enero 3, 2007

Clases del II Trimestre 2006

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ARCHIPIÉLAGOS.

Introducción.

Prácticamente en todas las ocasiones en que se pregunta ¿Qué es exactamente un archipiélago? la respuesta es siempre la misma: “un conjunto de islas”. Sin embargo esa es la respuesta en castellano, porque se encuentra otro concepto cuando se analiza no sólo la etimología esencial de la palabra, sino algunos poemas. Archi significa muchos, innumerables, tal vez infinitos. Piélago significa océano y mar, pero también abismos e inmensidades. Un archipiélago no es un conjunto de islas, sino un conjunto de mares. Y esa diferencia es radical.

Prólogo.

El gran Hölderlin escribe su poema Der Archipelagus alrededor del 1800 y a través de este alcanza la perfección en el afán que lo ocupó toda su vida lúcido; traer Grecia. Traerla siempre y en toda circunstancia, para satisfacer el ansia de hacerlo, para responder a su mandato o misión que es revelar a su pueblo -Alemania- su propio origen, para concederle a ese mismo pueblo -que ama profundamente- la claridad respecto a su propia identidad y sobretodo respecto a su propio destino. Es decir, Hölderlin escribe Der Archipelagus creyendo que el poema va abrir nuevos y extraordinarios horizontes para su propia nación. Horizontes duros y difíciles pero verdaderos. Los griegos sabían que habitaban en un archipiélago y lo pensaban como un compuesto de mares y no de tierras. Significa que concebían el propio espacio en el que vivían de una manera distinta a cómo lo hacemos quienes respondemos con islas. Nosotros tenemos la idea de que lo propio del hombre es habitar en territorios. Nuestra vocación es pensar que lo adecuado y lo correcto para lo humano es la tierra, lo terrestre. Hölderlin ubica, por cierto, a sus personajes humanos en islas, pero siempre condiciona lo que dice en un personaje mayor; el “poderoso” y “divino”: el mar. A través del mar el poeta alemán sabe que puede traerle lo griego a su Alemania.

La plaza griega.

Lo sabía también Virgilio cuando hace que su héroe Eneas emprenda una aventura marina, una epopeya en el mar. Así trae un origen griego a Roma inventando una leyenda o rescatando un mito.
Lo sabe Amereida cuando comienza cantando “oh marinos…”
Entonces podemos pensar en América, nuestra América, y preguntarnos en qué nos va a nosotros ese conducto por el cual nos llega lo griego. Es decir aquello que heredamos directamente. Ya sabemos que no habitamos el mar, como sí lo hicieran los vikingos, los yámanas y tantos otros pueblos. Tenemos en cambio la democracia, el modo de organización político y social es heredero directo del modo griego. Obviamente filtrado a través del tamiz de miles de batallas y guerras, revoluciones, etc., pero no mantenemos dictaduras ni imperios, al menos no quisiéramos; nuestro ideal es aquello que llamamos democracia, y ésta nos viene sin más directamente desde Atenas. Por lo tanto, para poder sostenernos aunque sea un instante en nuestra propia organización política y social, debiésemos saber de la democracia griega. Hay otras herencias, incluso aún más directas, que ustedes y nosotros tenemos, en nuestras ciudades de América. Me refiero a las plazas. La plaza es una heredad directa que tenemos en castellano. En inglés existe una square, que significa otra cosa. Además en inglés son bastante distintas; cualquiera que haya estado en Times Square de Nueva York, comprenderá lo que digo. Trafalgar Square es una explanada dura y seca. En América, en cada pueblecito perdido hay una plaza. Era una ley real fundar así las ciudades; así comenzaba la fundación de las ciudades. Por eso nuestro Valparaíso no tiene Plaza de Armas porque no fue fundado oficialmente, porque fue siempre el puerto de Santiago y no tuvo, durante la colonia, el estatuto de ciudad. Así también se fue construyendo sin las ordenanzas ni el damero que rigió para el resto de las ciudades americanas. Parte de aquello que Hölderlin quiere traerle a los alemanes, nosotros lo tenemos por hablar el castellano de nuestros colonizadores españoles. El hecho de vivir en ciudades llenas de plazas nos permite una comunicación directa con nuestro origen. En nuestra escuela, que nos ocupamos de hacer ciudad, debemos comprender lo que significa y de donde viene y de qué se trata una plaza. El ejercicio de la poesía es inmiscuirse en lo principal, en los orígenes para tener un presente, para saber “donde estamos parados”, de suerte que pararse en una plaza cualquiera sea una vivencia entera y colmada de sentido. Entonces hay que saber de nuestros orígenes no por la acumulación de conocimiento ni por la erudición ni mucho menos por tener herramientas de comprensión. Se trata de una cuestión vivencial, en la cual el oficio se juega la vida.

El Mar Griego y América.

El poema de Hölderlin específicamente trata sobre el mar. El océano es el objeto radical y protagónico del poema. ¿Por qué es esto importante para amereida? ¿Dónde está el juego de relaciones entre ese mar griego y nuestra América? En el fondo, cuando nosotros americanos nos preguntamos qué es el mar, poco podemos responder. Cuando nuestros niños hacen esa pregunta ¿desde dónde respondemos? Si hiciéramos oídos fértiles al poema podríamos responderle a nuestros niños que el mar es un SER. El poeta habla con un dios; se trata de un ser extraordinario. Tal vez para en inglés sea más fácil responder que el mar es una suerte de ente poético. Prácticamente ninguno de nosotros, chilenos, ha navegado más de una vez en la extensísima costa que nos abunda por doquier. Los motivos por los cuales nosotros no hemos entrado al mar son materia de estudios y especulaciones de diversas disciplinas del conocimiento. Ahora expongo solamente una paradoja: Leyes de Indias, Libro IV, título VII, Ley VI.

“Que el territorio no se tome en puerto de mar. territorio y término no se pueda conceder ni tomar por asiento en Puertos de mar, ni en parte, que en algún tiempo pueda redundar en perjuizio de nuestra Corona Real, ni de la República, porque nuestra voluntad es, que queden reservadas para Nos.”

Entonces la palabra del Rey determina que en América se produzca una franja reservada para los reyes, en la cual no se pueden instalar o fundar ciudades. Tal vez el rey pensaba que así propiciaría el asentamiento, puesto que un porteño es siempre un emigrante en potencia. Tal vez pretendía gobernar y controlar mejor el comercio, pues pocos puertos significan monopolizar importaciones y exportaciones y tráfico de mercancías, metales, etc. Tal vez pretendía defender mejor los territorios ocupados al separarse algunas leguas de los asedios de piratas y armadas enemigas.
La paradoja es que el poblamiento interior de América no se produce, lo que se comprueba 500 años después observando cualquier fotografía satelital nocturna de nuestro continente. Entonces amereida realiza el juego y utiliza el género de relaciones del poeta alemán. Amereida va a llamar “mar interior” a la extensa vastedad inhabitada de América. El poema nos deja en una especie de isla o franja extraña rodeados de mares y océanos. Nos deja literalmente en un archipiélago con sólo un modo posible de salvar el aislamiento; que sea a través del mar como nos llegue nuestro origen y así también entonces nuestro porvenir. Que sea sobre un mar por donde viaje nuestra propia tradición y nuestra siempre nueva, extraña y difícil identidad. Sólo tendremos el mar interior cuando tengamos los otros océanos y viceversa. El mar es el único ser capaz de transportar esa esencia que nos va permitir tener una identidad propia.

Navegaciones.

Hace un año navegábamos a bordo del Aquiles de la Armada, desde Valparaíso hacia el Mar Nuevo de Aysén. Una noche, al preguntar al navegante dónde estábamos, nos dijo que justo frente a la isla Mocha. Cada isla tiene su historia atada al mar, algunas tienen además su nombre atado a la literatura, y unas pocas tienen un nombre que hace sentido en la poesía. La isla Mocha es de estas últimas. Y hace sentido por su relación extraña y directa con otra lejana isla de otro continente. Se trata de la isla de Nantucket, en la costa este de Estados Unidos.
Hace algunos años llegué hasta Nantucket en un viaje que consistía en plantear preguntas directas a las leyendas de los siete mares.
Esta es una isla que gobernó las rutas fabulosas de los hemisferios, que envió hombres hasta el último y más desolado de los confines, que leyó en la niebla las partidas y de la mano de la muerte impuso su leyenda en los oídos de todas las latitudes.
Su orilla aún está infestada de máquinas marinas de toda laya que de a miles y miles plantan una espera. Sus anclas son más que un bosque dulce, más que la pesca y aún más que la historia.
Esta isla desciende del matrimonio entre un monstruo y la poesía. Y es una hija pródiga y fiel que decide su distancia y que gesta sus movimientos como lo aprendió hace cientos de años. Es una hija silenciosa que admite curiosidades, pero que aún se reserva el estallido del viento sobre los colores y que no resigna su reverencia ante la luz de los faros.
En ella comenzó un nombre que abriría la sed moderna por el poder en las naciones. Se dijo ese nombre para que Dios continuara gobernando el terror de las quietudes y el diablo arrancara en las tempestades. Se anunció ese nombre sobre todas las bordas del mundo, para que todos lo hombres recordaran, sin cesar, la hondura. Se sugirió ese nombre para marcar cualquier emprendimiento sobre los horizontes sin senda; para designar cada calma muerta, cada tormenta de espuma, cada noche de nuevas estrellas.
Se gritó ese nombre desde los mástiles y las proas cuando la amenaza se convirtió en poema, porque así el desconocido tuvo tiempo propio y sus extensiones volvieron al seno abrigado del mundo. Porque así también se enfrentó el mayor de los miedos y pudieron entonces las musas nadar nuevamente junto al siseo de las quillas y danzar con la útil y sola melodía del cordaje.
Ese nombre que creímos fantástico o cantado sólo en el mito ha abierto tumbas verdaderas sobre el suelo de esta isla. Tumbas en cuyos fondos también se ve el mar; tumbas que abrigan a la locura terrible y a la niñez inocente; que ligan huesos roídos con nacimientos y cuentos antiguos con residencias eternas. El nombre que convence y convierte, que abruma, inventa y recrea. Como los náufragos que se devoraron entre sí mientras la sombra los extraviaba más allá del dolor, mientras el sol hirviente les secaba perpetuamente los ojos, ellos volvieron sin embargo al mar cada vez que la vida les susurraba ese nombre, ese puro y espantoso nombre. El nombre que aún se lee en los reflejos brillantes de los faros de esta isla; que todavía recorre golpeteando la madera de sus muelles y que roza el balanceo de las boyas. Aquí, antes de embarcarse, todos preguntan una vez más y todos atisban y otean desde la orilla. Como si la verdad, la belleza y el drama estuviesen rondando a pocas millas; como si la silueta siniestra y alba los observara semi sumergida aguardando renacer con mejor furia, con más veladuras y con la culminación total de la aventura.
Por supuesto, Moby Dick es el Nombre en la isla de Nantucket.
En Nantucket me encontré con documentadas versiones que indican que el primer nombre de la más famosa novela de Herman Melville fue “Mocha Dick”. Cuenta la leyenda que en los alrededores de esta isla dos barcos fueron atacados por un enorme cachalote gris. El mismísimo Melville, de hecho, navegó estos mares. Lo cierto es que Moby Dick está basada en la crónica que escribiera un joven sobreviviente del Essex, un barco ballenero de Nantucket. El Essex fue atacado, partido en dos y hundido por una enorme ballena frente a las costas chilenas. Sobrevivieron hombres en dos botes, sobre los cuales debieron incluso alimentarse de sus muertos. Uno de los botes fue rescatado frente a las costas de Iquique y el otro llegó a Juan Fernández. Uno de los sobrevivientes escribió y publicó la crónica del naufragio y Melville se basó en ella.

La Musa y la Travesía.

¿Y qué de la poesía con todo esto? Al final del volumen segundo de amereida hay una bitácora, escrita por Claudio Girola, de la primera travesía. Godo le hizo unas notas a esa bitácora. La nota 46 dice:

«También el olvido es bello, olvidar, por ejemplo, que el arrojo es la travesía y no la vida de un obstáculo, en este caso, el perro. Pero la hermosura cuenta menos que la ruta y esto sí que es difícil aprenderlo. ¿Qué es la ruta? Es sólo seguir partiendo siempre, es mantener el rumbo abierto. ¿Será un comienzo sin fin, como el amor? Hacer tal ruta, abrir tal rumbo, tal vez de tales cosas, interrogaba Kant a los capitanes de barcos balleneros, aquellos que Melville dijo que buscaban la ballena blanca y tal vez Ajab sea el nombre de la musa de toda pura travesía.»

Y entonces ahora nos preguntamos ¿Por qué Ajab puede ser la Musa de toda pura Travesía?
Porque la ballena blanca es el miedo vuelto nombre, y así, nombrado, se hace real y existente. El miedo hecho carne sobre la realidad. El miedo es una musa, nos dijo Ignacio Balcells. Y sólo en el abismo más espantoso es posible concebir un miedo semejante. Ese abismo terrible es el mar. La tierra firme no puede elaborar un vértigo como ese; uno donde incluso la muerte carece de tiempo y de lugar. Para la mayoría de nosotros, sobre todo para los latinoamericanos, el mar no es parte de este mundo; no existe como posibilidad de ha lugar, de habitación, de vida y promesa de más vida. Por eso el gran Hölderlin, cuando quiere cantar los fundamentos sustanciales de la formación de una nación, escribe un elogio al mar llamado “El Archipiélago”.

Aysén del Mar Nuevo.

El Mar Nuevo de Aysén es un archipiélago. La épica de la fundación del mar Patagónico, implica aprehender que la hermosura cuenta menos que la ruta. Esto es difícil aprehenderlo porque nosotros, especialmente quienes estamos dedicados a una vida en el arte, pensamos y anhelamos que todo cuanto hacemos esté lanzado hacia la belleza. Y de hecho es así; en la belleza residen las musas que abren verdaderamente el mundo y todos los artistas de la historia han querido trabajar bailando y danzando con ellas. Al parecer, sin embargo, en nuestra tarea hay algo más profundo que la belleza. Como si no importara que cada obra que acometemos obtenga o no la belleza. De hecho ese olvido es un abandono; es el acto de Eneas con Dido. El olvido que también es bello, como que nosotros hagamos nuestras obras para abandonarlas, pero no porque no nos importen o nos de lo mismo lo que suceda con ellas. Nuestro abandono es un desprendimiento en el sentido del regalo. Nuestras obras son regaladas y por eso “las olvidamos”, olvidamos su belleza y volvemos a comenzar, año tras año.
Por eso Godo dice que la ruta, aquello que es más importante que la belleza, se parece al amor, porque el amor esto es lo que enseña; volver a comenzar siempre, volver a no saber. Para que el amor exista es necesario ser siempre inocente, mantener la emoción del primer encuentro, permanecer en un estado de enamoramiento, todo en la flor de la piel, en la novedad. Y esto es lo difícil, porque el ritmo de la vida diaria muy pronto se convierte en rutina y ahí todo se muere. Nuestras travesías igual; cuando se conviertan en un acto rutinario simplemente las dejaremos de hacer. Por eso se hizo la embarcación Amereida, para volver a partir hacia un Mar Nuevo, para estar atentos y vigilantes en la aventura. Esa vigilia es la del capitán Ajab, un hombre terrible que sin embargo acometió un acto extraordinario: atravesó el mundo tras el desconocido, que es la ballena blanca. La aventura total; navegar todos los océanos y mares del mundo tras el miedo máximo, y siendo capaz de consentir, en esa aventura, incluso su propia muerte.
El de el Pequod es un viaje por el mar. Hay algunos viajes que se cumplen aún cuando no llegamos al destino que teníamos pre trazado cuando sucede la llegada, pues la llegada está en la esencia profunda de los viajes. La llegada es una palabra íntimamente relacionada con la palabra volver.

Partir, llegar, volver.

Sin embargo lo primero que hay que hacer para viajar es partir. Antes de comenzar, antes que ir hacia o ponerse en marcha hay que partir. Partir significa dividir, abrir en dos o más partes, pero en el ámbito de los viajes se asemeja al modo como son los puentes; una división como son las que hacen los puentes, que comunican y reúnen dos orillas que estaban distantes. No produce fronteras ni límites sino acercamiento de lo distante. Partir también es abrir un fruto en cuanto se trata de una acción erótica y sensual. Es como un beso cuando a través de las bocas convierte a dos personas en un solo ser de una vez y para siempre. Quienes han viajado por el mundo devienen en personas enriquecidas con muchas cosas y dimensiones. A alguien que ha viajado le decimos que se le abrió el mundo. Tuvieron estas tres experiencias partir, llegar y volver. Pero lo que más traen ahora que han viajado es que se les compone el tiempo de otra manera. El tiempo adquiere otra configuración. Una composición musical sobre una partitura en la cual el tiempo se relanza reordena y revive. El tiempo ha sido abierto en el viaje. Lo que partimos y abrimos como un fruto, al viajar, es el tiempo. Como si unos horizontes desconocidos se asomaran consonando como una canción imposible que nos encanta y nos convierte, como un canto de partidas que nos conmueve y nos impulsa. Esto nos interesa para comprender mejor lo que es vivir en un archipiélago, pues estas configuraciones temporales eran justamente las que poseían unos pueblos que existieron en nuestros archipiélagos australes. Pueblos que hoy se encuentran completamente extintos. Ellos vivían partiendo. Concebían un tiempo cuya forma era un permanente partir, llegar y volver. Así construían lo permanente de su tiempo.
Esta vida de archipiélagos considera la posibilidad de que algo destruya ese tiempo. Hay una instancia en la cual el viaje puede frustrarse; un viajero que quede suspendido ad eternum, impedido mientras su alma permanece en vilo atrapada entre los fantasmas del tiempo. Son los náufragos, pues ello no llegaron y están siempre intentando partir para volver. Se han quedado sin presente. Eso es un naufragio, el impedimento de realizar cualquiera de estas tres cosas esenciales; partir, llegar y volver. Desde el momento en que el náufrago llega, logra llegar olvidando la nostalgia del mundo anterior, adquiere presente y puede vivir el tiempo una vez más. Alcanza a trascender. La soledad no es el problema del náufrago, es la melancolía. Esa enfermedad por la cual la distancia es la amenaza de la desaparición de aquellos a quienes yo amo. La posibilidad inminente de que ellos desaparezcan. Un náufrago normalmente se encuentra considerando que todo aquello que amó está perdido para siempre.

Nómades del Mar.

Volvamos por un instante a aquellos pueblos recién mencionados. Aquellos cuyo tiempo entero estaba estructurado con esas tres palabras. Eran nómades.
El nomadismo puede estar determinado por la necesidad conseguir alimentoa tanto para el clan como para los rebaños de animales. O se trata de ir buscando climas cada vez más favorables. Sin embargo el sentido último de una vida nómade se aparace mucho más nítido a través de la palabra errante. Si la errancia llega a convertirse en un modo de vida es mucho más profunda que la mera necesidad. Que se constituya como un oficio el andar andando. La errancia tiene una motivación distinta en el espíritu humano. Motivación que proviene de motor, mover. Un motivo es aquello que como un motor mueve a partir e induce a ponerse en marcha a través de una conmoción (con movimiento) en una zona del espíritu humano. Esa conmoción que se produce podríamos entenderla y analizarla a través de la inteligencia y el razonamiento. Pero en la honda verdad sucede que tal conmoción golpea en algo mucho más extraño y radical que el intelecto. Golpea en los sentidos, en todos los sentidos. No sólo los cinco que estamos acostumbrados a mencionar, sino los trece …
La verdad es que nuestros viajes están motivados por algo de esta errancia, por algo de este andar andando, no por la razón. Nuestros viajes se llevan a cabo en virtud de algo más, de algo que no se puede explicar por la pura lógica; esa conmoción. Baudelaire decía que los verdaderos viajeros son aquellos que parten por partir, para que la verdad –la belleza- aparezca en su connatural residencia forastera; diríamos en el viaje mismo, en el estar yendo, atravesar y dejarse atravesar por lo singular de los lugares, por el dios propio de cada lugar. Esa errancia se juega en el esplendor de que esa posibilidad exista como tal. El único objetivo o fin de una errancia es que exista la errancia. No hay razones para ser un errante. Sólo cabe celebrarlo. Nosotros no vamos de travesía porque estas estén dentro del currículo o dentro del plan estratégico o lógico. No vamos de travesía porque vayamos a influir directamente en las políticas o en las sociedades que visitamos. Nosotros vamos de travesía porque eellas son emocionantes, porque los viajes son emocionantes y vamos en busca de una conmoción. Nuestras travesías se asemejan y se diferencian de otros viajes en múltiples aspectos. Sin embargo vamos tras una conmoción que sólo se da en América: ¿Cuál es esa conmoción? para sentirla con todos los sentidos sólo cabe, mañana, partir a recorrer América.
En este pueblo de mares hay algo que prevalece más allá de su desaparición. El pueblo del que habla Hölderlin desapareció y él siente una cierta melancolía y los llama a estos atenienses antiguos. Nostros tenemos además a estos otros pueblos antiguos. Nuestros chonos, yámanas y kawescar. Durante siglos se los trató de civilizar misionando; traerlos hacia la civilización. Hay unos viajes de evangelizaciones que simplemente resultan innenarrables e incomprensibles para nuestra mente actual. Hubo muchos intentos en que se atrajo a estos pueblos hacia Chiloé, y sin embargo siempre volvían al mar. Volvían al mar. Hay algo, lo primero, que mantiene esta tradición de volver el mar. La base desde donde partían estos intentos civilizadores era considerar a estos pueblos como primitivos, muy primitivos. Porque no se juntaban en ciudades, porque no se vestían y andaban desnudos. Incluso según Darwin no hablaban. Pero justamente algo sí tenían; una lengua.