julio 29, 2010

Contar con dígitos y contar con el cuerpo

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Estamos en Valparaíso, en una mañana luminosa pero con bruma, la neblina no deja ver nítidamente el límite de los cerros del frente. Por esto percibimos la ciudad con una espacialidad distinta, que nos hace verla. Nos hace ver su profundidad esta vez sin un término preciso. Movido por esta imprecisión trato de registrarla en un intento de hacerla calzar con algún número que nos haga de llave para construirla.

Así comienzo a contar mientras dibujo: Próximo a mis pies se extiende un sitio eriazo, luego vienen las casas del cerro, más allá hay un buque anclado que forma parte del paisaje urbano. Luego se ven las líneas horizontales de uno de los muelles, al final de la superficie de agua se perfila nítidamente la orilla opuesta; mas arriba se percibe débilmente el límite difuso de los cerros, para terminar con la neblina que cubre la cumbre de los cerros. Esta es una profundidad en siete pasos. Con la mirada no se cuenta concientemente. Se comienza a contar cuando se registra, registrar es contar.

Con la mirada se cuenta sin enumerar, la mirada que distingue , se ubica a una distancia tal que le queden a lo menos dos planos antes y dos planos después de aquelloque se está contemplando. Podríamos decir que nos desplazamos contando, pero no de una manera simple sino a lo menos de dos modos.

Contamos con el cuerpo, con la mirada que distingue, ella se ubica a una distancia tal que aquello que mira le queda centrado, con unos cuantos antes y con unos cuantos después, localiza bultos. Pero también nos ubicamos contando con dígitos, numéricamente. Cuando estamos en un espacio habitual, lo habitamos con las cuentas del cuerpo, sin dígitos; si vivo en el tercer piso, no cuento los niveles, solo subo ‘el cuerpo’ me dice llegamos. Si voy a una nueva dirección cuento los pisos.

Contar con el cuerpo corresponde a la experiencia intransferible, contar con dígitos es registrar, vuelve la ubicación transmisible, transferible.