recogiendo lo anterior como materia fundamental de la consistencia de los estudios del taller. De este modo, la entrada esta vez fue preguntándonos por el “rol” que cumple cada sede dentro de algo mayor en lo cual queda inscrita; la ciudad, la región, el país, el continente, el mundo, etc. y todo de acuerdo a las particularidades del caso tratado.

Una peculiaridad de la sede es que son sedes de algo. De una vecindad, de un club deportivo, de un poder del estado, de un país, etc. Son representativas de lo en común de una comunidad. Es bastante lógico y hasta obvio que en ellas se vea reunida una comunidad; pero lo que no lo es; es que tal comunidad implica una extensión territorial; y que para comprender lo común de ella, hay que saber de algún modo, de la extensión territorial involucrada.

La implicancia territorial a la cual me refiero es en el sentido de aquello que queda comprometido con la sede como lugar; de la extensión que en ella se ve recogida y representada en comunidad, en lo comunitario de su interior.

Haciendo referencia al caso del centro cultural Ex – Cárcel de Valparaíso (año 2007-2008), propuesta objeto de múltiples cuestionamientos públicos; una sede con la cual se pretendía ir más allá del barrio y que se planteaba inicialmente como una obra emblemática para el país; y desde ella, una presencia más de Valparaíso en el mundo con el renombre e importancia del arquitecto Oscar Niemeyer.

La extensión, el país y el territorio recogido y revertido en expresión de lugar; un asunto realmente complejo y difícil de visualizar; sobre todo para un alumno, que en su primera etapa del tercer año, por un lado centraba su atención en la proposición de las circulaciones vinculadas a una forma de llegar, y por otro, en saber cómo plantear un acto y dar cabida a un programa considerando los requerimientos de una sede. Desde el punto de vista del desarrollo espacial; propuestas de un primer trimestre que se sostenían desde un punto de vista único por las consideraciones concéntricas hacia un interior, es decir “ir hacia y hasta el interior de un edificio” como si con ello se constituyera el lugar.

Sin embargo, sabemos que un lugar reviste una complejidad mayor, así que este trimestre un cambio radical. Y pensamos una travesía en nuestro país, dentro de Chile; al norte, a poca distancia de recorrido en bus; pero con muchos kilómetros por caminar. A Curamávida; donde en el año 1986 ya se había ido, y donde sabíamos existen cerros y montañas de gran altura, con acantilados hacia una franja longitudinal de amplias visiones; que van desde Valparaíso a La Serena. Largas caminatas y grandes esfuerzos físicos, que pude comprobar; en poco tiempo y sin comida,  un mes antes de partir, y que luego todos juntos padecimos con sustos, momentos tensos, logros y alegrías, en los (medidos con GPS) 107,3 km de montaña caminados en 42 horas. Fuimos en la pregunta por el país y el paisaje; por la relación de la altura y la altitud; por la relación  de  la medida del cuerpo y las magnitudes; la relación entre la pendiente y el esfuerzo que nos cambia la forma de concebir la lejanía y distancia. Conocimos gente local; arrieros, crianceros, campesinos, pirquineros, concejales y otros; y pusimos en crisis la relación de distancia y lejanía en el esfuerzo realizado. Fuimos y llegamos muy lejos, estando solo unos cuantos Kilómetros de Valparaíso; en fin: la medida del cuerpo en la pendiente; esa misma que permite comprender el histórico crecimiento y expansión de Valparaíso hacia los cerros, y planteamos, proyectamos y construimos una obra que con toda realidad podemos nombrar como tal.

Los alumnos en travesía fueron 42; los que por opción personal se quedaron: 14. Por problemas económicos nadie excluido. Los que se quedaron; con tareas para tres semanas y guiados por el profesor Miguel Eyquem persistieron en el proyecto de Valparaíso, y abordaron el caso del “Parque-Centro Cultural” con salidas de observación, considerando como referentes a tres grandes arquitectos: (Alvar Aalto, Alvaro Siza y Rafael Moneo) y con la construcción de modelos de tres obras realizadas y proyectadas por Miguel, de las cuales se tenía muy poco registro; para luego terminar con la proposición de un pabellón que anticipa la llegada (al Centro Cultural), y que se inscribe dentro de los recorridos turísticos propuestos por Jorge Sánchez para Valparaíso.

Los que partimos de travesía: Llevamos fierros, generador, soldadora, iluminación, mesas, madera, uniones, combustible, herramientas, baños, cemento, comida para 20 días, un horno plegable, gas, telas para un pabellón de reuniones, cuerdas, carpas, mochilas y también nuestro cuerpo. En Bus y en Camión; un camioncito de 2800cc., que con las seis toneladas de carga casi se fundió y que dejó todo por los cerros, a inicios del camino; y por otro lado un bus que no pudo atravesar el puente, dejándonos a 10 Km. del fundo donde recién comenzaba la caminata. Todo aparentemente desfavorable. Entonces: a caminar: 10 km más de lo previsto, 20 ida y vuelta. Las mulas esperaban la carga en otro sitio y a conseguirse lo que fuera. Calambres, deshidrataciones, falta de comida por no guardar, poca agua por lo mismo: 20 km. iniciales que ya parecían ser algo increíble. Era el comienzo; lo más suave del recorrido y el cuerpo con su estado se imponían. En la tarde llegamos a las Hualtatas – punto intermedio – y con la responsabilidad del grupo, luego de discutirlo, optamos por quedarnos ahí donde habíamos llegado.

La decisión: en las Hualtatas esperar y luego ver cómo hacer para subir  al sitio antes previsto. Nos encontrábamos a 1780m de altitud, y teníamos que llegar a 3500 y no sabíamos cuando podríamos tener todo lo dejado por el camino. Todo esto, que hasta podría parecer anecdótico o una cosa circunstancial, está lleno de contenido, puesto que es desde ahí que cobran sentido las determinaciones que van a dar a la obra de travesía, incluida su ubicación.

Las Hualtatas -lugar donde acampamos- fue lo primero que nos recogió, y en vista a la situación pensamos hacer la obra ahí; pero con el compromiso de subir. Inaceptable no llegar; pero a la vez debíamos asumir la realidad de hasta donde varios habían podido llegar. Al día siguiente nos dimos cuenta de lo potente que era poder llegar a este punto; pues todos habíamos celebrado la llegada sin reparar en ello. Llegamos a un punto “clave” para entrar a la cordillera o extenderse por los valles. Un sitio con corrales y ruinas de una edificación de adobe donde antiguamente se refugiaban arrieros, con un estero donde abastecerse de agua y cuatro álamos que ofrecían sombra; un punto “enclave”.

Un grupo a dormir con las cosas tiradas por el camino, otro a construir los baños, otro a cocinar, y de inmediato a observar. Proposiciones por grupos; consideraciones iniciales, etc. Resultó que habíamos recaído en un lugar clave para la vida de los arrieros, animales, crianceros, y para nosotros mismos.

Nuestro propósito arquitectónico enriquecido: de pensar en un refugio que fuese una sede pabellón, a proponernos  conformar “lo clave del enclave” a través de la construcción de un lugar que fuese  una “Sede Pabellón pórtico entre el valle y la montaña”. Pero ¿Por qué un pabellón?, ¿de donde viene esto? En etapas anteriores estudiamos el salón como elemento significativo en el cual se recibe y que muchas veces está presente en una sede. Corresponde a una realidad americana del salón que se da como posibilidad a partir de la ausencia del rey. En esta etapa consideramos al pabellón como otro elemento arquitectónico significativo de la sede; uno que no solo y necesariamente recibe en su interior una dimensión pública, sino también como uno dispuesto a acoger una ocupación condicionada a un requerimiento determinado al cual se da cabida. Así, por ejemplo, El pabellón de celdas de la ex – cárcel de Valparaíso rehabilitado hoy a otros usos, o el de una feria de exposiciones con sus variables stands. Por un lado; El salón con su suelo dispuesto a recibir, y por otro el pabellón  con sus extensiones dispuestas para diversos requerimientos.

La decisión de quedarnos en las Hualtatas: apropiada, certera; puesto que es ahí, donde luego confirmaban varios, se habían refugiado en tiempos de temporal para salvar la vida, y donde las condiciones se volvían ciertamente más favorables. A calcular el tiempo, los materiales y proponer un “Pabellón Vertical”; que con su altura recoja a los habitantes de una extensión, que viven  en una disputa entre la altura de los cerros y la  altitud favorable del enclave; así, el refugio requerido y luego valorado por los arrieros que viven temporadas muy distintas a las de nosotros. En ellos cada temporada significa una nueva ubicación, que va desde el domicilio hasta las ramadas y puestos de alojamiento y trabajo. En 10, y hasta 20m2 viven con familia y mascotas, y además preparan quesos y comidas.

Pero no bastaba con habernos quedado ahí; había que saber más para comprender; así que nos fuimos de excursión -nunca de paseo-. Algunos decían en broma: “Un domingo relajado”. Entrenamos y medimos nuestras capacidades corporales hasta los 2500 m de altitud para luego decidir quienes podían subir hasta la cima del Curamávida. Casi todos atrevidos, unos con y otros sin mochila; y una vez en marcha, sin vuelta y sin parar hasta llegar. Solo detenciones breves, con confusiones de camino, sugestiones por la hora, y sin más que comer y con poca claridad del punto al cual íbamos; muchos, sin mas energía; con la angustia de la noche y sin carpas. En el punto de llegada esperaba el arriero con todo, comida, agua, carpas; y suponíamos “fuego”. La decisión: subir más para verlo; casi nadie de acuerdo. Caminar; caminar y seguir caminando hasta dominar la extensión para reconocer la seña; y se cumplió. El cuerpo y especulaciones al límite. Al día siguiente: nuevamente casi todos a la cima. Cada vez más serios y medidos.

De vuelta al campamento de obra: “ya todo da lo mismo”, sigamos caminando por que 10 km mas son nada. Fue notorio que, aún cuando para algunos el esfuerzo físico podía ser asumible sin problema; una de las experiencias significativas de la travesía fue la de la templanza; del temple; ese de quien no se deja llevar por los extremos posibles de las circunstancias; un punto de positiva dureza y moderación. La capacidad del cuerpo por si solo no era suficiente, puesto que se requería de una comprensión del recorrido dentro de las montañas; aquella que una vez revelada al dominar la extensión desde la cima, nos mostró los límites y ubicación del punto al cual íbamos y luego el de los refugios que los arrieros llamaban “puestos”.

Fue así, como dentro de nuestro país, y dentro del espesor de su frontera; la extensión se configuró como paisaje acotado de un territorio gobernado por nosotros y por el cual teníamos la confianza de poder volver. La imagen de la extensión como paisaje; y los términos “dominio” y “gobierno” se clarificaban en la experiencia del recorrido; y aún cuando al contarlo parece una aventura extrema, hasta anecdótica; lo que está  detrás de esto, es la “experiencia encarnada” de una relación entre extensión, territorio, país  y paisaje en la confianza del recorrido luego recogido en el enclave. La experiencia no solo de nosotros arraigados en el lugar (como cuando en la etapa anterior me refería a la relación del habitante con el destino de una obra), sino también la del lugar encarnado en nosotros a través de una experiencia en común que incluyó también a los de allá. Un asunto común a partir de la experiencia del cuerpo en la extensión, comunitario; en el mismo sentido que nos permite nombrar una comuna.

De vuelta al enclave y a seguir con la construcción de la obra. Decían y decíamos: “Magnífico”; tan magna como lo que recoge. En ella podrán caber solo unos cuantos, pero será reconocida como  lo mayor en cientos de Km. Nos propusimos hacer una sede anterior a los puestos de cordillera; pero no bastaba con decirlo, sino que había que pensar en sus distinciones; pues sino, terminaría siendo “un puesto más”.

Entonces: ¿Que hacía la diferencia con el puesto? Un puesto es para detener. Tanto para quien va hacia él como término del recorrido, como para quien va pasando. Puede ser para descansar, o muchas otras cosas. En este sentido es la conjugación de dos modos de detención. En la ciudad hay varios tipos de puestos; de diario, de helado, etc.; y en general se pueden distinguir dos. Unos: los puestos  extremos; como el de avanzada en la guerra, el de una excursión al Everest; uno de observación, etc. Estos son extremos por que son hasta donde uno llega y generalmente son de a uno; pero hay otros que son intermedios y son de a varios; por ejemplo: en la caída de Troya, y en muchas otras batallas históricas, el fuego se transmitía a otro de puesto en puesto. El corpus de eso era el fuego y se podía dar o recibir. En la montaña, donde fuimos; el corpus en ese sentido es el refugio. En los puestos vistos en la travesía, en la montaña, hay entre ellos la transmisión de algo con lo cual luego se puede  configurar el paisaje, ese algo está dado por la posibilidad de llegar. Contraejemplo de esta configuración de paisaje: el mar desde un barco en medio del océano; una extensión carente de él.

El paisaje es algo muy importante; pues va junto a la conformación del país. Incluso en Chile decimos; el paisaje del sur, del centro y del norte. Participa como una de las coordenadas identificables de la identidad de un pueblo. Difícil es concebir un país sin paisaje. Bueno; Pero nosotros nos propusimos hacer una sede; y no un puesto, entonces  ¿Dónde estaría la diferencia?

Ya algo dicho hay cuando me refería a la relación de altura y altitud, y al reconocimiento de la verticalidad de la obra, pero otro aspecto realmente significativo y potente fue el trabajo de los exteriores; reafirmado por la Sra. Pascuala, criancera que habitaba una ramada próxima a nuestro campamento, al decir: Ah!, ¿ustedes son los mismos que hace un tiempo hicieron esas pircas bonitas allá arriba?, refiriéndose a la travesía de 1986. Le respondimos que sí; pero conversando un poco mas, detrás de lo que llamó bonito estaba el reconocimiento de belleza y valorización de algo nuevo para ella. Se podía ver que lo que reconocía la Sra. Pascuala era  el cuidado depositado en un elemento común y corriente de estas y muchas otras montañas: “las pircas”. Un cuidado manifestado en forma; una que hace posible reconocer e identificar un interior por el trato de su exterior. Por ofrecer algo más que el refugio; por ofrecer una nueva forma de llegar y de estar. Esa nueva forma de llegar y estar que le trae al interior una complejidad y holgura en la estadía, y que abre a la posibilidad de conformar lugar. Ya no solo puesto, sino el lugar para llegar y estar. Lo del puesto y ramadas donde habitaban era tan así; que desde que llegamos hasta que nos fuimos no escuchamos jamás la palabra “lugareños”, ni en nosotros, pues habría resonado como una realidad impropia a la condición espacial de la vida de sus habitantes.

En el fondo; nos encontramos con la posibilidad real de proponer un “Acto de Habitar” que valide al lugar como sede, dentro de una extensión gobernada a través de puestos, y que hoy tiene como lo mayor al lugar del enclave.Construimos suelos; fundaciones; accesos; grandes esfuerzos por trasladar rocas, ubicarlas, mantener los niveles, empotrar perfiles metálicos, etc. Todo para conformar el lugar; y  de ser, antes de partir los arrieros unos supuestos destinatarios; por admiración a su que-hacer, pasaron a ser dignatarios de la obra. Dignos de su destino y de nuestro respeto, responsabilidad y mejor esfuerzo; y también de la expresión atribuida a través de la forma y tamaño de la “Sede Pabellón”.

Confirmación de lo pleno de la experiencia de la obra de travesía fue la celebración ofrecida a nosotros en el pueblo, en la cual la obra fue recibida de forma pública en un fundo privado. La celebración y agradecimiento fue, por iniciativa propia de la gente, conservando siempre su sentido público; comunitario.

Recibidos en la sede del pueblo, después de trabajar una noche completa, caminar 20 km, bajar el cerro a oscuras, y luego celebrar la noche siguiente para luego caminar por la mañana hasta el bus; puedo decir que los alumnos de taller que fueron de travesía son otros y que atesoran el compromiso que otorga una experiencia en común, en el amor y pasión desatado por la obra que desde ahí nos reúne.

¡Mis felicitaciones!