junio 15, 2007

Al Pie de la Letra

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Examen de Título III de Diseño Gráfico
Título de la Memoria: Al Pie de la Letra. Recorrido Tipográfico por la Ciudad Abierta
Alumno: Gabriel Ebensperger S.

La Ciudad Abierta sostiene una poética adscrita a la palabra en cuanto dictado y puesta en boca de sus habitantes y huéspedes; las razones de una tradición oral pueden remitirse a las consecuencias que el acto poético ha generado en el devenir de ella y su modo de adscribir a la poesía en cuanto decir. Lo advertido por Godofredo Iommi M. en la Carta del Errante es decisivo para una poética de la palabra y del acto: «para la poesía, la escritura, aunque posible, no es necesaria. Y como algunos en otro plano, el poeta puede abandonarla. «Volvamos a Confucio, a Buda, a Sócrates, a Jesucristo, moralistas que andaban por los pueblos padeciendo hambre!»»; así fundad en su relación primera con la palabra, la Ciudad Abierta se nos muestra –más allá de sus formas, extensión y construcciones– sólo y en su máxima intimidad cuando asistimos al acto con que ella quiere decir algo o se nos muestra.

No obstante estas reminiscencias de una cultura de la oralidad, en la Ciudad Abierta el huésped puede encontrarse con algunos vestigios de aquella palabra que han pasado –levemente– a un soporte que, distinto cada vez, guarda y conserva algo de aquella poética del acto; nos referimos a ciertos textos desperdigados que se dan a leer y que creemos dicen algo de esa intimidad poética de la Ciudad Abierta:

Nos ha parecido que en este recorrido y registro, casi a solas, el huésped-lector puede encontrarse con ello que la mayoría del lugar calla. Las premisas de la Ciudad Abierta no son un tratado y su elán se sustenta en un ajustado acuerdo entre la inmensidad de lo abierto y lo acotado de la palabra: lo poco.

El encuentro de estos textos y sus distintos soportes nos advierte inmediatamente de un distingo tipográfico que para cada caso es diferente; la letra en la madera, en el hormigón, entre fierros, etc. definen tipográficamente un modo de aparecer; esta diferenciación nos ha llevado a que el mirarles sea en cuanto detalle y no a extensión del texto (el cuerpo del texto), así el registro fotográfico que se presenta no «habla» del emparrafado o de marginaciones, sino que de la letra misma, del dibujo de sus bordes, de sus detalles formales; es decir, el ojo del diseñador es aquel que debe acercarse, aproximarse –casi exageradamente– al ojo de la letra.

Este modo de abordar la cuestión gráfica debe llevar al Diseñador a comprender el espesor semántico que toda empresa editorial lleva consigo; el trato con los textos, además de remitir a una fuente bibliográfica, nos lleva a su lectura y a su fuente primera que es la palabra –recuérdese que las primeras obras de la Ciudad Abierta no fueron las hospederías sino las Ágora (lugar de la palabra). «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe.» [Juan 1, 1-3]

Siendo fiel a este principio, rescatando los vestigios de un texto que nos diga de y desde la Ciudad Abierta es que esta dedicación en conjunto a la palabra y a su detalle forma en el Diseñador Gráfico un perfil histórico por cuanto tiene en él todo el camino que va del verbo, pronuncia la palabra, conforma el texto, lo inscribe, cuida de la letra y lo observa para extraer de este hecho burdo del registro lo más íntimo de la Ciudad Abierta, su palabra y la imagen de ello.

El presente trabajo y su concienzuda dedicación nos otorgan 2 lecciones para el Diseño Gráfico:

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