mayo 26, 2010

Clase 8 Trimestre I 2010

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Manuel F. Sanfuentes

El desconocido o sentido abierto que trae y tiene la poesía reside en lo innombrable, en aquello que debe ser re-dicho cada vez.
A pesar de que ese don se nos ha dado para darle nombre a las cosas y a los actos observados; hay algo siempre que permanece en lo desconocido y requiere «volver a no saber».
El oficio hace esto a través de un vocablo que fija la forma de lo que se ve con un término ad-hoc que habla distintamente cada vez de las formas. La poesía puede llamar a esto a través de una palabra poética que no reside en el objeto sino en su aparecimiento, en cómo ello se nos presenta.

Vocablo y palabra poética no son respuesta ni definición que acoten lo que se quiere decir; sin embargo ambas vías del nombrar nos adentran en la interioridad de lo estudiado y presentado de manera que una habla con propiedad y otra con impropiedad.

No nos hemos dejado de interrogar acerca de cómo la poesía puede otorgarnos una vía de escrutar la realidad y que nos lleve más allá de la apariencia con que las cosas se nos presentan: ellas impropias.

Este tiempo de proyecto se hace manifiesto la presencia de un desconocido rondando las formas y proposiciones que llevamos adelante. La creatividad roza el desconocido cuando el acto que se ha distinguido nos habla de ese indecible al que se le debe dar forma.

Forma y nombre dan cuerpo al acto; al acto del oficio que va en la construcción –en lo sucesivo– del mundo.

La poesía –en el decir de Rimbaud– da forma a lo informe, trae lo desconocido sin reparos ni retoques; he aquí… a veces bellamente, otras horriblemente, pero el hecho está dado, el paso tomado y las determinaciones orientando el quehacer al que uno es llamado. Más aún, hijos de la modernidad, de las palabras y las formas en libertad, nuestras respuestas no pueden menos que adentrarse en esta problemática ya abierta en el siglo XX y proyectada en este siglo nuevo bajo las influyentes variantes de la comunicabilidad y las aberturas sin distinción.
Esto no obliga, pero todo aquello que abordamos se ubica en este tiempo en donde la estabilidad es una utopía de lo que permanece (¿Cuál es nuestra distinción?).

La pregunta es entonces: ¿Cómo construir, cómo dar nombre, en lo efímero de la existencia? ¿Cuáles son las estacas que sostienen al pensamiento y a las ideas? ¿Cuál nuestro apoyo? [1]«– nuestro apoyo
está en los aires
vasto
como la residencia de los pájaros»
Amereida p. 46.

Construcción y destrucción van hoy –quizá siempre– unidas una a otra como algo constituyente. Las preguntas por lo nuevo, permanente en todas las disciplinas, debiese tornarse a una pregunta por el ahora que da existencia al presente. El espíritu de lo nuevo permanece intacto, porque el mundo siempre lo permite, y el camino para ello pasa por el reconocimiento de lo verdadero que hay en lo que se hace y en lo que el mundo nos presenta con la apariencia de lo nuevo.

El desconocido, los nombres y la poesía pueden conducirnos a encontrarnos con el oficio en su máxima propiedad como un don que se reconoce a sí mismo con su máximo valor de verdad.

Este taller cierra hoy para concluir este primer momento, cierra para verse a sí mismo y ponerse ante lo hecho para dejarnos ante la abertura, ante las arenas a las que nos hemos entregado en este período.

Y todo esto ¿qué le trae a cada uno? ¿Qué elementos o herramientas nos entraga para darle forma a aquello que todos deben construir y proyectar dentro de sus propios talleres?
Primeramente sin respuesta, esto es un misterio; no obstante, el canto de Hölderlin a lo abierto queda en nosotros como una llamada:

«Ven! A lo abierto, amigo!
Cierto, lo brillante restado,
hoy, bajo y estrecho, nos encierra el cielo,
ni los cerros están ni aun abiertas de los bosques
las cumbres, al deseo
y vacío descansa de canciones el aire.»

References

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1 «– nuestro apoyo
está en los aires
vasto
como la residencia de los pájaros»
Amereida p. 46.