Clase 3 Trimestre I 2009
Cuando la poesía –a voluntad propia– ha adscrito a la conformación de un ha-lugar con el oficio, como un modo de peregrinar de la mano con las fuerzas formales de la creación, significa que su quehacer no puede concluir con la mera ejecución de una palabra que sola pudiese bastarse a sí misma.
El drama mayor de un poeta es el lo abandonado de una retórica que ametralla los oídos o los ojos de un lector cualquiera, sin clemencia, sin misericordia; el drama de Rimbaud es la ausencia de un par que combatiese al mismo tono (ni Verlaine); así, Rimbaud construyó sólo el ha, y la búsqueda del lugar le cobró la vida.
En esencia, la poesía es la incompletitud misma, es la falta de lo otro, de un contracanto que le de lugar; socialmente la política ha sido la que ha cubierto este vacío (pero ya no), o las escuelas o seguidores que vienen a completar ese vacío incomprensible que la poesía concibe para precisamente hablar de lo otro, de lo que hasta ese momento no tenía lugar.
Así mismo, el oficio (arte de la completitud) carece de principio sino hay nombre que le hable de ese momento carente de lo fundamental.
Hemos visto en la semana recién pasada que sin «vuelo exaltado» no hay forma, que sin «alba» no hay día… todo después… en un principio estaba el verbo… (la tradición de occidente admite ese debut primero en que la palabra atestigua la ausencia pura). En este sentido el oficio se completa pero no se cierra; Amereida permanece abierta al admitir que nuestra residencia está en los aires… ((Amereida, Vol. 1, p. 46.)) en lo vasto…
