Croquis y Apuntes Mezquita de Córdoba
Mezquita de Córdoba – Europa, Mayo de 1998
El presente documento fue realizado el año 1998 con ocasión de mi visita a la Mezquita de Córdoba, España. Más que una narración continua o un ensayo, corresponde a anotaciones y observaciones que rondan en torno a la idea del dibujo como acto de apropiación de la realidad. Este acto (el de dibujar) implica una actitud, una disposición ante el espacio y sus características, tanto formales como circunstanciales. Se trata de la condición del dibujo que se realiza en un viaje, por ende, enmarcado a las situaciones propias que todo viaje plantea (el tiempo siempre limitado, la naturaleza de turista imposible de salvar etc.) todo esto creo inherente al dibujo en un viaje. Aún cuando la naturaleza de la observación no hace referencia a las circunstancias, ellas vistas en retrospectiva, inundan el carácter de estos dibujos.
La observación en si habla de lo que el espacio en verdadera magnitud muestra, independiente de las condiciones climáticas, temporales o inclusive las emocionales. Sin embargo, estas circunstancias son las que me llevan a dibujar de una manera y no de otra, en un tiempo dado y no en otro. Puedo entender solo después de muchos años que el dibujo enraizado en su dimensión temporal del aquí y el ahora grava y signa en el carácter de su trazo tal estado circunstancial y particular. Lo propio o particularidad del dibujo y la observación en esta experiencia implica por ejemplo: sentarse ante un muro de la mezquita (sea este interior o exterior) y dibujar durante horas hasta que el cuerpo no lo permita, para luego levantarse, ir a comer y volver al mismo lugar para seguir dibujando, repitiendo este ciclo durante reiteradas ocasiones en el día, pero siempre persistiendo en el mismo dibujo un día completo. Lo expuesto hasta ahora hace referencia a dos situaciones:
Del acto de dibujar
En cuanto acto, dice precisamente de un acontecer, de un modo de ubicarse ante el estudio. Es precisamente Córdoba, su mezquita, la que potencia el acto del dibujo durante este viaje, pues cada dibujo requiere su cierre, y ¿cómo cerrar o concluir un dibujo que quiere recoger lo no concluible, como lo es un muro Árabe?
La invención aquí es precisamente hacer del dibujo un acto, determinando un modo de afrontar el hecho de la necesaria persistencia sobre lo que se dibuja. Así defino que cada dibujo dure una jornada, interrumpida tantas veces como las circunstancias particulares de ese día.
Del dibujo en si mismo
Traducir el paso del día en luz y sombra construido en los muros que se dibujan. Primero aproximándose a la geometría de los trazos, para atrapar el arabesco que se esconde tras la luz que lo desfigura, para después descubrir la geometría de las relaciones entre los arabescos que componen el muro, pues una potencia del dibujo es precisamente la posibilidad de escudriñar, adentrarse, penetrar en un cierto secreto.
Antes de viajar a Europa no tengo un conocimiento acabado del mundo árabe, solo resuena en mi la palabra “arabesco”, así es desde el dibujo que debo penetrar en la comprensión de las geometrías en juego, para desde estas adentrarse en la construcción luminosa que ellas proponen.
Digo esto para dejar presente que el dibujo es un modo de aproximación a la comprensión del espacio y el habitar humano, y que por lo mismo se constituye en acto, un modo de estudiar en acto, en cuanto requiere de la verdadera magnitud, de estar ante una obra de cuerpo presente.
Cada uno de los dibujos y su respectivo texto aquí presentado han sido transcritos tal cual fueron realizados sin edición posterior.
Del arabesco
Cadencia del trazo
Un trazo que encierra una pequeña cadencia, o espacio de cadencia, espacio que permite que se genere un paso de un trazo a otro, cada arabesco se conecta a otro por este régimen de las cadencias. Es en estas cadencias del trazo de un arabesco donde se genera una sombra.
El arabesco sitúa una pausa o cadencia para el ojo, densifica la luz desde ella y da lugar a la sombra que propone un pulso de luz atenuada o régimen de homogeneidad luminosa.
Es esta atenuación luminosa la que el arabesco construye en cada cadencia o sombra que contiene. Luego el espacio interior de la mezquita se constituye a través de la conjunción de todos los arabescos que por suma, construyen una gran atenuación de la luz que se transforma en el vacío de la obra.
Elarabesco se construye siempre desde un centro geométrico que se multiplica, y solo concluye cuando el propio arabesco adquiere un espesor que confina su propio borde.
Un centro geométrico que nace desde tres figuras fundamentales: la voluta, la escama, y el hueco.
Es desde una oquedad que el arabesco se genera, tal oquedad es la confluencia de la luz y el aire como un ente indisoluble. No se trata entonces de una grafía en sí misma, sino que de la confluencia de un “aire luminoso”.

Este aire luminoso confinado por escamas y volutas; pero es desde este hueco que se viene a constituir. La materia física es para que tal oquedad emerja.

Este aire luminoso que separa su perímetro y su hueco, pero que los unifica en cuanto entes de luz, así se potencia el hueco en cuanto lleno de aire y luz, y el perímetro en cuanto vacío de aire y lleno de luz.
El arabesco no es una posibilidad, él es una potencia. La posibilidad deja abierta su propia ley, la potencia establece una ley de crecimiento y por ende determina su límite.

Un arabesco siempre es un comienzo, él establece una primera aproximación, contrasta la mirada en sí mismo, y es solo desde esta aproximación que es posible ver el total que lo contiene.
Del espacio luminoso y del espacio geométrico
Pienso en como habitaban los que vivían en estos espacios, tal vez ellos tuviesen un ojo distinto al nuestro, una pupila que cerraba y abría, una pupila permanentemente abriendo y cerrando, seguramente solo así podían percibir el detalle y el total que lo contenía.
Es desde esta figuración de cómo se habita en esta luz que pienso en una figura de tal luz, una luz confinada, luz con un fin, o límite.

En cuanto unidad geométrica el arabesco por si mismo no tiene límite, el se puede multiplicar. Lo que lo confina es precisamente la luz que el mismo construye, como si su geometría fuese encerrando y atrapando la luz. Entonces, si el arabesco atrapa la luz ¿Cómo dibujar arabescamente? ¿Cómo poner fin a un dibujo? ¿Cómo construir un dibujo que se atrapa a sí mismo? Un croquis siempre queda abierto, yo quiero dibujar dejando cerrado.

Una fachada llena de grises, no hay un negro, es un debate de luz y sombra que atenúa el negro y atenúa el blanco, un cierto límite luminoso, una disputa entre la oquedad y la voluta que la contiene.
La oquedad aquí es pura luz, mientras que la voluta que la sostiene es pura geometría.
Visto durante el día, o más bien el paso del día, la geometría se disputa el espacio de la luz, sin coincidir. La luz y la geometría que la genera no coinciden, siempre se desfasan, una invade el espacio de la otra. Así dos espacios en disputa, uno el geométrico otro el luminoso, pero un arabesco no es pura geometría ni pura luz, un arabesco es con la disputa permanente de ambos espacios. Esta disputa solo es posible en cuanto se permanece en una cierta extensión del tiempo, un tiempo demorado, un arabesco no es de una vez, él requiere ser visto en cuanto tiempo que lo atraviesa y requiere permanecer ante los cambios que la luz del día le otorga. Una demora necesaria para que el ojo se calibre, una mesura o medida del ojo que ve. Demorar el ojo, o gesto de cómo ver un arabesco -dibujo con ceño fruncido- para dejar que la luz penetre suavemente en el ojo.
La mezquita no es sólo en si misma, si no que trae consigo la necesaria invención para verla y recogerla en la demora como atenuación de la luz para que ella se configure lentamente.
Nota: El material original que conforma este cuadernillo
corresponde a dibujos realizados en papel hilado 6,
dibujados con bolígrafo de pasta negra.




