Clase 1 Trimestre III 2009
Manuel Sanfuentes V.: Me tienta torcer mi brazo, hacer perecer ese trazo oscuro que ha conquistado ya mi propia y agreste luminosidad en donde un pliegue se extiende sobre un razonamiento que ya no desconoce su modo de hacerse o acercarse a la invención del aquí.
Es tan distinto el de-nuevo a lo nuevo, que cualquier realización o acción que el oficio pida, debe entonces retener su familiaridad para volverse otro y reconocer esa distancia –con sigo mismo y con sus propias conquistas.
El «ya no más» de Rimbaud en el poema Devoción, nos dice… hasta aquí! Al fin, todo delirio, toda cólera tiene un tope de realidad que nos pide partir nuevamente en el horizonte de los desplomados, de los muertos; los «horribles trabajadores» que vienen a perfeccionar lo imperfectible.
No en vano todo hacer, toda poesía, tiene sus máximas, su medida lejos de uno –debe reconocerse que uno es tomado. Tal es el entusiasmo que mueve y conduce el juego de la vida a su agonía, a su reposo.
Las proezas de un oficio son tan distintas a las del pueblo, pues la epopeya de un lenguaje se transa en lo inentendible de una guerra, donde ya la vida no está en juego sino que se deja en el campo de batalla.
He auscultado en mi propio combate –cada uno puede decirlo– y las fuerzas antagónicas no dejan de estremecer nuestro presente aunque uno quede quieto como un páramo perdido.
Esas mismas fuerzas nos levantan del sopor de una tarde sola cuando el arte no aparece y la creatividad nos pide aquel nuevo paso que nos libre de esa melancolía tierna y dulce de una tradición generosa y exhaustiva.
Dónde está pues la transgresión leve de la impropiedad, el desapego atroz que nos deja aun sin dios, sin ya nada que haga falta o necesite para cumplir el ser encomendado?
La historia que hoy llamamos nuestra, reside en una libertad máxima, no sólo ética o de visión, sino que también es una libertad de forma, de uso, de utilidad.
De qué sirve una escultura, donde sea, sino para estar ante ella, ante su desconocido y para volverse –el que enfrente ve– en un ser libre, llano, niño… Si alguien os explica las calamidades de la forma, desconfía.
La obra de arte es ininterpretable; es un enigma abierto que no puede responder en nuestro lenguaje sino en el suyo propio –una cifra en matemáticas se responde o resuelve con otra y no con una palabra–; es por ello que toda utilidad o usos se deshacen o son saciados –no hay fórmula– con una mera solución.
No intenta la filosofía dar respuestas a cuestiones irrespondibles; más aún la religión que exige fe al que la profesa, puesto que sin ella sería imposible comprender o aproximarse a cualquier misterio de la vida y de uno mismo?
Uno se desprende para caer definitivamente o para recuperarse –volver a prenderse (quedar prendido)– en medio de lo nuevo. El mundo fue reinventado y reapasionado luego de la aparición de América en el constructo del mundo del siglo XV; su novedad, en un principio obstáculo, luego ilusión, luego realidad; era ella un imponderable para dar curso al mundo.
Tal vez el tiempo de hoy carece de misterios; es todo ya transparente, los nuevos medios no han logrado ese lenguaje del «alma para el alma» porque no pueden; se convierten así en el mito –o ficción– del mundo nuevo.
Es por eso toda la poética sigue en las afueras del conocimiento, porque este no admite pie sin suelo, sino meras alusiones lo indecible científicamente… el misterio de de dios… el origen de la vida… el destino del ser humano.
Pero en nosotros no; la poesía es fiesta y canta precisamente a aquello que interrogamos cuando en el silencio creativo uno se pregunta: qué es esto? Cómo cobra forma ese canto que en la intimidad de cada cual debe ser edificado como una cifra matemática?
Ese momento de la observación y del reconocimiento –distinto a la abstracción– es donde surge este diálogo con lo otro; es cuando uno es otro, puesto que todo quehacer es un combate con «lo otro» y no necesariamente de cuerpo presente, por ejemplo: el oficio divino de la oración (intimidad y diálogo del hombre con dios).
Me temo que la Travesía es la construcción de ese otro tiempo de América, que no es ilusión, ni acción, ni ejercicio formal de las propias cualidades, sino con toda propiedad un encuentro con lo otro que es lo desconocido; no sólo el poético, sino también el de la forma, el del propio oficio y el arte de su aparecimiento en el lugar.
«Volver a no saber»; servirles si quieren, al máximo; doctos de nuestras propias carencias… el mundo sabe tanto ya pero sigue ignorante de sí mismo. Primero fue el sol, luego el hombre; hoy el centro del universo no tiene ubicación, se descentrificaron las fuerzas y todo puede ser su propio centro; tarea inmensamente difícil la de ubicarse y al mismo tiempo de una gran libertad de darle forma a lo que se llama lo propio, o lo nuestro y en relación al mundo (todos luchan por hacerlo).
Lo que admiramos de nuestros fundadores no es una plástica formal –que ya estaba en el mundo–, y sí la invención de poner a la poesía, no al centro, sino –mejor– a la par del oficio; haciendo juntos… ustedes bien saben. Desde ahí nuestra construcción de mundo es desde esa relación: poesía y oficio; la Escuela de Valparaíso es eso y no otra cosa.
