junio 5, 2007

Travesías de Amereida

Categorías:

TRAVESÍAS DE AMEREIDA

Habrá de entenderse esta empresa de la Travesía primeramente a la luz de Amereida.

¿ no fue el hallazgo ajeno
a los descubrimientos

Esta es palabra poética nacida de una primera y rotunda aproximación al continente americano en un viaje que lo atraviesa desde Cabo Froward hasta Santa Cruz de la Sierra en Bolivia durante el invierno de 1965.

Poética que le trae el sentido fundacional y de pueblo a un continente que pedía y pide siempre un consentimiento en torno a identidades distintas, cuestión de destino y de reconocimiento a un no lugar de pertenencia.

Utopía actual a base de atravezamientos ciertos. Debe tenerse presente que Colón jamás quiso advertir el nuevo mundo, América se llama por Vespucio, lo que quiere decir que su modo de revelarse es demorado, toma tiempo, precisa del grandor y la totalidad de una geografía nueva. Es por eso que el concepto de descubrimiento queda en cuestión cuando se advierte el verdadero modo del advenimiento americano; sería entonces –se ha dicho– una invención, nosotros la concebimos como un regalo, desde que ella se da abiertamente, y todo recién llegado se vuelve huésped puesto que ella es pura hospitalidad, recibe.

hemos de mirar nuestro oficio de habitar hemos de remirarlo
y para llevar a cabo este mirar mañana partimos a recorrer américa

Tal es el proceder con que Amereida, sin aspavientos, revela esa condición americana de la donación. Es la gratuidad moderna del continente que hace a todos mismos y otros en el oficio del ser en el lugar.

Quizá un primer antecedente de este modo de atravesar América sea el viaje que Godofredo Iommi realizara en 1940 por Las Amazonias junto a otros poetas americanos y que luego constituyeran la Santa Hermandad de la Orquídea; ellos comenzaron a vislumbrar esa interioridad americana desconocida como un mar interior. Así, con ello esta hermandad deviene en una Escuela que toma como premisa esa relación con la poesía en tanto ésta inaugura los lugares, los ve, los vislumbra; comprende sus vicisitudes y las condiciones geográfica del ahí. Para el caso, la Travesía Athenea de 1986 aquí en Santiago fue precisamente en la confluencia del Canal San Carlos con el Pío Mapocho, véase entonces las magnitudes de lo que acontece hoy en ese lugar de la Capital… un nuevo centro.

Fuera de dudas, la Travesía quiere encontrarse con aquellas realidades propias que cada lugar puede mostrar a ese mirar sin anticipos que quiere dejarse atravesar por aquello que allí se encuentra.

Pero todo este ir desde la palabra al lugar –si tenemos en mente el quiebre entre palabra y acción planteado por Rimbaud, el poeta joven– lo hacemos en Ronda entre arquitectos y diseñadores, y la acción en nosotros es la obra que se erige en cada lugar al que vamos; si poblado o no, si pampa o montaña, si lejos o cerca, la obra es un canto a la hospitalidad del continente, a su novedad, y todo canto es un regalo porque vuelve a reunir la palabra con la acción, canta.

La aventura de la Travesía, aunque inserta en un ámbito universitario y de estudio, no deja de interrogarnos acerca de una fórmula sin método con que cada año nos encontramos; no hay respuestas, sino el juego fortuito que nos lleva a un lugar no premeditado cada vez.

Habremos de saber que el poema de Amereida invierte el mapa, define su propio norte y concluye así:

el camino no es el camino

Desde ahí partimos.

Manuel Sanfuentes.

 

Con un boleto de tren podemos darle la vuelta a Europa. Algo impensable en América, incluso la posibilidad del tren.

Con esta primera reflexión podemos vislumbrar el cómo y el cada vez de cada nueva travesía. Una y otra vez asumir América.

Hace unos años nos dedicamos a construir unos trazos que conectaban el Pacífico con el Atlántico, en una formal equivalencia con lo expuesto por Silvia en cuanto a la constitución de la dimensión transversal de las travesías.

En este sentido de asumir el oriente de América trazamos figuras en cuanto al circuito de la ruta, reconociendo el territorio desde el recorrerlo en sus magnitudes mayores.

Varios días de viaje sobre los buses le otorgaba a la travesía una dimensión mayor en cuanto a la ruta que esta cobraba. En promedio nos tomaba 5 días llegar a destino, permanecíamos 5 días en el lugar y otros 5 completando el circuito de regreso, condicionando el viaje a un trazado que construía una figura en cuanto que no volvíamos por donde nos habíamos ido.

A veces en 4 buses nos repartíamos 8 profesores y 120 estudiantes en una comunión de espacios compartidos que construía el vivir andando. Adaptábamos los buses con mesones de cocina y literas para no obligarnos a permanecer en un siempre en lo mismo.

Bajo esta figura las travesías alcanzaron en una constante los bordes mas orientales del Brasil trazando las rutas desde los sistemas viales más tradicionales hasta los menos evidentes pero que atravesaban magnitudes territoriales mayores, tales como la pampa, la cordillera, el altiplano, el Mato Grosso o el Sertón.

Esta figura de las travesías se ordenaba a partir de la autonomía que la ruta cobraba. Nuestra propia comida y nuestras propias dedicaciones permitían que pudiésemos ir en un constante vivir andando. Los recursos del lugar eran secundarios y complementaban a la travesía solo en el lugar de la obra. La vida en ruta, este vivir andando, nos vinculaba en cuanto a interactuar con el lugar en las estaciones de servicio, lugares de abastecimiento de combustible, de alternativas rápidas a las comidas preparadas en los buses y al apetecido aseo en las duchas destinadas a los camioneros.

De esto podemos afirmar que íbamos en cierta autonomía frente al territorio, una suerte de ir en lo propio ante la ruta.

Sin embargo, desde hace 4 años en el taller de primer año de arquitectura nos hemos propuesto otro eje como destinación, aquel que devela a nuestro propio norte: el sur. Ese sur por el cual no se pasa sino que se va, aquel que no queda en el camino sino al final de este. Aquel al que no se puede darle la vuelta.

Octubre del año 2004, un catamarán para más de 200 personas nos lleva desde Quellón hasta Puerto Chacabuco. A más de 30 nudos, unos 70 kms por hora sentimos que nos deslizamos por los canales hasta que el golfo del Corcovado obliga a bajar la velocidad. Muchos caen rendidos por el mareo. Un día completo más nos tomará llegar finalmente, y por tierra, hasta Puerto Guadal en el lago General Carrera. Allí permanecimos más de diez días en constante obra para luego retornar de la misma manera en que llegamos, excepto por un par de estudiantes que no soportaron el mareo en el catamarán y optaron por volver en avión, y por un grupo de estudiantes de título que ante la obra solicitaron permanecer mas días para concluir aquello que parecía requerir más días y construir aquello que merecía ser incluido en la obra.

Octubre del año 2005, mientras los costos se vuelven inabordables para asumir la destinación de llegar a Villa O’higgins al final de la Carretera Austral, la armada nos ofrece transportarnos desde Valparaíso hasta Puerto Chacabuco en el transporte Aquiles. Después de 3 días de navegación arribamos a la región de Aisén para luego por tierra y tras dos días más alcanzar el poblado, ya en las vertientes orientales de los campos de hielo. Esta travesía es la que está expuesta en estas láminas. En ellas se manifiesta la magnitud del viaje en cuanto a su trazado, sus detenciones y el hecho mismo de alcanzar un extremo, el presente de Villa O’higgins, su origen y su destino y la obra como el cruce entre estar, entrar y salir de allí, emplazada en la conjunción del camino que viene de la Carretera Austral, del que va al Lago O’higgins y el acceso al aeródromo.

Septiembre del año 2006, la travesía parece cobrar una de sus mayores magnitudes: somos más de 185 y queremos ir al fin del mundo: a Puerto Williams, hoy renombrada como comuna de Cabo de Hornos. Y para allá partimos. Paradójicamente los costos de irnos por avión hasta Punta Arenas son muy menores a hacerlo por tierra, y la posibilidad por mar esta vez no está presente. Viajamos en cuatro vuelos y días distintos, en parte saltándonos el territorio, en otra reconociéndolo desde la altura. Desde Punta Arenas algunos buses nos llevaron hasta Ushuaia, y desde esta, la emergencia de no disponer del catamarán previsto nos obligó a hacer uso de un zodiac semi rígido para ocho pasajeros, embarcación a la que le tomó más de 25 viajes cruzarnos a todos por el Canal Beagle entre Ushuaia y Puerto Navarino, tanto de ida como de vuelta. De ahí a Puerto Williams o por un camino de tierra o en las patrulleras de la Armada. La logística de la ruta de la travesía cobró tales dimensiones que al llegar a Puerto Williams fue necesario iniciar las gestiones y la coordinación del regreso. La obra fue reconocer primeramente el anhelo de la forma de parque a la franja junto al río Ukika. De ahí, la intención fue construir la voluntad de un suelo horizontal de un horizonte francamente vertical.

Puerto Williams es el destino más al sur que hemos asumido y seguramente lo seguirá siendo por bastante tiempo, pero sin duda seguiremos insistiendo en esta porfía de ir a lo mas sur, pues esta destinación sur nos abre la ruta para reconocer el presente de este extremo de América y como esta relación, como un don, se vuelve finalmente regalo.

Mauricio Puentes

 

Tercera reflexión el construir y el regalar.

El construir.

La importancia del proyectar arquitectura, experimentando el proceso proyectivo completo; desde la idea, al construir y al habitar lo construido.

El entusiasmo de un estudiante al hacer algo, va creciendo en el ir viendo como eso que ideó, y que lo hace con sus manos, va apareciendo en el espacio. Materialización que arroja como virtud el propio entendimiento de que algo nuevo, único y distinto surge, desde una creatividad que es inagotable. Y más valiosa aún, cuando esta ha sido construida con las propias manos. Ese es el goce del ver aparecer.

El aprendizaje que el estudiante obtiene de un trato directo con la materia consiste en que la medida de la acción arquitectónica adquiere justeza.

Dicha justeza es constructiva como podemos ver en la travesía a puerto Guadal, una plaza mirador, y un borde de sitiales para sentarse aproximar la mirada hacia el lago General Carrera. Todos elementos construidos por los estudiantes, experimentando el hecho constructivo y adquiriendo otra justeza; la de su percepción de un lugar.

En Puerto Guadal es el viento en el rostro, el frío en las manos. El sol en el rostro, cerrar de ojos. De ese tipo de cosas debiésemos hablar los arquitectos; de la importancia de sentir el viento y el sol en el rostro.

Los arquitectos debiésemos hablar del alegre trato de los sentidos.

Reflexionando sobre este tema del lenguaje y pensando que en arquitectura las palabras se reemplazan por límites, tenemos que en el lenguaje verbal las palabras se oyen y escuchan, en el espacio los límites se perciben, y eso es con todos los sentidos.

Límites silenciosos de palabras y no de sonidos. Los sentidos perciben una relación, un silencio. El viaje en travesía nos enseña que el continente es un espejo a las variadas historias que lleva cada uno de los que van y es el espejo de la historia que se tejerá dentro reflejando a todos los sentidos.

Y esto se da cuando en ella el hombre, la mujer, el niño, el anciano, logra identificarse. Es cuando existe una identificación como re-conocimiento.

A esto también apunta la justeza constructiva a despertar esa sensibilidad, para contemplar la realidad desde dentro y desde fuera.

Esa justeza es la experiencia del re-conocimeinto. Poder sentir el lugar de otro modo. De un modo distinto. Balcones que se extienden en el vacío de la quebrada y pueden desarticular la lógica gravedad del cuerpo llevándolo al vértigo, límite justo, límite que permite la justa medida para experimentar en cada detención el tactar las hojas de los árboles.

 

La Travesía y la Obra: Habitar el Regalo

Recreación poética como acto de reconocimiento.

Es en la obra concluida donde se ponen de manifiesto los factores presentes en su construcción.

La duda existe acerca de cómo se recibe la obra, uno va y regala, el regalo es para ellos haciendo aparecer un acto, un “acto arquitectural” diría Paul Ricoeur, que lo entiendo como lo arquitectónico y lo inaugural, ahora se deja un regalo en Villa O”higgins y este se explica cuando se le entrega a la gente. Ahí en ese momento que viene dado por la poesía en la Proclamación de la obra el Regalo se hace público y en ese hecho el arquitecto regalador se compromete, si en efecto, existe un compromiso público que consiste en prometer sin decir yo prometo, sino que es una promesa implícita en el acto inaugural de que ocurrirán ciertos actos.

En Villa Ohiggins Entusiasmándonos con el material regalando nuevas formas de habitar con unas verticales de proximidad y con las torres, unas verticales de lejanía que enmarcan el acceso al pueblo constituyendo el pórtico a Villa Ohiggins.

El emplazamiento de cada vertical fue dentro de unos ejes que aproximarían a los habitantes de villa Ohiggins a este nuevo lugar, saliendo al encuentro de sus recorridos esto es desde observar los recorridos de la gente hacia el aeropuerto el cual era tangente a la plaza, desde la calle que iba desde el gimnasio o el colegio al aeropuerto.

Nosotros estábamos en uno de esos focos, en el aeropuerto, allí iba la gente todos los lunes y jueves a la llegada y partida del avión desde y hacia Coyhaique, así antes de llegar al aeropuerto se encontrarían con la plaza pórtico, una celada para demorarse al llegar o al volver y tender a pasear.

Los Lengos se ubicaron para construir la demora con un emplazamiento que respondía a las posturas proyectadas por los alumnos, unos construían apoyos para estar de pie, otros para estar sentados y otros que combinaban el apoyo de pie con el estar sentado.

Ubicamos los del estar sentado en un centro al borde de un talud que hundía un tramo de la plaza para construir un horizonte de asiento en la tierra que regala la posibilidad de sentarse como un hecho de mayor habitabilidad de mayor demora, un talud -asiento de la demora, desde este asiento tres ejes unos hacia el norte; Eje del camino en donde se emplazaban los lengos que construían la postura de pie confundiéndose con un grupo de árboles, el segundo eje era hacia el pueblo girando la vereda natural que iba al aeropuerto desde el pueblo hacia la plaza emplazando allí los que combinaban las posturas de pie y sentados. Y El tercer eje era una vereda explanada que vinculaba los taludes con las torres y la Escultura bajo un Pórtico que construía la torre romboidal.

Entonces el regalo es la posibilidad de detenerse y de mirar en lejanía o distancia, la llegada de los aviones y en Puerto Williams fue también una posibilidad de lejanía contemplando el bosque dentro desde la escalera. Recreamos un transito habitual de la gente desde el pueblo al parque. Son estaciones-detenciones, demoras que se extienden desde la escalera vinculadas por la potencia de orientar horizontes.

Esto se materializa con las barandas que son unos trazos que achuran el bosque a la vez que retienen la mano.

Re-creamos lo habitual regalando algo desde el reconocimiento, buscamos que en ellos surga la identificación y la gratitud. Y con relación a ello, pienso en Cristina Calderón, la última Yamana, ella no quería subir por la escalera que nosotros construimos, pensaba que estábamos interfiriendo en su naturaleza, pero el día de la proclamación de la obra, una sobrina de ella subió la escalera, Cristina no quiso ir y la sobrina a su regreso, con alegría le decía; ahora podemos ver el lugar.

Esa frase delató lo apropiado del regalo, apareció el reconocimiento como identificación de ellos con su lugar y como gratitud de ellos hacia nosotros y de por sobre todo pareció el Regalo. En su potencia asimétrica, como ha dicho Paul Ricoeur, de haber dado sin esperar nada a cambio, y eso es posible por que somos muchos insertos en un ámbito implícito y silencioso que resguarda nuestro ser escuela desde la poesía encarnada en la posibilidad de viajar entre varios.

Y esta experiencia muestra su sello en ellos cuando son capaces de explicar sus intenciones, y vinculan distancias diciendo un yo vi tal cosa, o yo sentí tal cosa.

Ver y sentir, experiencias sensibles que aproximan las distancias.

Creo que no basta el uso del material del lugar también se requiere una gran dosis de fortuna entendiendo esta como una de sus definiciones; “Circunstancia casual de personas y cosas”, según esto es que la observación tenga fortuna, que la Travesía y los que observan en ella puedan tener fortuna de vincular lo casual, el caso con las personas y las cosas, la observación advierte esa circunstancia casual e intuye la forma, la ubicación de las verticales estaciones, es para construir la demora, como lo casual, y las terrazas de Puerto Williams como la demora, esa es una de las Fortunas con que se encuentra con el material en el lugar.

Experiencias poéticas en el territorio.

En la Travesía la arquitectura se aprende desde su esencia; un hecho de personas a personas, donde el proyecto se puede pensar como un Regalo.

Rodrigo Saavedra