1997 Travesía Quito, Ecuador
Quito, Ecuador, allí donde el sol está en el punto más alto.
Luz del sol, sol del cenit, Ecuador terrestre,
Quito no como lugar en sí, Quito es el Ecuador como un espesor de luz, Quito así es una lugaridad, en cuanto dice hasta ahora sólo de sus generalidades.
Entonces ir allí, donde la luz natural, el día, se hace presente en su máxima magnitud, otra luz que nos baña, pienso, debe traer consigo otras formas de habitar.
Entonces, esta vez el artificio de la luz es desde la luz natural, aquella luz que hasta el momento no ha sido estudiada por nosotros, pues el primer semestre fue la noche la materia de nuestro estudio.
Antes de llegar a Quito, suponía una ciudad con muchas sombras, que cobijaban del sol ecuatorial, y sin embargo ella, desde su arquitectura no propone ni construye tales sombras, más bien cohabita con su sol.
Comienzo a buscar las sombras de la ciudad en sus exteriores, y no existen, pero es en los interiores de Quito, donde tal sombra se construye y en especial allí en las iglesias de Quito.
Aquí la primera luz que Quito arroja, ingreso a una de las iglesias, actualmente en reparaciones, lo oscuro del interior me ciega, me siento un instante, trato de dibujar y no veo nada, por un segundo me refriego los ojos como en un intento de poder ver algo, miro y veo menos aún, pero de pronto comienza a aparecer un brillo dorado, que pasa a conformarse con todo detalle en el altar, continuo mirando hasta llegar a lo alto de la cúpula, desde la cual se desprende un haz de luz que atraviesa una perforación a modo de sostén en el cielo de la cúpula, este haz, perfectamente dibujado cae sobre el altar, desde el cual rebota la luz sobre los brillos dorados de los muros, saturados de dibujos y trazas que se entrecruzan, la iglesia toda se ilumina del brillo amarillo, sutil brillo en el cual no se pierden los contornos de cada dibujo.
Pienso en ese instante que aquellos que construyeron esas iglesias no separaban su oficio del Dios, en cuanto todo el tiempo que tal obra involucraba, contenía un tiempo hoy perdido, la forma hoy ya no da cuenta de este tiempo, la luz aquí traducida en el tiempo que me demoraba en recorrer un metro de muro con mi mirada.
Así una primera luz, aquella que otorga su tiempo, que no es el inmediato, de una sola vez, sino más bien el tiempo de muchos momentos sucesivos, espaciado, que entre distancia y distancia permite ver.
Del mismo modo, el haz que atraviesa primero el techo de la iglesia, para después pasar a través del cielo de la cúpula en una precisión tal que puede caer justo en el altar. Aquí expresión y estructura coinciden.
Así salgo entonces con esta primera luz aquella que de algún modo dice de un tiempo que tal vez en su completitud no pueda restablecerse, pero que sí en su sentido y potencia debemos rescatar.

Una segunda mirada de Quito se desprende de la búsqueda de aquellas grandes sombras supuestas, pero las grandes sombras son las menores sombras, la más pequeña pensable, allí donde el sol se mueve en el menor de los rangos, la sombra en sí también es la menor de las construcciones, 2 cms. de ala de un sombrero son la sombra que buscaba, la sombra que se lleva, se porta allí en esa distancia, los casi 14 metros de altura de la cúpula de la Iglesia, contra los 2 cms. del sombrero de un indígena.
Durante una de las tantas visitas que realizamos a la plaza de San Francisco miro hacia el fondo de esta, a casi 20 metros de distancia me detengo en el que supongo es un cargador, lo distingo porque de su hombro cuelga un cordel con un trozo de cuero que se ponen en la frente con el cual cargan grandes bultos. Sigo mirándolo mientras me aproximo, está perfectamente sentado en las gradas de acceso a la Iglesia, a la una de la tarde aproximadamente el sol está prácticamente en el cenit, parece mirar directamente hacia mí, no veo sus ojos pues se esconden tras la sombra que su sombrero construye sobre su rostro, cuando quedo frente a él para comenzar a subir las gradas me doy cuenta que duerme.

Es que esta leve construcción de la luz, estos 2 cms. de sombra son capaces de disfrazar la geometría perfecta de su estar sentado dos momentos tan distintos para nosotros como son dormir de estar despierto, creo que aquí hay mucho que decir, es tan leve la transgresión, tan sutil, que la misma figura contiene dos instancias tan distintas, en las misma geometría.

Me pregunto por lo distinto de la magnitud de la iglesia y su luz que construye su espesor, así como de esta leve sombra que desdibuja lo que la expresión de un cuerpo sentado trae como imagen.
¿Dónde estará entonces la magnitud del diseño? ¿Cuál es el espesor de luz que dice de esta magnitud?
Será el sol y su recorrido entre los trópicos – (una dimensión cósmica).
Ó la iglesia que atrapa tal dimensión cósmica que la deja contenida en su vacío, como una medida intermedia entre lo magno del universo y lo magno del espíritu humano.
Y o serán estos dos centímetros de sombra capaces de transfigurar la idea preconcebida de nuestros modos de habitar ( a propósito del cargador en las gradas de la Plaza San Francisco).
Una tercera mirada:
En el departamento que se nos ha prestado para alojar. A eso de las 3 de la mañana sentado en el suelo (era un departamento sin muebles), se corta la luz, como es habitual durante toda nuestra estadía en Quito, la ciudad queda a oscuras, por la ventana veo fuegos artificiales…; Que en realidad no lo son;
En un segundo ha coincidido que la cumbre del cerro no se ve, sólo se ven 5 luces de colores y blancas que corresponden a las torres de comunicaciones en uno de los cerros que rodea Quito, además del humo de una panadería que está entre el cerro y el departamento, y el sonido provocado por el reventón de un neumático de un camión de Coca Cola que pasa frente a la panadería.
Pienso que esto tiene gran similitud con lo que una obra de diseño es, son todas estas coordenadas, todas muchas veces tan distintas unas de otras con todos los requerimientos de su uso, pero que cada una de ellas desaparecen para hacer aparecer la obra, que conteniéndolas todas no dice en particular de ninguna de ellas, de esto digo ahora , de lo realizado en el acto de la Plaza de San Francisco de Quito.
129 pequeños volúmenes de papel no más grandes que mi mano empuñada colocados en un alambre de aproximadamente 1,20 metros de alto con una pequeña cinta de papel que lleva el nombre de cada pájara.
Todos estos plantados en tres trazos a lo largo de la plaza de San Francisco.
Es muy difícil explicar el sentido de ellos sin tener la presencia del contexto en el cual estos se encontraban, por cuanto son estos más 500 croquis dibujados por los alumnos además de las palabras dichas por Carlos Cobarruvias ( poeta ). Las que constituyen su totalidad.
Pero trataré de explicar lo que en ellos y de ellos queríamos hacer aparecer.
Para esto construimos:
Aquella menor sombra posible que dejara la luz del sol contenida en la palma de la mano, este pequeño fragmento de luz, aislado, un prisma luminoso que levita rodeado de sombra.
Qué se obtuvo de esto:
– Una sonrisa de los que pasaban y se llevaban uno.
– La memoria del acto de San Francisco a través de este presente que está por ahí en alguna ventana de Quito recordando tal momento a través de la luz que contiene.
De algún modo creo otorga el tiempo que las iglesias de Quito contienen a través de la construcción de su luz pero al modo de cómo el quiteño duerme en las gradas de la escala:
Leve, sutil, pero trascendente.
Durante una de las tantas visitas que realizamos a la plaza de San Francisco miro hacia el fondo de esta, a casi 20 metros de distancia me detengo en el que supongo es un cargador, lo distingo porque de su hombro cuelga un cordel con un trozo de cuero que se ponen en la frente con el cual cargan grandes bultos. Sigo mirándolo mientras me aproximo, está perfectamente sentado en las gradas de acceso a la Iglesia, a la una de la tarde aproximadamente el sol está prácticamente en el cenit, parece mirar directamente hacia mí, no veo sus ojos pues se esconden tras la sombra que su sombrero construye sobre su rostro, cuando quedo frente a él para comenzar a subir las gradas me doy cuenta que duerme.
Es que esta leve construcción de la luz, estos 2 cms. de sombra son capaces de disfrazar la geometría perfecta de su estar sentado dos momentos tan distintos para nosotros como son dormir de estar despierto, creo que aquí hay mucho que decir, es tan leve la transgresión, tan sutil, que la misma figura contiene dos instancias tan distintas, en las misma geometría.
Croquis que dan lugar al discurso aquí presentado
En esta travesía el dibujo es un modo de relación , el quiere indagar en la persistencia de este taller en torno a la luz , pero del mismo modo , no puede dejar de tener presente que cada lugar abre una perspectiva desde sí mismo. Es así como mirando las gentes de quito, sus habitantes , que la observación deviene.
Este devenir dice también del modo de la observación , la que en este caso persiste en el dibujo , para de pronto encontrarse con la precisión que dirá de la forma. Así observación y forma en esta travesía son producto de estar en este lugar y no otro. Quito aquí , desde su gente dice de la particular luz con la que habitan.
Acto en la Plaza de San Francisco
Se trata aquí de un acto poético, él es uno de los actos que dan termino a esta travesía. En esta ocasión, con presencia del poeta Carlos Cobarrubias regalar a quienes están en la plaza, una palabra, pero junto con ella, palabra que es regalo, hacer un presente del diseño para los quiteños.
Esta ves, corresponde hacer aparecer lo que la observación a traído a presencia, se trata de aquella pequeña sombra, la que baña los hojos de aquel quiteño sentado en las gradas de la escala, esa sombra que oculta una doble figura, la de aquel hombre sentado, y la de aquel que duerme estando sentado. Así pensamos en un pequeño objeto , que con una sutil sombra venga a traer una doble manifestación de la luz. Para ello construimos quinientos pequeños volúmenes de luz que se disponen en el total de la plaza de san Francisco, junto a otros quinientos croquis que los alumnos han dibujado para esta ocasión.
El diseño aquí viene a ser esta sutil luz refugiada dentro de una leve sombra. Así el diseño en esta travesía como expresión de lo leve, de aquella fugacidad propia de la luz.
Al finalizar este acto, los niños arrancan del suelo cada una de las pájaras, como ellos mismos las han llamado, cada uno parte con una o más. El acto concluye, y en la plaza ya no queda testimonio de lo que en este lugar ha ocurrido, sin embargo, en algún lugar de Quito, en alguna ventana tal vez aun exista uno de estos pequeños volúmenes recogiendo la luz de Quito. Así el diseño aquí se hace leve, sutil, pero trascendente.
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