junio 18, 2007

Ética y Obra de Arte

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Algunas Apreciaciones Sobre Nuestro Quehacer

Resulta que si distinguimos primeramente los términos “ética” y “ético”, nos encontramos con la experiencia cotidiana en la cual cada uno de nosotros nos vemos reflejados y regalados. Esta experiencia es propiamente aquella que nos aparece desde el presente en el que estamos. Entorno a esto, hoy nos enfrentamos a la posibilidad de estar aquí, y simultáneamente en un allá, aquí y allá que no vienen a construir, ni a cantar un Tamaño arquitectónico espacial, sino más bien que vienen a desarrollar una permanencia ubicua en un espacio que se desperfila entorno a la búsqueda de un estado de ocupación, en cuya permanencia se regocija nuestra existencia pretendiendo el encuentro con una vitalidad superlativa. Se trata, por tanto, de sentirse vivo, pero un poco más allá de la percepción sensorial, cuya quietud discrimina y avanza, sino en acción continua y dinámica; veloz y traslaticia, símbolos todos de estar en libertad, pero no de ser libres. Gracias a nuestra lengua castellana podemos distinguir esta doble relación, estar en libertad, y ser libre, como conceptos diferentes entre sí, ya que la acción que ellos depara constituye un modo de encuentro en lo que somos, y podemos ser y en el lugar donde estamos o podríamos estar. Siguiendo con lo anterior: nuestra vida y nuestras Obras se traducen por ser consecuencias remotas, que mientras más lo sean más ciertas y poderosas resultan. Luego somos y estamos a la espera de aquello que remotamente se nos viene o acaece, aquello llegado que nos puebla y nos cautiva, pues es el canto a una libertad universal, que nos somete para ser parte de algo mayor. Pareciese que el hecho de ser inconclusos, como lo señala Zubiri, nos lleva a esta búsqueda fatigosa que nos disocia de la posibilidad de establecernos en un quehacer continuo. “El hombre… (dice Zubiri), es el único ser de la creación que está siempre inconcluso, y él mismo es el que se hace”. Tal hecho hace al hombre permanecer en una abertura existencial que tiende a darse término. Esta vez al parecer un término que lo lleva a lo mayor… a esa escala universal en la cual el hombre tiende a apropiarse de aquello mayor, para poder al menos ser parte de ello. Esta acción del hombre de apropiarse de… es el modo que tiene de completar su existencia y darse termino, ejerciendo un poder entorno al medio. De allí que el hombre se inscriba viviendo en el mundo… vivir habitando el planeta. En esto nos debatimos hoy en día, en aquello que hacemos y estamos, por ejemplo aquí en esta sala, los que estudian como alumnos y los que estudian como profesores, nosotros como arquitectos, somos los que cuidamos la forma de habitar, pero hay otros que cuidan a la tierra, hay los que cuidan la salud, los que cuidan a los demás, los que se cuidan a si mismos… Nosotros como chilenos, los aborígenes como nosotros mismos, etcétera… Me gustaría hacer un ejercicio junto a ustedes, y es que les quiero simultáneamente mientras hablo mostrar unas imágenes, unas rudimentarias imágenes, que están dispuestas de un modo lineal, y que carentes de significado cultural, social o ético, esperan poder ser nombradas por ustedes, mientras yo estoy hablando, estas imágenes esperan que ustedes les coloquen unos nombre, y unas conectivas mediante las cuales ellas, el total de ellas pueda ser leída como un texto mayor… hablamos entonces de una ética que se mide como dogma y en una ética que se mide a través de resultados. La ética de los principios. La ética de las consecuencias. Ambas adscritas al juicio de nosotros mismos y adscritas al juicio de la sociedad. ¿Pero, existe una ética anterior a estos juicios, y a sus consecuencias? Todos tenemos experiencia entorno a ambas fuentes de la ética. La vida, la vida nuestra, aquella que vivimos, se desarrolla entorno a unos períodos en que se suspenden cosas y otros períodos en que no se suspende nada. Por ejemplo, cunado uno es niño se le suspende el conocer como se gana el dinero para nuestra crianza, mientras cuando uno es adulto no se le suspende nada. Pareciera entonces que este mundo de hoy, el de ahora, el que nos toca vivir, es un mundo más denso que en otros momentos, ya que al parecer las consecuencias de lo que sucede se anteponen a los principios que los originan. La densidad de que hablamos es aquella por la cual lo que nos llega consecuencialmente, se sobrevalora con respecto a lo otorgado, o lisa y llanamente a aquello dado. Que difícil se nos torna entonces recibir un acto de amor, como tal, ya que esperamos recibir primero sus consecuencias. Luego la transparencia en aquella densidad que nos toca, se nos manifiesta como acto, y como consecuencia ética, El acto es aquel que nos concierne a todos, y las consecuencias éticas se suspenden para unos y no se suspenden para otros. El acto es un modo sin antecedentes al que podemos entrar en propiedad, actuando. Este en propiedad, “apropiándose… es el modo que tenemos de completarnos y darnos termino”. Así en lo ético hay un juicio del tiempo presente y un juicio del tiempo pasado, que nos limita en aquello que aceptamos por la tradición y aquello que no aceptamos por imitación, ambos juicios enjuician el valor lo creativo de una Obra, pero lo que hay que ver es que el esfuerzo de una época, para ser tal, es con la creatividad y no con la honradez. Luego, la Obra que no viene a debatir si en ella participan o no, los con o sin recursos, o tenga como potencia cuidarse a sí misma, pues es aquella que se muestra a sí misma en y en lo que es, para ser un logro de todos, pues ese es el presente cuya construcción se convierte en regalo para todos en común, y como contrapartida a aquel decaimiento que concluye en la individualidad de la muerte. De allí que la Obra cante su ser fiesta consoladora, como lo señala la “Carta del Errante” del poeta Godofredo Iommi. Fiesta consoladora, a pesar de todas las interpretaciones posibles. Pero ¿qué es lo que quiere decir consolar? El consuelo no es el bálsamo sobre las heridas ni el pañuelo para las lágrimas. Consolar quiere decir revelar constantemente a los hombres cogidos por las tareas del mundo, el esplendor que llevan en ellos, el fulgor de esa pura posibilidad antes de toda elección; de esa posibilidad de hacer y de alcanzar toda realidad no obstante las culpas, los errores, los éxitos, los crímenes y aún la alegría admitida. La revelación de esta posibilidad a través de sus trabajos, penas y placeres, a través de todas las significaciones que son cumplimientos reales, ya establecidos en curso de desaparición, significaciones conocidas, mal conocidas o desconocidas; revelación que es también – ¿por qué no? – lámpara sobre zonas del espíritu y sobre el país de la labor. Revelación del instante que es el hombre antes de todo tiempo. Revelación que es la verdadera memoria. Tal consuelo y goce, nos trae a presencia el modo en que el Oficio, nos marca por ethos, o habitud que nos señala una tendencia a…, quizás una tendencia distinta a la de los animales, ya que tal tendencia no se ciñe explícitamente a nuestra naturaleza, ni a los estímulos que recibimos, sino más bien a nuestra inteligencia, que opta voluntariamente a improvisar, ya que en un sistema abierto en el que el hombre está incompleto, éste se apropia de la realidad para ser, y así completarse. Esa determinación de libertad es la que hace que el hombre se apodere de la posibilidad de ser persona, cuyo resultado eficaz es la complacencia y regocijo de encontrarse siendo. Pero resulta que todo este esfuerzo y perseverancia, no son tales, sin un ámbito. El ámbito en la Arquitectura, es la posibilidad pre-espacial en donde nos encontramos o reunimos en mutuo ejercicio de la libertad de ser… y a fin de cuentas, esa la libertad de ser felices. La fiesta, el ámbito, y la posibilidad del hombre de completarse. La felicidad no es otra cosa que la completitud. Así el hombre tiene que actuar bajo la imposición de lo real, siendo imposible para el hombre no ser libre. Luego es este para qué de la libertad el punto clave de toda ética. La figura de la personalidad es la justificación última de la ética de Zubiri, porque en esa figura el hombre concluye tras la muerte. La figura, imposible de describir humanamente, es lo que queda del hombre tras el fin de su vida, tras el cierre de toda posibilidad. Así, dice Zubiri que «morir significa quedar fijado en la figura aversiva o conversiva que el hombre ha cobrado en el curso de su existencia«, pues «ninguno de los rasgos que el hombre va añadiendo a su ser sustantivo queda perdido en absoluto». Pero cuando estamos frente a estas imágenes rudimentarias y a otras que se les sabe por tradición su trascendencia, el ámbito, el que podemos constituir en esta sala, se aúna en la posibilidad de un juicio, no importa si este es negativo o positivo, o bien indolente, como ámbito propende al origen de un estado ético…

Escuchemos lo que nos dice Romano Guardini respecto de la imagen, esta vez de la imagen de culto y la imagen de devoción. La imagen de culto no procede de la experiencia interior humana, sigo del ser y el gobierno objetivo de Dios; con lo cual no me refiero a ningún procedimiento efectivo del artista, considerado con plena conciencia, sino al germen sentido del proceso. Dios existe: Él es el auténtico. Más aún, aunque «es», sin embargo, la palabra «ser» no se puede usar en el mismo son para Él y para las criaturas. El mundo es suya. Él domina en el mundo según Su voluntad; dirige los movimientos de las cosas; orienta la historia de los hombresEse gobierno divino se concreta en la obra de Su gracia. Ahí no sólo compenetra con el mundo habitándolo, sino que viene al mundo. No sólo obra sobre él, sino que actúa dentro de él. Esto ocurre por Su palabra por Sus «gestas»; de modo final y definitivo, su Encarnación en Cristo. Cristo funda la institución salvadora de la Iglesia, llevándola a través de la Historia, después de resucitar, y rigiéndola en el Espíritu. De esa realidad y ese gobierno salvador de Dios procede la imagen de culto. Se pone a disposición de Aquél que existe, para que Él pueda hablar a través de la imagen cuando le plazca. Se hace órgano de la economía de la salvación. Se configura y se dispone según corresponda a esta relación. La imagen de devoción arranca de la vida interior del individuo creyente: del artista y del que hace el encargo, que, a su vez, toman ellos mismos la posición del individuo en general. Parte de la vida interior de la comunidad creyente, del pueblo, de la época, con sus corrientes y movimientos; de la experiencia que tiene el hombre creyendo y viviendo de la fe. También se refiere a Dios y Su gobierno, pero como contenido de la piedad humana. Es decir, mientras que la imagen de culto está dirigida a la trascendencia, o, dicho más exactamente, parece venir de la trascendencia, la imagen de devoción surge de la inmanencia, de la interioridad. Estamos acostumbrados a equiparar lo religioso a la interioridad; mientras lo hagamos así, no podemos hacer nada con la imagen de culto, pues ésta no tiene «interioridad». Otra vez, dicho con más exactitud: interioridad humana, psicológica. Si se quiere seguir hablando de interioridad, habría que atreverse a decir que en esa imagen se hace perceptible la interioridad divina, el dominio de Su apartamiento, la esfera del «cielo» -si no recuerdo mal, los antiguos maestros de los iconos lo enseñan así, efectivamente-. Ello lleva aparejado que la imagen de culto no tiene ninguna «psicología», en el sentido habitual de la palabra; tiene realidad, especialidad, poder. Aquí no hay nada que analizar y «entender», sino que se manifiesta Aquél que reina, y si el hombre lo percibe adecuadamente, entonces enmudece, contempla, reza. Escuchemos lo que nos dice Kandisky acerca de la Obra de Arte.

LA OBRA DE ARTE Y EL ARTISTA- Kandinsky

La verdadera obra de arte nace misteriosamente del artista por vía mística. Separada de él, adquiere vida propia, se convierte en una personalidad, un sujeto independiente que respira individualmente y que tiene una vida material real. No es pues un fenómeno indiferente y casual que permanece indiferente en el mundo espiritual, sino que posee como todo ente fuerzas activas y creativas. La obra de arte vive y actúa, colabora en la creación de la atmósfera espiritual. Desde este punto de vista interior, únicamente puede discutirse si la obra es buena o mala. Cuando su forma es «mala» o demasiado débil, es que la forma es «mala» o débil para producir vibraciones anímicas puras». Por otro lado, un cuadro no es «bueno» porque sea exacto en sus valores (los valeurs inevitables de los franceses) o porque esté casi científicamente dividido en frío y calor, sino porque tiene una vida interior total. El «buen» dibujo es aquel que no puede alterarse en absoluto sin que se destruya su vida interior, independientemente de que el dibujo contradiga a la anatomía, a la botánica o a cualquier otra ciencia. No se trata de que el artista contravenga una forma externa (por lo tanto casual) sino de que el artista necesite o no esa forma tal como existe exteriormente. Del mismo modo han de ser empleados los colores, no porque exista o no con ese matiz en la naturaleza sino porque sean o no necesarios en ese tono para el cuadro. En pocas palabras: el artista no sólo puede sino debe utilizar las formas según sea necesario para sus fines. No son necesarias ni la anatomía u otras ciencias, ni la negación de principio de éstas, sino la libertad sin trabas del artista para escoger sus medios. Esta necesidad es el derecho a la libertad absoluta, que es criminal en el momento en que no descansa sobre la necesidad. Artísticamente, el derecho a ella es el citado plano interior moral. En toda la vida (por lo tanto también en el arte): un objetivo puro. Someterse sin objeto a los hechos científicos nunca es tan nocivo como negarlos sin sentido. En el primer caso surge la imitación (material) útil para algunos fines específicos . En el segundo resulta una mentira artística que, como pecado que es, tiene muchas y malas consecuencias. El primer caso deja vacía la atmósfera moral, la petrifica. El segundo la envenena. La pintura es un arte, y el arte en total no es una creación inútil de objetos que se deshacen en el vacío sino una fuerza útil que sirve al desarrollo y a la sensibilización del alma humana -que apoya el movimiento del triángulo. El arte es el lenguaje que habla al alma de cosas que son para ella el pan cotidiano, que sólo puede recibir en esta forma. Cuando el arte se sustrae a esta obligación queda un hueco vacío, ya que no existe ningún poder que sustituya al arte. En todo momento en que el alma humana viva una vida más fuerte, el arte revivirá, ya que alma y arte están en relación de efecto y de perfección recíprocos. En los períodos en los que las ideas materialistas, el ateísmo y los afanes puramente prácticos que se derivan de ellos, atontan al alma abandonada, se opina que el arte «puro» no ha sido dado al hombre para fines especiales, sino que es «gratuito»; que el arte existe sólo para el arte (l’art pour l’art) . El lazo que une el arte y el alma se queda medio anestesiado. Pronto, sin embargo, esta situación se venga el artista y el espectador (que dialogan en el lenguaje del alma) ya no se entienden, y el último vuelve la espalda al primero o le mira como a un ilusionista cuya habilidad y capacidad de invención admira. En primer lugar, el artista ha de intentar transformar la situación reconociendo su deber frente al arte y frente a sí mismo, y considerarse no como señor de la situación sino como servidor de designios más altos cuyos deberes son precisos, grandes y sagrados. El artista debe «educar-se» y ahondar en su propia alma, cuidarla y desarrollarla para que su talento externo tenga algo que vestir y no sea como el guante perdido de una mano desconocida, un simulacro de mano, sin sentido y vacía. El artista debe tener algo que decir porque su deber no es dominar la forma sino adecuarla a un contenido . El artista no es un privilegiado de la vida, no tiene derecho a vivir sin deberes, está obligado a un trabajo pesado que a veces se convierte en su cruz. Ha de saber que cualquiera de sus actos, sentimientos, pensamientos constituyen el frágil, intocable, pero fuerte material de sus obras, y que, por lo tanto, no es libre en la vida sino sólo en el arte. El artista, comparado con el que no lo es, tiene tres responsabilidades:

  1. ha de restituir el talento que le ha sido dado;
  2. sus actos, pensamientos y sentimientos, como los de todos los hombres, forman la atmósfera espiritual que aclaran o envenenan;
  3. sus actos, pensamientos y senti¬mientos son el material de sus creaciones que contribuyen a su vez a la atmósfera espiritual.

No es «rey», como le llamó San Peladan, en el sentido de que posee gran poder, sino de que su obligación también es muy grande. Si el artista es sacerdote de la «belleza)), ésta debe ser buscada según el principio del valor interior que ya vimos. La «belleza» sólo puede medirse por el rasero de la grandeza y de la necesidad interior, que hasta aquí tan buenos servicios nos ha prestado. Bello es lo que brota de la necesidad anímica interior. Bello es lo que es interiormente bello…

Bueno, han visto durante este tiempo unas imágenes de pies, que como adelanté estaban ordenadas de suerte que pudiese existir una lectura a través de ellas, lo que no sabemos es cual lectura, no yo la se, lo que aquí importa es la posibilidad de leer en ellas una cosa que es en ellas misma y que por separado no estaba… Siguiendo a Jaime Balmes, filósofo, podríamos encontrarnos con la relación catóptrica y dióptrica, en relación con la hospitalidad del que recibe, cual ética de la recepción y la gracia, por un lado con la dióptrica me duplico, por el otro me hago dos, como el lazarillo que por el ciego se hace ciego y vidente a la vez; y por otro lado la catóptrica, que por reflejo me veo en el otro, que para mostrar al otro, lo que le pasa a él, por ejemplo:…en este sitio hace mucho calor… ¿lo sientes? De esto se desprende lo que espero de la hospitalidad de ustedes al recibir aquello que les trato de entregar.