A propósito de la Travesía
Misiones Jesuíticas.
Sitio de las misiones.
Los Padres Jesuítas, constructores de las reducciones guaraníticas, tuvieron por primera faena, la elección del sitio donde se levantarían las distintas edificaciones que conformaron, en conjunto, la misión.
Los relatos, recogidos de voces de fundadores, nos muestran la grande dedicación, para dar con el sitio apropiado.
¿Cuál era el objetivo?. Hoy día, así podemos interrogar, tan toscamente.
Dar con un sitio, próximo a fuentes de agua permanentes y, sanas; < no pantanos.
Un sitio con altura para no ser inundado ni por las crecidas de los ríos ya caudalosos, ni por las abundantes lluvias. Recibir así, sol en abundancia.
Desde la altura, ver la comarca entera.
Ser un sitio defendible, advertido de algún ataque de los bandeirantes.
Dar con esto, significó grandes trabajos , acompañado de no pocas penurias. Ser capaces de cada día, emprender una nueva travesía; puesto que, además debía encontrar extensiones de tierra donde pastorear y donde cultivar lo que requerirían para el sostenimiento de una comunidad de tres o, cuatro mil personas.
Todo ello, lo conocían, puesto que los jesuítas que se allegaban a estas tierras del nuevo mundo, lo hacían procedentes de la europa heredera de la cultura helénica. Ellos, no sólo estudiaron la teología, sino que, su celo cultural, sumado a su inquietud intelectual, los hizo conocer los tratados de arquitectura de los grandes maestros: Vitruvio y Alberti, de quienes extrajeron sin lugar a dudas, el pensar, el normar la proyección para construir las bases de un primer urbanismo en américa.
Las distintas Misiones, hoy ruinas o leves vestigios, dan cuenta de la excelencia del sitio elegido, siendo cada uno un lugar geométrico. Todo ello desde la arquitectura.
Ahora bien, esta elección ciertamente lo es en el plano estratégico, si se quiere, de la disciplina urbana.
Quien asiste a las ruinas y, las visita, con un ojo detenido, fácilmente observará, que los vestigios en cuestión, están emplazados, ubicadamente en un sitio de contemplación.
Con lo expuesto hasta aquí, aún no basta para dar con las ubicaciones que escogieron estos fundadores.
Aquellos primeros sacerdotes de la Compañía, eran movidos por la exposición , si se quiere, por la predicación de la Palabra de la Sagrada Escritura. Deben haber sido fogosos oradores. Sabían que debían dar el espacio apropiado para entregar la Palabra del Evangelio. Vivir la Palabra; que es lo único que funda desde el origen, mirando a la eternidad; puesto que el Apóstol nos dice que en el principio era la palabra. Ellos no desconocían que la tradición clásica, de que la civilización occidental nace del logos y en el logos se sustenta. Luego, como de lo que se tratara era de exponer públicamente la palabra, lo que debían lograr es ubicar, lo que ya conocen, aún cuando a distinta escala: un púlpito. Así, el sitio ubicado, que debe reunir todas las condiciones antes enumeradas, debe ser primeramente un púlpito a escala geográfica. Es por la potencia de la fé, lo que los mueve a ver con ad-miración. Es muy probable también que trajeran guardado en la pupila, los paisajes retratados por los maestros renacentistas, que sostenían admirablemente algún relato evangélico.
Así es, como hoy día, quien visita estos sitios, es detenido por la plenitud de la naturaleza, la que con belleza sigue cantando las antífonas del salmo:
…“vengan a contemplar las obras del Señor”…
…”Él hace cosas admirables en la tierra”.
Salmo nº 46 (45)
Ahora bien, todo lo espuesto hasta aquí, es una mirada reflexiva hacia un momento histórico en América, que dejó unas huellas, las que nos han marcado el camino antes descrito. Lo hemos traído a presencia puesto que es lo que hoy nos interroga.
Lo primero que debemos decirnos es que, por oir a la palabra poética de Amereida, nos ocupamos del tamaño mayor; es decir, nos ocupamos del continente. Dicha ocupación nos ha llevado a recorrer la tierra americana, realizando travesías, lo que significa levantar obras junto al recorrer, dado que es la forma de desvelar el destino de los que habitan este continente sin mito, no descubierto, sino que regalado.
Las travesías, son un mandato poético – arquitectónico, bien se entiende que estamos en un ámbito artístico, que implica una empresa para llevarla a cabo.
Amereida, lo que introduce es la pregunta por la orientación:
“orientarse quiere decir en el sentido más propio de la palabra a partir de una región dada del mundo (en las cuales cuatro dividimos el horizonte) encontrar las restantes vale decir el oriente”.
Amereida l
En la reciente travesía realizada a la región de las misiones jesuíticas de los guaraníes, construimos una -mesa de la hospitalidad-, para dar con la partida de la Plaza de la localidad de Sao Miguel das Missoes. De manera que junto a la orientación, la que trae el mundo, tener la hospitalidad, que es el acto por el cual se construye lugar; el encuentro que habla amereida.
“Encuentro” es inseparable dialécticamente del de “Invención”, porque cuando dos seres con conciencia propia se encuentran no pueden dejar de “inventarse” mutuamente. E “in-venire”propio del encuentro es la imagen con que lo encontrado se nos aparece; por eso algunos autores han preferido, con muy buen juicio, hablar de la “invención de América” (O•Gorman). En este sentido, la invención nos remite dialécticamente al concepto de “utopía”, pues es inseparable de ella. Es entonces cuando el “descubrimiento” debe entenderse como “utopía”.
Utopía es una palabra de origen griego que etimológicamente puede tener dos acepciones:
– ou-topía: en ningún lugar (del griego ou = ningún)
– eu-topía: el país donde todo está bien (del griego eu = bien), el Estado Perfecto.
El término fue acuñado por More, y en su pensamiento estaban unidas las dos nociones de irrealidad y perfección:
Consideremos, sin embargo, la posibilidad del doble significado de esta palabra. La primera acepción, la de “en ningún lugar”, sitúa a la utopía en el denominado “espacio utópico”, un espacio inexistente, o al menos desconocido hasta el momento. Es aquí donde se produce la dimensión mítica y ahistórica de la utopía. No obstante, pese a esta acepción, en toda formulación utópica puede apreciarse un deseo de que se haga efectivo el estado ideal, es decir, una idea de que la realidad social es un factor transformable y mejorable. Por eso puede decirse que la utopía tiene también una dimensión histórica temporal.
Conjugando ambas dimensiones, podríamos decir que la utopía pertenece tanto al pensamiento racionalista como al pensamiento mítico.
Fernández H, Beatríz. “Utopía de América”
Es probable que esta riqueza del término utopía se vea reflejada en el sitio elegido por los misioneros jesuitas, realidad que hemos sabido apreciar.
Patricio Cáraves Silva
Profesor