noviembre 23, 2010

Clase 7 Trimestre III 2010

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Las dimensiones poéticas que el Taller de Amereida presenta, como también los actos y construcción de poemas que llevamos adelante, construyen lo que llamaríamos el espíritu de la letra y que es lo que constituye ese nosotros que nos señala Alberto cada vez que aquí nos habla.

Es el espíritu, en nosotro la poesía, lo que construye el vínculo con los otros y nos da una capacidad de hablar en un aspecto amplio y vasto, y que la práctica y estudio sólo del oficio creo que no nos daría.

Es que se distingue uno en la diferencia, no para diferir, sino para establecer distancias que hablen de ese momento entre medio donde está la observación y la reflexión, anterior a las resoluciones (espacio de la creatividad).

Ese nosotros, es al mismo tiempo el reconocimiento de un otro entre «nos»; que es precisamente la poesía; es allí –en ese ha-lugar fuera de uno– donde ella habla.

En filosofía el yo aparece en el momento que la naturaleza humana se reconoce como un ente cabal, y se ubica al centro del mundo. Más tarde, éste se desplaza para dar cabida al otro y, al mismo tiempo, a un sentido moderno de la existencia, al saberse ya… fuera de uno. [1]Podría reconocerse este momento como instante de aparición de las religiones

Pero se está fuera de uno para estar dentro de las cosas y el mundo. Esta mirada moderna permite vernos y ver el mundo, no como una vaciedad, sino como un conjunto armónico en el que uno está dentro y es parte de él.

La poesía no nos enseña, sino que nos lleva adentro y afuera al mismo tiempo, porque ella siempre nos está llamando a través del poema.

Es ahí donde está el sentido que, en el decir de Michel de Certeau, «sólo es dado en función de un acto» [2]Michel de Certeau. El Lugar del Otro. p. 63. Conocimiento. Buenos Aires: Katz Editores, 2007., y agrega: «es lo universal ligado a una ruptura»… por eso se produce una «pérdida de lugar», a lo que nosotros llamamos «ha-lugar», que es el lugar del puro sentido, esto es: «la vida en la región del puro amor», es decir: el lugar del otro.

Ya superadas las palabras, el decir se agota en su repetición, y quedamos enfrente de un espacio de silencio, frente al otro, mudos, residiendo y habitando ese sentido puro que es el que edifica aquello que construimos como un lugar determinado.

Nuestro hacer tiene posición, lugar y orientación, tiene su aquí; pero sus resonancias están fuera, lo que indica que el aparecer de las cosas no habla necesariamente de la cosa misma; yo mismo puedo ser el refugio de otra cosa.

Todo saber y enseñanza debe admitir este espacio de la diferencia donde se da lo distinto y al mismo tiempo se distingue lo de cada cual en favor de un todo mayor.

Así, todo conocimiento no es de uno, sino de un ámbito compartido que se construye entre todos. [3]Aquí la Universidad debe entenderse como el espacio universal del estudio.

Esto no sería nada sin la disponibilidad de ustedes a aquello otro que es la poesía; uno sabe que allí yace algo inatrapable e inmensamente rico y que a la vez no se puede nombrar porque está fuera de uno, pero que le habla a esa intimidad que el oficio requiere para darle forma a las cosas.

La ruptura, pues, es el reconocimiento de ese «entre medio» innombrable que cada vez se nos presenta distinto. Y este cuerpo de nosotros reside allí y no en otra parte. Podemos tener muchas carencias, equivocaciones y faltas, pero hay un punto en que lo tenemos todo.

La perfección y la sabiduría vienen de dentro, no es un ejercicio exterior, pero es éste el que provoca ese espíritu interno, por eso es que vemos y vamos al mundo para poder tenerlo dentro, hacerlo propio y poder y poder hablar con él desde una intimidad que sabe qué posición ocupa en la amplitud del mundo.

El Taller de Amereida reflexiona sobre esto permanentemente para darle forma al desconocido que nos ha propuesto la poesía –que es el espacio de la palabra, no del lugar. Y la Travesía, Amereida y la poesía, construyen ese vínculo entre lugar y palabra para hacer con las obras del oficio un canto de aquello inatrapable.

Se entiende que esto se da en un ámbito de estudio (no podría ser de otra manera), en una Escuela y dentro de la Universidad, que es la instancia donde se erige el espíritu de un conocimiento que permite el juicio que llevará a cada cual a construir el mundo. Admitimos entonces que estamos en una instancia preparatoria, la que debe ser ejercida en esa conciencia que sabe ubicarse ante las cosas para saber estar dentro de ellas y para luego ir a ellas.

Esto es una real Didascalicon, enseñanza que tiende a la máxima. Termino con la cita de Hugo de San Víctor leída la clase pasada… sobre lo que realmente ilumina nuestro quehacer:

«El hombre que busca su dulce «casa» en la tierra, es aún un tierno principiante; para aquel que cada tierra es la suya propia es ya fuerte; pero es perfecto aquel para quien el mundo entero es una tierra extranjera.
El alma tierna ha fijado su amor en un lugar del mundo, el hombre fuerte ha extendido su amor a todos los lugares, y el hombre perfecto lo ha extinguido».

References

References
1 Podría reconocerse este momento como instante de aparición de las religiones
2 Michel de Certeau. El Lugar del Otro. p. 63. Conocimiento. Buenos Aires: Katz Editores, 2007.
3 Aquí la Universidad debe entenderse como el espacio universal del estudio.